Anne nunca fue la chica que pedía ayuda. Y esa noche tampoco lo hizo. Lo que ocurrió cambió algo dentro de ella. No fue un accidente. No fue un malentendido. Fue una decisión tomada con los ojos abiertos… y con la certeza de que después nada volvería a ser igual.
NovelToon tiene autorización de Yazz García para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Es broma ¿verdad?
...16 ...
...NATHANIEL DEVERAUX ...
Eliana se soltó de mi agarre con una rapidez que me dejó las manos vacías y el pecho frío. Retrocedió hasta que su espalda chocó con el pequeño mostrador de su cocina, y la mirada que me dedicó no era de agradecimiento, sino de una desconfianza afilada como un cristal roto.
—¡Dije que no, Nathaniel! —su voz subió de tono, vibrando con un orgullo herido que yo, con mi cuenta bancaria infinita, no había sabido calcular—. No me conoces. Yo no te conozco. ¿Crees que porque entras aquí y ves que mi casa es pequeña puedes venir a comprar la salud de mi madre como quien compra un coche nuevo?
—Eliana, no es eso, solo trato de...
—¡Todo esto es raro! —me cortó, señalando el espacio entre nosotros—. Aunque no lo parezca, es la primera vez que hago algo así. En ese club yo solo bailo, ¿entiendes? Bailo y me voy a mi casa. Lo que he hecho fuera de ese escenario ha sido mínimo, lo justo para sobrevivir. Así que sí, me parece sospechoso, me parece turbio que un hombre aparezca de la nada y quiera pagar cuentas de miles de euros "porque sí". Nadie regala nada en este mundo, y menos alguien que se baja de un coche blindado con escoltas.
Me quedé en silencio, procesando el golpe de realidad. Había sido un idiota. Había intentado aplicar la lógica de los Moretti —comprar soluciones— a una mujer que lo único que poseía era su integridad. La miré fijamente, viendo cómo su pecho subía y bajaba por la agitación.
—¿Es por el sexo, Eliana? —pregunté con una voz baja, casi herida—. ¿Eso es lo que te detiene? ¿Pensabas que te iba a pedir sexo como si fueras una prostituta a cambio de las facturas?
Ella se quedó muda, sus ojos oscuros clavados en los míos, buscando la mentira.
—En mi mundo, todo es una transacción —continué, dando un paso lento hacia ella, manteniendo las manos a la vista—. Pero contigo... contigo es diferente. La otra vez caminamos por horas y no te toqué un pelo, ¿recuerdas? Te di el dinero y te dejé donde me dijiste. Si quisiera sexo, bombón, hay mil lugares en Marsella donde podría conseguirlo sin tantas complicaciones.
Suspiré, pasando una mano por mi cabello, sintiéndome genuinamente frustrado por no saber cómo acercarme a ella sin asustarla.
—Te ofrezco esto porque puedo, y porque quiero. No hay letras pequeñas, no hay cámaras escondidas, ni te voy a obligar a meterte en mi cama por un recibo de hospital. Solo quiero que esta semana, cuando me mires, no estés pensando en cuánto le debes a la administración del hospital.
Eliana bajó la mirada a sus manos, que aún temblaban un poco. Rindiéndose finalmente a la evidencia de que, por muy raro que pareciera, yo no me iba a marchar. El silencio en ese pequeño apartamento de "estrato medio" era sepulcral, roto solo por el ruido de una motocicleta pasando por la calle.
—Está bien, Nathaniel. Voy a confiar en ti —dijo, aunque su voz aún guardaba un rastro de cautela—. Pero dime la verdad... ¿para qué quieres exactamente esta semana? Un hombre como tú tiene el mundo a sus pies. ¿Por qué desperdiciar siete días en un barrio como este, conmigo?
Me apoyé contra el marco de la puerta de su cocina, observando cómo se movía en ese espacio tan reducido.
—Quiero quedarme contigo —le respondí con total sinceridad—. Quiero conocerte mejor, Eliana. Quiero disfrutar de cosas que siempre he querido hacer pero que mi apellido no me permite. Cosas simples. Caminar sin un itinerario, hablar sin medir cada palabra... verte reír mientras paseamos por ahí.
