Novela +18.
Vivir en un matrimonio político no es tan maravilloso cuando tu marido te desprecia. pero Rosaline tomará las riendas de su vida y al duque también. Porque ella es la duquesa.
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Capítulo 2 — El hombre con quien me casé
El día de mi boda amaneció gris, y me pareció apropiado.
No dormí casi nada; cada vez que cerraba los ojos veía una iglesia llena de desconocidos observándome como si mi vida les perteneciera.
Las doncellas entraban y salían de mi habitación arreglando velos, acomodando seda, apretando cintas, hablando en murmullos, mientras yo permanecía sentada frente al espejo intentando reconocer a la mujer vestida de novia.
No me parecía yo.
Parecía alguien preparada para ser entregada.
Edith colocó el último broche en mi cabello y me observó por el reflejo.
—Está temblando.
Miré mis manos.
Lo estaban.
—No puedo evitarlo.
Ella se inclinó.
—Todavía puede respirar.
La miré y sonreí apenas.
—Qué consuelo tan pobre.
—Es el único que tengo.
Eso me hizo reír, y agradecí ese momento. Porque afuera todo pesaba demasiado.
Mi madre entró entonces.
No dijo que me veía hermosa. No dijo nada que una madre diría a una hija en su boda.
Solo me observó con esa exigencia intacta.
—No bajes la cabeza durante la ceremonia.
—Sí, madre.
Se acercó a acomodar mi velo.
Sus manos eran firmes. Distantes.
—Hoy representas a los Valmont.
La miré.
—Hoy me caso.
—Ambas cosas son lo mismo.
Había días en que sus palabras me herían más por lo que omitían.
Quise preguntarle si estaba orgullosa.
No lo hice.
Nunca sabía para qué seguir esperando ciertas respuestas.
Cuando llegué a la catedral sentí el peso de todas las miradas.
Nobles. Familias antiguas. Rumores escondidos en abanicos. Sonrisas fingidas.
Yo podía escuchar los murmullos incluso antes de bajar del carruaje.
—Ahí está la heredera Valmont.
—Con razón aceptó el duque.
—Las deudas hacen milagros.
No miré a nadie. Pero escuché todo. Cada palabra.
Mi mano estaba helada sobre el brazo de mi madre.
—No tiemble.
Lo dijo sin mirarme.
—Lo intento.
Entramos. Y entonces lo vi. Al final del altar.
Erick de Ravenshire.
Durante un instante todo alrededor se volvió ruido lejano.
No estaba preparada para verlo así.
Alto. Impecable. El cabello rubio recogido en una cola como había visto en el retrato, pero en persona parecía más severo; su rostro tenía una dureza que imponía, una belleza demasiado seria para resultar amable.
Y esos ojos grises. Fríos. Difíciles.
Me observó mientras avanzaba hacia él.
No sonrió. No hubo ternura en su mirada. Solo evaluación.
Como si yo también fuera una decisión que intentaba aceptar.
Mi corazón golpeaba demasiado fuerte.
Cuando llegué frente a él nuestras manos se tocaron al acomodarnos. Su piel estaba fría. Ni siquiera eso pude dejar de notar.
La ceremonia empezó.
El sacerdote hablaba. Yo apenas escuchaba. Sentía la presencia del hombre a mi lado como una presión extraña.
No era un esposo todavía.
Era un desconocido con quien estaba a punto de unir mi vida.
Cuando pronuncié los votos mi voz vaciló. Muy poco. Pero él lo notó.
Porque sus ojos se desviaron hacia mí. Y por un segundo tuve la sensación absurda de que quería decirme algo.
No lo hizo.
Cuando tomó mi mano para colocar el anillo, sus dedos rodearon los míos con firmeza. No suavidad. Firmeza.
Levantó apenas la voz para decir sus votos. Grave. Controlada.
Sin emoción visible.
Y aun así me estremeció escucharla tan cerca. Cuando nos declararon marido y mujer no sentí triunfo.
Ni felicidad. Sentí vértigo. A la salida los invitados se acercaban como una marea.
Felicitaciones.
Miradas.
Comentarios velados.
Un lord viejo besó mi mano y dijo:
—Ha salvado usted un ducado, señora.
Yo sonreí por educación. Quería desaparecer. En mitad de todo Erick se inclinó apenas hacia mí.
Su primera frase como esposo.
—Ignorarlos si te sientes atrapada.
Giré hacia él.
—¿Es tan evidente?
—Mucho.
—Gracias por decírmelo con tanta delicadeza.
Lo dije antes de pensarlo.
Sus ojos se detuvieron en mí. Y para mi sorpresa algo parecido a un gesto apenas se movió en su boca.
Casi una sonrisa. Casi.
—Aprende rápido, duquesa.
Duquesa.
Escucharlo de sus labios me hizo sentir extraña. Después, durante el banquete, nos sentaron juntos en una mesa interminable llena de nobles.
Parecíamos una pareja.
No lo éramos. Él respondía con educación, hablaba poco, observaba mucho.
Yo podía sentirlo incluso cuando no me miraba.
