Renace en un mundo mágico, en un matrimonio sin amor, pero decidida a cambiar su destino.
* Esta novela es parte de un mundo mágico *
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Mansión Opathi
Helen permaneció unos minutos en silencio, sentada en el templo, con el documento descansando entre sus manos. La magia aún parecía flotar en el aire, como un eco suave de lo que acababa de ocurrir. No había urgencia ahora. Por primera vez, el tiempo no la perseguía.
El mago la observó con atención y luego habló, con un tono menos solemne, casi humano.
—Lady Helen… ¿qué hará ahora?
Ella levantó la vista despacio. No hubo duda en su expresión, ni vacilación alguna.
—Volveré a la mansión Lewis Es mi hogar.
El mago asintió con aprobación.
—Es lo correcto.
Guardó silencio un instante, como si recordara algo, y luego añadió..
—Hace unos días, un joven administrador estuvo aquí. Ha apoyado con gran éxito a varias condesas y duquesas que necesitaban reorganizar sus patrimonios. Trajo como obsequio té de caléndulas del reino de Kensington, una señal de respeto y buena fe. Es alguien… capaz. Podría serle de ayuda.
Helen escuchó con atención.
[justo lo que necesito]
—¿Podría contactarlo? —preguntó con serenidad—. Agradecería conocerlo.
El mago sonrió apenas.
—No habrá ningún problema. Haré que reciba su mensaje de inmediato.
Helen se puso de pie, inclinando la cabeza con gratitud.
—Gracias por todo.
Salió del templo con el documento bien resguardado, el corazón ligero y una sensación nueva acompañándola.. expectativa. El carruaje la llevó de regreso bajo el cielo nocturno, iluminado por estrellas que parecían más brillantes que nunca.
Cuando llegó a la mansión Lewis, las puertas se abrieron como si la reconocieran de nuevo. Los criados se inclinaron con respeto auténtico, distinto al de la mansión Opathi. Aquí no había lástima ni murmullos. Solo lealtad.
Helen cruzó el umbral con una sonrisa que no intentó ocultar.
[he vuelto]
Esa noche, en su verdadera casa, Helen Lewis descansó con el alma en calma. Libre, heredera legítima, dueña de su nombre y de su futuro… y con la certeza de que lo mejor de su historia apenas comenzaba.
En la mansión Opathi, la ausencia de Helen pasó casi desapercibida.
Durante esa noche, nadie preguntó por ella. Las rutinas siguieron su curso habitual.. cenas servidas, copas llenas, risas apagadas en los salones. Para Claud, la falta de Helen no representó una preocupación inmediata, sino una comodidad silenciosa.
Fue al día siguiente, ya entrada la mañana, cuando alguien mencionó su nombre.
—Mi lady no ha bajado aún —comentó una criada con cautela.
El mayordomo frunció apenas el ceño, pero no ordenó buscarla. Tras un breve intercambio de miradas, llegaron a una conclusión sencilla.
—Seguramente salió de madrugada —dijo uno de ellos—. A veces lo hace.
La explicación fue aceptada sin más. En esa casa, Helen siempre había sido tratada como una presencia secundaria, fácil de ignorar.
Claud, por su parte, reaccionó con una mezcla de indiferencia y fastidio. Mientras se acomodaba en el salón, recordando la noche anterior, pensó que lo más probable era que su esposa siguiera molesta. No por algo importante, claro, sino por lo mismo de siempre.
[exagera demasiado]
A Claud le gustaba jugar con las muchachas de la servidumbre. Para él era algo natural, casi un derecho implícito. Sonrisas, roces, risas compartidas sin importancia. Nada que, según su lógica, mereciera reproches serios.
[al fin y al cabo es mi esposa]
En su mente, el razonamiento era simple y cómodo.. Helen podía incomodarse, enfadarse incluso, pero debía aguantarlo. Eso era lo que hacían las esposas. Adaptarse. Callar. Permanecer.
Claud bebió un sorbo de vino y se reclinó en su asiento, convencido de que Helen regresaría sola, como siempre. Que su silencio no era una amenaza, sino un capricho pasajero.
No sabía.. no imaginaba siquiera-- que mientras él pensaba eso, Helen Lewis ya no le pertenecía en absoluto.
Que no volvería.
Y que su “esposa” había dejado de serlo legalmente, espiritualmente y para siempre.
La mansión Opathi siguió su día envuelta en una falsa normalidad.
Pero el vacío que Helen había dejado no era una ausencia momentánea.
Era el inicio de una caída que Claud aún no alcanzaba a ver.
En la mansión Lewis, el ambiente era distinto. No había tensión, ni murmullos contenidos, ni miradas esquivas. El aire se sentía firme, como si la casa misma hubiera reconocido el regreso de su legítima dueña.
Helen mandó llamar a su ama de llaves, una mujer anciana de porte recto y manos curtidas por décadas de servicio a la familia Lewis. Cuando entró al salón, sus ojos claros se posaron en Helen con una mezcla de respeto y afecto genuino.
—Mi lady —saludó.
Helen respiró hondo antes de hablar. No había temor en su voz, solo claridad.
—El matrimonio entre Lord Opathi y yo ha sido anulado.. Ya no existe ningún vínculo.
Por un instante, la anciana la observó en silencio. Luego, una sonrisa lenta y sincera iluminó su rostro, como si aquella noticia hubiera sido largamente esperada.
—Gracias a los cielos.. Mis felicitaciones, mi lady.
Se acercó un poco más y tomó las manos de Helen con delicadeza.
—Nadie de esta casa olvidó quién era usted ni lo que merecía.
Helen devolvió el gesto con un apretón suave.
—Necesito que organice todo.. Desde hoy, yo seré la cabeza de la familia Lewis. Hay decisiones que deben tomarse y un legado que proteger.
La anciana no mostró sorpresa. Solo asintió con firmeza, como si aquello fuera lo más natural del mundo.
—Así tenía que haber sido siempre.. La casa Lewis no necesita un señor que la use, sino una heredera que la honre.
Se enderezó aún más, ya pensando en órdenes, listas y cambios.
—Haré los avisos necesarios, mi lady. La familia Lewis volverá a levantarse como corresponde.
Helen sintió una calidez profunda en el pecho. No era poder lo que la emocionaba, sino pertenencia. Aquella casa, aquellas personas, aquel nombre… por fin estaban alineados con su voluntad.
Mientras el ama de llaves se retiraba para comenzar los preparativos, Helen se quedó un momento en silencio, observando los retratos de sus antepasados en la pared.
[no los defraudaré]
La mansión Lewis parecía respirar con ella, aceptándola no solo como heredera, sino como líder.
Y por primera vez, Helen Lewis no caminaba hacia su destino… lo gobernaba.