Cien mil dólares. Un contrato. Un hijo que no será suyo.
Dalia tiene dieciocho años, una madre atrapada en un burdel y una deuda imposible de pagar. Andrés Salvatierra tiene cuarenta, un imperio empresarial, una esposa a la que adora y una exigencia de su familia que no puede cumplir: un heredero. Él necesita un vientre. Ella necesita una salida.
La boda es en secreto. La noche de bodas, él la deja sola. Y a la mañana siguiente, Ágata, su esposa, hace las maletas y se va, con una condición: que el contrato se cumpla lo antes posible.
Bajo el mismo techo, entre órdenes secas, portazos y miradas que dicen lo que ninguno se atreve a pronunciar, la chica de pueblo y el hombre de hielo descubren que las cláusulas no lo previeron todo. Ni los celos. Ni la ternura. Ni lo difícil que es no desear lo que juraste no querer.
Pero hay otras mujeres que también tienen algo que perder, una familia que no perdona y un secreto que podría romperlo todo.
NovelToon tiene autorización de Sept para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Mi adicción
Su corazón, en el fondo, seguía fiel al alma más frágil. No fue hasta las cinco de la madrugada que Andrés pensó en volver a casa.
—Voy a casa a cambiarme de ropa. Luego regreso —dijo, y le dio un beso cálido en la frente a su primera esposa.
Ágata sonrió apenas y le sujetó el brazo.
—¿Y esa mujer? ¿Puedo conocerla?
Andrés se quedó de piedra. ¿Qué quería decir? ¿Conocer a Dalia? Capaz que a su esposa le daba un colapso. Bien sabía qué clase de muchacha había escogido.
No era tan bella como Ágata, pero sí mucho más joven. ¡Espera! No mucho: muchísimo. Podría ser hija de ambos. ¡Qué lío! No podían encontrarse.
Andrés se debatía con sus pensamientos. Temía que lo tomaran por un anormal por haberse casado con una chica que podía ser su hija.
¡Maldición!, se reprochó.
—Después... cuando te cures —la rechazó con delicadeza.
Ágata volvió a sonreír, y otra vez lo retuvo con sus palabras.
Quizá no soportaba la idea de quedarse sola. Pero Andrés tenía que cambiarse de ropa.
—¿Ya lo han hecho?
Zas.
Ay, ¿qué iba a responder? Un torbellino le recorrió el pecho. Por no herir los sentimientos de Ágata, se quedó callado.
—¿Qué pasa? ¿Por qué no contestas? Si ya lo hicieron, no te olvides. No has olvidado para qué te pedí que te casaras otra vez, ¿verdad, mi amor? —Lo miraba con esperanza; aun enferma, no quería que su marido se alejara.
De la segunda esposa solo esperaba un hijo. Después, esa mujer tendría que salir de sus vidas.
Andrés no debía dejarle el corazón a esa mujer. El único objetivo de ambos era el niño, nada más.
—Tranquila, no he olvidado lo que buscamos —dijo, soltándose del agarre de Ágata.
—Me voy ya —se despidió.
Y salió de la habitación Orquídea número ocho con el ánimo revuelto. La angustia y la culpa empezaron a brotar.
Había empezado a olvidar para qué se había casado con Dalia. La muchacha ya había entrado en su vida; más adelante, poco a poco, la soltaría. Aquella promesa quizá se quedaría en promesa. Una promesa difícil de cumplir.
Porque el corazón trabaja sin que el cerebro lo mande y hace lo que quiere. No se le puede forzar, ni prohibir. Cuando el corazón habla, no podemos hacer nada. Así era Andrés: inquieto porque el corazón y la cabeza no iban juntos.
Ya en su auto, aceleró enseguida. Quería saber cómo estaba Dalia.
Los sentimientos de ese hombre ya se habían dividido con bastante fuerza. Todo estaba hecho, aunque Andrés todavía no lo comprendiera del todo.
Tap, tap, tap.
Al llegar al patio, entró a la casa a toda prisa.
—Chela, ¿dónde está Dalia? —preguntó al ver a la empleada limpiando.
—En su cuarto, señor. No ha salido.
Corrió al cuarto de Dalia. —¡Dalia! ¡Dalia!
Toc, toc, toc.
Por más que golpeaba la puerta del cuarto de Dalia, la que dormía adentro no respondía. En vez de preocuparse, se irritó.
—¡Esta muchacha duerme como una piedra!
—¡DALIA! —llamó más fuerte. El golpeteo rítmico se volvió un puñetazo contra la madera.
—¿No se ha levantado, señor? —Chela llegó trastabillando, al oír el estruendo.
—Tráeme la llave de repuesto del armario —ordenó Andrés, con la cara desencajada.
Un instante después, Chela volvió con una llave.
—Aquí tiene, señor.
Mientras abría la puerta, volvió a preguntarle. —¿Y Esteban? Tampoco se le ve.
—Es que... cuando vino la señora, el joven Esteban no ha vuelto.
Andrés solo asintió y le indicó que volviera a sus quehaceres.
—Dalia, ¿qué clase de muchacha eres? ¡Ya es de día y sigues roncando! —espetó al ver el bulto de la cobija sobre la cama.
