Despertar en época moderna
"Viví dieciocho años en una jaula de oro, creyendo que el desprecio de mi esposo era mi única realidad. Fui la esposa sumisa, la dama que lavaba los pies de su suegra y la mujer que ocultaba sus lágrimas tras un abanico."
Lorena Casas, la hija de una familia prestigiosa, lo sacrificó todo por un hombre que consideraba un erudito brillante. Pero mientras ella se consumía en la soledad de la mansión Vila, su esposo Marco tejía una red de mentiras, traiciones y malversaciones, planeando reemplazarla con su amante y hundir a su familia.
Todo habría sido perfecto para él... si no hubiera nacido Aurora.
Mi hija no es una bebé común. Con una mente que desafía la lógica y la capacidad de leer los secretos más oscuros de quienes nos rodean, ella es la única que sabe lo que Marco hace en las sombras.
Mientras Marco cree que estamos atrapadas en su red, Aurora está moviendo los hilos. Desde su cuna, esta bebé genio me guía, revelando los fraudes, exponiendo a los espía
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Capítulo 15: La Resonancia del Destino
El colgante de jade, o lo que en realidad era un Nodo de Captación de Frecuencias, brillaba con una luz opalescente sobre el pañuelo de encaje de Aurora. El Príncipe Hugo, un niño cuya mente funcionaba con la precisión de un cronómetro de precisión, no quitaba la vista de la bebé. Había escuchado algo. No fue un llanto, ni un gorgoteo. Fue un juicio. Una frase cruda sobre su destino y la fragilidad de su administración imperial.
—¿Ocurre algo, Su Alteza? —preguntó Lorena, interrumpiendo el silencio que se había extendido por la sala.
Hugo levantó la vista. Sus ojos, fríos y analíticos, escudriñaron a Lorena antes de posarse nuevamente en la bebé que ya se había sumido en un sueño profundo.
—Nada, Señora Casas. Solo observo que su hija tiene una... frecuencia de calma inusual —respondió el Príncipe, con una madurez que resultaba inquietante en un niño de seis años—. Es un regalo de la casa real. Está diseñado para detectar interferencias electromagnéticas. Si ella lo lleva, estará a salvo de cualquier intento de sabotaje sónico.
Marco, sintiendo que su autoridad se desvanecía ante la presencia del Príncipe, se adelantó con una sonrisa forzada.
—Es un honor inmerecido, Su Alteza. La familia Vila está profundamente agradecida por su preocupación hacia Aurora. Sin embargo, quizás un objeto tan tecnológico sea demasiado delicado para...
—¿Le molesta que el Príncipe proteja a mi hija, mi señor? —interrumpió Lorena, cuya voz sonó más afilada que nunca.
El salón volvió a tensarse. La Princesa Real observaba la escena desde su asiento, saboreando el espectáculo. La caída en desgracia del Barón Kaelen estaba siendo más entretenida de lo que había imaginado.
«Él sabe», pensó Aurora en el plano de su mente, aunque sus ojos permanecían cerrados. «El Príncipe Hugo es un prodigio de la ingeniería social. Se dio cuenta de que mis 'pensamientos' no eran ruidos aleatorios. Está intentando calibrar si soy un activo útil para su imperio o una amenaza para su estabilidad».
Hugo se acercó un paso más a la cuna.
—Se dice, Barón, que los accidentes en el Gremio del Acero son frecuentes últimamente. Objetos defectuosos, fugas de éter... una hija tan joven debería estar lejos de los talleres. Quizás, si la salud de Lorena sigue siendo precaria, Aurora debería pasar más tiempo en el Palacio Real, bajo la tutela de los tutores imperiales.
Marco palideció. La idea de que el Príncipe se llevara a Aurora —y con ella, el favor de la Princesa Real— era su peor pesadilla. Aurora era su pasaporte a la influencia imperial, y ahora el heredero al trono se la estaba reclamando frente a toda la corte.
—Aurora es el centro de nuestra familia, Alteza —respondió Marco, su voz temblando ligeramente—. Nos sería imposible separarnos de ella.
—Todo es cuestión de seguridad —dijo Hugo, girándose hacia Marco con una mirada que hizo que el Barón retrocediera instintivamente—. Un oficial que porta núcleos de chatarra en un banquete de estado no parece ser el mejor tutor para un futuro prodigio del Gremio. ¿No le parece?
Lorena sintió un calor en el pecho que no era miedo, sino poder. El Príncipe no estaba allí por casualidad. Había venido a "marcar territorio" y, al hacerlo, había destruido cualquier posibilidad de que Marco reclamara a la niña como suya para sus fines egoístas.
—Agradecemos su oferta, Alteza —dijo Lorena, inclinándose con una gracia calculada—. Aurora se siente muy apegada a esta mansión por ahora. Pero si en el futuro su educación requiere de las bibliotecas del Palacio, no dudaré en considerar su propuesta.
Hugo asintió, satisfecho con la respuesta.
—Bien. Entonces, cuidará bien de este regalo. Si el colgante cambia de color, significará que hay una amenaza cerca. Estaré atento a las notificaciones.
El Príncipe se retiró, dejando tras de sí una atmósfera eléctrica. Marco se quedó solo, rodeado de nobles que ahora evitaban su mirada como si fuera un paria. Lorena, sosteniendo a su hija, sintió que el peso de la "protección" del Príncipe no era un regalo, sino un contrato invisible. Habían entrado en el juego político de alto nivel, y las reglas estaban a punto de cambiar.