Ella asintió lentamente, procesando mis palabras como si intentara encontrarles el truco, pero al final solo suspiró y me dedicó una media sonrisa.
—Es una razón muy extraña para alguien que lo tiene todo —murmuró—. Pero acepto. Si quieres "simplicidad", bienvenido a mi mundo. ¿Quieres algo de beber?
Asentí. Me sentía extrañamente fuera de lugar y, a la vez, más cómodo que en cualquier evento de gala en Milán. Eliana se giró hacia el refrigerador, un electrodoméstico pequeño que zumbaba con esfuerzo en la esquina de la cocina. Lo abrió y sacó una jarra de cristal.
—No tengo champán francés, espero que lo sepas —bromeó ella mientras servía un líquido oscuro en un vaso de vidrio sencillo.
Me entregó el vaso. Era jugo de uva. Lo tomé y el frío del cristal contrastó con el calor pegajoso de la tarde de Marsella. Bebí un sorbo, sintiendo el dulzor artificial y casero a la vez.
—Está perfecto —le dije, mirándola por encima del borde del vaso.
En ese momento, rodeado de sus muebles desgastados y el olor a comida de los vecinos filtrándose por la ventana, me di cuenta de que esta semana iba a ser el desafío más grande de mi vida.
—Entonces... —dijo ella, apoyándose en la mesa—. ¿Por dónde empezamos tu semana de "normalidad", Nate?
...----------------...
...ANNE MORETTI ...
Me serví una copa de cristal tallado con el coñac más caro de la reserva privada de Manuelle y caminé hacia el gran ventanal de la villa. El sol se ponía sobre el horizonte italiano, tiñendo el cielo de un rojo sangre que me pareció poético.
Una sonrisa lenta, cargada de una satisfacción oscura, se dibujó en mi rostro. El plan estaba saliendo a la perfección, con la precisión de un reloj suizo.
—Salud por ti, hermanito —susurré al aire, alzando la copa—. Gracias por ser el sacrificio que necesitaba.
Haber entregado a Nathaniel a los D’Amato no solo fue una jugada maestra de estrategia, fue mi declaración de independencia. Al colocar a Nate como el "peón de lujo" de Enzo en Francia, no solo aseguré las rutas del Mediterráneo, sino que creé el escudo perfecto. El abuelo Enzo cree que tiene al mejor estratega de la familia bajo su pulgar, y mi abuelo Manuelle cree que sigo siendo su nieta leal que expande el imperio.
Pobres viejos. No ven que los estoy asfixiando poco a poco con su propia ambición.
Me senté en el escritorio que alguna vez me intimidó y apoyé los tacones sobre la madera noble. Ya no me sentía como la heredera a la espera; me sentía como la dueña. Poco a poco, iba cortando los hilos que me ataban al dominio del abuelo. Estaba desviando fondos, estableciendo mis propias alianzas silenciosas y moviendo a los hombres más leales de la familia hacia mis filas.
Ya no era solo la "mano derecha". En mi mente, y pronto en la realidad de todos, yo era la única patrona de este imperio.
—Que sigan jugando a la guerra con los Calderone —pensé, sintiendo el calor del coñac quemándome la garganta—. Que Nate siga jugando a ser un piloto libre en París o donde sea que se haya metido. Mientras ellos se distraen con sus pasiones y sus rencores antiguos, yo estoy construyendo un trono donde nadie podrá sentarse excepto yo.
Saqué mi teléfono y revisé el reporte de mis informantes. Todo en orden. La pieza de Nathaniel estaba posicionada, los D’Amato estaban contentos y los Calderone estaban lo suficientemente heridos tras el incidente en la carretera como para cometer errores por puro impulso.
Nadie me detendría ahora. Había vendido la libertad de mi propia sangre para comprar mi corona, y no me arrepentía ni por un segundo. El poder tiene un precio, y me alegraba que fuera Nate quien lo pagara mientras yo disfrutaba del botín.
...----------------...
Caminar por los pasillos de la universidad con una carpeta de Microeconomía bajo el brazo me resultaba casi insultante. El abuelo Manuelle insistió en que necesitaba el título para "darle una cara legítima" a nuestras empresas, pero para mí, esto era como mandar a un tiburón a clases de natación sincronizada. Yo ya sabía cómo devorar mercados; no necesitaba que un profesor con olor a café rancio me explicara la ley de oferta y demanda.