Tsk... creo que me falta un tornillo. La niña por la que me preocupaba, resulta que duerme a pierna suelta, murmuró.
—¡Despierta, Dalia! —ordenó, al ver que nada se movía bajo la tela.
Dios mío, creo que me equivoqué al elegir dónde plantar mi semilla. ¡Mira qué floja es!, pensó.
Frrr.
Despacio, levantó la cobija que cubría el cuerpo de Dalia.
Apenas la levantó, se inclinó sobre ella.
—¡Eh! ¡Floja! ¡Despierta! —susurró con voz grave. Pero algo era raro. Dalia no reaccionaba.
Andrés se alarmó. Parecía que Dalia no dormía. Eso no era alguien durmiendo.
Preocupado, le dio palmaditas en la mejilla. —¡Dalia... Dalia! No bromees. —Intentó despertarla. Solo cuando le frotó la nariz con pomada de eucalipto, Dalia empezó a despertar.
—¡Si estás enferma, dilo! —le gritó.
—No te encierres en el cuarto. Si yo no estoy, pídele medicina a Chela —seguía con voz alta. Andrés gritaba no porque la odiara. Ese hombre con dos esposas estaba demasiado preocupado por el estado de Dalia. Su emoción venía de la angustia.
Mientras tanto, Dalia tenía la cabeza a punto de estallar. Fiebre, escalofríos, la boca amarga. Y encima los gritos que Andrés le lanzaba, uno tras otro. El paquete de sufrimiento estaba completo.
Sin querer mirar a su interlocutor, apartó con la mano el brazo con que él la había tocado.
¡Basta! Ella también podía enfadarse. ¿Quién había pedido enfermarse? Pensó que era un simple resfriado; durmiendo un rato quizá se le pasaría. Pero resultó que le dolía la cabeza y el techo del cuarto parecía girar.
Apenas abrió los ojos, la boca de Andrés empezó a refunfuñar sin parar.
—¡Basta! Sal un rato. Quiero dormir otra vez. ¡Me duele la cabeza! —lo echó, empujándolo.
—¿Qué? ¿Me está echando de mi propia casa? —rezongó. Pero ¿qué se creía? Él decidía quién entraba y quién salía. ¡Qué atrevimiento mandarlo!
Sin palabras, Andrés se quedó con las manos en la cintura, furioso.
Al acordarse de que debía llamar al médico, sacó el celular del bolsillo.
—Bien, la espero. Por favor, lo más pronto posible.
—¿Para qué llamas al médico? ¡Estoy bien! Solo me duele la cabeza.
—Ya, no protestes. El médico llega en un rato.
—Mm... —Como quería ir al baño, Dalia bajó de la cama.
—¿A dónde vas? ¿No puedes quedarte quieta ahí arriba? —espetó.
—¿Qué quieres, que me haga pipí en los pantalones? —replicó, igual de seca.
Andrés solo pudo tragar saliva. Ah, Dalia le revolvía el cerebro.
—¿Qué haces todavía aquí, Andrés? —preguntó al salir del baño, extrañada. Su marido seguía en su cuarto. Creía que ya se había ido.
—¿Olvidaste que esta es mi casa? Estoy donde quiero.
No podía echar al dueño de la casa. Dalia calló. Que hiciera lo que quisiera.
—¡Chela!
—¡Chela...!
—Sí, señor.
—Prepara una papilla. Dalia está enferma —ordenó Andrés a su empleada.
Diez minutos después llegó Chela con la papilla en las manos. Era de harina de arroz, con un poco de leche de coco.
—Come. No quiero que te quedes flaca y seca. —Le acercó un tazón de papilla caliente.
—Después, no tengo hambre.
Impaciente, Andrés tomó una cucharada.
—¡AAAH! —dijo, abriendo la boca, como dándole el ejemplo.
En vez de abrir la boca, Dalia se puso a llorar.
—¡Eh! ¿Por qué lloras? ¡Esto no tiene veneno!
Se llevó él mismo una cucharada.
—¡Mira! Sigo sano, ¿no?
—Vamos, come. ¡Abre la boca!
En vez de abrirla, Dalia estornudó con fuerza.
¡Achís!
¡Achís!
Andrés dejó el tazón en la mesita y tomó el vaso de agua tibia que Chela había traído.
—Primero bebe. Toma.
Dalia agarró el vaso, y sus manos se rozaron sin querer. La incomodidad volvió.
Por descuido o nervios, el vaso se les resbaló de las manos a los dos.
—¡Cuidado! —gritó Andrés al ver que el vaso caía sobre el regazo de Dalia.
—¡Está caliente! —se quejó ella.
Por reflejo, la mano de Andrés limpió el líquido derramado con un pañuelo de la mesita.
Un segundo después, Dalia se echó hacia atrás. Fue retrocediendo despacio. Algo andaba mal con ella. El corazón le latía sin control.
¿Y Andrés? Los hombres son iguales en todas partes. Al ver los muslos y la piel suave, se le hizo agua la boca.
Dalia se había vuelto una adicción para Andrés. Por más que quisiera negarlo, la reacción de su cuerpo no mentía.
Algo duro, pero que no era una piedra.