NovelToon NovelToon
EL PRECIO DEL HIELO

EL PRECIO DEL HIELO

Status: En proceso
Genre:Amor-odio / CEO / Amor tras matrimonio / Romance oscuro
Popularitas:3.4k
Nilai: 5
nombre de autor: Mahary Garcia

El contrato de matrimonio no era solo papel: era una sentencia. A los 26 años, Valeria Varela se convirtió en la esposa de Dante Moretti, el hombre más poderoso, frío y temido de la ciudad —dueño de imperios empresariales y redes que nadie se atreve a nombrar. Ella lo amó desde antes de decir “sí”, creyendo que su amor sería suficiente para derretir su hielo. Pero tres años después, vive invisible: olvidada en sus cumpleaños, humillada en cenas de negocios, siempre relegada a un segundo plano frente a la mujer que él nunca dejó de querer: su exnovia, y ahora asistente personal, Isabella.
Valeria finge sumisión, baja la cabeza y sonríe cuando la insultan, pero detrás de esa máscara hay una inteligencia afilada y un dolor que se convierte en veneno. Cuando descubre que todo su matrimonio fue un acuerdo para saldar una deuda familiar, y que Isabella ha manipulado cada error, cada malentendido, cada lágrima suya, algo se rompe —y algo nuevo nace.

NovelToon tiene autorización de Mahary Garcia para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPITULO 20

(Narrado por Isabella Rossi)

El teléfono se me resbaló de la mano y cayó al suelo con un golpe seco, pero ni siquiera me molesté en recogerlo. Me quedé paralizada en medio de mi salón, con el cuerpo rígido, la sangre helada y las palabras de Valeria resonando en mi cabeza como una sentencia de muerte. “Sé todo, Isabella. Sé que todo lo que tienes es de él. Sé que estás arruinada. Sé cosas que te harían pudrirte en la cárcel”.

Sentí cómo el pánico me subía por la garganta, asfixiándome, revolviéndome el estómago con una mezcla de rabia y terror que nunca antes había sentido. ¿Cómo? ¿Cómo podía saberlo todo? Ella… ella era solo una niña rica, una niña de papá, una tonta criada entre algodones que se creía que el mundo era un cuento de hadas. Era la ingenua, la que lloraba, la que esperaba, la que no sabía nada de la vida real, ni de negocios, ni de suciedad. ¡Yo la había dejado en ridículo! La había echado de su propia casa, le había restregado la verdad en la cara, le había demostrado que yo era la única en la vida de Dante, la que tenía su corazón, sus secretos, su verdad… ¡Yo había ganado! ¡Había ganado!

¿O no?

Di unos pasos tambaleantes hasta la ventana, miré hacia la calle oscura, y por primera vez en años, sentí miedo de verdad. Esa mujer… esa mujer ya no era la misma. Algo había pasado. Algo había roto dentro de ella, y lo que había salido no era la víctima débil que yo conocía. Era un monstruo. Un monstruo frío, calculador, peligroso. Y lo peor de todo… tenía razón. Tenía toda la razón.

Todo lo que soy, todo lo que tengo, todo lo que luzco… es gracias a Dante. Él me sacó de la nada, de una vida de deudas, de problemas, de gente que me buscaba para cobrarme cosas que no podía pagar. Él me dio este piso, este coche, esta ropa, este estatus. Él me metió en sus negocios, me dio parte de sus ganancias, me protegió de todo y de todos. Él era mi red de seguridad, mi escudo, mi dinero, mi vida. Y si ella le decía la verdad… si ella le enseñaba todos esos papeles, todas esas pruebas que decía tener… Dante me echaría. Me quitaría todo. Me dejaría en la calle, arruinada, sola, y peor aún… entregada a las personas de las que él me había salvado.

—¡No! —grité, golpeando el cristal con el puño cerrado, sintiendo cómo la rabia me quemaba por dentro—. ¡No voy a permitirlo! ¡Yo gané! ¡Yo soy la que tiene su amor! ¡Yo soy la que conoce su alma! ¡Ella no es nada! ¡Una esposa de papel, un contrato estúpido, una obligación! ¡No va a poder conmigo! ¡No voy a dejar que me destruya!

