Dorius Isolde tiene un secreto: puede convertirse en un gato naranja.
Desde que su abuela murió, vive en una casa de acogida con otros cuatro niños y Sonia, la única adulta que lo ha querido sin condiciones. En el instituto, es invisible. El chico callado de la última fila. El que nadie mira.
Kael Alistar es todo lo contrario. Capitán de baloncesto, popular, guapo, rodeado de gente. Pero su sonrisa es una máscara. En casa, sus padres lo desprecian por el color de su pelo —negro, en una familia de rubios— y le exigen que sea perfecto. En las noches, cuando nadie lo ve, se sienta frente a la ventana y le habla a un gato naranja que aparece los jueves.
El gato es Dorius.
Y Kael no lo sabe.
Todavía.
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CAPÍTULO #1: EL GATO EN EL ÁRBOL.
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SOL.
^^^Para K. —Siempre supe que me estabas mirando.^^^
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Lo mejor de ser gato es que puedes dejar de ser tú durante un rato.
Dorius lo descubrió a los trece años, cuatro años antes de que esta historia empezara. Fue una tarde de octubre, de esas en las que el cielo está gris y no sabes muy bien por qué, pero el mundo pesa demasiado. Estaba tumbado en el suelo de su habitación —la de entonces, la de casa de su abuela— mirando el techo y preguntándose por qué algunas personas se van y otras se quedan pero duelen igual.
Y entonces pasó.
No hubo dolor. No hubo susto. Solo una sensación extraña, como si su piel recordara de repente que podía ser otra cosa. Sus huesos se reordenaron. Su cuerpo se encogió. Cuando abrió los ojos —y notó que sus ojos veían diferente, más colores, más matices—, se miró las patas delanteras y supo que algo había cambiado para siempre.
Nunca supo cómo. Nunca supo por qué.
Solo supo que, de repente, el mundo dolía menos.
Como gato no pensaba en el abandono. No pensaba en el dinero que faltaba. No pensaba en que su abuela estaba mayor y que algún día se iría. Como gato solo sentía: el sol en el lomo, el viento en las orejas, el hambre que se solucionaba con un resto de pescado. Como gato la vida cabía en un ronroneo, y eso era suficiente.
Por eso, cuando la alarma del móvil sonó aquel jueves de octubre, Dorius tardó unos segundos en recordar quién era.
Estaba acurrucado en el suelo de su habitación, junto a la ventana. La luz del amanecer entraba por la persiana entreabierta y dibujaba rayas en el suelo. Parpadeó. Movió una oreja. Se lamió la pata por costumbre.
Luego recordó.
Se llamaba Dorius Isolde. Tenía diecisiete años. Vivía en una casa de acogida desde hacía tres años, cuando su abuela murió. Iba al instituto San Jerónimo. No tenía amigos, excepto uno, y ni siquiera estaba seguro de que ese uno lo considerara realmente su amigo.
Y dentro de una hora empezaban las clases.
Suspiró —un sonido raro, a medio camino entre un bufido y un quejido humano— y se concentró en la transformación. Un segundo era un gato naranja. Al siguiente era otra vez Dorius Isolde, con su pelo negro revuelto y su cuerpo delgado y esa expresión suya de "acabo de despertar y no sé muy bien dónde estoy".
Se quedó un momento en el suelo, respirando hondo, antes de levantarse.
La habitación era pequeña pero limpia. La cama hecha. La mesa ordenada. Los libros colocados en una estantería que él mismo había montado. En la pared, una foto de su abuela sonriendo. Era lo único que había traído de su vida anterior.
A veces todavía hablaba con ella en silencio. Le contaba cosas del instituto, de Sonia, de los niños. No esperaba respuestas. Solo necesitaba que alguien escuchara. Y su abuela, de alguna manera, siempre lo hacía.
Salió al pasillo. La casa olía a café y a tostadas quemadas —Sonia siempre se distraía con los niños y las tostadas acababan negras—. Desde la cocina llegaban voces: la de Sonia y las risas de los más pequeños.
—¡Dorius! —lo llamó Sonia cuando apareció en la puerta—. Siéntate, desayuna.
Sonia era de esas personas que parecen cansadas pero nunca se quejan. Tenía el pelo siempre recogido en una coleta y una sonrisa que, aunque pequeña, llegaba a los ojos. En la casa vivían cinco chicos. Dorius era el mayor. Los otros —Lucas, Martina, Tomás y Sofía— ya estaban desayunando y discutiendo por la mermelada.
