Una exsoldado llamada Jessica Greys, es contratada para proteger a un genio informático que acaba de hackear al gobierno de Estados Unidos.
¿Qué sucederá en este trayecto tan peligroso?
Hola, espero que disfruten mi nueva novela🤗
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CAPÍTULO 9: La Cabaña de los Espejos
El taxi los dejó en una carretera secundaria a dos kilómetros del lago Harmony. Jessica pagó con billetes arrugados y esperó a que las luces traseras desaparecieran en la noche antes de internarse en el bosque.
Kaeil la seguía con dificultad, tropezando con raíces y ramas, maldiciendo en silencio su falta de condición física. Jessica se movía como una sombra, ágil, silenciosa, deteniéndose cada pocos metros para escuchar, para oler el aire, para evaluar.
—¿Cuánto falta? —jadeó Kaeil en un susurro.
—Un kilómetro y medio. Ahora calla.
La luna se ocultaba tras unas nubes espesas, sumiendo el bosque en una oscuridad casi absoluta. Kaeil solo veía la silueta de Jessica cuando estaba a menos de un metro. El resto era negrura, ruidos, el latido ensordecedor de su propio corazón.
—¿Cómo vas a saber dónde está la cabaña? —preguntó al cabo de un rato, incapaz de soportar el silencio.
—Hay luces. Las he visto desde la carretera. Un foco en la entrada. Los secuestradores siempre subestiman la visibilidad nocturna.
—¿Tú no?
—Yo nunca subestimo nada.
Siguieron avanzando. El terreno se volvió más escarpado, y Kaeil tuvo que agarrarse a los árboles para no caer. El sudor le corría por la espalda, mezclado con el miedo. Pensó en Mateo, en Elena, en el niño. Pensó en lo que les estarían haciendo. Pensó en si llegarían a tiempo.
—Para —susurró Jessica de repente, agarrándolo del brazo.
Kaeil se detuvo en seco. Ella señaló hacia delante. Entre los árboles, a unos cien metros, se veía una luz. Una cabaña de madera, de dos plantas, con un porche y un foco en la entrada que iluminaba un círculo de tierra apisonada. Había dos todoterrenos negros aparcados al lado, idénticos a los que los habían atacado en el lago.
—¿Ves algo más? —preguntó Kaeil.
—Hay un centinela. En el porche. Fumando.
Kaeil entrecerró los ojos y, efectivamente, distinguió la silueta de un hombre apoyado contra la barandilla, el punto rojo del cigarrillo brillando en la oscuridad.
—¿Cuántos más habrá dentro?
—No lo sé. Pero no podemos entrar sin saberlo. Tendré que acercarme más.
—¿Sola?
—Sí. Tú te quedas aquí. Pase lo que pase, no te muevas. Si en veinte minutos no he vuelto, te vas. Corres hasta la carretera y llamas a Kane. Le dices que todo ha salido mal y que publique los archivos igualmente. ¿Entendido?
—Jessica...
—¿Entendido?
Kaeil tragó saliva y asintió.
—Entendido.
Ella lo miró un instante. En la penumbra, sus ojos brillaban con una intensidad que le heló la sangre.
—Volveré —dijo, y desapareció entre los árboles.
Kaeil se quedó solo, con la espalda pegada a un tronco, conteniendo la respiración. El tiempo se estiró como un chicle. Un minuto. Dos. Cinco. Oyó un ruido leve desde la dirección de la cabaña, luego nada. El silencio era peor que cualquier grito.
Diez minutos. Quince.
Empezaba a perder la esperanza cuando una figura emergió de la oscuridad. Era Jessica.
—Tres dentro —susurró, arrodillándose a su lado—. Más el centinela. Cuatro en total. Han atado a Mateo y a Elena en el salón. El niño está en una habitación arriba, solo. Llorando.
—¿Y los secuestradores?
—Dos en el salón, vigilando. Uno en la cocina, preparando algo de comer. El centinela fuera.
—¿Podemos con ellos?
—Yo puedo. Tú vas a quedarte aquí.
—Ni hablar.
—Kaeil, no sabes pelear. Solo estorbarás.
—Puedo distraer. Puedo hacer ruido. Algo.
Jessica lo miró, evaluando. Luego asintió lentamente.
—De acuerdo. Pero harás exactamente lo que te diga. Ni más, ni menos.
—Lo que digas.
Sacó su pistola, comprobó el cargador, y se la tendió.
—¿Sabes usar esto?
—Nunca he disparado.
—Pues hoy aprenderás. Es simple: apuntas, aprietas el gatillo, no piensas. ¿Puedes hacer eso?
