Laura dejó la universidad y su país por amor. Creyó que Michel era el hombre de su vida, pero su madre, Maritza, la humilló hasta hacerla huir. Sola, sin dinero y sin papeles, Laura empezó desde abajo: limpiando pisos y durmiendo en un albergue. Hasta que un hombre llamado Alfred McCormick vio en ella algo que nadie más había visto: talento, inteligencia y una fuerza indomable.
Ahora Laura es economista, esposa de un CEO, y el rostro de una empresa millonaria. Pero el precio de su amor ha sido alto. La mafia rusa, un exnovio arrepentido, una suegra que la odia, y una misión encubierta en Cuba pondrán a prueba todo lo que ha construido. Porque cuando el pasado regresa, no siempre viene solo. A veces trae balas.
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El Enfrentamiento
CAPÍTULO 13: El Enfrentamiento
El golpe en la puerta no fue un llamado educado. Fue una patada que hizo vibrar las bisagras y saltó la chapa de una sola vez. Laura y Alfred estaban en la cocina. Ella con un bate de béisbol en alto, y él con un cuchillo de carnicero que había sacado del bloque. No eran armas dignas para enfrentar a los invasores de su hogar, que estaban ejecutando el plan B de los mafiosos, pero era todo lo que tenían.
Entraron tres hombres. El primero era un gigante de casi dos metros, llevaba una chaqueta de cuero negra, con varios tatuajes en el cuello. El segundo era más bajo de complexión gruesa, y llevaba una pistola en la mano apuntando al suelo. El tercero era delgado, de movimientos nerviosos y una cámara colgada al pecho como si fuera periodista.
—Alfred McCormick —dijo el gigante—. Usted y su señora vienen con nosotros.
—No voy a ningún lado —respondió Alfred, con el cuchillo temblándole en la mano.
El hombre bajo soltó una risa burlesca.
—Mire como le tiembla el cuchillo jefe. Parece que su inversionista va a pelar una manzana. Alfred deje eso antes de que se lastime.
Laura dio un paso al frente con el bate apoyado en el hombro, como si fuera una jugadora de béisbol profesional. Pero no estaba jugando.
—El primero que se acerque, le parto la rodilla —dijo. En inglés perfecto. Con una frialdad que sorprendió incluso a Alfred—. Y al segundo le parto la cara. Pregúntenle a Rizzo si soy capaz porque ya él me conoce.
El gigante y el bajito intercambiaron una mirada. Rizzo les había advertido que la mujer era peligrosa, pero no creyeron que tanto.
—Señora —dijo el delgado, levantando las manos—. No queremos lastimarla. Solo queremos hablar con su esposo. Digamos que vamos a tener una reunión de negocios, nada más.
—Las reuniones de negocios se programan con cita previa —respondió Laura—. Y se anuncian con una
llamada, no con una patada en la puerta de una casa ajena.
El gigante perdió la paciencia, y dio un paso rápido hacia Alfred. Laura no lo pensó dos veces. El bate giró en el aire y se estrelló contra la rodilla del hombre, con un sonido húmedo. Hubo un crujido de hueso y un grito ahogado. El gigante cayó de lado aullando de dolor, aguantándose la rodilla había rotado en una dirección que no debía.
— ¡La puta madre! —gritó, retorciéndose en el suelo.
El hombre bajo levantó la pistola, pero no alcanzó a disparar.
Alfred, que hasta ese momento había estado paralizado, reaccionó por instinto. Lanzó el cuchillo de carnicero como si fuera una jabalina. No dio en el blanco, pero pasó tan cerca de la cara del hombre que este se desvió para esquivarlo, y el tiro se fue al techo. El ruido de la detonación reventó los oídos de Laura.
El delgado que tenía la cámara, salió corriendo hacia la puerta. No era un luchador, era un fotógrafo por eso Laura no lo persiguió. Se concentró en el hombre de la pistola, que ahora la apuntaba directamente a ella.
—Suelta el bate o te vuelo la cabeza —dijo él, con la respiración agitada—.
Laura no soltó el bate. En ese momento las sirenas de varias patrillas llenaron la calle. Eran al menos cuatro vehículos, y por el tono de las sirenas Laura supo que no eran de la policía local. Eran del FBI.
