El Amor Congelado es de un romance oscuro y fantasía que narra la historia de Arieth, una mujer que descubre la traición de su esposo justo antes de que él caiga víctima de un hechizo lanzado por una mujer malvada. Cuando los médicos no pueden salvarlo, Arieth viaja a tierras lejanas en busca de una poderosa bruja que pueda romper el encantamiento.
La obra combina amor, magia, traición y sacrificio, mostrando cómo el verdadero amor puede enfrentar incluso la oscuridad más profunda.
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Ecos en el cristal
Regreso fue silencioso, pero no incómodo.
Arithsa apoyaba la cabeza contra la ventana del auto, observando las luces de la carretera desdibujarse en líneas doradas. Adrián conducía con serenidad, aunque por dentro algo se había asentado con una claridad distinta.
No era solo una salida espontánea.
No era solo un momento romántico.
Era una confirmación.
Cuando llegaron al edificio de ella, él estacionó y el motor quedó en silencio.
—Gracias por hoy —dijo Arithsa, girándose hacia él.
—No fue solo hoy.
Ella lo miró, entendiendo lo que no decía.
Adrián se inclinó y dejó un beso lento sobre sus labios. No urgente. No posesivo. Un beso que decía estoy aquí.
—Descansa —murmuró él.
—Tú también. No intimides demasiado en tu reunión.
Él sonrió levemente.
—Eso nunca lo prometí.
Ella bajó del auto, y antes de entrar al edificio se giró una vez más. Adrián seguía allí, observándola. Esperando a que estuviera dentro.
Solo entonces arrancó.
La mañana siguiente amaneció clara, como si la tormenta de días atrás hubiera sido solo un recuerdo lejano.
Adrián entró a la sala de juntas con la firmeza habitual. Traje impecable. Mirada calculadora. Seguridad absoluta.
Pero algo era distinto.
No estaba tenso.
No estaba buscando ganar por impulso.
Estaba centrado.
La reunión comenzó con cifras, proyecciones y estrategias. Voces cruzadas. Opiniones divididas. Sin embargo, él mantenía una calma inusual.
Hasta que la puerta se abrió.
No fue abrupto.
Fue preciso.
Helena entró con paso elegante, carpeta en mano, como si su presencia fuera parte natural del día.
—Espero no interrumpir —dijo con una sonrisa medida.
Algunos directivos asintieron. Adrián levantó la mirada.
Y por una fracción de segundo, el aire cambió.
No había sorpresa en su rostro. Solo reconocimiento.
—Helena —dijo él, neutral.
—Adrián.
No hubo más. No delante de todos.
Ella tomó asiento al otro extremo de la mesa. No habló demasiado. Solo observó. Tomó notas. Analizó.
Cada vez que Adrián intervenía, ella estudiaba el tono de su voz. La firmeza. Las pausas.
No estaba buscando debilidades aún.
Estaba entendiendo el ritmo.
Mientras tanto, Arithsa caminaba por el centro de la ciudad después de una reunión editorial. Sentía aún la calma de la noche anterior, como un calor suave bajo la piel.
Su teléfono vibró.
Un mensaje de Adrián.
“Reunión intensa. Pero manejable.”
Ella sonrió.
“¿Necesitas refuerzos estratégicos?”
La respuesta llegó casi de inmediato.
“Siempre.”
Ese intercambio sencillo reforzó algo invisible entre ellos. Una complicidad que no necesitaba explicaciones largas.
Pero en la sala de juntas, Helena observó el leve cambio en la expresión de Adrián cuando miró su teléfono.
No preguntó.
No comentó.
Solo registró.
Al finalizar la reunión, se acercó a él con naturalidad.
—Te noto… diferente —dijo con suavidad.
—¿Diferente cómo?
Ella inclinó ligeramente la cabeza.
—Más tranquilo.
Adrián sostuvo su mirada sin titubear.
—Es una buena etapa.
Helena sonrió apenas.
—Las etapas cambian.
No fue amenaza.
No fue advertencia.
Fue constatación.
Él no respondió.
Ella tampoco insistió.
Porque no era momento de mover piezas.
Era momento de observar cómo encajaban.
Esa noche, cuando Adrián se encontró con Arithsa para cenar, la ciudad parecía igual que siempre.
Pero algo invisible ya se había alineado.
Helena no había hecho nada.
Aún.
Pero el tablero estaba desplegado.
Y el silencio, a veces, es el primer movimiento.