Uno, al enamorarse, cree que será fácil y será correspondido con el tiempo, pero nadie te dice que puede ser la persona más cruel de quien quieres que te enamores, o la equivocada. ❤️
Y así es como casi le pasó a Alison, quien sin darse cuenta...
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La primera visita y el trabajo de matemáticas.
El día estaba radiante, el sol caía con fuerza sobre las tejas y el asfalto, y hacía un calor que se sentía en la piel apenas se salía de la sombra. Caminé despacio por la cuadra, mirando cada casa con mucha atención, comparando las paredes, los portales y los árboles con la descripción que Elizabeth me había dado en clase, para asegurarme de no equivocarme de dirección. Al levantar la vista hacia la derecha, vi la puerta marrón y el pequeño jardincito al frente, y la reconocí de inmediato: era su casa.
Seguí avanzando unos pasos más y, sin esperármelo, vi cómo ella abría la puerta y salía un momento al porche, con una mano en el marco y la otra ajustándose el bolso. Pareció mirar el reloj de su muñeca, luego miró hacia la calle: sabía perfectamente que habíamos quedado en que llegaría a las quince y veinticinco.
Por un instante me detuve, y me vino a la mente el recuerdo: no habíamos empezado a hablar casi nada hasta abril, cuando el profesor nos asignó sentarnos juntas y hacer un trabajo en grupo de matemáticas. Antes de eso, apenas nos saludábamos de paso.
La vi darse la vuelta despacio, acercarse de nuevo a la entrada, tomar el picaporte con cuidado, abrir la puerta y entrar, dejando la puerta entreabierta.
Solté un suspiro largo de alivio, crucé la vereda y caminé hasta quedarme justo frente a su casa, donde me detuve un instante para arreglarme la ropa y calmar los nervios. Levanté los brazos y aplaudí suavemente un par de veces, para que supiera que ya estaba ahí.
La puerta se volvió a abrir del todo, y asomó la cara de Elizabeth. Al verme, sus ojos se iluminaron y sonrió de verdad:
—Hola —dijo con voz alegre.
—Hola —respondí yo, quedándome todavía parada en la vereda, sin atreverme a cruzar el umbral.
Ella negó con la cabeza con ternura y me insistió, haciendo un gesto con la mano:
—Pasa, no te quedes ahí parada.
Dudé un segundo, pero di unos pasos más hacia la entrada. Ella abrió la puerta del todo y repitió con calma:
—Pasa adentro, hace mucho calor afuera.
Me quedé mirándola un instante, llena de inseguridad. No la conocía muy bien todavía, y mucho menos a su familia; me pregunté si su mamá se enojaría al ver entrar a una completa desconocida sin avisar antes.
—Está bien, muchas gracias —dije finalmente, bajando la voz—. Con permiso. Si me dejas pasar, supongo que no se molestarán.
Ella sonrió más ancha y aclaró rápidamente:
—No te preocupes, mi mamá salió un momento a hacer unas compras y no va a tardar. Estamos solas ahora.
Al cruzar el umbral y entrar, me quedé asombrada mirando todo el comedor, como si entrara en un lugar lleno de historias. El aire olía a madera vieja y bien cuidada, a yerba mate recién cebada que todavía soltaba su aroma, y al dulce perfume de los bizcochitos de grasa que se habían dejado enfriar sobre la repisa de la cocina. En el centro del ambiente dominaba la mesa de algarrobo, pesada y muy ancha, con patas robustas que parecían raíces profundas clavadas en el suelo. Su superficie estaba llena de marcas que contaban años y años de vida: el círculo oscuro donde siempre apoyaban la pava, las rayitas finas que habían hecho de chicos intentando dibujar con clavos, y hasta una mancha de vino seco en una esquina.
Alrededor de la mesa, sillas talladas de la misma madera oscura: algunas con cojines de lona estampada con flores, otras con asientos de paja que su abuelo había tejido con sus propias manos años atrás. En la cabecera destacaba la butaca más ancha y cómoda, la que siempre ocupaba el señor de la casa.
Al fondo, contra la pared opuesta a la ventana grande, descansaba la televisión: un modelo antiguo de caja, pantalla chica y marco gris, apoyada sobre un mueble bajo con puertas de vidrio. A sus lados había pilas de revistas viejas apiladas con orden, y el control remoto envuelto en una funda de goma roja para que no se perdiera entre los cojines.
En la pared de enfrente, un aparador de cedro claro guardaba sus tesoros detrás de puertas de vidrio: la vajilla blanca con borde celeste que solo usaban en fiestas grandes, tazas de cerámica de distintos diseños que habían ido juntando con el tiempo, y el juego de mate con bombilla de plata que pasaba de generación en generación. Sobre la mesa, un frutero de bronce lleno de manzanas rojas y peras amarillas, y al lado la bandeja donde descansaba el termo y la pava todavía tibia.
