Sol ha sobrevivido diez años sin nombre, sin recuerdos y sin más compañía que el dolor. Desde que despertó a los dieciocho sin saber quién era, su vida se convirtió en golpes y tortura. Pero todo cambia cuando llega al castillo del rey demonio... Y él, sin explicación alguna, le pide matrimonio.
¿Acaso ya se conocen? Quizás, el secreto de su recuerdos sean la respuesta porque él la ama tanto.
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Capitulo 9
Ya frente a la mansión de las flores, Sol tocó la puerta con cautela. Pasaron unos minutos antes de que se abriera.
— ¡Sol! ¡Noel! — exclamó Ruth, sorprendida —. ¿Qué hacen aquí? ¿Cómo sigues?
Sol intentó responder, pero Ruth la interrumpió con un gesto amable.
— Pasen. No me gusta atender a mis invitados en la puerta.
Los guió hacia una habitación llena de estantes y libros antiguos. Poco después regresó con una bandeja de té caliente.
— Bien.— dijo mientras servía —. Imagino que vinieron a disculparse.
— Sí… — respondió Sol —. Perdóname por el desastre de esa mujer. No pensé que causaría tanto alboroto.
Ruth negó suavemente.
— Tú no tienes nada que disculpar. Gracias a Dios, pronto ella regresará a su reino. De hecho, su padre, Lord Alberich, está aquí.
Entregó las tazas a Sol y Noel.
Sol respiró hondo.
— Vine también para saber más sobre el reino Mandrágor… y sobre la familia real.
Ruth tomó asiento frente a ellos.
— Con gusto te contaré. Pero debes saberlo, la historia empieza bien… y termina trágicamente.
Ruth relató cómo Mandrágor fue uno de los reinos más prósperos; sus festivales, la abundancia de sus tierras, y la bondad de la familia real. Explicó que una deidad bendecía a cada generación con un don natural.
— La reina Violeta — dijo Ruth — tenía el poder de controlar los árboles, darles vida, frutos… era amada por todos. Nombró a sus hijos como flores, en honor a la naturaleza.
Ruth bajó un poco la voz.
— El menor, Rose… pequeño pero poderoso. Controlaba rosas y espinas. La hija del medio, Liria, podía comunicarse con la flora, por eso las cosechas nunca fallaban. Y la primogénita… Morgana o también conocida como Morgan. Su poder se mantuvo en secreto. Solo se sabía que podía hacer crecer plantas medicinales sin esfuerzo.
— ¿Y el rey? — preguntó Noel con curiosidad —. ¿También tenía poderes?
— Claro — respondió Ruth —. El rey Virgil tenía la bendición de hablar con la fauna. Proteger a su familia y al reino con los animales era su deber. Pero cuando vio a su esposa e hijos muertos, los rumores dicen que se dejó asesinar. Después de eso, su hermano Ricardo tomó el trono… y todo se desplomó.
Sol abrió la boca para preguntar algo sobre Ricardo, pero una criada interrumpió.
— Disculpen, pero el rey solicita la presencia de la señorita.
Ruth se levantó.
— Entiendo. Yo la guiaré.
Mientras caminaban por los pasillos, Ruth continuó.
— Cuando Ricardo tomó el poder, la madre naturaleza desapareció del reino. Las tierras murieron, no quedó ni una flor. La gente empezó a hacer cosas terribles para sobrevivir, y él… Culpaba a Dios. La ironía es que él mismo es un “padre” de la iglesia.
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En el reino Mandrágor
— ¡Dios! ¡Te imploramos que detengas las plagas! ¡¿No fue suficiente quitarle la vida a la familia Mandrágor?!…
Un sacerdote gritaba desde una tarima en medio del mercado. El suelo era seco como hueso, y el aire gris dejaba un sabor metálico. Personas andrajosas se reunían, buscando consuelo en palabras que ya ni entendían. Solo el sacerdote y dos seguidores vestían ropas limpias.
El padre continuó.
— ¡Gente de Mandrágor! ¡He hablado con Dios! ¡El gran cambio está por venir! ¡Sean pacientes y sigan mis enseñanzas!
Guardias infiltrados entre la multitud vigilaban silenciosos. Cualquiera que criticara al sacerdote pagaba caro.
Una mujer murmuró:
— Ya no se puede confiar en él… pasan años y nada cambia…
Un guardia apareció detrás de ella y presionó la punta de su lanza en su espalda. La mujer se quedó helada.
— Ven conmigo. — dijo con tono macabro.
La otra mujer que estaba con ella se alejó sin mirar atrás.
Ese era el día a día en Mandrágor.
El sacerdote terminó su discurso, bajó de la tarima y se dirigió al palacio. Allí cambió su túnica y su actitud.
— Odio a esa gente — murmuró, limpiándose las manos — Son lo peor de este reino. Pero mientras su miedo y miseria alimenten al Árbol del Ocaso, seguiré con esta farsa.
Un sirviente se acercó, inclinándose.
— Señor Ricardo, llegó una carta del reino demoníaco.
Ricardo levantó una ceja al ver el sello.
— Oh… la casa Dominic. ¿Qué querrá ese demonio?
Leyó la carta. Su expresión se endureció al final.
— ¿Me invita a su boda…? — arrugó el papel — ¿Qué se cree ese rey bastardo?… Y es hoy.
— ¿Desea que responda diciendo que no asistirá, mi señor? — preguntó el sirviente.
— No. Preparen mi carruaje. Quiero ver qué planea ese demonio.
Mientras se retiraba, pensó:
“¿Una boda? ¿No estaba casado con la princesa Antonieta?…"
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Reino demoníaco. Jardín real.
Ruth, Sol y Noel caminaban por el jardín real. Dónde aguardaría el rey en espera de su futura esposa.
— Gracias por contarme más sobre Mandrágor — dijo Sol —. Perdón por hacerte recordar cosas tan duras.
Ruth sonrió con amabilidad.
— No te canses de pedir perdón. Tienes un corazón demasiado bondadoso. Y es mi deber transmitir esta historia mientras mi voz lo permita.
Al llegar al centro del jardín, Ruth se detuvo.
— Ahí están el rey y Lord Alberich.
Ambos hombres estaban sentados a la mesa. Ruth se despidió y regresó al interior del castillo.
Lord Alberich se puso de pie de inmediato al ver a Sol. Caminó hacia ella con un respeto que la desconcertó. Al llegar, tomó su mano y la besó con solemnidad.
Sol lo miró confundida.
— ¿Por qué hace eso…? Yo no soy de la realeza.
Él sonrió con serenidad.
— Porque pronto lo será. Y porque esta es una bienvenida del rey del pueblo Alberich. Puedes llamarme Alejandro.
Mientras se enderezaba, pensó con melancolía.
“Es igual a su madre… incluso con esa cicatriz."
Luego, la invitó a tomar asiento junto a Lumiel.