A los quince años, Ian, un omega con sueños de grandeza, descubrió que su destinado era Eliah, el imperturbable delta y mejor amigo de su hermano. Tras años de rechazo, Eliah finalmente cede al cumplir Ian la mayoría de edad, iniciando un romance entre la estrella en ascenso y el arquitecto.
Sin embargo, a los diecinueve, una traición desgarradora empuja a Ian a huir sin mirar atrás. Cuatro años después, convertido en un ídolo musical de fama mundial, Ian regresa a casa. Eliah, atrapado entre el remordimiento y una obsesión que llama "destino", intentará recuperar lo que el tiempo y el dolor rompieron.
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Capitulo 23 solo esta noche
El mármol de la cocina estaba frío, pero la piel de Ian quemaba. Los cuatro años de distancia, de camas vacías y de canciones escritas desde el rencor, estallaron en ese único punto de contacto. Eliah no solo lo besaba; parecía querer devorarlo, recuperar en una noche cada segundo que el tiempo les había robado. Sus manos, expertas en medir estructuras y calcular resistencias, ahora solo conocían la urgencia de la piel del Omega.
—Cuatro años, Ian… —gruñó Eliah contra sus labios, su voz era una vibración profunda que retumbaba en el pecho de ambos—. Cuatro años imaginando este momento y odiándome por no tenerte.
Ian no respondió con palabras. Sus dedos se enterraron en el cabello oscuro del Delta, tirando con fuerza para obligarlo a mirarlo. Sus ojos, empañados por el deseo y las lágrimas contenidas, brillaban con una intensidad salvaje. Quería castigar a Eliah, pero su propio cuerpo lo traicionaba, arqueándose hacia el calor del Delta, buscando esa marca que nunca llegó a ser reclamada pero que siempre le perteneció.
Eliah levantó a Ian en vilo, y el Omega envolvió sus piernas alrededor de la cintura firme del delta sin romper el beso. El camino hacia la habitación principal fue un rastro de ropa abandonada: la sudadera gris de Ian, la camisa de diseño de Eliah, los zapatos olvidados en el pasillo. El aire en el departamento estaba saturado de feromonas; el sandalo de Ian se volvía denso, casi dulce, mientras que el madera quemada de Eliah se tornaban oscuros, dominantes, reclamando su territorio.
Cuando finalmente cayeron sobre la cama —la misma que Eliah se había negado a cambiar porque aún conservaba, en algún rincón de las fibras, el recuerdo de ellos—, el mundo exterior desapareció. No había prensa, no había hermanos sobreprotectores, no había pasado. Solo la fricción de la piel contra la piel.
Eliah se posicionó sobre él, manteniendo su peso sobre los antebrazos para observar a Ian bajo la tenue luz de la ciudad que entraba por el ventanal. La imagen era devastadora: Ian, el cantante que todo el mundo deseaba, estaba allí, desarmado, con los labios hinchados y el pecho subiendo y bajando con agitación.
—Sigues siendo lo más hermoso que he diseñado en mi mente, pero la realidad me deja sin aliento —susurró Eliah, bajando para lamer el cuello de Ian, justo sobre la glándula donde su olor era más potente.
Ian soltó un gemido que fue un nombre, un ruego y un reproche al mismo tiempo. Sus manos recorrieron la espalda de Eliah, trazando los músculos tensos, reconociendo cada cicatriz y cada relieve. Cuando la unión finalmente se produjo, el tiempo pareció colapsar. Fue una invasión lenta, deliberada, donde Eliah buscó llenar no solo el cuerpo de Ian, sino el vacío que el abandono había dejado en su alma.
El ritmo fue frenético al principio, una danza de poder y entrega donde ambos luchaban por el control. Ian se aferraba a los hombros de Eliah, sus uñas marcando la piel del Delta como si quisiera dejar una huella permanente, un recordatorio de que él no era un plano que se pudiera archivar. Eliah, por su parte, lo sostenía con una posesividad absoluta, sus ojos fijos en los de Ian, obligándolo a estar presente, a sentir cada embestida de su amor y su arrepentimiento.
—Mírame, Ian —ordenó Eliah con voz ronca—. Quiero que veas que soy yo. Que no hay nadie más. Que nunca hubo nadie más.
—Lo sé… maldita sea, lo sé —respondió Ian entre jadeos, cerrando los ojos por un momento antes de volver a abrirlos, encontrando esa mirada que siempre fue su perdición—. No te detengas, Eliah. No vuelvas a alejarte.
El encuentro se transformó de lo salvaje a lo profundamente íntimo. Los movimientos se volvieron más lentos, más pesados, cargados de una devoción que rozaba lo religioso. Cada roce de labios, cada caricia en el rostro, era una disculpa silenciosa. Eliah besó las palmas de las manos de Ian, sus párpados, la punta de su nariz, antes de volver a reclamar su boca con una ternura que dolía más que la indiferencia.
El clímax los alcanzó como una marea alta, rompiendo contra ellos con una fuerza que los dejó sin aliento. Ian gritó el nombre de Eliah mientras se hundía en el placer, sintiendo cómo el nudo de tensión que había llevado en el pecho durante cuatro años finalmente se soltaba. Eliah se tensó sobre él, enterrando el rostro en su hombro, soltando un rugido ahogado mientras su esencia inundaba al Omega, sellando un pacto que iba más allá de lo físico.
Minutos después, el silencio regresó a la habitación, solo interrumpido por sus respiraciones sincronizadas. Eliah no se apartó; se quedó allí, envolviendo a Ian entre sus brazos, cubriéndolos con la sábana de seda. El Omega apoyó la cabeza en el pecho del Delta, escuchando el latido rítmico de su corazón, ese motor que ahora sabía que latía solo por él.