Pero por más que intentaba convencerme, por más que intentaba volver a sentirme fuerte y segura, la voz de Valeria seguía ahí, repitiéndome una y otra vez: “Voy a quitarte todo. Voy a hacer que te miren con asco. Voy a borrarte del mapa”.

Y entonces, el miedo se transformó. Igual que había pasado con ella. Se transformó en odio puro, en furia ciega, en la necesidad absoluta de acabar con ella antes de que ella pudiera acabar conmigo. Yo conocía a Dante. Conocía su orgullo, su forma de ser, su honor mal entendido. Él me quería, sí. Pero ante todo… él se quería a sí mismo. Él cuidaba su nombre, su empresa, su posición en el mundo. Si ella le ponía delante de los ojos que yo era un lastre, que yo era un problema, que yo le había metido las manos en sus cuentas, que yo había hecho negocios turbios a su sombra… él no lo iba a permitir. Él me tiraría a la basura sin dudarlo un segundo para salvarse a sí mismo. Y ella lo sabía. Ella lo había usado como el arma más fuerte.

Tenía que actuar. Y tenía que hacerlo ya. Antes de que ella moviera una sola ficha más. Antes de que hablara con él. Antes de que destruyera todo lo que me había costado años construir.

Corrí hacia mi escritorio, abrí el cajón secreto y saqué todo lo que tenía guardado ahí. Todo lo que yo tenía. Todo lo que yo sabía. Todo lo que había usado durante años para mantenerlo atado a mí, para asegurarme de que no pudiera dejarme aunque quisiera. Cartas, mensajes, fotos, grabaciones, documentos, fechas, nombres… cosas que él me había contado en momentos de confianza, de pasión, de rabia. Cosas que él creía que solo yo sabía. Cosas que nos unían en la suciedad, en la complicidad, en la verdad que compartíamos.

Sonreí, una sonrisa torcida, llena de veneno y desesperación. Ella creía que tenía armas porque tenía papeles y pruebas de dinero. Muy bien. Yo tenía algo mucho mejor. Yo tenía su pasado. Yo tenía sus errores más grandes. Yo tenía la verdadera cara de Dante Moretti. Y si ella quería jugar sucio… yo iba a jugar mucho más sucio. Iba a golpear donde más le doliera. Iba a destrozar lo único que le importaba a ella: la imagen de él, la imagen de amor, de cambio, de hombre arrepentido que ella se había inventado.

Tomé mi teléfono, marqué el número de Dante. Sabía que estaría en la mansión, solo, destrozado, llorando por ella, suplicando que volviera, odiándose a sí mismo. Sabía que estaba débil, roto, desesperado. Y eso era lo mejor. Porque un hombre roto… es fácil de manipular. Es fácil de dominar.

Contestó al tercer tono. Su voz sonaba apagada, ronca, muerta.

—¿Qué quieres? —me dijo, sin ningún rastro del cariño, ni de la pasión, ni de la complicidad de antes—. ¿No te basta con lo que hiciste? ¿No te basta con destrozarme la vida, con echarla a ella, con destruir todo lo que me importaba? ¿A qué has venido ahora? ¿A rematarme?

—Hola, mi amor —le respondí, con la voz más dulce, más suave, más venenosa que pude sacar, sentándome en la silla, cruzando las piernas, disfrutando ya de lo que iba a hacer—. No te pongas así, cariño. Yo solo quiero ayudarte. Yo solo quiero que te des cuenta de la realidad. Porque tú crees que ella es la víctima, ¿verdad? Crees que ella es la pobre mujer engañada, la que sufre, la que tiene razón. Y te equivocas, Dante. Te equivocas mucho. Porque mientras tú te quedas ahí llorando como un idiota, ella está moviendo hilos. Ella está buscando cosas. Ella está reuniendo información. Ella está preparando todo para destruirte a ti también.

Hubo un silencio al otro lado. Lo había tocado donde dolía.

—¿De qué estás hablando? —preguntó, y noté el miedo en su voz, ese miedo que siempre tenía a que sus secretos salieran a la luz, a que todo lo que construyó se viniera abajo.