En un momento pregunté en voz baja:
—¿Está arrepentido?
Giró el rostro hacia mí.
—¿De qué?
—De este matrimonio.
Me sostuvo la mirada demasiado tiempo.
—Los arrepentimientos son inútiles cuando algo ya está hecho.
Qué respuesta tan propia de él. Fría.
Lo miré.
—¿Siempre es tan agradable?
Esa vez sí vi una sombra de ironía.
—¿Siempre desafía en voz baja?
—Solo cuando me provocan.
Me observó con atención nueva. Como si no esperara eso de mí. Y no sé por qué me gustó haberlo sorprendido.
Más tarde escuché a dos damas detrás de mí. No sabían que las oía.
—Pobre muchacha.
—Pobre él.
—Se casó por dinero.
Sentí la humillación subir por el cuello. Antes de moverme, la voz de Erick sonó detrás de mí. Calmada.
Pero afilada.
—Si desean discutir mi matrimonio, háganlo lejos de mí y de mi esposa. O le cortare la lengua.
Las mujeres quedaron mudas.
Yo también.
Cuando se alejaron lo miré.
—No tenía que intervenir.
—Era molesto escucharlas.
Quise decir gracias. No salió. Solo dije:
—No pensé que me defendería.
Sus ojos grises bajaron a mí.
—No confunda eso.
¡Qué hombre! Aún así, no puede evitar sentir curiosidad por él.
La noche cayó.
Finalmente llegamos a Ravenshire.
Mi nuevo hogar.
Nuestro hogar, supuestamente. El palacio se alzaba inmenso y severo, iluminado por antorchas.
Todo me hizo sentir pequeña.
Los sirvientes hicieron reverencias. Yo apenas podía respirar.
Erick me ofreció el brazo. Lo tomé. Subimos en silencio.
Cuando por fin estuvimos solos en la habitación nupcial sentí más nervios que en toda la ceremonia.
No sabía qué debía ocurrir. No sabía qué esperaba él. Me quedé inmóvil junto a la cama.
Él se quitó los guantes con calma. Luego me miró.
—Está aterrada.
No lo negó.
—Un poco.
—Mucho.
No pude evitar soltar una pequeña risa.
—Usted tiene el talento de hacer incómodo todo.
—Es uno de mis mejores talentos.
Me sorprendió. Había humor ahí. Seco. Pero vivo.
Luego se acercó. Mi respiración se cortó. Se detuvo frente a mí. Muy cerca.
—Míreme.
Lo hice.
—No voy a tocarla esta noche.
No esperaba eso.
—¿No?
—No acostumbro reclamar derechos sobre alguien que apenas conozco.
Lo miré sin saber qué pensar. Había dureza en él, sí. Pero también una disciplina extraña.
Se apartó un poco.
—Este matrimonio empezó por necesidad, Lady Rosaline.
—Rosaline basta.
Me observó.
—Rosaline, entonces.
Mi nombre en su voz sonó distinto. Más íntimo de lo que debía.
Continuó.
—No le ofreceré falsas promesas. Ni amor como esperan las jóvenes de hoy.
Agradecí esa honestidad brutal.
—Ni yo las esperaría.
Sus ojos se estrecharon un poco.
—Tiene más carácter del que aparenta.
—Usted tiene menos hielo del que presume.
Hubo un silencio. Luego dijo algo que me dejó inmóvil.
—Tenga cuidado diciendo cosas así. Podría empezar a agradarme mi esposa.
Sentí calor subir a mis mejillas.
Maldito hombre.
Se alejó hacia la ventana.
—Descanse.
—¿Y usted?
—Tengo asuntos.
—¿La noche de bodas tiene asuntos?
Volvió a mirarme. Y esta vez sí sonrió. Breve. Peligrosamente atractivo.
—Ahora entiendo que mi esposa será difícil.
No supe qué responder.
Cuando salió me quedé sentada en la cama mirando la puerta.
Aquel hombre me desconcertaba. Era frío. Sí. Distante. También. Pero no era exactamente lo que había temido.
Y eso me inquietaba más.
Me deshice del velo con manos lentas. Toqué el anillo.
Esposo.
Duque.
Contrato.
Todo era real. Me habían casado con un desconocido.
Un hombre que parecía hecho de piedra y que aun así acababa de regalarme algo parecido a consideración.
No sabía si eso era poco o demasiado.
Solo sabía que al cerrar los ojos seguía viendo sus ojos grises observándome. Y una frase suya regresaba una y otra vez.
“Podría empezar a agradarme mi esposa"
Era una broma.
Probablemente. Pero mi corazón, traidor, no quiso tomarla como una broma.
Esa noche entendí que mi matrimonio no sería un cuento dulce.
Sería otra clase de historia. Más difícil. Más peligrosa. Tal vez más viva de lo que imaginé.
Y mientras dormía en una casa desconocida con un hombre desconocido al otro lado del corredor, pensé algo que me dio miedo admitir.
Quería entender al duque Erick de Ravenshire.
Y tal vez, solo tal vez, quería que él intentara entenderme a mí.