Tres casi hermanos, una finca cargada de sombras y un destino que se escribe en la sangre. Sofía, una científica brillante cuya única pasión es un laboratorio que la aísla del mundo; Julián, un hombre de un temperamento volcánico que oculta un poder devastador; y Esmeralda, la calma necesaria en medio de la tormenta familiar. En un lugar donde la tierra parece estar viva, los tres se verán arrastrados por deseos prohibidos y amores que desafían su lógica, mientras el misterio científico de su legado amenaza con consumirlos a todos.
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Capítulo 12: Rodrigo
...Rodrigo...
Llegar a la casa natal de Julián no era solo un trámite de negocios; era entrar en un mausoleo de tradiciones y tierras que respiraban una historia que yo apenas empezaba a descifrar. La propiedad se alzaba con una arrogancia rústica, una mansión que gritaba "viejo dinero" en cada viga de madera y cada piedra de su fachada. Pero mi mente, siempre analítica, se detuvo en seco cuando cruzamos el umbral del comedor. El aire se me escapó de los pulmones, dejando un vacío ardiente en mi pecho, cuando mi vista se ancló en una figura que no esperaba volver a ver tan pronto.
Allí, sentada con una calma que me pareció insultante, estaba la escurridiza
El choque fue una descarga de alto voltaje que me recorrió la columna. Tras las presentaciones de rigor, la realidad me abofeteó con la fuerza de un huracán: Sofía Videla. No era solo la mujer que me había obsesionado en aquel club nocturno, ni la extraña que había despertado en mí un hambre que creía domesticada. Era la hermana de mi socio, de mi mejor amigo. El mundo no era pequeño; era un tablero de ajedrez donde el destino se estaba carcajeando de mis planes. ¿Cómo diablos iba a explicarle a Julián que, desde el primer segundo en que la vi, mi único objetivo era poseerla, romper esa máscara de frialdad científica y follarla hasta que ambos olvidáramos nuestros apellidos?
El desayuno transcurrió en una nebulosa de cortesías vacías y sabores que no llegué a procesar. Mi mirada, sin embargo, funcionaba como un radar infrarrojo, captando cada pequeño detalle de ella: la forma en que sus dedos rodeaban la taza, el movimiento sutil de su garganta al tragar, la indiferencia con la que evitaba mis ojos.
Cuando el encuentro del desayuno terminó, usé la excusa más vieja del mundo —tengo que usar un baño— para deslizarme tras ella. Me sentía como un depredador en territorio ajeno, pero la urgencia era tal que mi lógica empresarial había quedado reducida a cenizas.
La vi salir hacia el patio lateral, donde el sol de la mañana empezaba a calentar la tierra roja de la hacienda. Pero la sorpresa escaló a un nivel casi insoportable cuando vi con quién se reunía. Allí, bajo el dintel de un establo, estaba Rances. Mi hermano. El hombre por el que había cruzado fronteras y movido cielo y tierra en el último mes estaba allí mismo, intercambiando palabras con la mujer que me quitaba el sueño. Las piezas encajaban con una violencia casi cómica.
Se montaron en un Jeep y arrancaron, levantando una nube de polvo que parecía burlarse de mi confusión. El instinto, ese que nunca me falla en la bolsa de valores ni en los negocios de alto riesgo, tomó el mando. No me detuve a pensar. Desaté un caballo que descansaba cerca de la estructura principal y me lancé tras ellos, manteniendo una distancia prudencial entre los árboles de caucho y la maleza espesa.
Los observé desde lejos cuando se detuvieron en un claro solitario, un rincón donde solo el viento y las cigarras servían de testigos. Vi cómo Rances le entregaba un dispositivo, hablaron con una seriedad que denotaba una complicidad puramente intelectual, y luego se separaron.
Por un segundo, mi lealtad fraternal luchó contra mi deseo animal. ¿Seguía a mi hermano perdido o a la mujer que me hacía arder? El deseo ganó por goleada. Siempre lo hace cuando la sangre hierve.
Espoleé al caballo y le corté el paso cuando estuvo lo suficientemente lejos de Rances. La atrapé antes de que pudiera protestar, desmontando con una agilidad que no sabía que conservaba, y la aprisioné contra el tronco rugoso de un árbol centenario. El contacto fue eléctrico. La corteza hería mi espalda, pero ella estaba entre mis brazos, y eso era lo único que importaba.
Esta mujer me calienta de una forma que bordea lo demoníaco. No soy un loco, ni suelo perder los estribos, pero el beso de la noche anterior me había dado el mapa de su propia hoguera. Sentí su respiración errática contra mi cuello mientras mis manos, grandes y ásperas por el viaje, se perdían bajo su ropa de trabajo. Busqué la suavidad de su espalda, bajando hasta la curva de sus glúteos para pegarla más a mí. Quería que sintiera mi erección, esa dureza que palpitaba con una urgencia cruda, reclamando su espacio contra la firmeza de su vientre.
—No te vas a escapar esta vez, escurridiza —le susurré al oído, mientras mi boca buscaba el lóbulo de su oreja para morderlo con una presión que le arrancó un jadeo sordo.
Mis manos subieron con una necesidad violenta, buscando sus pechos bajo la tela fina de su blusa. Cuando mis dedos rodearon su firmeza y sentí sus pezones endurecerse al tacto, supe que ella estaba tan perdida como yo. La embestí con mi cadera, una y otra vez, buscando el roce que nos hiciera estimular al otro alli mismo, donde lo único que ponía límite era la ropa de cada uno salvo mi mano en su pecho y la otra en su intimidad. Quería desnudarla por completo, inspeccionar cada centímetro de su piel dorada, ver cómo sus ojos se nublaban de placer mientras yo me hundía en ella de la forma más primitiva y absoluta que existe, pero quería sin poder hacerlo. Estaba a punto de bajarle los pantalones, mis dedos ya estaban dentro de su panty al inicio de su entrada, cuando el maldito comunicador que Rances le había dado empezó a pitar con una insistencia chirriante.
El sonido rompió el hechizo como un disparo. Ella me miró con una mezcla de frustración y un sentido del deber que me hizo querer aplastar el aparato. La solté, no porque quisiera, sino porque respeto las reglas del juego cuando el otro jugador marca un límite. La vi marcharse, y el vacío que dejó fue reemplazado por una furia sorda y una insatisfacción que me hacía doler los huesos.
Al regresar a la mansión, Julián me esperaba con el ceño fruncido.
—¿Dónde estabas, Rodrigo? Pensé que te habías perdido.
—Salí a dar un paseo, a reconocer el terreno —mentí con la fluidez de un profesional—. Pero tengo noticias. Ya encontré a mi hermano. Bueno, a medias. Aún no he hablado con él a solas.
—¿Cómo? ¿Dónde? —Julián estaba atónito.
—Aquí mismo, en tu casa. Lo vi saliendo hace un rato con tu hermana.
Julián se puso pálido, una reacción que me resultó interesante. —¿Mi hermana? ¿Estás seguro?