Sin embargo, el destino decidió compensar mi aburrimiento de la manera más deliciosa posible.
Al doblar la esquina hacia la cafetería principal, divisé una melena rizada castaña que reconocería aunque estuviera sumergida en ácido: Gianna. Mi "querida" prima estaba allí, radiante, colgando del brazo de un tipo que, debo admitir, era un espectáculo visual. Alto, de hombros anchos, con una mandíbula que parecía tallada por los mismos dioses y una mirada de esas que prometen problemas y placer a partes iguales.
—¡Anne! —chilló Gianna cuando me vio, apretando el brazo del chico como si temiera que el aire se lo robara—. Qué sorpresa verte por aquí. No sabía que las "reinas del drama" también estudiaban.
Ignoré su dardo con una sonrisa gélida, pero mis ojos no se apartaron del espécimen que la acompañaba.
—Él es Marco —continuó ella, henchida de orgullo—. Mi novio. ¿A que es increíble?
—Encantada, Marco —ronroneé, extendiendo mi mano y dejando que mis dedos rozaran la palma de la suya un segundo más de lo socialmente aceptable. Noté cómo sus pupilas se dilataban. Interesante.
Gianna me ha hecho la vida imposible desde que tengo uso de razón. Susurros a espaldas del abuelo, sabotajes en las cenas familiares y esa superioridad moral de quien se cree la "nieta buena". Oh, no. Si ella cree que puede tener un trofeo como Marco mientras yo estoy aquí aburrida entre libros de contabilidad, está muy equivocada.
Me acomodé el mechón de pelo detrás de la oreja, dejando que el cuello de mi camisa de seda se abriera lo justo para que Marco bajara la vista.
—Es un placer, Marco. Gianna suele tener gustos... mediocres, pero veo que esta vez ha tenido un golpe de suerte —le solté, clavando mis ojos en los suyos con una intensidad depredadora—. Aunque dudo que una joya como tú sepa brillar en una caja tan pequeña.
Gianna se puso roja de furia, pero yo ya estaba trazando el plano en mi cabeza. Seducir al novio de mi prima no era solo un capricho; era justicia poética. Quería ver cuánto tardaba Marco en darse cuenta de que prefería el fuego de una Moretti de verdad que el agua tibia de Gianna.
—Tengo clase ahora —dije, dándoles la espalda pero lanzando una última mirada por encima del hombro a Marco—. Pero quizás nos veamos más tarde. Hay una biblioteca muy silenciosa en el tercer piso... ideal para "estudiar" a fondo.
Caminé con paso firme, sintiendo la mirada de Marco quemándome la espalda y los bufidos de indignación de mi prima. Esto iba a ser mucho más divertido que cualquier examen de economía.
Me pasé las dos horas de clase tachando el margen de mis apuntes. Tengo que admitir, a regañadientes, que hubo un par de conceptos teóricos sobre flujos de capital que no manejaba del todo, pero la lentitud del profesor era un insulto a mi paciencia. Mi mente no estaba en las gráficas, sino en la cacería.
Cuando por fin se acabó la clase, recogí mis cosas con una calma ensayada. Caminé por los pasillos ignorando las miradas de los demás estudiantes; para ellos soy un misterio, para mí ellos son solo ruido de fondo. Subí al tercer piso, donde el olor a papel viejo y el silencio absoluto de la biblioteca crean el escenario perfecto para hacer idioteces.
Recorrí los pasillos de madera oscura, mis tacones apenas produciendo un roce sordo sobre la alfombra. Al llegar a la sección de historia antigua, lo vi.
Marco estaba allí, apoyado contra una de las estanterías con una pose que gritaba arrogancia y curiosidad a partes iguales. No tenía un libro en la mano; no estaba allí para leer. En cuanto me divisó, una sonrisa lenta y ladeada apareció en su rostro. Una sonrisa que decía que sabía perfectamente en qué juego se estaba metiendo.
—Interesante tu invitación... —dijo en un susurro que vibró en el aire pesado de la biblioteca—. No pensé que la prima de Gianna fuera tan... directa.
