Florencia tuvo que sacrificarse por salvar a su hermano menor, vender su cuerpo por dinero, pero su sacrificio fue en vano.
Pero, esa noche tuvo consecuencias, y termina embarazada.
Ella lucha por salir adelante con sus hijos y su madre, sin saber que el hombre de aquella noche no puede olvidarla.
Shane Hillings estaba deprimido por su exnovia, quien le engañò de una forma cruel, estbaa tan mal que se sentía impotente como hombre, sin embargo, una noche con una mujer lo cambia todo, ahora obsesionado, solo quiere encontrarla, pero cuando piensa que ella no existe, decide olvidarla, hasta que un día la encuentra de nuevo ante él, como su empleada y con dos secretos de sangre que no puede ocultar, ¿puede el amor nacer de una noche de pasión?
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Capítulo: Recuerdos de una pasión
Shane salió del edificio en con el ceño fruncido. El ruido de la ciudad apenas lograba atravesar el torbellino que tenía en la cabeza.
Subió a su auto, encendió el motor y condujo sin rumbo fijo durante varios minutos. No pensaba en nada más que en ella.
Intentaba apartarla de su mente, pero era imposible. Su recuerdo volvía una y otra vez, obstinado, como una canción que se niega a terminar.
Finalmente detuvo el coche cerca de un parque. Apagó el motor y apoyó la frente en el volante. De pronto sintió que le faltaba el aire. El pecho se le tensó, como si el aire a su alrededor se hubiese vuelto demasiado pesado.
Y entonces, sin poder evitarlo, los recuerdos de hace años atrás regresaron con fuerza.
Aquella noche volvió a su mente como un relámpago iluminando un cielo oscuro en medio de la tormenta.
“Flashback
—¡Es una locura, Hilda! —exclamó Shane con fastidio.
—Claro que no —respondió ella, acercándose por detrás para colocar sus manos en sus hombros y empezar a masajearlos con suavidad—. Es justo lo que necesitas.
Shane cerró los ojos un instante, sintiendo la presión de sus dedos.
—Estás demasiado tenso —continuó ella—. Llevas casi seis meses sin sexo. Necesitas liberar esa tensión. No quisiste conmigo así que…
—Basta —la interrumpió él, apartándose.
Se giró hacia ella con seriedad.
—Tú eres mi amiga, la mejor. No crucemos esa línea.
Hilda bajó ligeramente la mirada. Él no alcanzó a notar la breve sombra de dolor que cruzó su rostro.
—Bueno… entonces déjame ayudarte —dijo después de un momento—. Tengo a la chica perfecta.
Shane soltó un suspiro cargado de fastidio.
—Está bien. ¿Dónde la veré?
—En el hotel Four Season. Ya te reservé la suite presidencial.
Le guiñó un ojo. Shane simplemente asintió.
—Bien… ¿cómo se llama?
Hilda soltó una pequeña risa.
—Es una mujer de la noche, Shane. Ellas no tienen nombre.
***
Esa noche Shane llegó a la suite. El reloj marcaba las once con once minutos.
Aquello lo irritó.
Habían acordado encontrarse exactamente a las once. Y para él la puntualidad era algo sagrado. No soportaba a la gente impuntual.
Se acercó a la terraza del lugar. La vista nocturna desde ahí, era impresionante. Las luces de la ciudad parecían una pintura viva. Durante un momento contempló el paisaje, como si estuviera frente a una obra en un museo.
Entonces escuchó los golpes firmes en la puerta.
—Adelante —dijo sin girarse todavía.
La puerta se abrió.
Shane cerró la puerta de la terraza y corrió la cortina antes de darse la vuelta.
Cuando finalmente la miró, notó que ella tenía la cabeza baja.
Llevaba un abrigo largo. El invierno era cruel esa noche, así que no le sorprendió. Su cabello oscuro caía lacio sobre sus hombros. Era más joven de lo que había imaginado.
Unas pecas suaves se esparcían sobre su nariz y sus mejillas. Su piel era muy blanca. Y cuando alzó un poco el rostro, Shane alcanzó a ver unos enormes ojos verde oliva, brillantes, enmarcados por pestañas espesas.
Él sonrió con cierta diversión.
Había esperado encontrar a una mujer audaz, seductora, provocativa.
Pero frente a él parecía haber algo completamente distinto. Casi parecía una pequeña oveja perdida.
Y a Shane siempre le había gustado ser el lobo.
—Hola —dijo él.
—Hola —respondió ella con voz suave, casi temblorosa, sin levantar del todo la mirada.
Shane la observó con atención.
—¿Sabes por qué estás aquí? —preguntó—. ¿Sabes lo que va a pasar esta noche?
Una parte de él empezaba a dudar si realmente era una prostituta.
—Lo sé, señor.
Su respuesta fue firme.
Shane asintió, aunque algo en su rostro le provocóuna sensación extraña. Había una tristeza silenciosa en ella.
Por un instante pensó en preguntar.
Pero enseguida descartó la idea. Aquello no era asunto suyo. Ella hacía su trabajo, él era solo un cliente más.
—Bien —dijo finalmente—. A menos que tengas algo más interesante que ofrecerme, creo que deberías entender que tu ropa estorba.
Ella lo miró con una mezcla de sorpresa y miedo.
Y para Shane, aquello resultó extrañamente excitante.
La joven bajó la mirada resignada. Lentamente se quitó el abrigo.