—De nada que tú no sepas ya, amor —le dije, acercándome al teléfono, bajando la voz como si le estuviera contando un secreto al oído—. Tu querida, tu amada, tu santa Valeria… ha contratado gente, Dante. Gente que busca en tus negocios, en tus cuentas, en tus viajes, en tus socios. Gente que quiere sacar toda la suciedad. Todo lo que hemos hecho tú y yo, sí, pero también todo lo que has hecho tú solo. Todo lo que le has ocultado a todo el mundo. Ella no quiere solo irse. Ella quiere destruirte. Quiere que te quedes sin nada. Sin dinero, sin empresa, sin nombre… y hasta sin libertad, si puede. Ella te dijo que te perdonaría, que quería tiempo… ¡mentira! Todo mentira. Solo quería tiempo para saber cómo matarte.

—¡Eso es mentira! —gritó él, aunque le temblaba la voz, aunque su propio miedo ya le estaba haciendo dudar—. ¡Ella no es así! ¡Ella es buena! ¡Ella me ama! ¡Ella solo está herida por lo que le hicimos! ¡Tú eres la que miente! ¡Tú eres la que quiere destruirlo todo!

Me reí. Una risa suave, burlona, que le llegó directo al alma.

—¿Que te ama? —repetí, cargada de burla—. ¿Te acuerdas de lo que te dijo hace un rato, Dante? ¿Te acuerdas de que te dijo que tú eras un mentiroso, un monstruo, que todo lo que teníamos nosotros era real y con ella solo fingías? ¿Te acuerdas de que te dijo que ella te conocía de verdad y ella no? ¿Y tú crees que esa mujer que te miró con asco, que te echó, que te dijo que todo lo que tocabas le daba repulsión… te va a proteger? ¿Te va a guardar los secretos? ¡Por favor! Ahora ella odia todo lo que eres. Y si tiene que usar todo lo que sabe, todo lo que ha descubierto, para hacerte pagar… te aseguro que lo va a hacer. Y lo peor de todo… lo peor, mi vida… es que tiene poder. Tiene dinero. Tiene apellido. Tiene a su familia detrás. Y tú… tú ahora mismo estás solo. Y estás desarmado.

Hice una pausa, dejé que sus palabras se hundieran en su mente, que el miedo hiciera su trabajo, que la duda lo comiera vivo. Y entonces, le clavé la daga final.

—Pero no te preocupes —le dije, cambiando a un tono de voz más suave, más comprensiva, más de compañera—. Yo estoy aquí. Yo sigo aquí. Yo que sí te conozco. Yo que sí sé quién eres. Yo que guardo todos tus secretos, todos tus errores, todas tus verdades. Yo que he estado contigo en lo bueno y en lo malo. Yo que te he protegido siempre, incluso de ti mismo. Yo no te voy a dejar solo. Yo no te voy a traicionar. Porque yo sí te amo, Dante. Yo te amo a ti, de verdad, tal como eres. Con todo lo bueno y todo lo malo.

—¿Qué quieres? —preguntó él, ya vencido, ya confundido, ya empezando a creerme, porque al final… yo era la única verdad que él conocía—. ¿Qué quieres que haga?

—Lo que tú debiste hacer hace mucho tiempo, amor —le respondí, con frialdad, con determinación—. Tienes que ganarle tú a ella. Antes de que ella te gane a ti. Ella dice que tiene pruebas, ¿verdad? Ella dice que sabe todo. Muy bien. Entonces tú tienes que ser el primero en hablar. Tienes que contar tu versión. Tienes que decir que ella siempre lo supo. Que ella aceptó todo desde el principio. Que ella se casó contigo solo por interés, por dinero, por apellido. Que ella siempre te odió, que ella siempre te traicionó, que ella es la que tiene secretos, la que tiene amantes, la que juega sucio. Y yo te voy a ayudar. Yo tengo todo lo que necesitamos. Tengo mensajes tuyos donde me dices que la odiabas. Tengo grabaciones donde me cuentas lo falsa que es ella. Tengo fotos, tengo pruebas de que ella nunca te quiso. Y si hace falta… yo juro, yo miento, yo invento lo que sea. Lo que sea con tal de que tú salgas limpio y ella quede como lo que es: una interesada, una hipócrita, una mala mujer.

