Francisco Valois, un magnate que perdió la vista y su imperio tras un atentado, acepta un matrimonio de conveniencia con Andrea, quien promete ser sus ojos y devolverle el poder. Mientras Francisco la desprecia creyéndola una oportunista, Andrea oculta una verdad devastadora: padece una enfermedad terminal y ha planeado su muerte para donarle sus córneas y asegurar el futuro del hombre que ama en secreto.
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capitulo 12
La Torre Valdivia no era solo un edificio de cristal y acero; era un ecosistema de depredadores que olían la debilidad a kilómetros de distancia. Pero esa mañana, el aire en el vestíbulo cambió. Francisco cruzó el umbral no como un hombre convaleciente, sino como un monarca que regresa del exilio. Caminaba con un paso firme, rítmico, el sonido de su bastón de plata golpeando el granito con la precisión de un metrónomo.
A su lado, a un paso de distancia pero con una presencia que llenaba los huecos de su visión, iba Andrea. Lucía un traje sastre negro de corte militar y un discreto auricular transparente. En su mano, sostenía una tableta que funcionaba como el centro de mando de una guerra invisible.
—Tres metros para el ascensor privado —susurró Andrea por el intercomunicador—. El recepcionista, un chico nuevo llamado Lucas, está boquiabierto. Sonríele levemente a las diez.
Francisco lo hizo. Una inclinación de cabeza imperceptible, cargada de una suficiencia gélida que hizo que el joven empleado recuperara la compostura de inmediato. El "León" no solo había vuelto; estaba viendo cosas que antes ignoraba.
Al llegar al piso 40, el aire se volvió más denso. Los Moore, la familia que controlaba el conglomerado siderúrgico más agresivo de la región, ya estaban apostados en la sala de juntas "Hércules". Eran conocidos por su táctica de "tierra quemada": si no podían comprarte, te asfixiaban.
Antes de entrar, Francisco se detuvo un segundo frente a la puerta de cristal.
—¿Cómo estoy? —preguntó en un susurro, apenas moviendo los labios.
Andrea se acercó, ajustándole la corbata de seda azul profundo. Sus dedos, aún algo fríos pero firmes, rozaron su cuello. Francisco sintió ese contacto como una descarga de energía pura.
—Pareces el hombre que construyó esta ciudad —respondió ella, mirándolo a los ojos con una intensidad que él pudo sentir vibrar en el aire—. Y yo soy la sombra que no dejará que nadie te toque.
—Entremos —dijo Francisco, y su voz recuperó ese barítono profundo que hacía temblar los cimientos de la competencia
La reunión comenzó con una hostilidad palpable. Thomas Moore, el patriarca del clan, un hombre que usaba el sarcasmo como escudo, lanzó una carpeta sobre la mesa.
—Valdivia, es valiente de tu parte aparecer en persona —dijo Moore con un tono condescendiente—. Pero todos sabemos que esta firma requiere que leas la letra pequeña de la fusión. Y dudo que tus... nuevas circunstancias te lo permitan.
Francisco permaneció inmóvil. En su oído, la voz de Andrea fluía como un río de información estratégica.
—Moore está cruzando los brazos, Francisco. Está a la defensiva. Su hijo, a su derecha, está mirando constantemente el reloj. Tienen prisa por cerrar esto antes de que abra la bolsa de Londres. El contrato que te dio tiene una cláusula de rescisión oculta en el párrafo cuarto del anexo B.
Francisco sonrió. Fue una sonrisa lenta, depredadora.
—Es curioso que menciones la letra pequeña, Thomas —dijo Francisco, entrelazando sus dedos sobre la mesa—. Porque me parece que el anexo B tiene una vulnerabilidad legal que dejaría a tus plantas de fundición en manos de mis acreedores en menos de seis meses. ¿Realmente creíste que no vería esa trampa?
Moore se quedó helado. Se giró hacia sus abogados, quienes intercambiaron miradas de pánico.
—¿De qué estás hablando? Ese documento es impecable.
—A las tres, el abogado principal de Moore se está secando el sudor de la frente con un pañuelo —le dictó Andrea—. Su lenguaje corporal dice que los hemos atrapado. Presiona ahora.
