Dicen que la sangre de un vampiro es fría, pero la suya ardía con una maldición. La mía, tan dulce y prohibida, era su único dulce veneno... o su salvación eterna.
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Capítulo 11
La noche posterior al anuncio del matrimonio fue una de esas en las que el silencio de la mansión Liu no se sentía vacío, sino cargado de una electricidad estática que hacía que el vello de los brazos de XiaoXuan se erizara. El compromiso no era solo una palabra dicha al aire; era un peso físico que ahora ambos cargaban sobre sus hombros.
XiaoXuan se encontraba en su habitación, sentada frente al tocador. Madame Gao acababa de dejar sobre su cama una caja de madera de sándalo que contenía las joyas de la familia que debía usar durante los rituales previos a la boda. Eran piezas de oro viejo y piedras preciosas que parecían ojos oscuros observándola. Sin embargo, su mente no estaba en las joyas, sino en el beso en el balcón y en la confesión de Chen Yi.
Un suave golpe en la puerta la sacó de sus pensamientos.
—Adelante —dijo ella, con el corazón acelerado.
Era Chen Yi. Se veía exhausto, con ojeras profundas que resaltaban la palidez casi traslúcida de su piel. Entró con pasos vacilantes y cerró la puerta tras de sí, apoyando la espalda contra la madera como si le costara mantenerse en pie.
—No debería estar aquí —murmuró él, aunque sus ojos buscaban desesperadamente los de ella—. Las reglas dicen que debemos estar separados hasta la purificación de mañana.
—Al diablo con las reglas —respondió XiaoXuan, levantándose y caminando hacia él. Le tomó las manos y notó que estaban más frías que de costumbre—. Estás peor, ¿verdad? La Sombra se está alimentando de ti más rápido desde que acepté.
Chen Yi asintió levemente, dejando que su cabeza cayera hacia atrás contra la puerta.
—Siente que el final está cerca. Está ansiosa. Pero no he venido a hablar de mi agonía, XiaoXuan. He venido porque necesitaba... —su voz se quebró—... necesitaba asegurarme de que esto es real. Que no te estoy obligando a través de este pacto.
XiaoXuan lo guio hacia el pequeño sofá junto a la ventana, donde la luz de la luna llena bañaba la habitación en tonos plateados. Se sentaron tan cerca que sus rodillas se rozaban.
—Chen Yi, mírame —le pidió ella, obligándolo a sostenerle la mirada—. No soy una víctima de las circunstancias. Podría haber tomado a XiaoHui y huir, incluso si eso significaba una vida de fugitivos. Pero elegí quedarme. No solo por el trato, sino por lo que sentí cuando me besaste. Fue la primera vez en mucho tiempo que no me sentí como "la cura". Me sentí como una mujer.
Chen Yi extendió una mano y acarició su mejilla con el dorso de los dedos. Su tacto era como una caricia de hielo, pero sus ojos desprendían un calor abrasador.
—Prométeme una cosa —dijo él, su voz cargada de una seriedad que la asustó—. Si en algún momento durante la vinculación sientes que te estoy arrastrando hacia abajo, si sientes que la Sombra te toca... prométeme que te soltarás. No me importa lo que diga mi madre o lo que pase conmigo. No dejes que me convierta en tu fin.
—No puedo prometer eso —replicó ella, su voz firme a pesar de las lágrimas que empezaban a asomar—. Porque si nos vamos a vincular, será para siempre. No hay "soltarse". Vamos a luchar contra esto juntos, ¿recuerdas?
—Es que no sabes lo que es —susurró él, cerrando los ojos con dolor—. A veces, cuando cierro los ojos, veo el vacío. Siento el hambre de mil años que no es mía, pero que habita en mis venas. No quiero que esa sed te toque nunca. Mi mayor deseo es protegerte, y mi mayor temor es que yo sea aquello de lo que necesitas protección.
XiaoXuan se inclinó y apoyó la cabeza en su hombro. El aroma de Chen Yi —noche, libros antiguos y un matiz metálico— la envolvió. En esa penumbra, lejos de los ojos de Lady Liu y del juicio de la mansión, se permitieron ser vulnerables.
—Entonces hazme otra promesa —dijo ella—. Prométeme que no te cerrarás. Que cuando el dolor sea insoportable, me dejarás entrar. No solo con mi sangre, sino con todo lo que soy. La Sombra gana cuando estamos aislados. Si compartimos el peso, tal vez podamos romperlo.
Chen Yi suspiró, un sonido que pareció salir de lo más profundo de su ser. La rodeó con sus brazos, apretándola contra su pecho. Por un momento, el tiempo se detuvo. No había vampiros, ni maldiciones, ni un mes de vida restante. Solo dos almas tratando de encontrar un refugio en medio de la tormenta.
—Te lo prometo —dijo él sobre su cabello—. Te daré todo lo que queda de mí, XiaoXuan. Cada latido que me proporciones, cada segundo de claridad... será tuyo.
Se quedaron así durante horas, hablando en susurros sobre cosas triviales: los libros que ella quería leer, los lugares que él habría querido visitar si no hubiera sido un prisionero de su propia condición. Eran promesas pequeñas, fragmentos de una vida normal que se colaban en la penumbra de su destino trágico.
Sin embargo, el deseo comenzó a filtrarse a través de la melancolía. XiaoXuan levantó la vista y encontró los labios de Chen Yi buscándola. Fue un beso diferente al del balcón; este era lento, exploratorio, cargado de una ternura que dolía. Ella podía sentir la vibración de su poder contenido, la fuerza de un depredador que luchaba contra sus propios instintos para no lastimarla.
Él se separó apenas unos centímetros, su respiración agitada.
—Debería irme —dijo, aunque no se movió—. Si me quedo más tiempo, no sé si tendré la fuerza para dejarte ir mañana.
—Mañana solo es el comienzo —dijo ella, tomando su rostro—. Ve, descansa. Necesitas estar fuerte para lo que viene.
Chen Yi se levantó, le dio un último beso en la frente y se dirigió a la puerta. Antes de salir, se giró.
—XiaoXuan... gracias por darme una razón para querer que ese mes no termine nunca.
Cuando la puerta se cerró, XiaoXuan se quedó mirando la luna. Sabía que las promesas que habían hecho eran peligrosas. En un mundo de sombras, la luz que estaban creando podía ser lo que los salvara o lo que atrajera a los monstruos más voraces hacia ellos. Pero mientras sentía el calor de sus labios todavía en los suyos, supo que ya no había vuelta atrás.