En la vibrante metrópolis de Shanghái, la sangre no solo corre por las venas; es la moneda de cambio de un imperio que ha gobernado desde las sombras durante milenios.
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Capítulo 18
El refugio en Zhujiajiao se había vuelto demasiado pequeño, demasiado vulnerable. Tras el intercambio de sangre que selló su destino, Zixuan recuperó gran parte de su vitalidad, aunque una palidez espectral aún marcaba su rostro. La lluvia, que no había cesado desde que salieron de Macao, golpeaba ahora las ventanas de un ático secreto en el distrito de Jing'an, en el corazón de Shanghái. Este era el "Nido de Cuarzo", un apartamento blindado que Zixuan había mantenido fuera de los registros oficiales del Sindicato Li durante décadas.
Dentro, el aire estaba saturado con el aroma del sándalo quemado y el ozono de los servidores que Yan había activado para crear un perímetro digital. Las luces de neón de la ciudad, filtradas por la lluvia y los cristales polarizados, pintaban la habitación de tonos violetas y azules eléctricos.
Yan estaba sentada frente a una hilera de monitores, sus dedos moviéndose con una velocidad mecánica. Estaba exhausta. El vínculo con Zixuan no solo le permitía sentir su dolor, sino que también le drenaba energía vital. Cada vez que él se movía por la habitación, ella sentía un tirón en la base de la nuca, un recordatorio constante de que ya no era una entidad separada.
—Has estado trabajando durante seis horas, Yan —la voz de Zixuan, ahora recuperada pero teñida de una gravedad profunda, surgió desde las sombras detrás de ella.
—Tengo que encontrar a Qi —respondió ella sin girarse. Sus ojos estaban rojos por el cansancio—. Desapareció después del incendio en el casino. Si el Círculo de Ceniza lo recuperó, está a salvo, pero si los Si lo capturaron...
—Si los Si lo tienen, ya está muerto o desando estarlo —Zixuan se acercó y puso una mano sobre el hombro de Yan. Su piel, antes gélida, ahora emitía un calor residual producto de la sangre de ella que aún corría por sus venas—. Deja de buscar fantasmas. Por ahora, el mayor peligro no es la familia Si, sino mi propio clan.
Yan soltó el teclado y finalmente se giró. La luz de la pantalla iluminaba su rostro cansado, resaltando las ojeras y la palidez de su cuello, donde las marcas de los colmillos de Zixuan empezaban a sanar como cicatrices de plata.
—¿Por qué me miras así? —preguntó ella, su voz apenas un susurro.
—Porque hueles a mí —respondió él, su mano descendiendo por el brazo de ella hasta entrelazar sus dedos—. Porque puedo sentir tu miedo mezclado con una rabia que no te pertenece. Es mi rabia, Yan. La estás absorbiendo.
—Te odio por lo que me has hecho —dijo ella, aunque no retiró la mano. El conflicto en su interior era una tormenta igual de violenta que la de afuera—. Odio que mi cuerpo me traicione cada vez que estás cerca. Odio que mi padre fuera un criminal y que mi hermano sea un asesino. Pero sobre todo... odio que seas lo único que me hace sentir viva en este mundo de mierda.
Zixuan la levantó de la silla con una fuerza que no permitía discusión, pero con una delicadeza que la desarmó. La atrajo hacia su pecho, y Yan apoyó la cabeza en el lugar donde el corazón de él debería estar latiendo. En cambio, solo escuchó el silencio absoluto de un inmortal, un silencio que le resultaba extrañamente reconfortante.
—No hay perdón para lo que somos, Yan —murmuró Zixuan, su aliento rozando el oído de ella—. Solo hay este momento. Mañana, el consejo me llamará a rendir cuentas. Mañana, seremos presas de nuevo. Pero esta noche... esta noche el mundo puede arder.
Él la besó con una intensidad desesperada. No era el beso de un amante, sino el de un hombre que se ahoga y encuentra aire en los labios de ella. Yan respondió con la misma furia. Lo empujó hacia la cama de seda negra, sus manos buscando la piel de él, necesitando confirmar que era real, que no era solo una sombra de su imaginación.
Cuando la ropa desapareció, el contraste fue abrumador. La piel de Yan era cálida, suave, llena de la fragilidad de la vida; la de Zixuan era como el mármol pulido, firme y fría, pero vibrando con una energía oscura. Bajo la luz de los neones, sus cuerpos parecían una danza de luces y sombras.
Zixuan se movía con la precisión de un depredador que conoce cada nervio, cada zona erógena de su presa. Sus manos recorrieron los muslos de Yan, ascendiendo por su cintura hasta apretar sus costillas. Yan soltó un jadeo que fue mitad placer y mitad dolor.
—Dime que me detenga —siseó Zixuan, sus ojos ardiendo en un ámbar puro—. Dime que me odias y me alejaré.
—No te atrevas —respondió Yan, clavando sus uñas en la espalda de él—. No te atrevas a dejarme sola ahora.
La unión fue una explosión de sensaciones que Yan no pudo procesar. No fue solo físico; a través del vínculo de la luna negra, sus mentes se entrelazaron. Yan vio flashes de la vida de Zixuan: la ejecución de su familia en el siglo XIX, el sabor de la primera vez que mató, la soledad infinita de ver a los humanos como insectos que nacen y mueren en un parpadeo. Y él sintió la infancia de Yan, el olor a los libros viejos de su padre, el terror de la noche en el puente Lupu, y el deseo prohibido que sentía por el hombre que la mantenía prisionera.
El placer era punzante, una línea delgada que se borraba con el dolor. Cada movimiento de Zixuan era una reclamación de propiedad, y cada respuesta de Yan era un desafío. En el clímax, Zixuan volvió a morderla, no para alimentarse, sino para marcarla en medio de un éxtasis que hizo que Yan gritara su nombre hacia el techo de cristal del ático.
Se quedaron abrazados mientras la tormenta amainaba fuera, pero no dentro de ellos. Yan estaba exhausta, su cuerpo temblando por la sobrecarga sensorial. Zixuan la envolvía con sus brazos, su rostro enterrado en su cabello, que olía a lluvia y sándalo.
—¿Fue un pecado? —preguntó Yan después de un largo silencio, su voz rota.
—El pecado es una invención humana para dar sentido al arrepentimiento —respondió Zixuan, acariciando la marca de su cuello—. Yo no me arrepiento de nada de lo que te he hecho, Yan. Mi única culpa es no haberte encontrado antes.
—Si me hubieras encontrado antes, me habrías matado o convertido en una de tus "donantes" —dijo ella con una pizca de su antigua acidez.
Zixuan soltó una risa amarga.
—Probablemente. Pero ahora... ahora eres la reina de mi ruina.
Yan cerró los ojos, dejándose llevar por el sueño, sabiendo que aquel pecado carnal era el último clavo en su ataúd de humanidad. Ya no era la analista de datos inocente. Era parte de la mafia, parte de la oscuridad, y el hombre que dormía a su lado era su salvador y su verdugo.