—No puedo… —susurró él, destrozado—. No puedo hacerle eso… ella no es así…

—¡Claro que puedes! —le grité, perdiendo un poco el control, volviendo a la dureza—. ¡O lo haces tú, o ella te destruye a ti! ¡Elige, Dante! ¿Ella o tú? ¿Tu vida, tu empresa, tu libertad… o ella? Porque te aseguro que si ella saca todo lo que tiene, si ella cuenta todo lo que sabe… tú vas a la cárcel, o a la ruina, o a la vergüenza pública para siempre. Y ella… ella va a quedar como la santa, la víctima, la viuda rica y honrada. ¿Es eso lo que quieres? ¿Quieres que ella gane? ¿Quieres que ella tenga la última palabra?

Se hizo un silencio largo, pesado, horrible. Y cuando él volvió a hablar, su voz ya no era la de mi amor. Era la de un hombre vencido, asustado, dispuesto a lo que fuera con tal de salvarse a sí mismo.

—¿Qué quieres que haga? —repitió, bajito, resignado.

Sonreí. Una sonrisa victoriosa, amplia, llena de triunfo. Lo tenía. Lo tenía de nuevo. Y esta vez… esta vez no solo tenía su cuerpo ni su corazón. Tenía su voluntad. Tenía su destino. Y con él… también tenía a ella.

—Vamos a darle la guerra que quiere —le dije, con voz fría y decidida—. Mañana mismo nos vemos. Prepara todo lo que sepas de ella, todo lo que le hayas dado, todo lo que pueda probar que ella solo te quería por dinero. Yo llevo todo lo nuestro. Y vamos a armar la historia más grande, más sucia, más increíble que nadie haya escuchado nunca. Vamos a hacer que todo el mundo crea que ella es la peor basura que ha existido. Vamos a destruir su nombre, su reputación, su vida entera. Y cuando terminemos… ella va a desear no haberse levantado de la cama el día que te conoció.

Me levanté, me acerqué al espejo, me arreglé el pelo, me puse un pintalabios rojo intenso, brillante, agresivo.

—Ella dijo que iba a ser peor que yo —murmuré, mirando mi propio reflejo, viendo en mis ojos el brillo de la guerra total—. Ella dijo que iba a jugar a mi juego. Muy bien. Pues que juegue. Pero que sepa una cosa, Valeria, mi vida… yo llevo jugando a esto desde que nací. Yo no voy a usar solo secretos, ni papeles, ni dinero. Yo voy a usar todo. Voy a usar la mentira, la manipulación, el dolor, y a él. Y te aseguro… que cuando termine contigo… no te quedará nada. Absolutamente nada. Ni orgullo, ni dinero, ni amor, ni dignidad.

Corté la llamada y tiré el teléfono sobre el sofá. Me sentí renovada, llena de energía, de fuerza, de poder. Ella creía que me había ganado. Ella creía que tenía las armas. Pero lo que ella no entendía… es que yo no tenía nada que perder. Y cuando uno no tiene nada que perder… es invencible. Y peligrosa. Mortalmente peligrosa.

Miré hacia la ventana, hacia la ciudad donde ella estaba, pensando que ya había ganado, pensando que ya tenía todo bajo control.

—Disfruta tu pequeña victoria de niña rica —susurré con los labios curvados en una sonrisa asesina—. Porque mañana… mañana te voy a enseñar lo que es realmente jugar sucio. Y te voy a hacer pagar, con cada gota de tu sangre, el haberte atrevido a retarme a mí.

La guerra estaba declarada. Pero ahora… ahora yo tenía las reglas. Y yo iba a ganar. Como siempre.

1
Laura Panama
así me gusta que se defienda no que se umille
Maria natalia Jauregui ramirez
Si
NovelToon
Step Into A Different WORLD!
Download MangaToon APP on App Store and Google Play