Me acerqué a él, deteniéndome justo en su espacio personal, lo suficiente para que pudiera oler mi perfume, ese que cuesta más que el alquiler de la mayoría de estos estudiantes. Le puse una mano en el pecho, sintiendo el latido rítmico de su corazón bajo la camisa.
—Gianna es una niña que juega a las casitas, Marco —le dije, bajando la voz hasta que fue poco más que un ronroneo—. Yo no juego. Y cuando veo algo que me gusta, suelo tomarlo sin pedir permiso.
Él bajó la mirada a mis labios y luego volvió a mis ojos, atrapado por la intensidad que solo yo puedo proyectar. El anzuelo no solo estaba en su boca; ya se lo había tragado por completo.
—Gianna me dijo que eras peligrosa —murmuró él, acortando la distancia—. Olvidó mencionar que eras adictiva.
Sonreí para mis adentros. Pobre Gianna. No solo iba a perder a su novio estrella, sino que iba a aprender que en este mundo, lo que ella considera suyo es simplemente lo que yo aún no he decidido quitarle.
—Peligrosa es poco, Marco —deslicé mi mano hacia su cuello, tirando ligeramente de él hacia la sombra de los estantes—. Pero supongo que un hombre como tú no se asusta fácilmente de un poco de fuego, ¿verdad?
Sentí su respiración mezclarse con la mía. Marco estaba entregado, con los ojos oscuros fijos en mi boca y la tensión de quien está a punto de saltar al vacío. Sus manos subieron por mi cintura, buscando un contacto que sus labios ya daban por hecho.
Pero yo no soy una mujer de entregas rápidas. El placer de la victoria no está en el acto, sino en la rendición absoluta.
Justo cuando él se inclinó para cerrar la distancia, puse un dedo sobre sus labios, deteniéndolo en seco. Una chispa de desconcierto cruzó su mirada, seguida de un hambre que me hizo disfrutar aún más el momento.
—No tan rápido, cariño—susurré, deslizando mi mano desde su cuello hasta su pecho, donde lo empujé suavemente para recuperar mi espacio—Las bibliotecas son para estudiar, y yo ya he aprendido todo lo que necesitaba saber de ti hoy.
—¿Me vas a dejar así? —preguntó con la voz ronca, una sonrisa incrédula asomando en su rostro—Viniste hasta aquí solo para tentarme.
—Vine para ver si eras tan interesante como parecías. Y lo eres —le dediqué una mirada que prometía el cielo y el infierno al mismo tiempo mientras retrocedía un paso, dándole la espalda—. Pero no me gusta compartir lo que es mío, y técnicamente, todavía hueles al perfume barato de mi prima.
Me colgué el bolso al hombro y empecé a caminar hacia la salida del pasillo con un contoneo calculado. Sabía que sus ojos me estaban devorando la espalda, que su mente ya no procesaría una sola palabra de lo que sea que Gianna le dijera más tarde.
—Si quieres más que una charla entre libros, tendrás que esforzarte mucho más, Marco —dije sin dejar de caminar—. Búscame cuando te hayas deshecho de tus ataduras. Si eres lo suficientemente inteligente, sabrás cómo encontrarme fuera de estos muros.
Salí de la biblioteca sintiendo la adrenalina del poder. Había plantado la semilla de la discordia y la obsesión. Ahora, Marco pasaría la noche comparando la dulzura insípida de Gianna con el veneno exquisito que yo le había ofrecido.
...----------------...
...NATHANIEL DEVERAUX ...
Estos dos días en Marsella han sido un oasis que no sabía que necesitaba. Lejos de las cámaras, de los monoplazas y de la mirada gélida de mi hermana, me he sentido... humano. No soy el piloto estrella ni el heredero de un imperio; soy solo Nate, el hombre que bebe jugo de uva en un balcón estrecho y que acompaña a una mujer valiente a enfrentar su realidad.
Hemos mantenido una línea invisible. Somos "amigos". O eso nos decimos para no asustarnos. Ella entra a ver a su madre y yo me quedo en la sala de espera, rodeado de gente que no tiene idea de quién soy, leyendo revistas viejas y disfrutando del anonimato. Pero hoy, mientras nos preparábamos en su apartamento para nuestra tercera visita, algo cambió.