Kaeil tomó el arma. Pesaba más de lo que esperaba. El metal estaba frío contra su piel.
—Puedo.
—Bien. Ahora escucha. Yo voy a encargarme del centinela y de los dos del salón. Tú te quedas en la puerta de la cocina. Cuando oigas los disparos, entras y apuntas al de la cocina. No tienes que matarlo, solo mantenerlo ocupado hasta que yo llegue. ¿Entendido?
—Entendido.
—Vamos.
Se deslizaron hasta el borde del claro. Jessica se movió hacia la izquierda, rodeando la cabaña, mientras Kaeil se pegaba a la pared trasera, buscando la puerta de la cocina. El corazón le latía tan fuerte que estaba seguro de que lo oirían desde dentro.
El primer disparo llegó de repente. Un solo tiro, seco, seguido de un golpe sordo. El centinela cayó del porche sin un grito.
Kaeil contuvo el aliento. Oyó gritos desde el interior, órdenes, maldiciones. Luego más disparos, dos, tres. Pasos que corrían.
Empujó la puerta de la cocina y entró.
El hombre estaba de espaldas, sacando un arma de una funda, mirando hacia el salón. Kaeil levantó la pistola con manos temblorosas.
—¡Quieto! —gritó, y su voz sonó más firme de lo que esperaba.
El hombre se volvió, sorprendido. Por un instante se miraron. Kaeil vio sus ojos, su barba de varios días, la cicatriz en su mejilla. Vio cómo sus labios esbozaban una sonrisa.
—¿Y tú quién eres, chico? —preguntó, levantando el arma lentamente.
—He dicho quieto.
—¿Y vas a dispararme? ¿Tú? Un niñato con un arma que no sabe usar.
Kaeil apretó el gatillo.
El disparo lo desequilibró, casi le arranca el arma de las manos. La bala pasó rozando al hombre, incrustándose en la pared. El hombre maldijo y disparó a su vez, pero Kaeil ya se había tirado al suelo, cubriéndose la cabeza.
Otro disparo, más cerca. Y luego un grito.
Kaeil levantó la vista. El hombre estaba en el suelo, con un agujero en el pecho. Detrás, Jessica bajaba su pistola humeante.
—¿Estás bien? —preguntó, tendiéndole la mano.
—Sí... sí, creo.
—Bien. Vamos.
Corrieron al salón. Mateo y Elena estaban en el suelo, atados con bridas, amordazados. Los dos secuestradores yacían en posiciones grotescas, muertos. Elena tenía un golpe en la mejilla, pero por lo demás parecía ilesa. Mateo sangraba por una herida en el brazo, superficial.
Jessica cortó las bridas con un cuchillo mientras Kaeil liberaba a Elena.
—¿El niño? —preguntó Elena apenas pudo hablar.
—Arriba. Voy a por él —dijo Jessica, y subió las escaleras de tres en tres.
Mateo se incorporó, tambaleándose. Miró los cadáveres, la sangre, el caos.
—Gracias —dijo, con la voz ronca—. Gracias por venir.
—No teníamos otra opción —respondió Kaeil, y no era del todo cierto.
Jessica bajó con Daniel en brazos. El niño lloraba, aferrado a su cuello, pero estaba vivo. Elena lo abrazó con tal fuerza que el pequeño protestó.
—Tenemos que irnos —dijo Jessica—. Esto va a atraer atención. La policía, más sicarios, quien sea.
Salieron de la cabaña. La noche seguía igual de oscura, pero ahora el aire olía a sangre y a pólvora. Corrieron hacia el bosque, alejándose de las luces, internándose en la negrura.
Cuando por fin se detuvieron, agotados, jadeando, estaban muy lejos del lago. Kaeil se apoyó en un árbol, sintiendo que las piernas no le sostenían.
—¿Y ahora? —preguntó Mateo.
—Ahora llamamos a Kane —dijo Jessica—. Y nos escondemos hasta que esto salga a la luz.
—¿Dónde?
—Conozco un sitio. Lejos de aquí. Una casa segura en las montañas. Nadie la conoce.
Kaeil la miró. Estaba manchada de sangre, con el pelo revuelto, los ojos brillantes. Y a pesar de todo, le pareció la mujer más hermosa que había visto jamás.
—¿Qué? —preguntó ella al notar su mirada.
—Nada —sonrió él—. Solo que... gracias.
Ella no respondió. Pero cuando emprendieron la marcha hacia la carretera, su mano buscó la de él y la apretó con fuerza.
En algún lugar, muy lejos, comenzaba a amanecer.