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8: el traje blanco
Yougmin había salido del apartamento esa tarde con la misma sensación de ligereza que la vez anterior. El sol calentaba las calles de Roppongi sin quemar, caminó sin prisa, sin mirar atrás, sin apretar los puños en los bolsillos por si tenía que correr. Sauching le había escrito temprano: una línea corta y seca como siempre.
*Sauching:*
Reuniones hasta las 20:30. No me esperes para cenar. Llego tarde.
No había más instrucciones. No había “no salgas”. No había “quédate dentro”. Solo libertad condicional que, por unas horas, se sentía casi real.
Almorzó en un pequeño restaurante de soba cerca de la estación. Pidió un tazón grande de zaru soba fría, con el tsuyu bien concentrado y un poco de wasabi que le hizo lagrimear los ojos. Comió despacio, mirando a la gente pasar por la ventana: oficinistas con auriculares, parejas jóvenes tomados de la mano, turistas con mapas en las manos. Nadie lo miró dos veces. Nadie lo reconoció. Era invisible y, por eso mismo, libre.
Después caminó hacia el sur, dejando que los pies lo llevaran. Pasó por galerías de arte abiertas al público, por tiendas de discos de vinilo, por un parque donde un grupo de niños jugaba con cometas. El viento le revolvió el cabello y por un momento cerró los ojos, sintiendo el sol en la cara. No pensó en deudas. No pensó en moretones. No pensó en Sauching. Solo existió.
Hasta que dobló una esquina y se topó con Taeyong.
El hermano mayor estaba sentado en una banca de metal negro, fumando un cigarrillo con la misma calma con la que respiraba. Llevaba gafas de sol, chaqueta de cuero ligera y jeans oscuros. Cuando vio a Yougmin, exhaló el humo hacia un lado y levantó la mano en saludo casual.
—Otra vez tú —dijo con esa media sonrisa suya—. ¿El pequeño pájaro salió de la jaula dorada?
Yougmin se detuvo, un poco sorprendido, pero no asustado.
—Solo… paseando.
Taeyong apagó el cigarrillo contra la suela de su bota y se puso de pie.
—Buen día para eso. ¿Vienes o vas?
—Regreso al hotel.
Taeyong asintió.
—Te acompaño un rato. No es que dude de ti, pero… ya sabes.
Caminaron en silencio cómodo. Taeyong no preguntaba por Sauching. No preguntaba por el dinero ni por los regalos. Solo caminaba a su lado, comentando cosas pequeñas: el nuevo café que acababa de abrir en la calle de al lado, cómo el tráfico siempre empeoraba los viernes, que el ramen de cierto puesto en Shibuya seguía siendo el mejor de Tokio aunque ya nadie lo reconocía.
Yougmin respondió lo justo. Sonrió alguna vez. Se sintió… normal.
Cuando llegaron a la entrada del Eclipse Residences, Taeyong se detuvo.
—Hasta aquí —dijo—. Cuídate, bonito. Y dile a mi hermano que si necesita algo, ya sabe dónde estoy.
Yougmin inclinó la cabeza ligeramente.
—Gracias… por acompañarme.
Taeyong le dio una palmada ligera en el hombro y se giró. Desapareció entre la gente sin mirar atrás.
Yougmin entró al lobby, subió al piso 38 y se duchó. Se puso ropa cómoda. Preparó un té verde y se sentó junto al ventanal a ver cómo la ciudad se encendía poco a poco. El cielo pasó de naranja a violeta, de violeta a negro profundo. Y esperó.
Sauching llegó cerca de las once.
La puerta se abrió con el clic suave de siempre. Traía el traje arrugado por un día largo, el nudo de la corbata flojo, una bolsa de papel negro mate en la mano izquierda. Cerró la puerta y miró a Yougmin, que se había levantado del sofá al oírlo entrar.
—Buenas noches —dijo Sauching, voz baja y cansada pero con ese filo que nunca desaparecía.
—Buenas noches.
Sauching dejó la bolsa sobre la mesa de centro.
—Ábrela.
Yougmin se acercó. Sacó el contenido con cuidado. Era un traje. No uno normal. Un conjunto de conejo blanco: orejas largas y suaves, un body ajustado de terciopelo blanco con cola de pompón, medias hasta el muslo con ligas, puños de encaje en las muñecas y un collar con cascabel diminuto. Todo impecable, caro, diseñado para provocar.
Yougmin levantó la vista. Sauching lo observaba sin parpadear.
—Póntelo —ordenó con voz tranquila pero innegociable—. Quiero verte.
No hubo discusión. Yougmin fue al dormitorio, se cambió en silencio. Cuando salió, el cuerpo le temblaba ligeramente de nervios y anticipación. El terciopelo se adhería a su piel como una segunda capa, marcando cada línea delgada pero definida de su torso, de sus caderas. Las orejas se movían un poco con cada paso. El cascabel tintineaba suave, casi inocente.
Sauching se había sentado en el sofá. Lo miró de arriba abajo, lento, deliberado. Luego extendió una mano.
—Ven aquí.
Yougmin se acercó. Se detuvo entre sus piernas abiertas. Sauching lo tomó por la cintura y lo atrajo hasta que quedó sentado a horcajadas sobre él. El cascabel sonó otra vez, un tintineo juguetón que contrastaba con la intensidad de la mirada de Sauching.
—No hables —susurró Sauching contra su cuello—. Solo siente.
Las manos grandes recorrieron el terciopelo despacio, subiendo por la espalda, bajando por los muslos, apretando justo donde las medias se unían a la piel. Yougmin cerró los ojos, la respiración entrecortada. Sauching jugó con las orejas, las acarició, las tiró ligeramente para hacer que el cascabel sonara más. Luego bajó la mano al pompón de la cola y lo apretó, obligando a Yougmin a arquearse contra él.
La noche se volvió un juego lento y deliberado.
Sauching no se apresuró. Lo hizo girar, lo puso de rodillas sobre el sofá, le levantó las caderas para admirar cómo el terciopelo blanco contrastaba con la piel enrojecida por el roce. Le susurró órdenes suaves contra la oreja: “más alto”, “abre más”, “mírame”. Cada movimiento era provocador, sensual, diseñado para hacer que Yougmin se deshiciera poco a poco. El cascabel sonaba con cada embestida controlada, cada caricia larga, cada roce que lo llevaba al borde sin dejarlo caer.
Yougmin temblaba, jadeaba, se aferraba al respaldo del sofá. El placer lo recorría en oleadas lentas y calientes, sin prisa, pero implacables. Sauching lo mantenía allí, en ese punto exacto entre la tortura dulce y la liberación, hasta que finalmente lo dejó caer: un último movimiento profundo, un mordisco suave en el hombro, y Yougmin se quebró con un gemido largo y roto, el cuerpo convulsionándose mientras el cascabel tintineaba una última vez.
Sauching lo sostuvo después. No lo abrazó. Solo lo mantuvo cerca, respirando contra su nuca, dejando que el silencio los envolviera.
El traje blanco seguía puesto, arrugado ahora, manchado de sudor y deseo.
Sauching le quitó las orejas con cuidado y las dejó a un lado.
—Quítatelo todo menos las medias —murmuró—. Quiero verte así un rato más.
Yougmin obedeció, temblando todavía.
Se quedaron allí, en el sofá, con la ciudad brillando allá abajo.
Un juego. Una noche. Una entrega.
Y el cascabel, silencioso ahora, descansando sobre la mesa como un trofeo.