—Hablo de que Moore Siderúrgica tiene una deuda no declarada con el Deutsche Bank que vence este viernes —continuó Francisco, elevando el tono—. Si no firman bajo mis términos —una absorción total, no una fusión—, filtraré el informe de solvencia a la prensa en diez minutos. Mi asistente tiene el dedo sobre el botón de envío.
El silencio en la sala era tan absoluto que se podía oír el zumbido del aire acondicionado. Francisco no podía ver los rostros descompuestos de sus enemigos, pero podía sentir el cambio en el pulso de la habitación. Andrea, desde su posición estratégica, le enviaba señales mínimas: un toque en el hombro izquierdo significaba "están dudando", una presión en el brazo derecho era "están derrotados".
Eran un solo organismo. La inteligencia de ella y el poder de él se habían fusionado en un arma imparable. Francisco sentía una adrenalina que superaba cualquier placer físico; era el poder de la mente sobre la materia, de la voluntad sobre la oscuridad.
—Aceptamos —murmuró finalmente Thomas Moore, con la voz quebrada.
—Excelente —dijo Francisco—. Andrea, facilítales el documento correcto. El que redactamos anoche.
Andrea se deslizó por la sala con la elegancia de una pantera, colocando los contratos frente a los Moore. Francisco escuchó el rasguño de las plumas sobre el papel. Era el sonido de la rendición.
Cuando los Moore abandonaron la sala, derrotados y humillados, Francisco soltó un suspiro largo. Se dejó caer en su sillón de cuero, cerrando los ojos. Andrea se acercó y le quitó suavemente el auricular.
—Lo hicimos —susurró ella, apoyando sus manos en los hombros de Francisco.
Él la tomó por las muñecas, obligándola a ponerse frente a él. La atrajo hacia el hueco de sus piernas, buscando su cercanía con una urgencia que ya no tenía nada que ver con los negocios.
—No —corrigió él—. Tú lo hiciste. Yo solo fui el megáfono de tu brillantez.
—Somos un equipo, Francisco. Tú pusiste el peso de tu nombre, yo solo puse los detalles.
Francisco subió sus manos hasta el rostro de Andrea. Sus dedos delinearon sus labios, que ahora estaban curvados en una sonrisa de triunfo. La complicidad entre ellos era tan espesa que el aire parecía chisporrotear. En ese momento, en la oficina que antes era su prisión, Francisco se sintió más poderoso que nunca, no por la empresa que acababa de absorber, sino por la mujer que le devolvía el reflejo de quien realmente era.
—Eres mi garra, Andrea —dijo él, su voz cargada de una emoción cruda—. Sin ti, este león solo sería un recuerdo en un despacho vacío.
Pero mientras la celebraban, Andrea sintió un mareo súbito. La luz de la oficina le pareció demasiado brillante, y el suelo pareció inclinarse. Se aferró a los hombros de Francisco, tratando de disimular el temblor de sus rodillas.
—¿Andrea? —Francisco detectó el cambio en su ritmo cardíaco de inmediato. El pulso que sentía bajo sus dedos en las muñecas de ella volvió a ser ese galope errático y asustadizo—. Estás temblando.
—Es la emoción —mintió ella, aunque su voz sonaba hueca—. Ganar agota, Francisco.
Él no se dejó engañar esta vez. La estrechó contra su pecho, sintiendo lo pequeña y frágil que era bajo su armadura de ejecutiva. La victoria masiva contra los Moore se sintió repentinamente pequeña frente a la fragilidad de la mujer que la había hecho posible.
—Vámonos de aquí —ordenó Francisco—. Ya hemos demostrado quién manda. Ahora, mi prioridad es que descanses. No quiero más discursos, no quiero más planes. Solo quiero que respires.
Caminaron hacia la salida de la torre, pero esta vez, Francisco no usó su bastón con la misma agresividad. Lo usó para abrir paso a Andrea, protegiéndola del acoso de los periodistas y empleados que se arremolinaban a su paso. El león había recuperado su garra, sí, pero esa garra ahora se cerraba con una ternura infinita alrededor de la mano de la mujer que se estaba convirtiendo en su mundo, incluso mientras ella, en silencio, contaba cada latido como si fuera el último de su existencia.
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