Si me hubieran dicho que conocer y amar a ese hombre me llevaría hasta la muerte… aun así lo elegiría, una y mil veces, hasta mi último aliento.
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Capítulo 16
La oficina de la empresa, ahora más que nunca, era su segundo hogar, un santuario donde el trabajo y el amor se entrelazaban de formas inesperadas. El romance de Tomás y Lucía ya era una historia conocida, una constante que aportaba un aire jovial a la empresa.
—Parece que el amor es contagioso en Corporation Apex, ¿eh, Tomás? —comentó Francis una mañana, con una sonrisa pícara, mientras él y Alejandra observaban a Lucía y Tomás intercambiar una mirada cómplice al otro lado de la oficina.
Tomás, con un guiño, respondió: —Tú y Alejandra sentaron un precedente difícil de ignorar, Francis. El ambiente de la oficina es... inspirador.
Lucía se acercó, riendo. —¡No es nuestra culpa que el amor esté en el aire! Además, ya era hora de que alguien más siguiera el ejemplo.
Alejandra se unió a la risa, feliz de ver la alegría de sus amigos. Las dos parejas compartían citas dobles y cenas, cimentando aún más sus lazos.
—Me alegra que mis consejos hayan dado frutos, amigo —dijo Francis, dándole una palmada en la espalda a Tomás—. Pero cuidado, el romance en la oficina tiene sus riesgos.
Pero la relación entre Francis y Alejandra era un fuego que ardía con una intensidad única, una química que a menudo desbordaba los límites de lo profesional. Las miradas prolongadas en reuniones, los roces accidentales de sus manos bajo la mesa, los susurros al oído que iban más allá del trabajo, todo alimentaba una tensión erótica que era casi imposible de contener.
Una tarde, después de una larga reunión, la oficina estaba casi desierta. Solo Francis y Alejandra permanecían, absortos en la revisión de un documento. La luz tenue del atardecer se filtraba por las grandes ventanas, tiñendo el espacio con un dorado íntimo.
Francis se levantó de su silla y se acercó al escritorio de Alejandra. Ella levantó la vista, sus ojos encontrándose con los de él. El aire vibró con una electricidad palpable.
—Este informe es impecable, señorita Santos —dijo Francis, su voz profunda y seductora, aunque sus palabras poco tenían que ver con el informe.
—Gracias, señor Méndez —respondió Alejandra, su voz apenas un susurro, mientras su corazón se aceleraba.
Francis rodeó el escritorio, apoyándose cerca de ella. Sus ojos oscuros la devoraban con un deseo innegable.
—¿Sabes qué más es impecable? —murmuró, sus dedos rozando su mejilla.
Alejandra tragó saliva. —No, ¿qué?
—Tú —susurró él, y en un movimiento rápido, la levantó de su silla y la sentó en el borde del escritorio.
El aliento de Alejandra se detuvo. Sus piernas quedaron colgando, expuestas. Francis se interpuso entre ellas, su cuerpo presionando suavemente contra el suyo. La falda de Alejandra se subió peligrosamente, revelando sus muslos.
—Francis... aquí... —dijo ella, con la voz ahogada por la emoción y el miedo a ser descubiertos.
—Nadie está aquí —respondió él, su boca descendiendo sobre la suya en un beso ardiente, posesivo, que la dejó sin aliento.
Sus manos expertas desabrocharon los botones de su blusa, liberando su piel, acariciando el collar de plata. Los besos descendieron por su cuello, su clavícula, el suave valle entre sus senos. Alejandra arqueó la espalda, entregándose por completo a las sensaciones.
—Eres puro fuego, mi amor —jadeó Francis, mientras sus manos subían por sus piernas, acariciando la suave piel de sus muslos. El borde de su falda era un límite que Francis no dudó en traspasar. Sus dedos exploraron audazmente bajo la tela, enviando escalofríos por todo su cuerpo.
Alejandra gimió, sus manos en el cabello de Francis, tirando suavemente. La adrenalina de lo prohibido, el riesgo de ser descubiertos, encendía aún más la llama de su deseo. Sus cabezas se inclinaban en un ángulo perfecto para sus besos, sus cuerpos se fusionaban en un movimiento rítmico y seductor.
El cabello de Alejandra se había soltado, enmarcando su rostro en una maraña sensual, sus labios hinchados, sus ojos brillando con una mezcla de éxtasis y picardía.
—Quiero sentirte, Francis —suplicó ella, sus caderas buscando el contacto con las de él.
Francis sonrió, un sonido grave que vibró contra su boca. Con una delicadeza que la enloquecía, la ajustó en el escritorio, sus cuerpos buscando una conexión más íntima. Los gemidos de Alejandra se volvieron más urgentes, sus uñas arañando suavemente la espalda de Francis mientras él la poseía, justo allí, en el escritorio de su oficina.
El momento fue pura pasión, una explosión de deseo que borró todo lo demás. La vista de la ciudad por la ventana se convirtió en un telón de fondo borroso mientras se perdían el uno en el otro.
Cuando el clímax los alcanzó, fue en una explosión silenciosa, un temblor que recorrió sus cuerpos. Exhaustos, pero llenos de una satisfacción profunda, se abrazaron. El corazón de Alejandra latía con fuerza contra su pecho, su respiración aún agitada.
Francis la besó con ternura. —Eso fue... increíble, mi amor. Maravilla .