— ¡Manos arriba! —Gritó una voz desde afuera, amplificada por un megáfono—. Esto es el Buró Federal de Investigaciones. Salgan con las manos en alto o abriremos fuego.
El hombre de la pistola dudó. Miró al gigante retorciéndose en el suelo y corrió hacia la puerta, por donde había huido su compañero. Laura por su parte aún sostenía el bate, y la determinación de defender su hogar poniendo en riesgo su propia vida.
—Cuídate porque esto no ha terminado —dijo amenazante— Lanzó la pistola al suelo, y levantó las manos.
Acto seguido salió caminando hacia la puerta, con los dedos entrelazados detrás de la nuca. El gigante a
pesar de su rodilla rota, intentó arrastrarse. Dos agentes del FBI entraron con armas largas y lo redujeron en segundos.
— ¡Laura! ¡Alfred! —La voz de Margaret McCormick resonó desde la entrada—. ¿Están bien?
Laura dejó caer el bate. Sus manos temblaban tanto que no podía cerrar los puños. Alfred fue hacia ella y la abrazó con una fuerza que casi la asfixia.
—Eres una loca —susurró él—. Una loca hermosa.
—Ya lo sé —respondió ella, con la voz quebrada—. Pero funcionó.
Margaret entró a la cocina con paso firme. Iba vestida de civil, pero con el chaleco del FBI sobre la camisa y
el arma aún en la funda. Miró al gigante que gemía en el suelo, el cuchillo clavado en la pared, al bate
manchado de sangre y luego a Laura.
—Nunca había visto a una civil, dejar fuera de combate a un sicario con un bate —dijo. Y en sus ojos asomó un brillo de respeto por su nuera—. Buen trabajo.
—Gracias —respondió Laura, aun temblando—. Llegaron justo a tiempo.
—No fue casualidad —dijo Margaret, sacando su teléfono—. Cuando me colgaste, activé el protocolo de emergencia. Tenemos sus teléfonos geo localizados desde hace semanas. En el momento en que esos tipos entraron a su casa, supe que había que moverse.
Alfred se separó de Laura y miró a su madre, con una mezcla de gratitud y vergüenza.
—Mamá... yo...
—No digas nada —lo interrumpió Margaret—. Después hablamos.
Pero él no pudo callarse. Llevaba años acumulando aquello.
—Usted me abandonó —dijo, con la voz rota—. Me dejó con niñeras y en internados mientras usted perseguía criminales. Y ahora que yo soy el criminal, aparece para salvarme. ¿No le parece irónico?
Margaret apretó la mandíbula, y Laura vio algo en sus ojos un profundo sentimiento de culpa.
—Tienes razón —dijo Margaret, en voz baja—. No fui una buena madre. Pero eso no significa que no quiera protegerlos ahora. Y eso te incluye a ti, a mi nieta Sofía, y a Laura que es más valiente que cualquiera de nosotros.
Margaret sacó un teléfono diferente, uno más robusto con botones grandes.
—Ahora llamo a Dragunov. Y le digo que tenemos a dos de sus hombres.
— ¿Va a negociar con un mafioso? —preguntó Laura.
—No voy a negociar —dijo Margaret, marcando un número que había memorizado—. Voy a tender una
trampa.
El teléfono sonó tres veces. Luego, una voz grave respondió.
—Dígame, señora McCormick. Sabía que llamaría.
—Dragunov —dijo Margaret, sin perder la compostura—. Tengo a dos de sus hombres. Uno con una rodilla destrozada por mi nuera. El otro ya está cantando todo lo que sabe.
—Usted no tiene nada —respondió Dragunov—. Esos hombres son peones y no saben nada de mí.
—Puede que no sepan su nombre —dijo Margaret—. Pero saben el de Rizzo. Y Rizzo tarde o temprano, va a cantar también.
— ¿Eso es una amenaza, señora McCormick?
—No. Es una promesa.
Laura se acercó a Margaret y le tocó el brazo.
—Déjeme hablar con él —susurró.
Margaret la miró como si estuviera loca.
— ¿Qué?
—Déjeme hablar con él. Soy yo quien lleva los libros de BrightClean, y quien sabe de las rutas de limpieza. Páseme el teléfono que yo soy la que puede ayudarlo o destruirlo.
Margaret dudó, pero Laura le arrancó el teléfono de la mano y se puso a hablar con el mafioso.