—Nate —dijo ella mientras se terminaba de recoger el cabello en una coleta—. Hoy... no te quedes afuera. Pasa conmigo. Me da mucha vergüenza que te quedes ahí sentado como un guardián durante horas. No es justo para ti.
La miré sorprendido, dejando mi chaqueta sobre el sofá.
—¿Estás segura, Eliana? Habíamos dicho que era mejor no mezclar las cosas.
—Lo estoy —asintió ella, aunque evitó mi mirada—. Ella merece conocer al hombre que ha hecho que su hija sonría tanto estos últimos dos días.
Caminó hacia el pequeño pasillo para buscar su bolso, pero al pasar por mi lado, tropezó con la esquina de la alfombra vieja que siempre se levantaba. Fue un segundo. Su cuerpo se fue hacia adelante y reaccioné por puro instinto, rodeando su cintura con mis brazos para evitar que cayera.
El impacto me hizo retroceder hasta que mi espalda chocó contra la pared. Eliana quedó atrapada entre mis brazos y el muro, con las manos apoyadas en mi pecho para estabilizarse. El silencio del apartamento se volvió ensordecedor de repente. Podía sentir el calor de su cuerpo, el aroma a jabón de coco de su piel y su respiración agitada golpeando mi cuello.
Bajé la vista y me encontré con sus ojos oscuros, cargados de una mezcla de sorpresa y algo mucho más profundo que el simple agradecimiento. Ninguno de los dos se movió. Mi mano, que estaba en su cintura, subió lentamente por su espalda hasta acariciar su nuca, perdiéndose en los mechones sueltos de su cabello.
—¿Estás bien? —susurré, con la voz más ronca de lo que pretendía.
—Sí... —respondió ella en un hilo de voz, pero no se apartó. Al contrario, se inclinó imperceptiblemente hacia mí.
La tensión de "solo amigos" se rompió como un cristal fino. Me incliné, acortando los últimos centímetros, y la besé.
Fue un beso lento, hambriento. Eliana soltó un pequeño suspiro contra mis labios y enredó sus dedos en mi cabello, aferrándome como si temiera que, al soltarme, yo volviera a ser el millonario inalcanzable y ella la chica del club.
Sus labios eran una droga y el pequeño apartamento parecía haber desaparecido; solo existía su piel bajo mis dedos. La guié hacia la habitación, que era apenas más que una cama y un armario, y la recosté con una delicadeza que no sabía que poseía. Mis manos recorrían sus costados, buscando el borde de su blusa, mientras mi mente se nublaba por el deseo.
Pero, de repente, sentí sus manos contra mis hombros. No me atraían, me frenaban.
—Nate, espera... detente —jadeó ella, apartando el rostro.
Me quedé congelado sobre ella, con la respiración entrecortada y el pulso a mil. Apoyé mis antebrazos a los lados de su cabeza, tratando de recuperar el aire.
—¿Qué pasa? ¿Hice algo mal? —pregunté, frunciendo el ceño. Estaba confundido; hace diez segundos ella estaba respondiendo con la misma intensidad que yo.
—No es que no quiera... —susurró, evitando mi mirada, con las mejillas encendidas en un rojo profundo—. Voy a admitir que traigo las ganas desde ayer, pero... es que me da mucha vergüenza decirte esto.
Me pasé una mano por el cabello, sentándome en el borde de la cama, totalmente desconcertado. La duda me carcomía. ¿Vergüenza? ¿De qué?
—¿Qué cosa es lo que te avergüenza, Eliana? Dímelo sin problema —insistí, tratando de suavizar la voz—. Sabes que puedes confiar en mí.
Ella se sentó también, cubriéndose con las manos como si quisiera desaparecer.
—Te vas a reír... o no sé. Me da miedo que pienses que es una tontería.
—Pues dime de una vez —solté, ya un poco impaciente por el misterio.
—Es que... esta sería mi primera vez. Soy virgen, Nate.
Me separé de ella de golpe, como si me hubieran dado una descarga eléctrica. Una carcajada involuntaria salió de mi garganta antes de que pudiera procesarlo. La miré con los ojos entrecerrados, buscando el rastro de la broma.
