NovelToon NovelToon
Desprecié al ciego que hoy es millonario

Desprecié al ciego que hoy es millonario

Status: Terminada
Genre:Romance / CEO / Doctor / Maltrato Emocional / Malentendidos / Reencuentro / Enfermizo / Completas
Popularitas:37.1k
Nilai: 5
nombre de autor: Dupi

Hace seis años, Renata Salas dejó al amor de su vida de rodillas bajo la lluvia. Él era ciego, pobre, un don nadie. Ella le gritó que un ciego jamás estaría a su altura, le dio la espalda y se casó con otro.

Seis años después, todo se invirtió.

Maximiliano Montenegro recuperó la vista y construyó un imperio. Hoy es el dueño de Grupo Montenegro, el hombre más temido de la ciudad. Renata, en cambio, regresó arruinada, ahogada en deudas, con una sola salida humillante: convertirse en su médica personal.

—¿Necesitas dinero? —le dice él, con esa sonrisa de hielo—. Por lo que alguna vez fuimos, puedo darte una limosna.

Pero lo que Maximiliano no sabe es por qué Renata lo abandonó de verdad. No fue por falta de amor. Fue un secreto que la destroza por dentro: su propia familia arruinó a la del hombre que ama, y ella decidió cargar sola con la culpa para protegerlo, aunque eso significara que él la odiara para siempre.

Él la desprecia, la castiga... y aun así mueve cielo, mar y todo su imperio cada vez que alguien se atreve a lastimarla. Porque por más que jure haberla olvidado, sigue llevando al cuello el anillo que ella le regaló.

Entre venganzas que arden, mentiras que separan y un amor que se niega a morir, los dos tendrán que elegir: ¿hundirse en el orgullo... o atreverse a amarse otra vez?

Y cuando por fin la verdad salga a la luz... ¿quedará algo que salvar?

NovelToon tiene autorización de Dupi para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 12

Capítulo 12: Sin techo

Rubén apareció en el hospital tres días después, con flores y la sonrisa de siempre, justo a la hora en que sabía que Renata no podía hacer una escena delante de sus colegas.

Se equivocó.

—Mija, vengo a hacer las paces. Rodrigo te perdona, la familia te perdona, solo tienes que…

—Seguridad. —Renata levantó la mano hacia el guardia del pasillo, con la voz tan tranquila que asustaba—. Este señor no es paciente ni familiar de paciente. Acompáñelo a la salida, por favor. Y que no vuelva a pasar.

—¡Renata! —La cara de Rubén se descompuso mientras el guardia lo tomaba del codo—. ¡Soy tu padre! ¡Esto no se le hace a un padre!

—Un padre no me cambió por una deuda. —No levantó la voz—. Buenas tardes, don Rubén.

Lo vio salir escoltado, rojo de vergüenza, y por una vez no sintió culpa. Solo un cansancio enorme.

El golpe verdadero llegó esa noche, por teléfono.

—¿Ya empacaste, corazón? —La voz de Rodrigo chorreaba satisfacción—. Compré el edificio. Bueno, los papeles del departamento donde vives. Resulta que el dueño me lo vendió encantado. Así que ahora tu casero soy yo. Tienes tres días para desocupar. —Una pausa deliciosa—. A menos, claro, que reconsideres mi oferta. Vuelve conmigo y te regalo las escrituras. Tú y tu abuelita pueden quedarse para siempre.

Renata cerró los ojos. Tres días. Con la abuela enferma. Sin dinero para un depósito.

—Antes muerta —dijo.

Hubo un silencio distinto al otro lado. Y cuando Rodrigo volvió a hablar, algo se le había agrietado en la voz, algo casi humano.

—¿Por qué eres así conmigo, Renata? —murmuró—. Yo… allá, lejos, pensé mucho en ti. De verdad. Podríamos empezar otra vez. Yo podría ser distinto.

Por un segundo, Renata casi sintió lástima. Casi.

—Tú compraste mi casa para echarme a la calle con mi abuela enferma —dijo—. Eso es lo que eres. No hay un "distinto" debajo. Buenas noches.

Colgó antes de que él pudiera arruinar el momento con otra mentira.

Marcó a Fernanda. Su comadre contestó hecha una furia, pero la furia era con ella misma.

—Comadre, te juro que si tuviera cómo… Mi mamá me congeló las cuentas. Otra vez. Dice que hasta que "siente cabeza" no me suelta ni un peso. Doña Rosa y sus ideas. Estoy igual de tronada que tú. —Bajó la voz—. Pero no te me caigas. Algo se nos ocurre. ¿Me oyes? Algo.

—Algo —repitió Renata, sin creérselo.

Lo que pasó esa semana fue una humillación tras otra.

Renata salió a buscar departamento con una lista escrita a mano y un presupuesto que no alcanzaba para nada. Tomaba el metro de una colonia a otra, subía escaleras con la muñeca todavía vendada, tachaba dirección tras dirección. Lugares con humedad en las paredes, que para el corazón de la abuela eran veneno. Cuartos sin ventana. Edificios sin elevador en un tercer piso. Caseros que le pedían tres meses de depósito por adelantado, o que, al verla sola y desesperada, le ofrecían "arreglos" con una sonrisa que le revolvía el estómago. Una doctora con título, con manos que salvaban vidas, mendigando un techo. Cada "no" la acercaba más a la fecha límite de Rodrigo, y cada noche volvía al departamento a fingir frente a la abuela que todo iba bien.

La tarde del cuarto día, saliendo de ver un cuartucho imposible cerca del restaurante Cumbre, un hombre la siguió media cuadra.