La luz dorada del sol que empezaba a bajar entraba por la ventana, se reflejaba en el espejo de marco tallado que colgaba junto al aparador y hacía brillar los pequeños cuadros colgados en la pared: la foto de la boda de sus padres, el retrato antiguo de su bisabuela y unos dibujos hechos a mano por ella y su hermana cuando eran chicas. El suelo, de baldosas rojas desgastadas por el paso del tiempo, crujía levemente bajo mis pies cada vez que me movía.
—Mi mamá no va a tardar nada —dijo ella, rompiendo mi asombro mientras se acercaba a la mesa.
—Entiendo —respondí en voz baja, todavía mirando todo con curiosidad.
Ella se sentó en una de las sillas, luego me hizo señas con la mano:
—Vení, siéntate acá —indicó la silla vacía justo a su lado.
Caminé hasta ella despacio, me acomodé en el asiento y quité las correas de mi mochila de los hombros para dejarla apoyada contra la pata de la silla. Abrí el cierre con cuidado y saqué mi cuadernillo cuadriculado, el lápiz negro bien afilado y el borrador que me había prestado mi mamá.
Levanté la vista hacia ella y le pregunté con duda:
—¿Entendiste el ejercicio de matemáticas que nos mandó el profesor? Es muy difícil.
Ella miró las hojas del cuadernillo unos segundos, frunció el ceño, negó con la cabeza y respondió sincera:
—No, la verdad es que no entiendo nada. Ni siquiera sé por dónde empezar.
¿Y ahora qué hacemos?, pensé con angustia. Ninguna de las dos lograba entender lo que nos había pedido el profesor, y el plazo para entregar el trabajo se acababa pronto.
—Voy a preguntarle a mi hermana —dijo ella de repente, levantándose de un salto—. Seguro que ella sí sabe explicárnoslo.
Caminó hasta una puerta del fondo del comedor, tomó el picaporte y llamó golpeando suavemente:
—¡María! ¿Me podés ayudar un momento con un ejercicio? Mi compañera y yo no sabemos cómo hacerlo.
María Keyla Water apareció en el umbral, con una carpeta en la mano: una chica de diecisiete años, alta y delgada, con el cabello rizado de un castaño muy claro, piel de tono medio claro, cejas redondas y unos ojos verdes esmeralda muy juntos, con pestañas largas y oscuras, nariz de botón y labios anchos y sonrientes.
—Claro que sí —dijo, acercándose despacio a la mesa para mirar el cuadernillo—. Déjame ver el enunciado.
Observó las líneas con mucha atención, movió los labios como si leyera para sí misma, luego levantó la vista, sonrió tímidamente y negó con suavidad:
—Perdón, chicas, yo tampoco sé cómo se hace. No lo vi todavía en la escuela.
—No te preocupes —dijo Elizabeth sin desanimarse—. Se lo voy a preguntar a papá, él seguro que sabe.
—¡Suerte! —dijo su hermana antes de volver a su habitación—. Cualquier cosa avísenme. De nada.
Unos instantes después, Elizabeth llamó con voz fuerte hacia la otra habitación:
—¡Papá! ¿Podés venir un momento por favor? Necesitamos tu ayuda.
Se abrió la puerta de la habitación de la derecha y apareció Mauricio Gerardo Water: un hombre de treinta y ocho años, alto y medianamente delgado, con el cabello rizado castaño claro igual que el de sus hijas, cejas redondas, ojos verdes esmeralda muy juntos, pestañas largas, nariz chata y labios en forma de arco amable.
Se acercó a la mesa despacio y miró el cuadernillo que Elizabeth levantaba para que lo viera bien:
—No entendemos este ejercicio —explicó ella—. ¿Nos podés explicar cómo se hace?.
Él tomó el cuaderno con cuidado, leyó el enunciado despacio, repasó los datos y luego nos explicó cada paso con palabras muy sencillas, hasta que las dos asentimos. Al terminar, sonrió y bromeó:
—Al final son unas burras, ¿no? Es más fácil de lo que parece.
Elizabeth se rió fuerte, pero luego le comentó:
—María tampoco supo explicárnoslo, así que no somos las únicas.
—¿Solo era eso? —preguntó él con una sonrisa amplia, acomodándose el cuaderno en la mano.
—Sí, papá —respondió ella—. Muchas gracias por ayudarnos.
—De nada, chicas —dijo él, dándose la vuelta para volver a su habitación—. Nos vemos después, que trabajen bien.
Cerró la puerta suavemente y nos quedamos solas de nuevo. Nos pusimos manos a la obra con ganas, siguiendo las indicaciones que nos había dado, y terminamos el trabajo mucho más rápido de lo que pensábamos. Cuando guardé mis cosas y me puse de pie para irme, le dije:
—Bueno, nos vemos mañana en la escuela. Gracias por todo.
En ese momento no la sentí como una amiga cercana, solo como mi compañera de tareas con la que había compartido una tarde difícil. Pero con el tiempo, esa visita y esa tarde se convertirían en el principio de una amistad muy importante para mí.
^^^Continuará❤️...^^^