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Será Porque Te Amo

Será Porque Te Amo

Status: En proceso
Genre:Romance / Malentendidos / Amor eterno
Popularitas:1.4k
Nilai: 5
nombre de autor: Lisi A. A

Marco Vivaldi solo conoce dos colores en su vida, blanco o negro. Para él no hay quizás, no hay colores intermedios. El peso del pasado está sobre sus hombros haciendo estragos en su vida hasta que conoce a Isabella quien llega a convertirse en su arcoiris. Con ella descubre que hay una gama amplia de colores en la vida, de sentimientos y emociones...¿Pero que tendrán que enfrentar para disfrutar de ellos?

NovelToon tiene autorización de Lisi A. A para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 4 La fiesta del vino

El pueblo amaneció distinto.

Desde muy temprano, las campanas de la iglesia repicaban con alegría mientras los comerciantes abrían sus puestos en la plaza principal. El aroma del pan recién horneado se mezclaba con el de los quesos artesanales, las aceitunas, las especias y, por supuesto, el vino.

Era el día más esperado del año.

La Fiesta del Vino.

Una celebración que reunía a productores, turistas y familias enteras para agradecer una nueva cosecha y mantener vivas las antiguas tradiciones de la Toscana.

Las calles estaban cubiertas de guirnaldas de hojas de vid, racimos de uvas decorativos y cintas de colores que bailaban con el viento.

Isabella contemplaba todo aquello con los ojos brillantes.

Le encantaba esa fiesta desde que era una niña.

No importaba cuántas veces hubiera asistido; cada año conseguía emocionarla como si fuera el primero.

—¿Ya estás soñando despierta otra vez? —preguntó Chiara, dándole un ligero codazo.

Isabella sonrió.

—Mira qué bonito está todo.

—Yo estoy mirando otra cosa.

—¿Qué?

—A los muchachos que han venido de otras ciudades.

Isabella soltó una carcajada.

—No cambias.

—Ni tú tampoco. Sigues creyendo que el amor aparecerá por arte de magia.

—No por arte de magia...

Miró el cielo unos segundos.

—Solo creo que llegará cuando tenga que llegar.

Chiara rodó los ojos.

—Eres un caso perdido.

A unos kilómetros del pueblo, Marco terminaba una reunión con dos distribuidores franceses.

Los contratos estaban firmados.

Las cifras eran excelentes.

Cualquier empresario habría celebrado el acuerdo.

Él simplemente guardó los documentos en una carpeta.

—Ha sido un placer hacer negocios con usted, señor Vivaldi —dijo uno de los hombres.

—Igualmente.

Cuando los visitantes abandonaron la bodega, un hombre alto, de barba perfectamente recortada y sonrisa permanente apareció en la puerta.

—Si no supiera que eres mi mejor amigo, pensaría que vienes al mundo solo para trabajar.

Marco ni siquiera levantó la vista.

—Buenos días, Lorenzo.

Lorenzo Bianchi caminó hasta servir dos copas de vino.

Era prácticamente el único amigo que Marco conservaba desde la adolescencia.

Tenían la misma edad, pero eran completamente distintos.

Lorenzo disfrutaba las fiestas, los viajes y las reuniones sociales.

Marco encontraba paz únicamente entre las viñas.

—Hoy no puedes decirme que no.

Marco levantó una ceja.

—¿A qué exactamente?

—A la Fiesta del Vino.

—No.

—Todavía no he terminado de pedirte el favor.

—La respuesta sigue siendo no.

Lorenzo negó con la cabeza mientras reía.

—Eres desesperante.

—Lo sé.

—Han pasado cuatro años desde la última vez que apareciste en una fiesta del pueblo.

—Y sigo vivo.

—Precisamente ese es el problema.

Marco frunció el ceño.

—¿Qué quieres decir?

Lorenzo dejó la copa sobre la mesa.

Su expresión se volvió más seria.

—Quiero decir que sobrevives.

No vives.

Aquellas palabras quedaron suspendidas entre ambos.

Marco apartó la mirada.

No era la primera vez que alguien se lo decía.

Pero seguía sin saber cómo responder.

Lorenzo aprovechó el silencio.

—Solo será un par de horas.

Después podrás volver a esconderte en tu mansión.

Marco soltó un largo suspiro.

—Está bien.

Pero solo porque no pienso discutir contigo toda la mañana.

Lorenzo sonrió satisfecho.

—Sabía que aceptarías.

—No te emociones.

Sigo creyendo que es una pérdida de tiempo.

—Ya veremos si piensas lo mismo esta noche.

La plaza estaba llena cuando comenzó la celebración.

Un grupo de músicos interpretaba canciones tradicionales italianas mientras varias parejas bailaban alrededor de la fuente central.

Los niños corrían riendo entre los puestos.

Los turistas fotografiaban cada rincón.

Y los productores ofrecían degustaciones de sus mejores vinos.

