"En el pintoresco corregimiento de Jurubirá, en la exuberante región del Chocó colombiano, Aurora vive una vida sencilla y tranquila, ajena a los secretos que guarda su pasado. Rodeada de ríos cristalinos, selva vibrante y la calidez de su familia, cada día parece igual… hasta que la llegada de Pablo, un joven de la ciudad de Madrid, irrumpe en su mundo. Entre encuentros inesperados, emociones que desafían su corazón y secretos familiares que podrían cambiarlo todo, Aurora deberá enfrentar la diferencia de clases, los sentimientos prohibidos y la incertidumbre de un destino que jamás imaginó."
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El Peso de las Dos Caras
La cena en casa de los Garcés había dejado un sabor dulce en el ánimo de Pablo. Por un momento, mientras escuchaba a Julio hablar de las fases de la luna y veía a Bertha servir el café con esa paz tan suya, se olvidó de las excavadoras y los planos de concreto. Pero al regresar a la posada, el parpadeo azul de su teléfono lo trajo de vuelta a la realidad.
Había un mensaje de Alessandro Rossi:
"Pablo, el consejo de administración está impaciente. Los informes satelitales muestran que los terrenos son clave para el puerto privado. No me importa cuánto cueste, necesito esos títulos de propiedad antes de que termine el mes. Haz que firmen como sea. Tu boda con Beatriz es en unos meses y no quiero distracciones."
Pablo dejó el teléfono sobre la mesa de madera vieja. Se asomó al balcón. A lo lejos, la luz de la casa de los Garcés se apagaba. Sintió una punzada de culpa. Su padre no sabía quiénes eran los dueños de esos terrenos, para él eran solo coordenadas en un mapa, pero para Pablo ya tenían rostro, tenían voz y le habían dado de comer en su mesa.
A la mañana siguiente, Pablo bajó al muelle, pero sus pies pesaban. Vio a Aurora ayudando a Santiago a desenredar una red de nylon. Ella levantó la vista y le sonrió, una sonrisa pequeña, ya sin tanta desconfianza.
—¡Rossi! Pensé que se había quedado pegado a las sábanas —bromeó Aurora—. Hoy el mar está como un espejo, ideal para ir a ver los linderos del norte que tanto le interesan para su famoso proyecto.
Pablo forzó una sonrisa. En su maletín llevaba los borradores de los contratos, pero por primera vez, no quería sacarlos.
—Aurora... sobre esos terrenos. ¿Tu padre ha pensado alguna vez en qué haría si tuviera mucho dinero? ¿Si pudiera jubilarse y vivir tranquilo en la ciudad, lejos del esfuerzo de la pesca?
Aurora dejó la red y lo miró con curiosidad.
—¿Jubilarse? Mi papá se muere si no huele a sal todos los días, Pablo. Para él, la tranquilidad no es tener plata en el banco, es saber que este muelle seguirá aquí para Santiago y para los que vengan. ¿Por qué lo pregunta? ¿Es que su empresa ya se está impacientando?
Pablo evitó su mirada, fingiendo que revisaba su reloj.
—Solo pregunto. Mi padre... él quiere resultados pronto. A veces me presiona más de lo que debería para cerrar los negocios.
—Pues dígale a su padre que aquí el tiempo no lo marca un reloj de oro, sino la marea —respondió Aurora, volviendo a su tarea—. Si quiere que la gente lo escuche, tiene que dejar de ver esto como un tablero de ajedrez y empezar a verlo como nuestro hogar.
Mientras tanto, en la posada, Sofía ayudaba a Doña Carmen a sacudir el polvo de la sala. La joven no podía evitar mirar hacia la escalera, esperando ver bajar a Pablo, aunque el saber que tenía una prometida le dejaba una sensación amarga en el pecho.
—Ese muchacho tiene la cabeza en otro lado, Sofía —le dijo Carmen, notando su distracción—. No te encantes mucho. Esos hombres de ciudad vienen con el corazón lleno de números y se van dejando solo el rastro de su perfume.
Sofía suspiró, apretando el trapo entre sus manos.
—Él es diferente, Doña Carmen. Anoche, cuando hablaba con mi papá, sus ojos no parecían los de un jefe. Parecía... como si de verdad le importara lo que nosotros decimos.
Lo que Sofía no sabía, y lo que Aurora empezaba a sospechar, era que Pablo estaba atrapado en medio de un puente que se estaba rompiendo. De un lado, el deber hacia el apellido Rossi y su futuro en Madrid; del otro, una conexión con Jurubirá que no estaba en sus planes.
Pablo caminó hacia el final del muelle, mirando el horizonte. Tenía que tomar una decisión: o seguía siendo el hijo obediente de Alessandro, o empezaba a escuchar lo que su propio corazón le dictaba. Pero con la sombra de la boda con Beatriz acechando, el camino se veía cada vez más oscuro.