Alina siempre creyó que su matrimonio era solo un contrato frío con el hombre más poderoso de la ciudad. Durante tres años vivió ignorada por su esposo, el misterioso empresario Adrián Valek.
La noche en que decide firmar el divorcio, un atentado cambia todo.
Adrián pierde la memoria… y lo único que recuerda es que Alina es la persona más importante de su vida.
Mientras él intenta enamorarla otra vez, enemigos ocultos del imperio empresarial de Adrián comienzan a atacar.
Pero hay un secreto que nadie conoce:
Alina no es una mujer común… ella lleva años investigando quién intentó destruir su vida.
Y ahora que Adrián cambió…
tal vez el amor que nunca existió pueda nacer de verdad.
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El divorcio que lo cambió todo.
La lluvia golpeaba las ventanas del enorme edificio Valek Group como si el cielo estuviera descargando toda su furia sobre la ciudad.
Dentro del último piso, todo estaba en silencio.
Alina Torres sostenía un sobre blanco con las manos ligeramente temblorosas.
Había esperado ese momento durante tres años.
Tres largos años viviendo en una mansión que nunca se sintió como un hogar.
Tres años siendo la esposa de uno de los hombres más poderosos del país… y al mismo tiempo, una completa desconocida para él.
Frente a ella, sentado detrás de un elegante escritorio de madera oscura, estaba Adrián Valek.
El hombre que había cambiado su vida para siempre.
Alto.
Elegante.
Frío.
Sus ojos grises estaban fijos en unos documentos mientras firmaba papeles sin siquiera mirarla.
Como si su presencia no significara nada.
Como si ella fuera solo otra empleada más.
Alina respiró profundamente.
—Adrián… —dijo finalmente.
Él no levantó la mirada.
—Si vienes por dinero, habla con mi abogado.
Las palabras cayeron como hielo en la habitación.
Pero Alina ya estaba acostumbrada.
Después de todo… ese hombre nunca había sido realmente su esposo.
Su matrimonio había sido solo un contrato.
Un acuerdo frío entre dos familias poderosas.
Una boda sin amor.
Sin promesas.
Sin sentimientos.
Alina caminó lentamente hasta el escritorio y colocó el sobre frente a él.
—No vine por dinero —dijo con calma—. Vine por esto.
Adrián frunció ligeramente el ceño y finalmente levantó la mirada.
Sus ojos se posaron en el sobre.
Luego en ella.
Por primera vez en semanas.
—¿Qué es?
—Papeles de divorcio.
La habitación quedó en silencio.
Un silencio tan pesado que parecía llenar cada rincón del despacho.
Adrián tomó el sobre con una expresión inexpresiva.
Lo abrió.
Leyó la primera página.
Y algo en su mirada cambió.
No mucho.
Solo lo suficiente para que Alina lo notara.
—¿Te quieres divorciar? —preguntó él.
Su tono no mostraba sorpresa.
Ni tristeza.
Ni enojo.
Nada.
Como si la idea de perderla no significara absolutamente nada.
Alina sintió un pequeño dolor en el pecho.
Pero sonrió débilmente.
—Nuestro acuerdo era por tres años.
Adrián apoyó el documento sobre la mesa.
—Aún faltan dos meses.
—Lo sé.
Ella lo miró directamente a los ojos.
—Pero creo que ya no tiene sentido seguir fingiendo.
Adrián la observó en silencio durante unos segundos.
Su mirada era difícil de leer.
Siempre lo había sido.
Ese era uno de los problemas de estar casada con él.
Adrián Valek era como una pared de hielo.
Imposible de atravesar.
—¿Te enamoraste de otro? —preguntó de repente.
La pregunta tomó a Alina por sorpresa.
Parpadeó.
—No.
—Entonces no veo la prisa.
Alina soltó una pequeña risa triste.
—¿Prisa?
Sus ojos recorrieron la enorme oficina.
Las paredes de vidrio.
Los muebles lujosos.
Todo ese mundo al que nunca perteneció.
—Adrián… en tres años cenamos juntos solo cuatro veces.
Él no respondió.
—Nunca celebramos un aniversario.
Silencio.
—Ni siquiera recuerdas mi cumpleaños.
Adrián frunció ligeramente el ceño.
Eso fue suficiente respuesta.
Alina bajó la mirada.
—Ya no quiero vivir así.
Tomó aire.
—Quiero ser libre.
Las palabras quedaron flotando en el aire.
Adrián apoyó la espalda contra la silla.
Sus ojos grises la estudiaron con atención.