Dorius se sentó en su sitio. El de siempre. El del final de la mesa, desde donde podía verlos a todos sin que nadie lo viera demasiado a él. Cogió una tostada —quemada, como siempre— y empezó a comer en silencio.
—¿Tienes examen hoy? —preguntó Sonia.
—Matemáticas.
—¿Lo llevas bien?
—Sí.
Sonia asintió y no preguntó más. Llevaba tres años con él y había aprendido a leer sus silencios. Sabía que Dorius no era de los que hablaban por hablar. Sabía que cuando él decía "sí" era porque realmente era sí, y cuando decía "no" era porque realmente era no. No como los otros niños, que a veces mentían por costumbre o por miedo.
Los niños terminaron de desayunar y salieron corriendo hacia el colegio. Sonia los despidió desde la puerta, dándoles instrucciones que ellos ya no escuchaban. Dorius se quedó un rato más, masticando despacio, mirando por la ventana.
Luego cogió la mochila y salió.
El instituto San Jerónimo era grande, blanco y ruidoso. Dorius entró por la puerta principal y se deslizó por los pasillos como un fantasma. A su alrededor los estudiantes se saludaban, reían, formaban grupos. Él pasaba entre ellos sin rozar a nadie, sin que nadie lo rozara a él.
No es que no tuviera amigos. Tenía uno. Uno solo.
Se llamaba Kael Alistar.
Kael era alto, rubio, guapo. Capitán del equipo de baloncesto. El centro de todas las miradas. Tenía una sonrisa fácil que usaba con todo el mundo. Parecía tenerlo todo.
A veces, cuando se sentaba a su lado en clase o coincidían en el patio, Kael le hablaba. Le contaba cosas del baloncesto, de los partidos, de su equipo. Y Dorius escuchaba. Era lo único que sabía hacer bien: escuchar.
Pero eso no los convertía en amigos. No de verdad. O al menos, Dorius no estaba seguro de que Kael lo viera como algo más que un compañero de clase con quien desahogarse de vez en cuando.
Llegó a su clase y ocupó su sitio: la última fila, junto a la ventana. Desde allí podía verlo todo sin que nadie le prestara atención. Sacó el libro de matemáticas y esperó.
Los demás fueron llegando. El aula se llenó de ruido. Risas. Conversaciones. El sonido de las mochilas al caer al suelo.
Y entonces entró Kael Alistar.
Dorius levantó la vista sin querer. Lo hacía siempre. No podía evitarlo. Era como si sus ojos tuvieran vida propia y buscaran a Kael aunque su cerebro no se lo pidiera.
Kael llevaba el pelo perfectamente peinado hacia atrás y esa chaqueta del equipo de baloncesto que le quedaba tan bien. Pero había algo raro. Dorius tardó unos segundos en darse cuenta de qué era.
Los ojos. Kael tenía los ojos cansados.
No era algo evidente. Nadie más parecía darse cuenta. Pero Dorius lo conocía. Bueno, lo conocía un poco. Sabía que cuando Kael sonreía demasiado, a veces era porque no quería que le preguntaran. Sabía que cuando se reía muy fuerte, a veces era porque necesitaba convencerse a sí mismo de que todo estaba bien.
Y aquella mañana, sus ojos estaban apagados. Tenían el brillo de siempre, pero por debajo había algo gris. Algo que no encajaba.
Luego Dorius miró sus manos.
Los nudillos de Kael estaban rotos. Lastimados. Como si hubiera pegado a algo. O a alguien.
Dorius sintió un nudo en el estómago. No sabía qué hacer. No era de los que se acercan. No era de los que preguntan. Pero Kael era... no sabía lo que era Kael para él. Alguien importante. Alguien que, sin saberlo, había llenado algunos de sus silencios.
Se levantó. Dio unos pasos hacia la mesa de Kael.
—¿Kael?
Kael levantó la vista. Parpadeó, como si tardara en reconocerlo. Luego sonrió. La sonrisa de siempre.
—Dorius. Hola.
Dorius señaló sus manos.
—Tus nudillos. ¿Estás bien?