Pero el momento más esperado aún estaba por comenzar.

La tradicional pisa de la uva.

Las muchachas del pueblo aparecieron vistiendo sencillos vestidos blancos hasta las rodillas.

Entre ellas estaba Isabella.

Llevaba el cabello recogido en una trenza adornada con pequeñas flores de lavanda.

No había una sola joya en su cuerpo.

No la necesitaba.

Su sonrisa iluminaba más que cualquier diamante.

Cuando sonó la música, todas subieron a los enormes toneles de madera llenos de racimos recién cosechados.

Las primeras carcajadas no tardaron en escucharse.

Las jóvenes comenzaban a pisar las uvas descalzas, siguiendo el ritmo de la música.

El jugo púrpura salpicaba sus vestidos.

Sus piernas.

Sus manos.

Ellas reían sin preocuparse por ensuciarse.

Era una tradición.

Y también una celebración de la vida.

Marco llegó justo cuando comenzaba aquella escena.

Caminaba junto a Lorenzo, claramente incómodo entre tanta gente.

Muchos vecinos lo saludaban con respeto.

Él respondía apenas con un movimiento de cabeza.

No disfrutaba siendo observado.

Nunca lo había hecho.

—Relájate un poco —susurró Lorenzo.

—Estoy relajado.

—Tienes la misma expresión que cuando revisas un contrato.

Marco no respondió.

Fue entonces cuando escuchó una risa.

Una risa clara.

Espontánea.

Familiar.

Levantó la vista casi por instinto.

Y allí estaba.

Isabella.

Dentro de uno de los toneles.

Pisando las uvas mientras reía con las demás muchachas.

Su vestido blanco ya estaba completamente manchado de color vino.

Un mechón de cabello se había escapado de la trenza.

Tenía las mejillas sonrojadas por el esfuerzo y la felicidad.

No parecía importarle que todos la miraran.

Ella simplemente disfrutaba el momento.

Marco dejó de escuchar el bullicio de la plaza.

Solo podía verla a ella.

Lorenzo siguió la dirección de su mirada.

—Vaya...

Marco no respondió.

—No recuerdo haberte visto mirar así a ninguna mujer.

—No estoy mirando de ninguna manera.

—Claro que sí.

Marco intentó apartar la vista.

No pudo.

Había algo en aquella muchacha que desafiaba toda lógica.

Mientras el resto intentaba impresionar a quienes observaban, ella solo parecía divertirse.

Era auténtica.

Y eso la hacía diferente.

Como si sintiera que alguien la observaba, Isabella levantó la cabeza.

Sus ojos se encontraron.

Por un instante el tiempo volvió a detenerse.

Ella fue la primera en reconocerlo.

Abrió los ojos con sorpresa.

Después sonrió divertida.

Y, sin dejar de pisar las uvas, levantó una mano para saludarlo.

Marco quedó inmóvil.

No esperaba aquella reacción.

Mucho menos después de cómo habían terminado las cosas entre ambos.

Lentamente, casi sin darse cuenta, respondió con un leve movimiento de cabeza.

Isabella volvió a concentrarse en la música.

Pero sonreía.

Chiara se acercó enseguida.

—¿Qué pasa?

—Nada.

—Acabas de mirar a alguien.

—Solo... reconocí a una persona.

Chiara siguió discretamente la dirección de su mirada.

Cuando descubrió de quién se trataba, casi se atragantó.

—¿Marco Vivaldi?

Isabella asintió.

—¿Lo conoces?

—Digamos que... nos encontramos hace unos días.

—¿Y no me contaste?

Isabella soltó una pequeña risa.

—Porque fue el encuentro más extraño de mi vida.

—Ahora tienes que contármelo todo.

—Luego.

La música volvió a aumentar de volumen.

Las jóvenes continuaron riendo mientras el público aplaudía.

Desde el otro extremo de la plaza, Marco seguía observándola.

No entendía por qué.

Solo sabía que cada vez que Isabella sonreía, algo dentro de él se movía ligeramente.

Una sensación cálida.

Extraña.

Casi olvidada.

Y eso lo inquietaba más de lo que estaba dispuesto a admitir.

A pocos metros de Isabella, un joven de cabello oscuro observaba la misma escena con una sonrisa completamente distinta.

Era Darío.

Sus ojos no reflejaban ternura.

Ni admiración.

Reflejaban satisfacción.

Como quien contempla un premio que está convencido de ganar.

Dos de sus amigos se acercaron.

—¿Entonces? ¿Esta noche por fin?

Darío sonrió con arrogancia.

—Esta noche dejará de ser una niña.

Sus amigos soltaron una carcajada.

Ninguno de ellos notó que, a unos metros de distancia, un hombre de ojos grises acababa de escuchar aquellas palabras.

Y, por primera vez en muchos años, Marco Vivaldi sintió que la sangre comenzaba a hervirle dentro de las venas.

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