Como si estuviera viendo algo nuevo.
Algo que antes no había notado.
—Si quieres irte… vete.
La respuesta fue tan simple que dolió más de lo que Alina esperaba.
Pero ella solo asintió.
—Gracias.
Adrián tomó una pluma y firmó los papeles sin decir nada más.
El sonido de la tinta sobre el papel pareció increíblemente fuerte.
Cuando terminó, empujó los documentos hacia ella.
—Listo.
Tres años de matrimonio… terminados en menos de cinco minutos.
Alina tomó los papeles.
Los guardó en el sobre.
Y por un momento se quedó de pie frente a él.
Había tantas cosas que quería decir.
Tantas preguntas.
Pero al final solo dijo:
—Adiós, Adrián.
Se dio la vuelta.
Y caminó hacia la puerta.
Cada paso se sentía más pesado que el anterior.
Pero no se detuvo.
Cuando su mano tocó la manija de la puerta, escuchó la voz de Adrián detrás de ella.
—Alina.
Ella se congeló.
Su corazón latió con fuerza.
Era la primera vez en meses que él decía su nombre.
Se giró lentamente.
—¿Sí?
Adrián la observaba con una expresión extraña.
Como si estuviera pensando en algo.
Algo importante.
Pero después de unos segundos simplemente dijo:
—Nada.
El corazón de Alina se hundió.
Asintió una vez.
Y salió de la oficina.
La puerta se cerró con un suave clic.
Adrián se quedó solo.
Miró el espacio vacío donde ella había estado.
Algo dentro de él se sentía… extraño.
Pero no supo explicar qué era.
Sacudió la cabeza.
Y volvió a trabajar.
Una hora después.
Un auto negro avanzaba por una avenida mojada.
Dentro del vehículo, Adrián observaba las luces de la ciudad a través de la ventana.
La lluvia caía cada vez más fuerte.
El conductor habló desde el asiento delantero.
—Señor Valek, ¿vamos a la mansión?
Adrián pensó por un momento.
La mansión.
Ese lugar enorme que ahora se sentiría aún más vacío.
—Sí.
El auto giró en una curva.
Pero en ese momento…
Un camión apareció de la nada.
Los faros brillaron directamente hacia ellos.
—¡Cuidado! —gritó el conductor.
Todo ocurrió en segundos.
Un ruido ensordecedor.
Metal chocando.
Cristales explotando.
El auto giró violentamente antes de detenerse contra una barrera.
Silencio.
La lluvia seguía cayendo.
Dentro del auto destrozado, Adrián apenas podía respirar.
La sangre corría por su frente.
Su visión se volvía borrosa.
Y justo antes de perder el conocimiento…
Una imagen apareció en su mente.
El rostro de Alina.
Su voz.
Su sonrisa triste.
Y una sensación terrible lo atravesó.
Un miedo profundo.
Como si acabara de perder algo invaluable.
Algo que nunca volvería a recuperar.
Al día siguiente.
Hospital Central.
Una enfermera salió corriendo de la habitación.
—¡Doctor! ¡El paciente despertó!
El médico entró rápidamente.
Adrián abrió lentamente los ojos.
Miró alrededor confundido.
—Señor Valek —dijo el doctor—. ¿Puede escucharme?
Adrián parpadeó.
—¿Dónde estoy?
—En el hospital. Tuvo un accidente.
Adrián frunció el ceño.
—Accidente…
El doctor asintió.
—Necesito hacerle algunas preguntas para comprobar su memoria.
Adrián respiró lentamente.
—Está bien.
—¿Sabe su nombre?
—Adrián Valek.
—Bien. ¿Recuerda su empresa?
—Valek Group.
Todo parecía normal.
El doctor sonrió.
—Perfecto.
Pero entonces hizo la última pregunta.
—¿Recuerda a su esposa?
Adrián se quedó en silencio.
Una imagen apareció en su mente.
Una mujer de ojos brillantes.
Una sonrisa dulce.
Su corazón latió con fuerza.
—Sí —dijo lentamente.
El doctor asintió.
—¿Cuál es su nombre?
Adrián respondió sin dudar.
—Alina.
Pero luego frunció el ceño.
Algo no estaba bien.
Porque en su mente…
Ella no era una esposa distante.
No era una desconocida.
En su memoria…
Alina era la mujer que amaba más que a su propia vida.
Adrián miró al doctor con urgencia.
—¿Dónde está mi esposa?
Pero lo que Adrián no sabía…
Era que doce horas antes…
Alina Torres había desaparecido.
Sin dejar rastro.