Wishcalia es una mujer de carácter férreo: fuerte, dominante y acostumbrada a que nadie le doble la voluntad.
Al conocer a Alexander, un amor profundo e inesperado nace entre ellos. Se casan, forman una hermosa familia y llenan su hogar de risas y hijos. Juntos parecen invencibles.
Sin embargo, la armonía se quiebra cuando su suegra empieza a manipular y sembrar conflictos con sus intrigas. Como si eso no fuera suficiente, el primer amor de Alexander reaparece con una pasión renovada, removiendo viejos sentimientos y poniendo a prueba los límites de su matrimonio.
Entre celos, secretos familiares y deseos del pasado que resurgen con fuerza, Wishcalia deberá usar toda su fuerza y astucia para proteger lo que más ama. Porque en esta historia, incluso la mujer más poderosa puede verse obligada a luchar por su felicidad.
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La trampa del pasado
Wishcalia despertó con una determinación renovada. La detención de Camila y la amenaza de Elena no la habían debilitado; al contrario, habían encendido en ella un fuego más intenso. Se levantó antes del amanecer, se puso un traje gris oscuro que transmitía poder y bajó a preparar el desayuno para los niños.
Mateo y Sofía comían con apetito, todavía un poco callados después del incidente del día anterior.
—Mami, ¿la señora mala ya se fue? —preguntó Mateo con voz pequeña.
Wishcalia se agachó junto a él y le acarició el cabello.
—Sí, mi amor. Ya se fue y no va a volver. Mami se encargó de eso. Nadie va a molestarnos.
Sofía extendió los bracitos y Wishcalia la levantó, abrazándola fuerte.
—Exacto, princesa. Nadie.
Alexander bajó las escaleras con aspecto cansado. Se acercó a Wishcalia y la besó en la frente.
—Anoche hablé con mi madre —dijo en voz baja—. Está furiosa. Dice que va a contratar a su propio abogado para pelear la orden de alejamiento y las visitas.
Wishcalia arqueó una ceja.
—Que lo intente. Mi abogado ya está preparando la respuesta. Mientras tanto, las visitas quedan suspendidas hasta nueva orden.
Alexander suspiró, pero no discutió. Sabía que en este punto era inútil.
Esa mañana, Wishcalia fue a su oficina, pero su mente no estaba en las reuniones. A media mañana recibió una llamada de su detective.
—Señora, tengo información importante. Camila fue liberada bajo fianza esta mañana, pero no está sola. Ha estado reuniéndose con un periodista de una revista sensacionalista. Parece que planean publicar una historia sobre “la esposa dominante que destruye a una familia” con declaraciones de Elena y fotos antiguas de Alexander y Camila.
Wishcalia apretó el teléfono con fuerza.
—Quiero todo: nombres del periodista, fecha prevista de publicación y cualquier prueba que tengan. Envíamelo todo.
—Entendido. Lo tendré listo en dos horas.
Wishcalia canceló sus reuniones de la tarde y se dirigió directamente a casa. Cuando llegó, Alexander estaba en el despacho revisando correos.
—Tenemos un problema mayor —dijo ella sin preámbulos—. Camila y tu madre planean filtrar una historia a la prensa para desprestigiarme.
Alexander palideció.
—¿Qué? Eso sería un escándalo para la empresa familiar.
—Exacto —respondió Wishcalia—. Y por eso vamos a adelantarnos. Quiero que prepares una declaración oficial como CEO del grupo hotelero. En ella vas a afirmar que nuestro matrimonio es sólido, que apoyas plenamente las medidas de protección que he tomado y que cualquier intento de difamación será respondido legalmente.
Alexander la miró con admiración mezclada con preocupación.
—Estás dispuesta a todo, ¿verdad?
—Estoy dispuesta a proteger lo que es mío —corrigió ella—. Y tú vas a estar a mi lado.
Esa tarde, mientras los niños jugaban en el jardín con la niñera, Wishcalia y Alexander trabajaron juntos en la declaración. Ella revisaba cada palabra con precisión quirúrgica. Cuando terminaron, Alexander la firmó y la envió a su equipo de comunicaciones para que estuviera lista para publicarse en cualquier momento.