—Oye, guapa, ¿buscas dónde quedarte? Yo te doy posada. —Le cerró el paso, apestando a alcohol—. Una noche conmigo y olvidas tus penas.

—Quítese.

—No te hagas la difícil. —La tomó del brazo, justo del lado de la muñeca herida, y Renata soltó un grito de dolor.

El borracho no llegó a dar el segundo paso. Una patada lo dobló en dos, y cuando alzó la vista, una mano lo levantó del cuello de la camisa y lo estampó contra la pared.

—¿La tocaste? —La voz de Max era el sonido más frío que Renata había oído en su vida—. Dime que no la tocaste, para no romperte los dos brazos.

El hombre balbuceó, se zafó y huyó dando tumbos.

Max se giró hacia ella. Y por un instante, el muro de hielo de los últimos días tembló: la vio pálida, agotada, con la lista arrugada en la mano y los ojos hundidos de quien lleva noches sin dormir.

—¿Qué haces sola por aquí a esta hora?

—No es asunto tuyo. —Renata retrocedió, asustada de él, de sí misma, de lo que su propio corazón hacía cada vez que él aparecía a salvarla—. Ya me ibas a alejar de tu vida, ¿no? Pues empieza. Déjame en paz, Max.

Y huyó. Literalmente. Caminó rápido, casi corriendo, doblando la esquina sin mirar atrás, dejándolo plantado en la banqueta.

No se dio cuenta de que, en la prisa, la lista se le había escapado de los dedos y había caído al suelo.

Max la recogió.

Era una hoja de cuaderno, doblada y vuelta a doblar, con la letra de médica de Renata: direcciones, precios tachados, anotaciones al margen. "Sin elevador, malo para la abuela." "Demasiado caro." "Pidió tres meses de depósito." "Húmedo." Toda una semana de derrotas resumida en una hoja arrugada.

Y al final, una línea que le apretó el pecho: "Fecha límite: viernes."

Max se quedó mirando el papel mucho rato, ahí parado, con el tráfico pasando a su lado. La mujer que la noche anterior le había jurado que nunca lo quiso. La mujer que acababa de salir huyendo de él como de la peste. La misma que dormía en un sillón, que cargaba a una anciana, que estaba a tres días de quedarse en la calle y prefería eso a pedirle ayuda.

"Una mujer que jugó contigo no vive así."

Dobló la hoja con cuidado y se la guardó en el bolsillo del pecho, junto al teléfono donde todavía vivía una foto robada en un salón a oscuras.

Después sacó el teléfono y marcó.

—Ortega. Necesito que me consigas algo. Discreto. Y rápido. —Miró la esquina por donde Renata había desaparecido—. Tengo una idea.

Esa misma noche, en una mansión de las Lomas, Ariadna Fonseca aprendía el precio de un perro suelto.

—Tres meses sin salir de esta casa —le dijo su padre, don Heriberto, blanco de furia, con el teléfono de Montenegro todavía caliente en la memoria—. Tres meses. Sin fiestas, sin viajes, sin tarjetas. Y le vas a escribir una disculpa a esa doctora de tu puño y letra. ¿Tienes idea de lo que casi me cuestas? ¡Montenegro casi cancela tres años de trabajo por tu berrinche!

—Papá, no es justo, ella…

—¡Ni una palabra más! —El portazo hizo temblar los cuadros—. Castigada. Y reza para que se le pase el enojo a Montenegro, porque si no, te juro que la que se queda sin herencia eres tú.

Ariadna se quedó sola en su cuarto enorme, encerrada como una niña, mordiéndose las uñas de rabia. Y mientras miraba por la ventana los jardines que durante tres meses serían su jaula, sacó el teléfono y le escribió a su nuevo socio:

"Montenegro me castigó por tu culpa, Bracamonte. Ahora sí esto es personal. ¿Cuándo nos deshacemos de ella de una vez?"

1
Graciela Mauchiere
la verdad media novela tirada al tacho....ahora de nuevo ja
Zoila
This!!! Tan real
Zoila
Mujer ya, me desesperas 🥹
Zoila
Pinche Gabriel venenoso, Renata no le hagas caso.
Blanca Ordaz
ya trilla en lo mismo y la protagonista no tiene el valor de decirle la verdad se repite lo mismo y el que no puede soltarla
Blanca Ordaz
creo que la escritora secuatrapio toda porque se supone que ya veía. cuando se volvieron a ver no entiendo está trama
Cliente anónimo
Inmadura.
Ojalá él consiga otra mujer y ella quede sola ! No
Merece un hombre como él !!😭
Cliente anónimo
No entiendo ! Ya no veía pues ! Cuando la vio con el ex esposo ! Luego en su casa ! Después cuando Pelio con los 7 hombres ! No sé cómo sale ahora que la ve después de 6 años ciego !!
matyy
omggg
Graciela Saiz
pero si el ya veía! no es que estuvo seis años años , si verla , o peleo con siete hombres estando ciego 🤔
Graciela Saiz
Ay no ! que estrés! se les viene el cielo abajo?😭
Graciela Saiz
Ay no autora 🥺los vas a separar 😭
Graciela Saiz
no me digas que está enferma 🥺
Graciela Saiz
interesante 😉
Xochitl Rayas
Excelente
Carmen Malpica
Espectacular
MaReyanaga Maldonado
disculpen como se llamó la primera historia por favor me dicen 05 / 06/26
NovelToon
Step Into A Different WORLD!
Download MangaToon APP on App Store and Google Play