Valentina Reyes tiene diecisiete anos, un promedio perfecto y un padre que camina con muletas. En Colonia Lomas del Paraiso, Guadalajara, la vida huele a paredes humedas y a los tamales que Don Tomas prepara antes del amanecer para vender en el tianguis. Valentina no se queja. Valentina sobrevive.
Santiago Montero Del Valle tiene diecisiete anos, un Porsche que no le importa y un padre que no sabe como hablarle. En la mansion de Puerta de Hierro, la vida huele a silencio. Santiago no pide ayuda. Santiago rompe cosas.
Una tarde en el Parque Metropolitano, un nino cae al lago. Los dos se lanzan al agua sin pensarlo. Cuando despiertan... estan en el cuerpo del otro.
Ella abre los ojos en una cama king size, rodeada de lujo y frialdad. El despierta en un cuarto diminuto donde un hombre cojo le dice "mija, ya esta el desayuno" con una sonrisa que nunca ha visto en su propia casa.
Valentina, atrapada en el cuerpo de Santiago, descubre que el dinero no compra lo que ella siempre tuvo: una familia que te abraza. Santiago, en el cuerpo de Valentina, descubre que en una casa donde gotea el techo puede existir mas amor del que jamas imagino.
Pero el intercambio tiene reglas que nadie les explico. Y mientras ella enfrenta a los enemigos corporativos de Grupo Montero y el descubre que las manos callosas de Don Tomas esconden un imperio en construccion, algo mucho mas peligroso que la magia empieza a crecer entre ellos.
Porque cuando vives la vida del otro... es imposible no enamorarte.
Una historia de risas, lagrimas, venganza dulce y un padre que le enseno al mundo que caminar distinto no significa caminar menos.
Yo se lo que es ser tu. Y aun asi, te elijo.
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Capítulo 23
Cap 23: La noche de los tamales
El maíz llevaba remojando desde la madrugada.
Asun lo había puesto en una olla de peltre a las cuatro de la mañana —Santiago lo sabía porque la escuchó desde la cama, el ruido del agua y la tapa metálica, y después el aroma del nixtamal que empezó a filtrarse por debajo de la puerta como un animal lento y tibio.
Era veintitrés de diciembre. Nochebuena era mañana. Y en la casa de los Reyes, eso significaba una cosa: tamales.
A las seis de la tarde, la cocina era un campo de batalla organizado. Asun dirigía las operaciones desde la estufa, con un delantal que decía "Bésame, soy cocinera" y una cuchara de madera que usaba tanto para revolver la masa como para amenazar a quien se acercara demasiado al relleno. Don Tomás estaba sentado junto a la mesa con una tabla de picar, cortando chiles con la destreza de alguien que había hecho esto cada diciembre de su vida. Mateo, castigado por alguna infracción menor, deshojaba mazorcas secas en la esquina con la expresión de un prisionero de guerra.
Santiago —en el cuerpo de Valentina— se quedó parado en la puerta de la cocina. Siete meses viviendo en esta casa y nunca había participado en esto. La cocina de los Montero no funcionaba así. En Puerta de Hierro, la comida aparecía en la mesa como por arte de magia —servida por el chef, presentada en platos blancos, en silencio. Nadie ensuciaba. Nadie gritaba. Nadie se reía.
—Mija, deja de mirar y ven a ayudar —dijo Asun sin voltear—. La masa no se va a batir sola.
Santiago se acercó a la olla de masa. Asun le puso un cucharón en la mano y le señaló el movimiento: circular, firme, constante.
—Así. Sin parar. Cuando la masa deje de pegarse en los dedos, está lista.
Santiago hundió el cucharón. La masa era densa, pesada, una mezcla de manteca y harina de maíz que se resistía a cada vuelta. A los dos minutos le dolía el brazo. A los cinco, el hombro. A los diez, entendió por qué Asun tenía los antebrazos más fuertes que los de cualquier hombre que conociera.
—Más rápido, mija. No estás haciendo caricias, estás haciendo tamales.
Santiago apretó los dientes y revolvió más rápido. Don Tomás levantó la vista de los chiles y sonrió —una sonrisa pequeña, de un hombre que observaba a su hija luchar contra una olla de masa y encontraba en eso una clase de felicidad que no necesitaba explicación.
La parte difícil fue envolver.
Asun le enseñó: hoja de maíz abierta, una cucharada de masa extendida con el dorso de la cuchara, una línea de relleno en el centro —mole con pollo, rajas con queso, dulce con pasas—, y después el doblez. Arriba, abajo, los lados hacia adentro. Simple.
Simple para alguien que hubiera nacido haciéndolo. Santiago produjo su primer tamal en cuarenta y cinco segundos. Parecía un calcetín relleno.
