Para el mundo, Ada Medina de 35 años es una ingeniera en sistema muy exitosa en un campo dominado por hombres, pero para su familia, es solo la hermana que nunca superó a su amor de la infancia Sebastián Hernández, sin embargo, bajo la sombra de la etiqueta de “pagafantas” que su hermana Victoria con malicia se encargó de difundir, la realidad es que Ada guarda un secreto.
Desde hace años Ada vive un romance clandestino con Damián Hernández un valiente bombero de 37 años, y hermano mayor de Sebastián.
Al ser ambos los eternos postergados y los “segundos” de sus respectivas familias, han preferido mantener en secreto su “vínculo” bajo la imagen de una simple amistad para evitar el estallido de conflictos muy dolorosos.
Pero el silencio tiene un límite y Ada está a punto de demostrar que no es el plan B de nadie, y que el amor de su vida siempre estuvo ahí, esperando el momento adecuado para salir a la luz.
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Capítulo VIII: Platos rotos, promesas nuevas
Mateo de quince años llegó a la casa familiar con una energía que rompió el tenso ambiente de la casa, estaba muy emocionado, porque el campamento fue una experiencia increíble, aunque no podía ocultar su pesar porque su vieja cámara se había dañado durante el viaje.
—No te preocupes, Matt —le dijo Ada con una calidez que solo reservaba para él—Tengo ahorros, te compraré la cámara profesional que siempre has querido.
Con la llegada de Mateo a la casa Ada tuvo una excusa para salir de su habitación y decidió preparar comida para los dos, supuso que Mónica no se enojaría si cocinaba para su hijo menor.
—Si tienes tanto dinero, deberías regalarme algo a mí también —intervino Victoria, con ese tono caprichoso que siempre la caracterizaba.
Ada la ignoró porque no olvidaba los laxantes del día anterior ni lo que pensaba hacer para sabotear su examen de admisión, así que no iba a regalarle ni una palabra, mucho menos el almuerzo.
Cuando Gerardo y Mónica llegaron a casa encontraron a Mateo y Ada comiendo en la cocina hombro con hombro compartiendo risas y anécdotas, Gerardo se estremeció porque era verdad se parecían tanto que era indudable su parentesco, luego desvió la vista hacia Victoria que estaba al otro extremo de la mesa limando sus uñas y si se parecía a Mónica, no había ningún rasgo de él en la que creía su hija.
—¡Papá! Ada cocinó y se niega a compartir conmigo —se quejó Victoria, buscando el apoyo incondicional de siempre.
Esta fue la primera vez que, a Gerardo, su hija favorita le resultó un poco irritante, hablaba de que Ada era una mala persona, y, sin embargo, allí estaba Ada, alimentando con cariño a su hermano que acababa de llegar.
La narrativa de “buenos y malos” que Mónica había construido con tanto cuidado en esa casa, ahora empezaba a desmoronarse ante la evidencia de los hechos y la sombra de la duda de si Victoria era realmente su hija.
—¡Cómo se te ocurre negarle comida a tu hermana! —estalló Mónica, intentando recuperar el control.
Ada cortó un trozo de su bistec cocido a la perfección y se lo llevó a la boca, tenía que admitir que estaba delicioso, luego se llevó a la boca una cucharada del cremoso puré de papas antes de responder con una calma gélida:
—Si quiere comer, pues que se lo prepare.
—Es verdad Victoria si tienes hambre, ¿Por qué no cocinas? —secundó Mateo con una lógica que parecía un puñal.
Cada vez que Mónica notaba la cercanía entre su hijo y Ada algo se removía en su interior, fue entonces que en un ataque de ira se acercó y barrió los platos de la mesa, estrellándolos contra el suelo, dejando atónitos a los dos jóvenes.
—¿Qué te pasa mamá? —preguntó Mateo con incredulidad.
—Cállate y ve a tu habitación — le gritó a Mateo, antes de volverse hacia Ada con veneno en la mirada—Y tú, limpia este desorden.
—Tú lo hiciste así que límpialo —respondió Ada, poniéndose de pie—Si no quieres que la cocina se llene de gusanos te sugiero que empieces de una vez.
—¡Eres una insolente! ¡Lárgate de esta casa! —rugió Mónica.
—Esta casa es de mi abuelo —replicó Ada, recordándoles la verdad que Don Aurelio le había confiado—Él es el único que puede echarme, y, por si lo olvidaste, la ley me otorga treinta días de gracia en caso de desalojo, así que guarda tus gritos para alguien que te tenga miedo.
Gerardo levantó la mano para abofetearla, sin embargo, Mateo se interpuso para evitarle el golpe como en otras oportunidades, y Ada aprovechó para escabullirse a su habitación, cerró con seguro y se sentó tras la puerta con el corazón palpitándole debido al miedo.
—Solo alguien tan egoísta como Sebastián —susurró para sí misma— puede creer que quiero pasar cinco años más en este infierno.
Desde su refugio, Ada escuchó el caos que ocurría en la cocina, los gritos histéricos de Mónica, se mezclaban con los sollozos de Victoria, y los regaños condescendientes de Gerardo hacia Mateo, finalmente se escuchó el estruendo de la puerta principal y el sonido del motor del auto familiar alejándose lo cual marcó el inicio de una tregua.