—Es broma, ¿no? —dije, riendo todavía—. ¿Tú? ¿Virgen? Ay, por favor, Eliana... invéntate otra excusa. Trabajas en un club nocturno, bailas frente a cientos de hombres todas las noches, te mueves como si supieras exactamente lo que haces...¿y me sales con que eres virgen?
Pero mi risa se fue apagando al ver su rostro. No se estaba riendo. Sus labios temblaban de rabia y sus ojos se llenaron de lágrimas de indignación.
—¡Estoy hablando en serio, Nathaniel! —escupió, poniéndose de pie con un salto—. ¿Crees que porque bailo soy una cualquiera? ¿Crees que porque acepte tu dinero por mi tiempo ya me he acostado con medio Marsella? ¡Te dije que en ese club solo bailo! He cuidado mi cuerpo porque es lo único que realmente me pertenece, lo único que nadie ha podido comprar... hasta que apareciste tú con tu carita de niño bueno y tus aires de salvador.
Me quedé sentado en el borde de la colchón, observándola con una mezcla de incredulidad y una punzada de culpa que no terminaba de digerir. El peso de mis prejuicios me cayó encima como una tonelada de plomo. La miré ahí de pie, defendiendo su dignidad en medio de su pequeña habitación, y me sentí como el hombre más estúpido y superficial del planeta. La lógica de mi mundo, donde todo es desechable y rápido, chocaba de frente con la mujer que tenía enfrente.
—¿De verdad me lo estás diciendo en serio? —pregunté, mi voz bajando un octavo, buscando rastro de alguna mentira en sus ojos.
—¡Pues si no me crees, no me creas y vete de mi casa! —me espetó, con la cara encendida—. No voy a permitir que te burles de mí, Nathaniel. No necesito que un millonario venga a cuestionar mi vida.
Solté un suspiro largo, tratando de bajar las revoluciones. Me pasé la mano por la nuca, sintiendo el peso del malentendido.
—Perdón, Eliana. Tienes razón. Pero ponte en mi lugar... no es precisamente la historia más creíble dado el entorno. En esos clubes cualquier cosa puede pasar, tú lo sabes.
Ella pareció desinflarse un poco ante mi disculpa. Se sentó en la silla de madera frente a la cama, cruzándose de brazos, pero su mirada se volvió lejana, cargada de una madurez que me hizo sentir como un niño malcriado.
—He tenido que trabajar desde los catorce años, Nate —soltó con voz plana—. Lavando platos, limpiando suelos, lo que fuera necesario. Solo somos mi madre y yo. Mi hermana mayor es una hija de puta que nos abandonó a nuestra suerte cuando las cosas se pusieron feas. No he tenido tiempo para novios, ni para citas, ni para perder el tiempo. A duras penas pude graduarme de la escuela entre turnos de trabajo y hospitales. Mi virginidad no es un "tesoro sagrado", es simplemente el resultado de no haber tenido ni un maldito segundo para pensar en mí misma.
Las piezas encajaron en mi cabeza con un golpe seco. Su dureza, su desconfianza, su forma de aferrarse al dinero... todo tenía sentido ahora. No era una femme fatale; era una sobreviviente que no había tenido adolescencia.
—Entiendo —dije, sintiendo una extraña incomodidad en el pecho—. Me imagino que por eso te detuviste. Porque soy un "tipo cualquiera" y no quieres que tu primera vez sea algo de lo que te arrepientas.
Eliana me miró de hito en hito, y para mi sorpresa, soltó una risa seca.
—Si te soy sincera, me da igual el romanticismo de la "primera vez". Solo quería advertirte porque... bueno, me da algo de miedo que me lastimes. No sé qué esperar.
Me quedé mudo, mirándola fijamente. La situación se había vuelto increíblemente bizarra. Estaba en un apartamento minúsculo en Marsella, con una mujer que bailaba en un club pero nunca había estado con un hombre, teniendo una conversación que parecía sacada de una novela juvenil cuando yo ya debería estar de vuelta en los negocios de la alta mafia o en el paddock de la F1.