—Sí —susurró Alejandra, con una sonrisa en sus labios, el cabello revuelto, la blusa desabrochada. Se sentía completamente suya, completamente de Francis.
El jardín vertical, ese oasis secreto en la oficina, se había convertido en su refugio. Allí, entre el aroma de tierra y flores, Francis le susurraba promesas, le recitaba versos que le había escrito, o simplemente disfrutaban del silencio, sus manos entrelazadas, sus almas conectadas.
Alejandra florecía bajo la mirada de Francis. Su confianza creció exponencialmente, y su capacidad para manejar situaciones complejas se agudizó. La admiración de Francis por ella era un motor constante que la impulsaba a superarse. Él la retaba, la empujaba a pensar fuera de la caja, a tomar decisiones audaces.
—Tu intuición es un don, Ale —le decía Francis un día, después de que ella resolviera un problema complicado con un cliente importante—. No la subestimes. Confía en ella.
Ella sonrió. —Es más fácil confiar cuando tengo a un compañero como tú.
—No soy tu mentor, mi amor —respondió él, besando su frente—. Soy tu compañero. Estamos en esto juntos. Y eres una fuerza imparable.
Por las noches, la rutina en el apartamento de Alejandra era una sinfonía de intimidad y romance. Después de la cena, a menudo preparaban la comida juntos, riendo y conversando. Luego, se acurrucaban en el sofá, compartiendo sus pensamientos más profundos.
Francis, con su lado protector, a veces se mostraba vulnerable. Le contaba sobre las presiones de su trabajo, sobre la soledad que a veces sentía en la cima, sobre el peso de las decisiones. Alejandra lo escuchaba atentamente, ofreciéndole consuelo y apoyo.
—Eres mi ancla, Ale —le confesó una noche, mientras la abrazaba—. Mi paz en medio de la tormenta.
—Y tú la mía, Francis —respondió ella, sintiendo el calor de su cuerpo contra el suyo.
En el dormitorio, su amor se manifestaba en cada caricia, en cada beso. Francis era un amante apasionado y atento. Sus noches eran largas y llenas de éxtasis, sus cuerpos moviéndose al unísono, sus almas fusionándose en un solo latido.
—Cada vez que te hago el amor, siento que te conozco más profundamente —susurró Francis una noche, sus labios rozando los de ella—. Como si cada acto fuera una revelación.
Alejandra se estremeció. —Yo siento lo mismo. Es... mágico.
Se quedaban dormidos, abrazados, la luna filtrándose por la ventana. El mundo exterior, con sus exigencias y sus preocupaciones, parecía muy lejano.
A pesar de la ideal burbuja en la que vivía, Alejandra no podía ignorar por completo las pequeñas grietas que a veces aparecían. Los rumores sobre Francis con "una mujer adinerada" no desaparecieron.
De vez en cuando, escuchaba a empleados susurrar en los pasillos, o veía artículos en revistas de sociedad donde se mencionaba el nombre de Francis junto al de alguna mujer elegante y desconocida, en eventos a los que ella no había asistido.
Ella siempre se esforzaba por darle el beneficio de la duda. Le preguntaba a Francis directamente, pero él siempre tenía una explicación.
—Es solo trabajo, Ale —le decía con una sonrisa tranquilizadora—. Negocios. Sabes lo importante que es mantener las apariencias en este mundo. Es parte del juego. No significa nada.
Y ella, tan enamorada y confiada, le creía. Pero una pequeña semilla de duda, apenas perceptible, comenzaba a germinar en su corazón. ¿Hasta dónde llegaba el "juego"?
Francis seguía siendo un libro cerrado en lo que respecta a su vida personal y su círculo social. Cuando ella intentaba indagar sobre su vida social, o como era su vida antes de conocerce, él se volvía evasivo, su expresión se tornaba sombría por un instante, y luego cambiaba de tema con una habilidad que la dejaba desconcertada.
—Mi vida es complicado, Ale —le había dicho una vez, con una seriedad que la había alarmado—. Lleno de sombras que prefiero no traer a tu luz. Confía en que todo lo que necesitas saber, lo sabrás a su debido tiempo.
Y ella confiaba. Confiaba en su amor, en la fuerza de su conexión. Se decía a sí misma que su relación era tan fuerte que podía superar cualquier cosa. Que los secretos de Francis eran solo fantasmas de un pasado lejano, que no tenían poder sobre su presente ni su futuro.
Pero el destino, con su toque inexorable, a veces tiene que derribar muros para construir puentes. Los ecos de un nombre, Isabel, flotaban en el aire, imperceptibles para Alejandra, pero cada vez más cerca de materializarse.
El jardín del amor que habían cultivado con tanto esmero estaba a punto de ser expuesto a una tormenta, y la fuerza de sus raíces sería puesta a prueba.
El crecimiento personal de Alejandra, su confianza en Francis, su felicidad... todo estaba en juego, esperando el momento en que las sombras del pasado de Francis finalmente salieran a la luz. La verdad, a veces, es un arma de doble filo.
Continuará ✨🌸
Felicidades escritora. Una novela con matices que hacen cada capítulo interesante.
Debería de ponerse al tú por tú con Isabel y no dejarse amedrentar.
Al final será un cobarde que vivirá con amargura por no saber defender sus ideales y su amor.
Debería dejar pasar unos días y reflexionar sobre sus sentimientos. Y si el amor por ella misma le da el valor de escucharlo, que sobre eso decida qué elige.