Kael miró sus propias manos. Por un momento, su expresión cambió. Algo cruzó por sus ojos. Sorpresa, quizás. O vergüenza. Algo que desapareció tan rápido que Dorius casi pensó que lo había imaginado. Luego las escondió debajo de la mesa.
—Sí, tranquilo. Tonterías.
—Pero...
—De verdad —Kael negó con la cabeza, suave—. No te preocupes.
Kael miró hacia otro lado. Hacia la puerta. Hacia donde acababa de entrar Adán Porte.
Adán tenía el pelo naranja, llameante, imposible de ignorar. Era el mejor amigo de Kael. Llevaban juntos desde primero. Compartían equipo, compartían recreos, compartían todo.
—Adán —lo llamó Kael, y su voz cambió. Se volvió más cálida. Más auténtica.
Se levantó y fue hacia él. Dorius se quedó quieto, viéndolos. Vio cómo Adán ponía una mano en el hombro de Kael. Cómo le preguntaba algo en voz baja. Cómo Kael le enseñaba los nudillos y empezaba a hablar. Vio cómo Adán fruncía el ceño, cómo le agarraba la mano para mirarla mejor, cómo Kael dejaba que lo hiciera.
Con él no había dejado.
Dorius volvió a su sitio. Se sentó. Abrió el libro de matemáticas. No leyó nada.
El día pasó lento. Clases. Ejercicios. Miradas al reloj. Kael y Adán juntos en los recreos. Kael riéndose con Adán. Kael contándole cosas a Adán. Dorius los veía desde lejos. Desde su banco solitario en el patio. Desde su sitio en la última fila. Desde el lugar de siempre: el de alguien que mira pero no participa.
No debería doler. No eran nada, en realidad. Kael tenía a Adán. Adán era el mejor amigo. Adán era con quien compartía todo. Dorius solo era... el que escuchaba. El que estaba. El que no importaba tanto.
Pero dolía.
Cuando sonó el timbre de salida, fue de los primeros en irse. Caminó rápido, sin mirar atrás, sin saludar. Necesitaba llegar a casa. Necesitaba su habitación. Necesitaba dejar de ser Dorius un rato.
En la casa de acogida los niños ya habían vuelto del colegio. Sonia los tenía en el salón, ayudándoles con los deberes. Olía a galletas recién horneadas —esta vez no quemadas, Sonia se había esmerado—.
—¿Qué tal el examen? —preguntó Sonia cuando lo vio entrar.
—Bien.
—¿Seguro?
Dorius asintió. No quería hablar. No podía hablar. Subió a su habitación y cerró la puerta.
Se tumbó en la cama. Miró el techo. Escuchó los ruidos de abajo: las risas de los niños, la voz de Sonia, el sonido de la tele. Eran ruidos que no le pertenecían del todo.
La casa era acogedora. Sonia era amable. Los niños lo miraban con admiración por ser "el mayor". Pero no era su casa. No era su familia.
Su familia había sido su abuela. Y su abuela ya no estaba.
Cerró los ojos. Se concentró en el calor. En la pequeñez. En el olvido.
Cuando los abrió, era un gato.
El alivio llegó inmediato. La cama se volvió enorme. Los sonidos se volvieron más nítidos. Los colores, más vivos. Saltó al suelo con una agilidad que como humano no tenía. Se estiró. Bostezó. Sintió cómo la tristeza se disolvía en la simple alegría de ser un cuerpo que podía moverse sin pensar.
Salió por la ventana. La tenía siempre un poco abierta por si acaso.
Las calles, desde abajo, eran un mundo nuevo. Los coches eran bestias enormes que pasaban rugiendo. Las farolas, árboles de luz. Los olores, una sinfonía que solo los gatos podían entender.
Dorius caminó sin rumbo. Dejó que sus patas lo llevaran. Olisqueó una farola. Se frotó contra una pared. Miró pasar un coche con desinterés. No pensaba en Kael. No pensaba en los nudillos rotos. No pensaba en que Adán sabía cosas que él no. Solo pensaba en el viento. En cómo acariciaba su pelaje. En cómo lo hacía sentir vivo.
No supo cuánto tiempo pasó. El sol empezaba a caer cuando se encontró en una calle que no reconocía. Árboles grandes. Casas con jardín. Barrio residencial. Debía haberse alejado más de lo normal.