Debajo llevaba un vestido de satén rojo muy ligero. Era más parecido a un camisón que a un vestido. Los tirantes finos delineaban su figura delgada y elegante.
Shane tomó un vaso de coñac mientras la observaba.
Ella se quitó las medias. Luego los zapatos.
Sus movimientos eran sencillos, pero tenían una gracia natural que él no esperaba. De pronto se dio cuenta de algo.
Estaba excitado. Bebió el coñac de un trago.
Había pasado demasiado tiempo desde la última vez que deseó realmente a una mujer. Desde Amelia, ninguna había logrado despertar algo en él. Hasta esa noche.
Se quitó el saco. Luego los zapatos y los calcetines. Desabrochó su camisa y dejó la ropa caer en el suelo.
La miró fijamente. Como un depredador observando a su presa.
Pero ella parecía frágil. Demasiado frágil.
Por un instante creyó que iba a echarse a llorar o salir corriendo.
Cuando él dio un paso hacia ella, la joven retrocedió.
Ese gesto lo irritó. No le gustó nada.
Se acercó con rapidez y la tomó de los brazos. No iba a permitir que huyera.
Además, en ese momento comprendió algo: le encantaba tenerla entre sus brazos.
Shane inclinó la cabeza y acercó su rostro a su cuello.
Inhaló suavemente. Olor a lirios. Extrañamente tranquilizador.
Acarició la piel suave de sus hombros. Ella estaba temblando.
Sus miradas finalmente se encontraron. Y en sus ojos vio miedo.
Aquello despertó una inesperada ternura en él.
Rozó su nariz con la de ella antes de besarla. El rechazo fue inmediato. Ella apartó el rostro unos centímetros. El gesto le cayó como un golpe.
—¿Es una regla entre las prostitutas no besar a sus clientes? —preguntó con frialdad.
Ella lo miró con indignación, frunciendo los labios rojos.
No respondió. Eso lo irritó aún más.
Volvió a inclinarse y la besó de nuevo, esta vez con fuerza, impidiéndole apartarse.
Al principio ella intentó resistirse, moviendo las manos contra su pecho.
Pero pronto el beso cambió. Se volvió más suave. Más profundo.
Y para sorpresa de Shane… ella respondió.
Cuando se separaron, ella respiraba agitada.
Shane sonrió con una sensualidad peligrosa.
Bajó entonces a su cuello, depositando besos húmedos sobre su piel. Ella se tensó, pero no se apartó.
Los tirantes del vestido cayeron lentamente. La prenda se deslizó hasta el suelo.
Shane la rodeó con sus brazos mientras besaba cada centímetro de su piel. La joven apenas se movía, como si estuviera paralizada.
Pronto la liberó también de su ropa interior.
La sorpresa en su rostro era evidente. Había miedo en sus ojos.
Pero Shane volvió a besarla, acallando cualquier protesta.
Sus manos recorrieron su cuerpo, acariciando sus pechos con intensidad.
Cuando sintió su reacción, también los besó con devoción.
Ella se llevó las manos a la boca, intentando contener cualquier sonido.
Shane apartó esas manos. Quería oírla. Quería saber que el placer era real.
Siguió explorando su cuerpo hasta que ella ya no pudo contener un gemido.
Su respiración se volvió irregular. Su piel estaba cubierta de un ligero brillo de sudor.
Shane levantó sus manos por encima de su cabeza mientras sus dedos recorrían su cuerpo con lentitud.
Ella gimió de nuevo. Esta vez sin contenerse.
Para entonces Shane estaba completamente consumido por el deseo.
Jamás había deseado algo con tanta intensidad como la deseaba a ella.
Tomó un preservativo pero cuando volvió a mirarla, notó que intentaba levantarse, como si recuperara la razón.
Pero él la sujetó de nuevo, olvidó colocarse el preservativo, y ni siquiera lo pensó.
—¿A dónde vas, dulzura? —susurró abrazándola por detrás.
Ella tembló. Shane la giró hacia él y la besó otra vez, estrechando su cintura contra su cuerpo.
El contacto provocó un pequeño quejido en ella. No era la mejor posición, así que volvió a recostarla sobre la cama.
Se colocó sobre ella.
La joven movió las manos débilmente, como si quisiera detenerlo. Él lo tomó como un juego.
Besó su cuello mientras su cuerpo buscaba el de ella.
Cuando finalmente se unieron, Shane soltó un suspiro profundo.
—Estás muy estrecha… —murmuró. Sintió las uñas de esa mujer sobre su espalda.
La besó otra vez mientras sus movimientos comenzaban.
Primero lentos. Luego cada vez más intensos.
A pesar del invierno que rugía afuera, sus cuerpos ardían.
Los gemidos de ella llenaron la habitación. Hasta que finalmente ambos alcanzaron el límite.
Ella gritó de placer mientras su cuerpo se estremecía.
Un segundo después, Shane también se dejó llevar por el orgasmo más intenso que recordaba haber sentido.
Respiró con dificultad mientras besaba sus labios y su frente.
—Te a…
Se detuvo de inmediato. Aquello había estado a punto de escaparse de su boca.
Pero no. Solo había sido el efecto del momento.
Fin del flashback”
Shane abrió los ojos. Había regresado al presente.
Pero los pensamientos en su mente se habían convertido en una tortura.
“¿Y si fuera ella?”
Apretó los puños.
“Debo estar seguro de que Florencia no es esa mujer.”
😡😡😡
Ella lo hizo una sola vez, no se dedicó a eso y lo hizo por necesidad