Don Tomás lo tomó entre los dedos, lo giró, y soltó una carcajada que Santiago nunca le había escuchado —profunda, sin reserva, nacida del estómago.
—Mija, esto parece un calcetín relleno.
Asun se acercó, miró el tamal y se tapó la boca con la mano. Las lágrimas le salieron antes que la risa.
—¡Ay, mija! ¡Parece que lo envolvió un borracho!
Mateo dejó las hojas de maíz para inspeccionar la obra. Su veredicto fue una sola palabra:
—Patético.
Santiago quiso defenderse pero la risa era contagiosa. Intentó con el segundo tamal. Peor. El tercero se abrió por un lado y el relleno de mole le manchó los dedos de Valentina. El cuarto quedó aceptable —si uno no miraba demasiado de cerca.
A las ocho de la noche, la mesa estaba cubierta de tamales. Cientos. Asun contó ciento cuarenta y siete, organizados en filas como soldados de maíz esperando la vaporera. Santiago había contribuido con dieciocho. Dieciocho tamales deformes, mal cerrados y ligeramente más grandes que los demás porque no controlaba la cantidad de masa.
Pero estaban ahí. Los suyos. Los primeros que había hecho en su vida.
Don Tomás metió los tamales en la vaporera —tres tandas, una hora cada una. La cocina se llenó de vapor, de olor a maíz y chile, de calor húmedo que empañaba las ventanas y hacía que el pequeño departamento se sintiera más pequeño y más cálido al mismo tiempo.
Santiago se sentó en el piso de la cocina, con la espalda contra el refrigerador y las piernas de Valentina estiradas. Asun le pasó un vaso de atole. Mateo estaba en la esquina con el teléfono, revisando partituras de Liberty cuando creía que nadie lo veía. Don Tomás tarareaba algo que podría haber sido una ranchera o un himno religioso o ambos.
Santiago pensó: esto es lo que doscientos mil millones de pesos no pueden comprar.
* * *
A las nueve y media, el teléfono vibró.
Santiago miró la pantalla esperando ver el nombre de Valentina. No era Valentina. Era "Desconocido."
Contestó por inercia.
—¿Bueno?
—¿Valentina Reyes?
La voz era masculina, cálida, controlada. Santiago la reconoció en medio segundo. Era la voz que había escuchado en los pasillos de Grupo Montero, en las cenas familiares, en la colonia cara de Ignacio Piedra.
—Soy amigo de la familia Montero. Solo quiero hablar.
El estómago de Santiago se contrajo. Su mano —la mano de Valentina— apretó el teléfono. En la cocina, Asun reía de algo que Don Tomás había dicho. El vapor de la vaporera seguía subiendo. Todo era cálido.
Excepto la voz en el teléfono.
Santiago respiró. Usó la voz de Valentina —tranquila, plana.
—Creo que se equivocó de número.
Colgó. Bloqueó el número. Se quedó mirando la pantalla tres segundos. Después se levantó del piso, fue al baño y llamó a Valentina.
—Ignacio llamó a mi teléfono. Al de Valentina. Preguntó por ti.
Silencio al otro lado. Cuando Valentina habló, su voz —la voz de Santiago— era baja y precisa:
—Él está buscando un nuevo ángulo de ataque. Ten cuidado.
—Lo sé.
—Santiago. No hagas nada. Solo observa.
—Entendido.
Colgaron. Santiago volvió a la cocina. El primer lote de tamales estaba listo. Asun sacó uno, lo abrió y se lo dio a "su hija."
—El primero siempre es para ti, mija.
Santiago mordió el tamal. Mole con pollo. El chile picó, la masa estaba suave, la hoja de maíz crujió entre sus dedos. Asun lo miraba esperando el veredicto. Don Tomás también.
—Está perfecto —dijo Santiago. Y lo decía en serio.
Comieron en la mesa pequeña. Cuatro personas, una mesa para tres, tamales que no se acababan. La televisión pasaba una novela navideña que hacía llorar a Asun cada cinco minutos. Mateo robaba tamales de dulce cuando creía que nadie lo veía. Don Tomás tomó el mejor tamal del plato —uno perfectamente envuelto, simétrico, dorado— y lo puso en el plato de "su hija."
Santiago lo comió despacio. El sabor era hogar.
En su bolsillo, el teléfono guardaba un número bloqueado y un nombre que no debería haber llegado hasta aquí. La cocina olía a nixtamal y manteca. La novela navideña hacía llorar a Asun por séptima vez. Y Santiago comía tamales en una mesa pequeña mientras, en algún lugar de Guadalajara, Ignacio Piedra marcaba otros números buscando una grieta en una fortaleza que no sabía que ya estaba sellada.
La calidez de la cocina era real. Pero la sombra del teléfono también.