Oyó un perro ladrar a lo lejos. Se asustó. Echó a correr sin mirar, por instinto, por ese miedo animal que no entiende de razones. Corrió hasta un árbol enorme y se encaramó a lo alto sin pensar, con las uñas clavándose en la corteza.
Cuando llegó a una rama segura, cuando el perro dejó de oírse, respiró hondo.
Y entonces miró alrededor.
El árbol era un viejo roble, de esos que parecen haber estado ahí siempre. Las ramas se extendían como brazos. Las hojas aún conservaban el verde de octubre. Y justo enfrente, a unos metros de distancia, había una ventana.
Una ventana iluminada.
Dorius parpadeó. Algo en esa casa le resultaba familiar. La fachada. El jardín. El camino de entrada. La había visto antes. En una foto que Kael había enseñado una vez, sin querer. En una dirección que había oído mencionar.
La casa de Kael Alistar.
Su corazón de gato latió más rápido. Debería irse. No tenía nada que hacer ahí. Pero no se movió.
En la ventana, sentado en el alféizar con la mirada perdida, estaba Kael.
No llevaba el uniforme. Solo una camiseta vieja, gris, demasiado grande. Tenía el pelo revuelto, sin peinar, y desde donde estaba Dorius podía ver algo que nunca había visto en el instituto.
Raíces oscuras. Pelo negro.
Kael se teñía.
Dorius se quedó quieto. El gato que era no entendía por qué eso le parecía importante. El humano que llevaba dentro sí. Porque significaba que Kael no era quien parecía. Que había cosas que escondía. Que detrás de la sonrisa perfecta y el pelo rubio y las chaquetas de baloncesto, había alguien que no quería que los demás vieran.
Kael miraba la calle sin verla. Tenía las manos apoyadas en las rodillas. Los nudillos seguían rotos. La expresión de su cara era distinta a la del instituto. No había sonrisa. No había brillo. Había cansancio. Cansancio de verdad.
Y entonces Kael levantó la vista.
Miró hacia el árbol. Directamente hacia él.
Dorius contuvo la respiración. El corazón le latía en las orejas. Pero Kael no podía saberlo. Kael veía un gato. Solo un gato naranja, perdido en un árbol, mirándolo fijamente.
Kael sonrió.
Era una sonrisa pequeña. Cansada. Nada que ver con la sonrisa perfecta del instituto. Pero era real.
—Hola —dijo desde la ventana, en voz baja—. ¿Te has perdido?
Dorius no respondió. No podía. Pero movió la cola. Un pequeño movimiento, involuntario.
Kael se rió. Un sonido suave, como si no estuviera acostumbrado a reírse de verdad.
—Espera. ¿Tienes hambre?
Desapareció de la ventana. Dorius oyó ruidos dentro de la casa. Pasos. Cajones. Cuando Kael volvió, traía algo en la mano. Un trozo de pollo frío.
—Toma —dijo, y lo dejó en el alféizar—. Por si te animas a bajar.
Dorius no se movió. Kael tampoco.
Se miraron a través de la distancia. Un chico en una ventana. Un gato en un árbol.
El viento movió las hojas. Kael suspiró. Y en ese suspiro, Dorius escuchó algo que no sabía cómo nombrar. Algo que reconocía porque era suyo también.
Soledad.
La misma que él sentía cada noche cuando se convertía en gato para escapar de sí mismo. La misma que lo acompañaba en los recreos cuando veía a Kael reírse con Adán. La misma que había sentido cuando su abuela se fue y el mundo se quedó en silencio.
El gato que era quiso bajar. Quiso acercarse. Quiso frotarse contra él y ronronear hasta que Kael olvidara lo que fuera que le dolía.
Pero tuvo miedo. Miedo de acercarse. Miedo de que Kael descubriera quién era. Miedo de que, si bajaba, todo cambiara.
Así que se quedó en la rama, mirando.
Kael esperó un rato. Luego se encogió de hombros.
—Si quieres, puedes quedarte ahí —dijo—. Yo tampoco tengo prisa.
Y se quedó en la ventana, mirando el árbol, mirando al gato, mirando la noche que empezaba a caer.
Dorius no se movió.
Pero por primera vez en mucho tiempo, sintió que no era el único que se escondía.
no?
por q nací Blanca 🤦JAKDJDSJDJ
Bello, hermoso.😻