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Manual Para No Enamorarse : Fracaso Anunciado

Manual Para No Enamorarse : Fracaso Anunciado

Status: En proceso
Genre:Yaoi / Mundo de fantasía / Reencarnación
Popularitas:2.2k
Nilai: 5
nombre de autor: Annyaeliza

Un delta que regresa al pasado decidido a no enamorarse.
Un omega reencarnado que solo quiere salvar a su villano favorito.
Entre música, promesas infantiles y destinos torcidos, el amor no estaba en el plan…
pero el plan fracasa desde el primer beso en la mejilla.

NovelToon tiene autorización de Annyaeliza para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 23 La decisión que no se apura

La carta con fecha llegó una mañana gris.

No traía promesas grandes.

No traía elogios exagerados ni un sello ostentoso que gritara destino.

Traía una puerta con hora.

El papel era más pesado de lo que parecía. Luca lo sostuvo entre los dedos con una quietud que no era calma, sino contención. La tinta aún parecía fresca, como si la decisión de enviarla hubiera sido reciente, impulsiva, y ahora el mundo le exigiera a él estar a la altura de algo que no había pedido en voz alta.

—Audición privada en la capital, en dos semanas —leyó la maestra Vittoria, con esa voz que sabía sostener tanto las derrotas como los logros—. Quieren escucharte en un repertorio más exigente. Con evaluación formal del consejo artístico.

Dos semanas.

Luca no movió el papel.

No sonrió.

No preguntó nada.

—Dos semanas… —repitió—. Es cerca.

La palabra “cerca” no hablaba de tiempo. Hablaba de vértigo.

Alessandro di Ravenna asintió con lentitud, como quien mide cada gesto para no alterar una superficie frágil.

—Es suficiente para prepararte sin correr.

No dijo “para despedirte”.

No dijo “por si decides no ir”.

No dijo “para que regreses pronto”.

Ese silencio también era un gesto nuevo entre ellos.

El castillo reaccionó como reaccionan los lugares viejos cuando algo se mueve en su centro: con un murmullo contenido, con respiraciones que no sabían si alegrarse o temer.

—Es una oportunidad…

—El norte pierde a su músico…

—No se pierde si vuelve…

—La capital no devuelve lo que toma…

Las voces se contradecían en los corredores, en las cocinas, en los patios. El pasillo largo —ese que había visto a Luca aprender a caminar sin miedo— escuchaba sin tomar partido. Las piedras no juzgan. Guardan.

—No me iré sin volver —dijo Luca, en voz alta, como si el eco del castillo necesitara oírlo—. Pero no quiero que mi regreso sea una excusa para no ir.

Había aprendido a nombrar su deseo sin pedir permiso.

Había aprendido a no pedir perdón por crecer.

Alessandro lo miró con una seriedad limpia, sin reproche.

—No lo será.

Eso fue un acuerdo.

No escrito.

No sellado.

Pero firme.

Las dos semanas se llenaron de práctica y pausas.

Luca ensayaba por la mañana, cuando la luz aún era honesta y el cuerpo no había acumulado el cansancio del día. Vittoria lo llevaba por piezas que exigían respiraciones más largas, silencios más precisos, errores menos visibles. No lo trataba como un prodigio, sino como a alguien que podía fallar sin romperse.

Descansaba al mediodía. No porque el cuerpo se lo pidiera, sino porque el corazón necesitaba un espacio donde no sonar.

Al atardecer tocaba fragmentos sueltos, casi como si hablara con el castillo. Notas que no buscaban perfección, sino compañía.

Alessandro, mientras tanto, ajustaba escoltas, rutas, tiempos. Se convirtió en un mapa que caminaba. Revisaba distancias como si pudieran domesticar el miedo. Giovanni se encargaba de que el castillo no convirtiera la partida en un drama.

—No hagas del adiós una ceremonia —le dijo el mayordomo una tarde, cuando lo encontró organizando flores que nadie había pedido—. Haz del regreso una costumbre.

Alessandro dejó las flores donde estaban.

—Eso intento.

La tensión interna no se fue.

Cambió de forma.

Ya no era el miedo a perder a Luca.

Era el miedo a pedirle que no eligiera.

Y descubrir, al hacerlo, que también se estaba pidiendo a sí mismo que no cambiara.

Una noche, Luca lo encontró apoyado en la pared del pasillo largo. No tocaba el arpa. No miraba por la ventana. Simplemente estaba ahí, como si el cuerpo necesitara aprender a quedarse sin funciones.

—¿Te preocupa que me vaya? —preguntó Luca, sin rodeos.

Alessandro tardó en responder. No por cálculo. Por honestidad.

—Me preocupa… —dudó—. Que el mundo te pida más de lo que yo sé acompañar.

Luca sonrió con suavidad. No era la sonrisa del que tranquiliza. Era la del que entiende.

—El mundo siempre pide más. Acompañar no es dar más. Es quedarse cerca cuando el “más” cansa.

Alessandro cerró los ojos un segundo, como quien acepta una lección que no sabía que necesitaba.

—No soy bueno para eso.

—Estás aprendiendo —respondió Luca—. Yo lo escucho.

Esa frase quedó flotando en el pasillo.

No como promesa.

Como permiso.

La víspera del viaje llegó sin ceremonia.

No hubo música.

Hubo silencio compartido.

Se sentaron en el suelo del pasillo largo, espalda con espalda. No se miraban. No hacía falta. El castillo respiraba con ellos, y por primera vez en mucho tiempo, la respiración no parecía exigir nada.

—No quiero que me esperes como si el tiempo se detuviera —dijo Luca—. Quiero que vivas mientras no esté.

Alessandro apoyó la nuca contra la pared fría.

—No te espero detenido —respondió—. Te espero… caminando.

—Eso suena difícil.

—Lo es —admitió—. Pero no duele igual.

El viento nocturno pasó por las rendijas. Trajo consigo el olor de la tierra húmeda, de los caminos que no prometen nada, solo continuidad.

—Si no quedo —murmuró Luca—. Si no me eligen…

—No te define —respondió Alessandro sin dudar—. Y vuelves igual.

—Y si quedo…

—Vuelves igual —repitió—. El escenario no cambia el pasillo.

Luca giró apenas la cabeza para mirarlo de reojo. En la penumbra, los ojos de Alessandro no parecían los de un noble acostumbrado a mandar, sino los de alguien aprendiendo a no poseer lo que ama.

—Gracias por no hacerme elegir entre ir y quedarme.

—Gracias por no hacerme elegir entre dejarte ir y pedirte que te quedes.

No lo dijeron, pero ahí —en ese equilibrio frágil— había algo que ya no era solo compañía. Era una forma nueva de estar en el mundo del otro.

El amanecer llegó con un viento suave.

No hubo lágrimas teatrales.

No hubo promesas exageradas.

Hubo manos que se buscaron sin urgencia.

—Vuelvo —dijo Luca, cargando el arpa.

—Vuelve —respondió Alessandro.

Caminaron juntos hasta la esquina del camino. No más allá. El castillo tenía que aprender a soltar sin romper. Y ellos también.

Cuando Luca dio el primer paso solo, no miró atrás. No porque no importara, sino porque había aprendido que ir también era una forma de quedarse.

El castillo, esa mañana, no cerró puertas.

Abrió ventanas.

Y en ese gesto mínimo, entendió que algunas despedidas no son finales:

son ensayos de regreso.

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