Grace, estancada en el desempleo y la monotonía, decide arriesgarlo todo por una conexión virtual de años. Junto a su mejor amiga, cruza la frontera para conocer a Noah, un dedicado estudiante de medicina que vive consumido por la exigencia de sus guardias hospitalarias. Aunque Noah queda cautivado al ver que ella es más hermosa en persona de lo que imaginó, no está dispuesto a comprometerse: su carrera es su única prioridad. Sin embargo, la química física y emocional pronto desbarata sus planes. ¿Podrán construir un futuro real o simplemente el trabajo consumirá a un lado?
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Parte 12
Grace
Nadie se atrevió a decir nada en todo el día. El silencio era pesado, como si todos estuvieran guardando algo que no se atrevía a salir. En la tarde ya debíamos volver a viajar a la ciudad.
—Mi niña, vuelve cuando quieras, siempre serás bienvenida —me dijo la mamá de Noah, con esa calidez que solo ella sabía transmitir. Luego miró a Emma y le regaló una sonrisa genuina—. Pueden venir las dos, me encantó tenerlas aquí.
Me limité a sonreír y agradecer, sintiendo un nudo dulce y extraño en la garganta. De esa manera nos despedimos del campo... pero antes de subir al carro, sentí la necesidad de correr hacia un árbol que estaba a unos metros.
Apoyé la palma sobre su tronco áspero, cerré los ojos y respiré hondo.
—Gracias —susurré, casi como una oración.
De alguna manera, este viaje había hecho que algo entre nosotros pasara... algo real.
Noah tenía una actitud distinta, y esa diferencia me seguía gustando. Siempre había sido tibio para las relaciones, en general evitaba meterse en situaciones que lo obligaran a tomar partido o dejar las cosas claras. Pero lo que había hecho delante de tanta gente, eso me confirmaba que, tal vez, de alguna manera, sí podíamos tener un futuro.
Llegar a la ciudad tan tarde hizo que Noah nos dejara directamente en el lugar donde nos quedábamos y se fuera de inmediato a organizar todo para la mañana siguiente. No nos dijimos mucho; solo se despidió con un beso en los labios y se marchó. Cuando giré la cabeza, Emma me miraba con una expresión que era pura interrogación.
—Necesito el contexto de absolutamente todo —dijo con un suspiro, mientras yo asentía. Pero primero, íbamos a pedir algo de comer.
Así fue como terminé contándole todo, sin omitir nada. Emma y yo siempre habíamos tenido este nivel de confianza, así que no había filtro. Ella me escuchaba con atención, y aunque parecía sorprendida, no era tanto como yo esperaba.
—Lo hiciste en el monte —dijo con una sonrisa maliciosa.
Puse los ojos en blanco.
—A veces me caes mal.
—Me adoras —contestó riendo, antes de volver a mirar la pantalla del televisor. La serie estaba en pausa, olvidada entre nosotras.
—No sé qué hacer... —admití, dejando escapar el aire con un peso en el pecho.
Emma me miró de reojo, tomándose unos segundos antes de hablar.
—Siempre quisiste hacerlo con él. Siempre lo has querido más de lo que él te ha querido a ti. Es mejor aceptar desde ya que nunca pasará nada. Te adoro, y lo sabes, pero no le metas corazón... no quiero que termines herida.
Mi silencio fue la aceptación de sus palabras. No había más que discutir: aceptar que tal vez no pasaría nada, que no debía alimentar expectativas tontas sobre una relación que quizá nunca llegaría a ser.
Al día siguiente, Noah me mandó un mensaje diciendo que comenzaría nuevamente con el trabajo, que se perdería un poco en sus horarios, pero que podía escribirle lo que quisiera. Sentí una gota amarga en la boca del estómago. Me había olvidado de que su ritmo de vida era completamente distinto al mío. Mientras yo vivía tranquila, él iba a mil por hora.
Emma y yo seguimos saliendo como siempre, pero la cuenta regresiva para volver a mi país empezaba a pesar. ¿Ganas de volver? Ninguna. Pero sabía que tendría que hacerlo y, apenas llegara, conseguir un empleo.
Una noche, Noah me escribió: baja. No dudé ni dos segundos. Salí de inmediato y lo encontré en su carro, con una camisa elegante de botones. Cuando me miró, me regaló una de esas sonrisas dulces que me desarmaban por dentro, y sentí ese movimiento en el estómago que me recordaba todo lo que sentía por él.
—¿Cómo te ha ido? —me preguntó mientras me acercaba a él. Apoyado contra el carro, me colocó entre sus piernas, sujetándome de la cintura para darme un beso.
—Bien, ¿y tú? ¿Cómo vas con el trabajo?
—Bien... llevando las cosas —respondió, pero con una sonrisa extraña.
—¿Qué sucedió? —pregunté, con un presentimiento en el pecho.
—¿Por qué lo dices? —me miró confundido.
—Porque estás diferente. Tu sonrisa no llega a los ojos —susurré, acariciándole la mejilla. Él cerró los ojos al contacto y, cuando los abrió, había en ellos una tristeza que me dolió.
—Se murió un paciente... sé qué pasa, pero no deja de doler cada vez que ocurre.
Sentí una presión en el pecho, un impulso de protegerlo. Lo abracé con fuerza.
—Eres un excelente profesional. Yo voy a estar para apoyarte siempre.
Así nos quedamos, varios minutos en un silencio que decía más que cualquier palabra, consolando de manera callada todo lo que él debía estar sintiendo.
—Gracias por todo —susurró.
—No es nada... es lo que todos necesitamos a veces —le respondí con una sonrisa suave.
Él me acercó más a su pecho y me robó un beso. Al principio fue tierno, casi tímido, pero poco a poco la intensidad creció, como si en ese instante quisiéramos aferrarnos el uno al otro. Sin embargo, se separó, dejando en mis labios el eco de lo que pudo seguir.
—Mañana tendré la tarde libre... ¿Quieres salir? —preguntó, mirándome a los ojos.
—Sí... aunque creo que será la última salida —dije con una sonrisa amarga. Tal vez la editorial no había aceptado mi propuesta, por eso no me habían llamado.
—¿Por qué dices eso? —Su agarre en mi cintura se volvió más firme, como si quisiera impedir que me alejara.
—Tengo que volver a mi país... —Mi voz sonó más baja, más triste.
—¿Por qué? ¿No pueden quedarse más tiempo? —preguntó con una urgencia que no trató de disimular.
—Emma tiene que volver al trabajo presencial. Ha estado trabajando virtual estos días, pero no sé si pueda seguir haciéndolo.
—¿Y tú? —Su expresión me hacía sentir un pequeño escalofrío.
—Tengo que conseguir un empleo... no puedo seguir así —admití, sintiendo un nudo en el pecho. No estaba segura si me dolía más por la incertidumbre laboral o porque, sin darme cuenta, me había encariñado demasiado con él.
Él me miró con seriedad, como si estuviera tomando una decisión en ese mismo momento.
—¿Por qué no te quedas conmigo? Vive conmigo... yo te mantengo.