Lala Salcedo creyó que su boda con Damián Alcázar sería el inicio de una vida tranquila. Pero el mismo día de la ceremonia, su media hermana Iris, enferma y mimada por toda la familia, le arrebata el vestido, el novio y hasta el lugar que durante años le perteneció.
Lo que nadie esperaba era que Lala dejara de agachar la cabeza.
Con el corazón roto, una empresa en las manos y demasiadas cuentas pendientes, decide cobrar cada humillación una por una. Damián cree que puede volver cuando quiera. La familia Salcedo cree que todavía puede usarla. Iris cree que todo lo que Lala ama puede terminar en sus manos.
Hasta que aparece Sebastián Suárez, el heredero más reservado y poderoso de la ciudad, dispuesto a respaldarla cuando todos esperan verla caer.
Pero en un mundo de familias ricas, secretos viejos y amores que llegan demasiado tarde, Lala tendrá que descubrir quién quiere salvarla de verdad… y quién solo quiere usarla otra vez.
NovelToon tiene autorización de lulu para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 17
Capítulo 17
—No es pedirlo —corrigió Damián—. Es prestado. Mejor dicho, rentado. Cincuenta millones por unos días. Es una renta generosa. No pierdes.
Lo miré.
Después empecé a reír.
Su rostro se tensó.
—¿De qué te ríes?
Me costó parar.
Hasta me salieron lágrimas.
—Hace rato creí que querías prestarle cincuenta millones a Nico y ponerlos a mi nombre para quedar bien con los dos. Ahora entiendo. Me estabas poniendo una trampa.
Si yo hubiera aceptado ese dinero, en este momento tendría que agachar la cabeza.
Me reí otra vez.
Pero el pecho se me llenó de frío.
Damián apretó la mandíbula.
—Lala, lo entendiste mal. Si cincuenta millones no son suficientes, puedo prestarte trescientos millones para que le pagues al de apellido Suárez. Así cortas con él.
Me limpié las lágrimas con un pañuelo.
—No, gracias. Tomar tu dinero me quitaría años de vida. Además, si no hubieras protegido a Iris y subido el precio del brazalete, yo no le debería trescientos millones a Sebastián. ¿Ahora vienes a hacerte el bueno? ¿No te da miedo que se te pudra el corazón?
—Hablo en serio. La familia Suárez no es lo que parece. Hay aguas muy profundas ahí. Mejor corta cuanto antes. No dejes que te engañen.
—¿Engañarme? Sebastián Suárez tiene todo. ¿Qué podría querer de mí?
—Eres joven y bonita. ¿Qué crees que puede querer un hombre? Jugar contigo. Tú no eres rival para él. Si te metes con ese hombre, vas a perder horrible.
Lo decía con una expresión tan seria que parecía preocupado por mí.
Pero yo ya lo conocía.
Era falso.
Era malo.
No soportaba imaginar que yo pudiera conocer a alguien mejor que él y dejar de verlo como el centro del mundo.
Aunque yo me quedara sola para siempre, jamás volvería a mirarlo a él.
Me dio náusea.
No dije más. Presioné el teléfono interno.
—Cere, manda seguridad a mi oficina.
Damián se puso nervioso.
—Lala, Iris se está muriendo. Solo déjala ponerse el brazalete unos días. Cuando se vaya, te lo devuelvo. Además ganas cincuenta millones.
—¿Y si se vuelve loca y lo rompe?
Creyó que yo estaba cediendo.
—No lo hará. Le gusta demasiado. Y si se daña por accidente, te lo pago al precio original. ¿Así sí?
Me recargué en la silla.
Lo miré con calma.
—No. Se. Puede.
Cada palabra cayó limpia.
Damián me miró con odio, pero no pudo hacer nada.
Los guardias tocaron la puerta.
—Señorita Salcedo.
—Acompañen al señor Alcázar a la salida. Si no coopera, usen fuerza. Yo respondo.
Los guardias se acercaron.
Damián todavía intentó jugar su última carta.
—¿No querías divorciarte? Si prestas el brazalete, vamos hoy mismo.
Levanté la vista del documento frente a mí.
—Gracias, señor Alcázar. Nos vemos en la corte.
Ya había consultado al abogado.
La demanda de divorcio estaba lista.
¿Quería usar eso para sujetarme?
Soñaba despierto.
Los guardias lo tomaron del brazo. Él se zafó con furia, sintiéndose humillado, y salió hecho una tormenta.
Cuando la puerta se cerró, la oficina quedó demasiado quieta.
Solté la pluma sobre la mesa.
Primero me reí.
Después lloré.
No por amor.
Por la vergüenza de haber amado durante años a un hombre capaz de calcularme así, paso por paso.
¿Dónde tenía la conciencia?
¿Iris se la había comido viva?
Esa noche Vivi me llamó para preguntar si el divorcio había salido.
—No —dije.
Ella explotó al instante.
La dejé desahogarse un rato y luego la interrumpí.
—Vivi, necesito pedirte un favor.
—Lo que sea.