Al caer la noche, la niñera se fue y los niños ya dormían. Wishcalia se sirvió una copa de vino y se sentó en la terraza. Alexander se unió a ella, rodeándola con un brazo.
—Gracias por no rendirte —murmuró él.
Wishcalia se giró y lo miró a los ojos.
—No me des las gracias todavía. La guerra no ha terminado.
Lo besó con intensidad, tomando el control como siempre. Lo llevó adentro y esa noche hicieron el amor con una pasión casi desesperada. Wishcalia se movió sobre él con dominio absoluto, sus manos clavándose en sus hombros, su cuerpo exigiendo entrega total. Alexander gemía su nombre, rindiéndose por completo a su esposa, a su reina.
Cuando terminaron, Wishcalia se quedó abrazada a él en la oscuridad.
—Mañana voy a reunirme con mi equipo de imagen —dijo en voz baja—. Vamos a preparar una contra-narrativa. Fotos familiares, entrevistas controladas, todo. No voy a dejar que nos pinten como los villanos.
Alexander le acarició el cabello.
—Eres increíble.
Pero la tranquilidad duró poco.
A las tres de la mañana, el teléfono de Wishcalia vibró con un mensaje de Elena:
“La historia sale mañana. Prepárate. Todo el mundo va a saber cómo has convertido a mi hijo en un títere y cómo has apartado a una abuela de sus nietos. Veremos cuánto dura tu ‘imperio’ cuando la opinión pública te odie.”
Wishcalia leyó el mensaje dos veces. Luego se levantó en silencio, fue al despacho y abrió su laptop. Empezó a redactar su propia estrategia: una nota de prensa, fotos recientes de la familia feliz, testimonios de empleados y socios que hablaran de su carácter fuerte pero justo.
A las seis de la mañana, cuando Alexander despertó, la encontró todavía trabajando.
—¿No dormiste? —preguntó preocupado.
—No necesito dormir cuando mi familia está en peligro —respondió ella sin levantar la vista.
Se acercó y la abrazó por detrás.
—Ven a la cama un rato. Necesitas descansar.
Wishcalia cerró la laptop y se dejó llevar. En la cama, Alexander la abrazó con ternura, pero ella tomó el control una vez más. Lo besó con fuerza, subiéndose sobre él y reclamándolo con la misma ferocidad de siempre. El sexo fue intenso, rápido y posesivo. Cuando terminaron, Wishcalia se quedó sobre su pecho, respirando agitada.
—Nadie nos va a destruir —susurró.
—Nadie —repitió él.
Esa mañana, la historia salió en la revista sensacionalista. El titular era brutal: “La esposa de hierro: cómo una mujer dominante destruyó el romance de Alexander Montenegro y apartó a su madre y a su primer amor”.
Wishcalia leyó el artículo con calma. Fotos antiguas de Alexander y Camila, declaraciones anónimas de “fuentes cercanas” y un retrato de ella como una tirana fría y manipuladora.
Pero Wishcalia ya tenía su respuesta preparada.
A las diez de la mañana, su equipo publicó la contra-declaración en todas las redes y medios importantes. Incluía fotos recientes de la familia en el parque, una entrevista corta donde Alexander afirmaba su amor y apoyo total a su esposa, y un comunicado legal advirtiendo que cualquier difamación sería demandada.
Wishcalia observó cómo las reacciones en redes se dividían, pero muchas personas comenzaban a apoyar a la “mujer fuerte que protege a su familia”.
Sin embargo, al mediodía recibió una llamada de su abogado.
—Señora, Elena acaba de presentar una demanda para obtener custodia compartida de los niños, alegando que usted es una madre ausente y manipuladora.
Wishcalia sonrió con frialdad.
—Que lo intente. Vamos a destruir esa demanda antes de que llegue al juzgado.
Miró hacia el jardín, donde Alexander jugaba con Mateo y Sofía. Su expresión se suavizó un instante.
Esta batalla sería la más dura hasta ahora.
Pero Wishcalia no pensaba perder.
Ella era la dueña de su destino, de su familia y de su futuro.
Y nadie —ni suegra, ni ex, ni prensa— iba a quitárselo.