¿Qué harías si la única persona que puede salvarte es un "fantasma" que solo tú puedes ver?
Hades está en coma, pero su espíritu está atrapado en el mundo de los vivos, atado a Ela por un hilo rojo incandescente. Él busca una salida; ella busca una razón para seguir adelante. Están anclados el uno al otro en una lucha desesperada contra el destino. Juntos deberán enfrentar los nudos de dolor que los unen antes de que sea demasiado tarde. Una historia sobre la vida, la muerte y el poder de una conexión que no se puede romper.
Descubre "Rojo destino: El último nudo", una novela donde el amor es la única luz en la oscuridad del vacío.
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El arte de la simulación.
El regreso a la rutina escolar se sintió como entrar en una dimensión paralela. Después de haber sellado un pacto de venganza con el heredero de los Lombardi, sentarse a escuchar una clase sobre literatura clásica parecía un ejercicio de ironía absoluta. Isela observaba el pizarrón, pero su mente repasaba las líneas de código que Hades le había mostrado la noche anterior.
En el pasillo, durante el descanso, se cruzó con Mía. La chica lucía el cabello impecablemente peinado, pero sus ojos delataban una inquietud que no podía ocultar con maquillaje. Sin embargo, había algo distinto en ella. Al acercarse a Isela, ya no tenía esa mirada perdida y vidriosa de las semanas anteriores.
—Ela, ¿has sabido algo de Bastián? —preguntó Mía en voz baja, mirando por encima de su hombro—. Los profesores dicen que está enfermo, pero su lugar sigue vacío y mi padre está muy tenso últimamente. Siento que algo está pasando.
Isela observó a Mía con detenimiento. Notó que su piel tenía un brillo más saludable y que sus manos ya no temblaban. Una chispa de alegría genuina cruzó el rostro de Isela, rompiendo por un momento su máscara de frialdad.
—No he hablado con él, Mía —respondió Isela, pero luego bajó la voz y le dedicó una sonrisa cálida—. Pero te veo mucho mejor. Me alegra tanto que ya no estés consumiendo esa basura. Tus ojos se ven claros de nuevo, ya no tienes esa mirada perdida de antes. De verdad, me pone muy feliz verte así.
Mía se quedó helada por un segundo, sorprendida por la sinceridad de Isela. Sus ojos se humedecieron y, por primera vez, la rivalidad que alguna vez las separó se desvaneció por completo.
—Gracias, Ela —susurró Mía con gratitud real—. De verdad. Si no fuera por lo que hiciste ese día... no sé dónde estaría ahora. Gracias por no dejar que me hundiera.
Esa pequeña complicidad selló un vínculo nuevo entre ellas. Mía se alejó con un poco más de fuerza en sus pasos, dejando a Isela con una sensación agridulce. Al menos una vida se estaba salvando en medio de todo ese desastre.
Al llegar a casa esa tarde, la atmósfera era diferente. Elena estaba esperándola con una pila de carpetas y el boletín de calificaciones sobre la mesa. No se veía enojada, sino preocupada, con esa expresión de madre que sabe que algo se le está escapando de las manos.
—Siéntate, nena —dijo Elena, señalando la silla frente a ella—. He estado revisando tus últimos trabajos. Tu promedio ha bajado considerablemente. Sé que hemos pasado por mucho, que los once meses sin tu padre han sido un infierno para ambas... pero no quiero que pierdas tu futuro por esto.
Isela bajó la mirada, sintiendo el peso de la culpa. Su madre intentaba reconstruir sus vidas sobre bases de cristal.
—Dante Miller se ofreció a buscarte un tutor si lo necesitas —añadió Elena—. Dice que él puede encargarse de los gastos, que quiere que seas la mejor de tu clase, como tu papá siempre soñó.
—No necesito un tutor, mamá. Y mucho menos que Miller lo pague —respondió Isela con una firmeza que sorprendió a Elena—. Yo puedo hacerlo sola. Esta noche me quedaré estudiando hasta tarde.
Elena suspiró y le acarició el cabello con ternura.
—Está bien, confío en ti. Solo... vuelve a ser tú, Ela. Te siento tan lejos a veces.
Isela se refugió en su habitación. Cerró la puerta y se dejó caer contra la madera. Hades apareció frente a ella, flotando a pocos centímetros del suelo, con su aura azulada iluminando suavemente el cuarto.
—Es difícil mentirle a ella, ¿verdad? —preguntó Hades con una suavidad que desarmó a Isela.
—Es lo que más me duele, Hades. Pero si sabe la verdad, la matarán. Prefiero que piense que soy una mala estudiante a que termine como mi padre.
Isela se sentó y abrió sus libros de física, pero no podía concentrarse. Hades se acercó y colocó sus manos sobre los hombros de Isela. El frío reconfortante de su presencia la envolvió de inmediato. A medida que el ritmo de su respiración se calmaba, el hilo rojo comenzó a brillar con un rojo carmesí, extendiéndose desde su pecho y enroscándose en los dedos traslúcidos de Hades.
—Yo te ayudaré a estudiar —dijo él con una sonrisa ligera—. Puedo procesar las fórmulas en milisegundos y explicártelas mejor que cualquier profesor. Pero antes... necesitas descansar tu mente.
Pasaron las siguientes horas sumergidos en una burbuja de extraña normalidad. Hades le explicaba las leyes de la física, traduciendo conceptos complejos en palabras sencillas, mientras el hilo rojo vibraba con una luz cálida y constante. En esos momentos, Isela olvidaba el peligro y la sangre. Solo existían ellos dos.
—Eres mejor que cualquier tutor que Miller pudiera pagar —bromeó Isela, cerrando el libro cerca de la medianoche—. Gracias por estar aquí, Hades.
Él la miró con una intensidad que hizo que el corazón de Isela diera un vuelco.
—No podría estar en ningún otro lugar, Ela. Eres el ancla que me mantiene en este mundo, y yo soy el escudo que no dejará que te rompas.
El hilo rojo brilló con una intensidad profunda antes de desvanecerse lentamente cuando Isela se preparó para dormir. La paz era momentánea, pero necesaria. Mañana el plan de Bastián comenzaría su fase de ejecución, y el primer golpe digital contra los Lombardi cambiaría el tablero para siempre. Pero por esa noche, Isela Novak solo era una adolescente protegida por el fantasma que se había convertido en su todo.