Sentí una punzada de incomodidad. Esta vulnerabilidad, esta "pureza" accidental, me ponía en una posición que no sabía manejar. Yo no soy un caballero andante, soy un Moretti. Y tener que lidiar con la responsabilidad de ser el primero en la vida de alguien me hacía sentir que estaba pisando terreno minado.
Podía escuchar el tic-tac de un reloj barato en la cocina y el bullicio lejano de la calle, pero entre nosotros dos solo había una tensión extraña, una mezcla de deseo y una realidad que me golpeaba la cara. Me quedé de pie, sintiéndome como un extraño en mi propia piel.
Eliana rompió el hielo, su voz sonando pequeña pero directa en la penumbra de la habitación.
—Entonces… ¿seguimos? ¿O… dejamos todo así? —preguntó, mirándome con una honestidad que me desarmaba.
Solté un suspiro largo, pasándome la mano por la cara. La miré de hito en hito, tratando de procesar que la mujer que bailaba con una sensualidad animal cada noche era, en realidad, una hoja en blanco.
—¿Estás segura? —le pregunté, siendo totalmente sincero—. La verdad es que me apagaste un poco con todo esto, Eli. No es que no me gustes, es que... es mucha presión. No soy ese tipo de hombre que suele cargar con estas “situaciones”.
Ella bajó la mirada, un rastro de decepción cruzando sus facciones, y empezó a abotonarse la blusa con dedos mecánicos.
—Lo siento —murmuró con amargura—. Si ya no habrá nada, mejor me termino de arreglar para ir al hospital. Olvida que dije algo.
Verla así, cerrándose de nuevo en su caparazón de mujer dura y solitaria, me revolvió algo por dentro. La incomodidad seguía ahí, picándome en la nuca como una advertencia, pero mi deseo por ella era un incendio que no se apagaba con una confesión. La quería. Quería su fuego, y quería ser yo quien le enseñara que el mundo podría ser maravilloso.
Solté la chaqueta al suelo. Me acerqué a ella en dos pasos y le tomé las manos, deteniendo su afán por cubrirse.
—No te vayas tan rápido —susurré, obligándola a mirarme.
Sus ojos oscuros estaban cargados de duda, pero cuando mis labios buscaron los suyos, respondió con una urgencia que me confirmó que ella también estaba quemándose. El beso empezó lento, una disculpa muda por mi reacción idiota, pero pronto escaló. Eliana enredó sus brazos en mi cuello y me atrajo hacia ella con una fuerza que me hizo olvidar cualquier duda.
La incomodidad se disolvió bajo el calor de su piel. Si iba a ser el primero, me aseguraría de que fuera lo único bueno que recordara de este maldito mundo de sombras. Nos dejamos caer de nuevo en la cama, esta vez sin interrupciones, dejando que el instinto tomara el control de lo que habíamos empezado.
Me deshice de la camisa con movimientos rápidos, sin apartar los ojos de ella. Eliana estaba allí, vulnerable sobre las sábanas, con esa mezcla de valentía y pavor que me hacía querer protegerla y devorarla al mismo tiempo.
Me incliné sobre ella, atrapando sus labios en un beso que ya no pedía permiso. Mis manos bajaron por sus costados, delineando la curva de su cadera con una firmeza que la hizo soltar un jadeo entrecortado.
Me quedé sobre ella, sintiendo su temblor. Sabía que si entraba así, sin más, solo la lastimaría y no quería que su primer recuerdo fuera un trauma seco. Me obligué a bajar las revoluciones, aunque mi propio cuerpo me gritaba que avanzara. Bajé mis manos, recorriendo su vientre plano hasta llegar a donde su piel ardía.
—Tranquila, preciosa. Solo mírame —susurré, buscando sus ojos mientras mis dedos empezaban a trabajar con una lentitud calculada.
Eliana soltó un jadeo que se cortó en su garganta. Estaba tensa, pero a medida que mis caricias se volvían más directas y rítmicas, su cuerpo empezó a ceder. Sus muslos se relajaron y escuché cómo su respiración se volvía errática, perdiendo ese control que siempre intentaba mantener. La humedad empezó a aparecer, una invitación natural que me indicó que, al menos físicamente, estaba lista. Cuando sus caderas se arquearon buscando más, supe que era el momento.
