Serena es obligada a convertirse en la segunda esposa del hombre que la odia, creyéndola la asesina de su hermano. En ese infierno de desprecio y bajo la atenta y furiosa mirada de la esposa por herencia del Alfa—quien ahora tiene que verla todos los días bajo el mismo techo—, el lazo de la luna comienza a arder entre el Alfa y su segunda esposa en contra de su voluntad. Atados por la ley de la sangre y la traición, la verdad está a punto de salir a la luz... y la venganza será implacable.
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Capítulo 17
Los pasos de James resonaron con la gravedad de un mandato absoluto a lo largo del pasillo de piedra. Su silueta imponente, recortada por la tenue luz de la antorcha que portaba, proyectaba sombras largas y distorsionadas contra las paredes húmedas. La corona de Alfa supremo pesaba sobre sus sienes, no solo por el metal frío del que estaba hecha, sino por la carga aplastante de la tradición que los ancianos acababan de imponerle en la superficie.
Al escuchar el eco de las botas pesadas, el padre de Serena se sobresaltó, abriendo los ojos con brusquedad para situarse de inmediato en la entrada de su celda, protegiendo con la mirada el cuerpo de su hija. Serena, por su parte, no se movió de inmediato; permaneció acurrucada sobre el suelo, aunque la tensión en sus hombros delató que el aroma a pino y lluvia de James no pasaba desapercibido para su lobo golpeado.
James se detuvo justo frente a la celda de Serena. Los destellos dorados de sus ojos atravesaron la penumbra, fijándose en la figura frágil y maltratada que yacía del otro lado de los barrotes.
—Has sido nombrado Alfa supremo... —murmuró Serena, rompiendo el silencio con una voz ronca y desgastada por las lágrimas, sin molestarse en levantar la cabeza del todo—. Escuché los vítores retumbar a través de las piedras... Felicidades. Supongo que ahora tienes el poder absoluto para decretar nuestra muerte cuando lo desees.
James apretó la antorcha en su mano. La ironía amarga en la voz de la chica lo golpeó con una fuerza inesperada, pero mantuvo el rostro impasible, una máscara de piedra tallada por la tragedia.
—La coronación no cambia las leyes, Serena —respondió James con tono grave y bajo—. Ni tampoco borra la sangre de mi hermano. El consejo exige decisiones para el futuro de la estirpe, pero la justicia por la muerte de Jacob sigue estando en mis manos.
El padre de Serena dio un paso al frente, aferrándose al metal con las manos temblorosas pero llenas de dignidad.
—Si busca justicia, busquela bien, Alfa supremo —dijo el hombre con firmeza desesperada—. Mi hija no es una asesina.
Las palabras del anciano resonaron en el pasillo helado. James cerró los ojos por una fracción de segundo, sintiendo cómo el agotamiento y la duda intentaban fisurar su compostura. La mención del heredero trajo de vuelta a su mente la imagen de Selma desfigurada por la rabia y el pánico tras el anuncio de la Kuma.
Miró de nuevo a Serena. A pesar de la mugre, de las manchas rojas y secas en la seda de su vestido y del dolor evidente en su postura, había una pureza inquebrantable en su negativa a confesar. No había malicia en sus rasgos, solo la devastación de alguien a quien le habían arrancado el corazón.
—Mañana al amanecer, el primer contingente de guardias comenzará el rastreo formal en las fronteras exteriores del territorio —anunció James, dándoles la espalda pero manteniendo la voz lo suficientemente alta para que ambos lo escucharan—. Y respecto a la decisión del consejo... nada en esta mansión se moverá sin mi consentimiento.
Sin esperar una réplica, comenzó a alejarse por la escalera de piedra.
Mientras tanto, en la superficie, la mansión Smith había quedado sumida en un desorden silencioso tras el retiro de los invitados.
En la biblioteca principal, Selma se paseaba como un animal enjaulado. Sus uñas se clavaban en las palmas de sus manos mientras los pensamientos giraban descontrolados en su mente. La amenaza de la Kuma no era solo una humillación pública; era el principio del fin para ella. Si otra mujer entraba a la casa principal para darle un hijo a James, su posición de poder se desmoronaría por completo, y la atención sobre los asuntos internos de la familia se multiplicaría.
"Una segunda esposa...", musitó para sí misma en un susurro cargado de veneno, deteniéndose ante el ventanal. "No voy a permitir que ninguna perra ocupe mi lugar ni toque a mi esposo."
El chasquido suave de la puerta al abrirse la hizo girarse bruscamente.
Diego se desveló entre las sombras del umbral, vistiendo ropas oscuras y una sonrisa torcida que reflejaba la arrogancia y el peligro que siempre lo habían caracterizado. Había logrado colarse en los pasillos traseros aprovechando el alboroto de la coronación, tal como Selma se lo había indicado.
—Parece que la gran consorte no está disfrutando la fiesta de la coronación —se burló Diego con voz baja, cruzándose de brazos y apoyando la espalda contra el marco de madera.
—Cierra la boca, Diego —siseó Selma, acercándose a él a pasos rápidos y deteniéndose a solo centímetros de su rostro, con los ojos echando chispas—. James aceptó que regreses a la mansión. Usé la excusa de la reconciliación familiar y el luto por Jacob, pero si cometes un solo error, ambos terminaremos en la horca.
Diego dejó escapar una risotada ahogada, inclinándose hacia ella con mirada calculadora.
—Tranquila, mi reina. El imbécil de tu esposo está demasiado ocupado llorando a su hermanito y pensando en cómo traer una Kuma para notar que el verdadero peligro duerme bajo su propio techo. Dime qué quieres que haga ahora.
Selma apretó la mandíbula, y una chispa de malicia pura y desesperada brilló en sus ojos.
—Ya veremos cuando estés aquí. Harás lo que te diga—ordenó ella con frialdad letal.