—Quiero vender parte de las acciones de mi empresa. Tienes contactos. Ayúdame a ver quién quiere invertir.
—¿Vas a juntar dinero para tu tía?
Mi mejor amiga me entendía demasiado rápido.
—Sí. No voy a dejar que la familia Aguilar la aplaste. Pero si pongo dinero, la empresa tiene que quedar bajo control de mi tía. Ella decide. Mi tío y todos sus parientes tendrán que verla a la cara antes de tocar un peso.
—Eso se arregla. Tu marca va bien. Mucha gente quiere entrar. Mi hermano ya me había dicho que dejara el restaurante y me colgara de ti.
—Si tu familia entra, les doy el mejor precio.
Vivi se rió.
Por primera vez en todo el día, respiré.
El asunto avanzó mejor de lo que esperaba.
Vivi movió contactos. Varias amigas del círculo aceptaron invertir. Nos conocían, confiaban en mí y sabían que necesitaba el dinero rápido, así que primero hicieron las transferencias y dejamos la parte formal para después.
En menos de tres días reuní treinta millones.
Sumé préstamos bancarios y mis ahorros.
Con eso alcanzaba para que mi tía diera la vuelta.
Mi tía siempre había sido capaz. Solo que años atrás había creído en las palabras dulces de mi tío y se había apartado de la empresa.
Ahora que veía la realidad y tenía mi apoyo, se levantó con una fuerza que a mí misma me emocionó.
Obligó a mi tío a firmar acuerdos.
Recuperó el control financiero.
Sacó de áreas clave a varios parientes que llevaban años cobrando sin trabajar.
Mi tío y su gente pusieron caras de indignación, pero ya no pudieron hacerla retroceder.
Lo que mi mamá no alcanzó a hacer, mi tía sí lo hizo.
Miré esos rostros llenos de rabia impotente y sentí una satisfacción fría.
Era como ver un adelanto del futuro de Héctor Salcedo.
Mientras eso se resolvía, el juzgado aceptó mi demanda de divorcio.
La audiencia quedó fijada para el día seis del mes siguiente.
Por fin había una fecha que Damián no podía cancelar con una llamada.
Todo parecía moverse hacia un sitio mejor.
Yo me metí de lleno en el trabajo.
Después de varios días de desvelo, logré terminar, una semana antes del cumpleaños de la señora Suárez, las otras dos prendas que le debía.
Llamé al mayordomo Ortega y fui personalmente a entregarlas.
No sabía si era por respeto a la señora Suárez, por cariño, o porque en el fondo quería volver a ver a alguien más de esa casa.
Al llegar a Villa Suárez, la señora me recibió con una sonrisa.
Se probó primero un conjunto sobrio, de corte limpio, con bordado discreto en puños y cuello. Luego una falda larga, de caída suave, que le daba una elegancia serena.
Ambas piezas le quedaban perfectas.
La señora Suárez era de esas mujeres que no necesitaban levantar la voz para llenar una sala.
Tenía algo de reina antigua, pero sin la dureza de una corona. Cálida, cercana, con una dignidad que no aplastaba.
—Lala, tienes unas manos de oro —dijo frente al espejo.
—Usted hace que todo se vea mejor.
Ella se rió, encantada.
—Quédate a comer.
—Señora, no quisiera molestar.
—Nada de eso. Escuché que te gustó la cocina del chef Linares. Ayer lo invité para hoy. Está en la cocina. Esta vez no tienes pretexto.
Me quedé inmóvil.
Chef Linares.
El mismo del restaurante de la familia de Vivi.
La última vez, durante la cena con Sebastián, yo había dicho que me gustaba su comida. Sebastián había comentado, como si nada, que algún día podía ir a Villa Suárez a comer sin pagar.
¿De verdad lo había recordado?
—¿Lo invitó especialmente?
—Sí. Si no me crees, puedes ir a verlo.
—No, sí le creo. Solo... me da pena. Usted es demasiado buena conmigo.
No estaba exagerando.
No entendía por qué una familia de ese nivel, una señora tan respetada, trataba así a una simple diseñadora.
Por mucho que mis diseños le gustaran, con el poder de los Suárez podían contratar a cualquiera.
—No te pongas nerviosa —dijo ella—. Me caes bien. Nada más.
—Gracias, señora.
Cuando se fue a cambiar, saqué el celular y escribí a Vivi.
【¿El chef Linares está hoy en su restaurante?】
Vivi contestó al segundo.
【No. ¿Cómo sabes? Tiene cinco días libres al mes. Ayer pidió uno para hoy.】
Miré la pantalla y sentí que algo tibio me subía al pecho.
Entonces sí.
Sebastián lo había arreglado.
Solo porque una vez dije que me gustaba esa comida.
Me mareé.
Cuando la señora Suárez volvió, me encontró distraída.
—¿Qué pasa? ¿Sigues pensando cómo escaparte?
Sonreí, torpe.
—No. Es que... de verdad me trata muy bien. Me pone nerviosa. Desde niña, no mucha gente fue buena conmigo, ni siquiera mi familia. Usted seguro ha escuchado rumores. Y desde que la conocí, usted y su familia me han tratado con tanta consideración que a veces siento que estoy soñando.