—Señor Dragunov —dijo Laura, con una voz que no tembló ni un milímetro—. Soy Laura McCormick, La esposa de Alfred uno de sus inversionistas.
—Ah, la famosa Laura —dijo Dragunov con interés—. La que le rompió la rodilla a mi hombre, con un bate de béisbol. Usted me gusta porque es muy valiente.
—No soy valiente —respondió Laura—. Soy inteligente, como espero que usted lo sea para escuchar mi propuesta.
— ¿Y qué me ofrece?
—BrightClean tiene contratos en tres puertos de Illinois. Si yo cierro los ojos y desvío las rutas de limpieza, para que mis empleadas no vean lo que no deben ver, usted gana tranquilidad. A cambio usted nos deja en paz, y se aleja de nuestras vidas.
— ¿Y por qué debería confiar en usted?
—Porque no me queda otra opción —dijo Laura, con honestidad brutal—. Usted tiene la posibilidad de matarme, pero entonces perderá la oportunidad de tener a alguien dentro de los puertos. ¿Usted va a desaprovechar eso por orgullo?
Dragunov guardó silencio.
—Tiene cuarenta y ocho horas —dijo al fin—. Quiero un informe detallado, de las rutas de limpieza del puerto de Milwaukee. Si me lo entrega consideraremos el trato. Si me miente, su esposo será el primero en caer.
—No voy a mentirle —dijo Laura—. Pero tampoco voy a traicionar a mi familia.
—Ya veremos.
La llamada terminó y Laura devolvió el teléfono a Margaret. La madre de Alfred la miró con admiración.
—Acabas de negociar con el hombre más peligroso del Medio Oeste —dijo Margaret—. Y no te tembló la voz.
—Me temblaba por dentro —admitió Laura—. Pero alguien tenía que hacerlo.
Alfred la abrazó por detrás, enterrando el rostro en su cabello.
—Te quiero —susurró—. Lo siento por todo.
—Ya habrá tiempo para disculpas —dijo Laura—. Ahora tenemos cuarenta y ocho horas para encontrar a Sofía, sacar a Alfred de sus inversiones y tenderle una trampa a Dragunov.
— ¿Trampa? —preguntó Margaret.
Laura sonrió. Era la sonrisa de una mujer, que había decidido dejar de ser víctima.
—Usted dijo que le iba a tender una trampa —le recordó Laura—. Pues hagámoslo pero no conmigo como carnada, sino con los libros de BrightClean.
— ¿Los libros?
—Dragunov quiere las rutas de limpieza, y yo se las voy a dar. Pero las rutas que le voy a entregar no son las reales. Son rutas falsas que llevarán a sus hombres directamente, a un almacén que esté controlado por el FBI.
Margaret parpadeó.
—Podría funcionar —dijo—. Pero si Dragunov descubre la mentira...
—No la va a descubrir —respondió Laura—. Porque yo misma voy a ir con él. Le entregaré el informe en persona, y así él confiará en la información que le entregué.
— ¡No! —gritaron Alfred y Margaret al unísono.
—Es la única manera.
Alfred la tomó por los hombros.
—No voy a permitir que te pongas en peligro.
—No es tu decisión —respondió Laura—. Esta soy yo, Alfred. La mujer que tomaste por esposa. ¿O acaso te casaste con alguien que se esconde?
Alfred encogió los hombros, porque sabía que había perdido la discusión.
—Está bien —dijo, con la voz rota—. Pero yo voy contigo.
—No —intervino Margaret—. Tú te quedas aquí y Laura va sola, pero con un micrófono oculto y un equipo de francotiradores garantizando su seguridad.
Laura asintió.
—Eso sí me gusta.
Margaret sacó otro teléfono y comenzó a dar órdenes. En menos de una hora, la casa de Alfred se convirtió en un centro de operaciones del FBI. Laura se sentó en un rincón con una taza de té que ya se había enfriado, y miró el caos a su alrededor. Su madre Andrea le había dicho una vez: "Hija, la vida te va a poner pruebas que no pediste. Pero tú no eres de las que se rinden". ¡Y ella no se iba a rendir!
Faltaban cuarenta y siete horas para la entrega del informe. Cuarenta y siete horas para salvar a su familia, o para morir en el intento.