Entre tanto Ada salió de su habitación y bajó a la cocina y tal como lo esperaba Mónica no había limpiado nada, en el piso estaban los restos del almuerzo y los platos rotos, Ada maldijo en silencio, pero tomó los enseres de limpieza y comenzó a recoger el desastre, por suerte tomó la previsión de dejar una reserva de comida escondida en el fondo de la nevera, la devoró allí mismo a pesar de que estaba fría porque aún tenía hambre.
Al mirar el reloj de la pared se dio cuenta de que era el momento aprovechando que no había nadie más en casa, se acercó al teléfono fijo, con el corazón acelerado, y marcó el número que Damián le había dejado entre sus cosas.
Entre tanto Damián condujo tres horas desde la ciudad capital hasta la academia y estaba tan enojado con sus padres que solo se detuvo para cargar combustible, y mientras escuchaba la música de fondo, el recuerdo del beso con Ada la noche anterior sacudía su interior.
—Es casi una niña —se reprendió a sí mismo, intentando ignorar el vuelco de su corazón—Deja de pensar en tonterías; ella está enamorada del nerdo de Sebastián.
Al llegar a la academia, el ambiente lo recibió con la crudeza y el afecto de siempre, era un grupo de hombres, de entre 19 y 21 años, y bromeaba con su supervisor, un ingeniero que rozaba los cuarenta.
—¿Saben quién me enseñó en la academia de bomberos? —preguntó el mayor durante el almuerzo.
—¿Jesús? ¿Moisés? ¿Adán? —soltaron todos al unísono.
—Cállense la puta boca o los mando a correr ahora mismo —replicó el hombre con una mirada agria que no lograba ocultar su complicidad.
Ese era el lugar al que Damián pertenecía, donde nadie criticaba su apetito voraz ni juzgaba su carácter, y en medio de las risas, el teléfono de la estación sonó, y por puro instinto, Damián se levantó para atender.
Al tercer timbrazo, levantó la bocina y con una voz profunda y ligeramente ronca respondió al otro lado de la línea.
—¿Diga?
—Hola Damián… soy yo, Ada —susurró, girándose instintivamente hacia la ventana por donde solía verlo.
Damián estaba sorprendido porque no imaginó que ella le llamaría tan pronto, se giró hacia la pared para ocultar su expresión de sus compañeros, evitando convertirse en el blanco de nuevas bromas y su tono de voz se volvió más suave de inmediato.
—Ada —el tono de Damián cambió de inmediato, volviéndose más suave— Me alegra que llamaras. Pero… ¿Estás bien? Tu voz suena cansada.
Ada suspiró con resignación porque esta había sido su vida desde la muerte de su madre, estaba acostumbrada, pero eso no lo hacía menos doloroso.
—Fue una tarde difícil, Damián —intentó bromear, aunque su voz tembló un poco—Aunque los platos no sobrevivieron al almuerzo.
Damián soltó una carcajada muy genuina de esas que Ada rara vez escuchaba en su casa
—De que hablas, si no hay nada más terapéutico que una guerra de comida—dijo él intentando restarle importancia a la tragedia que había ocurrido.
—Jajaja… muy gracioso—logró decir ella, sintiendo cómo la tensión de sus hombros cedía.
—¿Por qué me llamas Ada? —preguntó él con una curiosidad teñida de afecto.
—Te llamaba para saber si habías tenido un buen viaje … porque vi cómo salías hoy y … bueno, quería asegurarme de que estabas bien.
Se hizo un pequeño silencio al otro lado de la línea, y una sensación agradable invadió el corazón de Damián, para él acostumbrado a ser el “fuerte” que nadie cuida esas palabras fueron como un bálsamo.
—Llegué bien, no te preocupes—respondió con firmeza.
Damián desde niños siempre sintió empatía hacia Ada, porque de alguna manera eran parecidos en un sentido, pero a la vez tan diferentes, y por eso siempre deseaba apoyarla.
— Escúchame, Ada —la voz de Damián sonó firme—No dejes que te afecten sus tonterías, y pase lo que pase en esa casa, recuerda que estoy al otro lado de la línea.
Ada cerró los ojos y, por primera vez en todo el día, sonrió de verdad, y una sensación de calidez que rara vez sentía la invadió.
—Gracias Damián … por escucharme.
—Llámame cuando lo necesites, pequeña… siempre voy a responder.
Al colgar el auricular, el silencio de la casa ya no se sentía tan pesado, y ella no se sentía tan sola, Ada regresó a su habitación con un nuevo propósito estos dos meses que faltaban para iniciar las clases en la universidad aplicaría el método de la piedra gris para matar cualquier
vestigio de su afecto hacia Sebastián y también cortaría el nudo del lazo fraternal con un padre que se negaba a reconocerla.
Damián colgó la llamada y se sentó nuevamente a la mesa ante la mirada inquisitiva de sus compañeros.
—No hagan bromas —advirtió—Es solo una amiga de la infancia.
El grupo soltó una carcajada, porque no necesitaban más explicaciones para saber que esa “amiga” era, en realidad alguien muy especial.
hermosa me encantó 💕
en ningún momento ella se dejó almedendrar x esos atorrantes poca cosa , dejan mucho q desear como personas especialmente el padre