Tres casi hermanos, una finca cargada de sombras y un destino que se escribe en la sangre. Sofía, una científica brillante cuya única pasión es un laboratorio que la aísla del mundo; Julián, un hombre de un temperamento volcánico que oculta un poder devastador; y Esmeralda, la calma necesaria en medio de la tormenta familiar. En un lugar donde la tierra parece estar viva, los tres se verán arrastrados por deseos prohibidos y amores que desafían su lógica, mientras el misterio científico de su legado amenaza con consumirlos a todos.
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Capítulo 23: Rodrigo
...Rodrigo...
Las tierras de la finca de Julián se extendían bajo la luna como un reino de sombras y promesas. Desde que puse un pie en esta tierra, algo en mi estructura interna, siempre tan rígida y calculada, comenzó a agrietarse. Yo no soy hombre de "pasatiempos" sentimentales; mi vida se rige por la bolsa de valores, las adquisiciones hoteleras y la eficiencia biotecnológica. Mi mundo es binario: éxito o fracaso, control o caos. Sin embargo, Sofía se había convertido en una variable anómala. Lo que empezó como la simple curiosidad de un cazador ante una presa esquiva, una distracción trivial en medio de negociaciones millonarias, se había transformado en una obsesión física que me sofocaba.
Me molestaba me irritaba profundamente sentirme como un perro faldero, contando los minutos, analizando los patrones de movimiento de la casa para cruzarme con ella "casualmente" en los pasillos de esta casa de campo. Ella tenía esa maldita barrera, ese "alto" que imponía con una mirada gélida justo cuando la temperatura de mi sangre alcanzaba el punto de ebullición. Su negativa a "aparearse", como ella decía con esa jerga biológica que me resultaba tan obsoleta como desafiante, solo lograba que mi deseo por invadir su espacio personal fuera una necesidad física. Quería romper esa defensa, no por amor, sino por la pura y simple necesidad de restablecer mi dominio.
—¿Rodrigo , cuándo te vas? —preguntó Julian
Estábamos en el despacho, un oasis tecnológico en medio de la nada rural, rodeados de pantallas que parpadeaban con números verdes y rojos, gráficos de velas y proyecciones de mercado. El poder que manejábamos desde este rincón remoto del mundo era algo que nadie en el pueblo podría siquiera procesar. Aquí, éramos dioses digitales; afuera, solo éramos forasteros adinerados.
—Mañana a las nueve tengo programado el vuelo —respondi—. Saldré amaneciendo para evitar el tráfico hacia el aeropuerto.
—¿Y luego qué? ¿Suiza? ¿Quieres que adelante mi viaje también? Podríamos cerrar la fusión de Biotech antes de lo previsto.
—No, por ahora Manuel tiene todo bajo control en la sede europea. Cuando termine lo del hotel en Miami, pretendo volver acá.
Solto una carcajada seca, cargada de incredulidad, un sonido que chocó contra las paredes de madera del despacho.
—¿Relajante? ¿Tú, Rodrigo, el hombre que sufre ataques de ansiedad si no tiene 5G, rodeado de vacas y barro? ¿Te golpeaste la cabeza en el camino?
Solo sonreí, esa sonrisa que ocultaba más de lo que decía…
—Olvídalo ya, Julian. Relájate. Y él responde
- ¿Qué tal si salimos hoy? Vamos a sonsacar a tu hermano, invéntale cualquier excusa técnica.
Acepté la propuesta. Necesitaba sacar a Sofía de mi sistema, aunque fuera por unas horas. El olor de su piel parecía haberse adherido a los conductos de ventilación de la casa. Rances, mi hermano, siempre tan hermético, monacal y centrado en la logística de nuestra cadena hotelera, se resistió al principio, prefiriendo revisar inventarios. Tuve que usar mi aura imponente y una excusa técnica fabricada sobre un problema inminente en la cadena de hoteles para convencerlo. Rances y yo somos espejos: la misma ambición fría, el mismo desprecio por las distracciones banales, la misma reserva impenetrable. O al menos, así era yo antes de que ella apareciera y pusiera a prueba mi estructura.
El bar del pueblo era un contraste brutal y desagradable con los salones de lujo de Boston o Londres donde solemos cerrar tratos. Rances mantenía su "poker face", bebiendo su whisky single malt con una tolerancia que siempre me sorprendía; parecía inmune a los efectos del alcohol. Julián, ya un poco más suelto y animado por el tercer vaso, se inclinó hacia mí con una chispa de malicia en los ojos, esa mirada que precede a una indiscreción.
—Amigo, a ver si hoy tienes suerte y te encuentras con la chica de la otra noche en el pueblo —soltó Julián, riendo por lo bajo—. Esa que te dio la bofetada y de la que dijiste, cito textualmente, que harías tuya.
Casi me atraganto con el trago. El líquido ardiente me quemó la garganta, pero el frío que recorrió mi nuca fue peor. Sentí la mirada de Rances clavarse en mí, analítica. Si Julián supiera que esa "chica" atrevida era su propia hermana, Sofía, la misma que dormía bajo su techo. No podía arriesgar nuestra estructura empresarial por un impulso de la carne, por un capricho de posesión. Pero la comprensión del riesgo mortal solo añadía combustible al fuego de mi obsesión. El peligro me excitaba tanto como ella.
—Cállate, Julián... estás borracho y dices estupideces —le espeté con voz gélida para desviar la atención, usando mi tono de autoridad—. Mejor dime, ¿por qué eres tan duro con Gabriela? Tu hostilidad hacia ella es casi palpable.
—¿Le tuteas? —La reacción de Julián fue instantánea. Su sonrisa desapareció, reemplazada por una tensión posesiva que oscureció su aura. Se enderezó en la silla—. ¿No será que te interesa ella también?
—Eres imposible —negué con la cabeza, manteniendo la calma externa pero notando cómo el ambiente se cargaba—. Solo pregunto porque te alteras en un segundo con solo mencionar su nombre. Eres una cacería de brujas andante con ella, Julián. Relájate.
Rances intervino entonces, su voz gélida cortando la tensión creciente entre Julián y yo como un bisturí. No dijo nada relevante, solo una observación técnica sobre la destilería del whisky, pero fue suficiente para romper el momento. Julián intentó bromear de nuevo sobre nuestra falta de mujeres en la finca, llamándose a sí mismo "Lucifer" tratando de corromper a dos monjes puritanos como nosotros. Reímos, una risa forzada y hueca, pero mi mente ya había abandonado el bar sucio. Estaba de vuelta en la finca, en la habitación prohibida, planificando mi próximo movimiento.
Cuando regresé a la casa, pasada la medianoche, el silencio era absoluto. Julián se había quedado en el pueblo; lo vi irse con un par de mujeres que se le acercaron en la barra, probablemente buscando lo mismo que él: una distracción rápida y sin complicaciones. Mi hermano Rances se había retirado temprano, me había escrito de la nada que se iba, alegando cansancio, aunque sabía que probablemente estaría revisando reportes financieros.
Me duché con agua casi congelada, buscando que el frío apagara el pulso insistente que sentía en la entrepierna. No funcionó. El agua solo sirvió para agudizar mis sentidos. Me vestí y caminé hacia el cuarto de Sofía.