Me posicioné entre sus piernas, sintiendo cómo el corazón de Eliana martilleaba contra sus costillas, tan fuerte que podía verlo vibrar en su pecho. Saqué el preservativo de la cartera con un movimiento rápido, el sonido del envoltorio rasgándose fue lo único que rompió el silencio cargado. Me lo coloqué con eficiencia, tratando de mantener la cabeza fría, pero el roce de su piel oliva contra la mía me estaba nublando el juicio.
—Relájate, Eliana —le pedí con voz ronca, obligándola a conectar con el azul gélido de mis ojos que, en ese momento, quemaban—. No voy a ir rápido, pero necesito que te relajes.
Ella asintió, apretando las sábanas con tanta fuerza que sus nudillos se pusieron blancos.
Entré en ella y la resistencia fue inmediata. Fue como chocar contra un muro de seda. Eliana soltó un grito ahogado, cerrando los ojos con fuerza mientras su rostro se contraía en una mueca de dolor puro.
—Duele... Nate, para un segundo —susurró con los ojos apretados.
Me detuve en seco, sintiendo cómo me rodeaba con una presión que nunca había experimentado. Era un calor asfixiante. Bajé la vista y vi la mancha roja, pequeña pero clara, extendiéndose sobre la sábana blanca debajo de nosotros. La evidencia cruda de su verdad. Me sentí como un animal invadiendo un territorio sagrado, pero el deseo era un motor que ya no podía apagar.
—Ya está, ya pasó —le mentí a medias, dándole un beso corto para distraerla.
Cuando sentí que sus músculos cedían un poco, volví a moverme. Pero la realidad me golpeó con una fuerza que no esperaba. Eliana estaba increíblemente estrecha, una presión que me rodeaba de una forma que nunca había experimentado en mis años de excesos en Italia. Era una fricción casi dolorosa, perfecta, que mandaba descargas eléctricas directo a mi columna.
Traté de controlarme, de ser el "maestro" con experiencia que ella necesitaba, pero mi cuerpo me traicionó. Con cada estocada, la sensación de estar atrapado en su calor me empujaba al abismo. No hubo una maratón de horas; fue una descarga primitiva y urgente.
—Mierda, Eliana... —gruñí, apretando los dientes mientras sentía que perdía el control.
Apenas aguanté un par de minutos más antes de que el clímax me golpeara como un choque. Fue violento y cegador. Me corrí dentro del látex con un espasmo que me dejó sin aire, hundiéndome en ella una última vez mientras mi frente chocaba contra la suya, ambos sudorosos y temblando.
Me quedé allí, pesado sobre ella, escuchando cómo el mundo exterior seguía su curso mientras mi realidad acababa de cambiar en esa habitación. Me separé con cuidado, viendo de nuevo el rastro de sangre en la cama. Me sentí un imbécil por haberme reído antes; esto no era un juego, era su vida
—Lo siento —murmuré, buscando mis cosas—Estabas tan... maldita sea, Eliana, me volviste loco.
Eliana no dijo nada al principio, solo me miró con una mezcla de alivio y una timidez que me resultaba nueva. El ambiente se sentía pesado, real, alejado de cualquier fantasía. Teníamos el pelo revuelto y una visita al hospital pendiente.
Ella se giró de lado, apoyando la cabeza en su mano, y me miró con una chispa de picardía que no esperaba ver tan pronto.
—Entonces... —susurró con la voz aún agitada— ¿seguimos? ¿O ya terminaste con lo tuyo, Nate?
Me quedé helado un segundo, procesando su pregunta. No había drama, ni reproches, ni esa fragilidad extrema que yo temía. Había una mujer que, a pesar del dolor inicial y de la rapidez de todo, quería más de este nuevo mundo que acababa de descubrir conmigo.
Una sonrisa lenta y genuina, de esas que rara vez muestro, se dibujó en mi rostro. Me acerqué a ella, acortando la distancia hasta que nuestras puntas de la nariz se rozaron.
—Eres increíble, bombón —murmuré, mi voz cargada de una fascinación que empezaba a darme miedo—. Me vuelves loco.
No esperé a que respondiera. La tomé por la nuca y la besé con una intensidad nueva, más profunda, sellando un pacto silencioso en esa cama desordenada.