Las palabras me salieron un poco atropelladas, pero eran ciertas.
La señora me tomó la mano.
—Eres una buena muchacha. Has tenido una vida dura, y eso me duele. Si no te molesta, puedes tratarme como a una mayor más. Así tienes otra persona que te quiera.
Se me humedecieron los ojos.
—Señora Suárez...
—Ya. No llores. Tal vez algún día entiendas por qué nos caíste tan bien.
Fruncí el ceño.
¿Qué significaba eso?
Antes de que pudiera preguntar, el mayordomo Ortega se acercó.
—Señora, la comida está servida.
—Vamos —dijo ella—. A ver si hice bien en llamar al chef.
Me levanté y entonces recordé algo.
—Señora, ¿el señor Suárez vuelve hoy? Terminé el diseño de su ropa y quería mostrárselo.
Ella miró un reloj antiguo.
—A esta hora no sé si ya terminó. Le llamo.
Se sentó y marcó.
—Seba, Lala está aquí comiendo. Dice que ya tiene tu diseño y quiere que lo veas... ¿Todavía ocupado? Bueno, intenta volver. Nosotras comemos primero.
Colgó.
—Dice que casi termina. Si puede, vuelve para comer. No lo esperemos.
—¿No es descortés?
—En esta casa los hombres son adictos al trabajo. Si yo esperara a que todos llegaran a tiempo, moriría de hambre.
Me hizo reír.
Entramos al comedor.
Con el primer bocado reconocí el sabor del chef Linares.
La señora me sirvió más.
—Come. Has trabajado mucho. Estás más delgada.
—No crea, yo siempre como bastante.
—Mejor. Comer bien es una bendición.
Hablamos mientras comíamos.
El ambiente era tan cómodo que me costaba recordar que esa familia estaba a años luz de la mía.
La señora también me contó algo de Sebastián.
Tenía un hermano mayor adoptivo, hijo de un compañero de armas de su padre. Había crecido en la familia Suárez y luego entró al ejército. Ahora ocupaba un cargo importante.
Los Suárez lo trataban como hijo propio.
Por eso Sebastián era el segundo.
Y por eso afuera muchos lo ubicaban como Sebastián, el segundo hijo de los Suárez.
Yo escuchaba con atención.
Pero no podía evitar estar pendiente de los sonidos de afuera.
Cada coche que pasaba me hacía levantar un poco la mirada.
Hasta que terminamos de comer, Sebastián no apareció.
Me decepcioné.
No debía, pero me decepcioné.
La señora Suárez suspiró.
—Otra vez nos dejó plantadas. Seguro le salió algo. Cuando se pone a trabajar, puede pasar la noche entera sin dormir.
—Debe ser muy cansado —dije sin pensar—. Con el apellido y el puesto que tiene, que todavía trabaje así de serio... es admirable.
La señora tomó un sorbo de café.
—Precisamente por eso carga más presión. Si hace algo mal, su padre y su abuelo le recuerdan que no solo se representa a sí mismo.
Me quedé impresionada.
Con razón esa familia podía mantenerse arriba durante tanto tiempo.
Con una educación así, ¿cómo iban a permitir herederos inútiles?
Después de la comida nos quedamos un rato en la sobremesa. Cuando calculé que la señora debía descansar, me levanté para despedirme.
Quiso acompañarme, pero la detuve.
En el coche, la sonrisa se me cayó.
No haber visto a Sebastián me dejó un hueco raro.
En cuanto me di cuenta, me obligué a cortar ese pensamiento y miré el paisaje del camino privado.
El auto bajaba por la zona arbolada de la residencia cuando de pronto redujo la velocidad.
—Señorita Salcedo —dijo el chofer—, enfrente viene el coche del señor Sebastián.
Mi corazón dio un golpe.
Levanté la vista.
Un Audi negro se detuvo frente a nosotros.
Javier, el asistente, bajó del asiento del copiloto y abrió la puerta trasera.
Sebastián salió.
No esperaba encontrarlo justo en la bajada.
Mi ánimo, que venía por el suelo, subió de golpe como si alguien hubiera jalado una cuerda.
Él caminó hacia mi coche.
El viento le movía el saco. La luz caía sobre su figura alta y limpia.
Lo miré y el corazón se me volvió loco.
Escuché el clic del seguro.
El chofer había desbloqueado la puerta.
Bajé rápido.
—Señor Suárez...
Él se acercó.
Su cuerpo me cubrió un poco del sol, pero cuando levanté la cara igual entrecerré los ojos.
Era ridículo.
Sentí que la luz que traía encima brillaba más que el mediodía.
—Lala —dijo.
No señorita Salcedo.
Lala.
Su voz era cálida y contenida.
—Perdón. Se suponía que volvía a comer, pero surgió algo.
Había una prisa extraña en su expresión.
Como si hubiera regresado de verdad solo para explicarme por qué no llegó.
Buena la novela 🥰
se hace demasiada larga
se hace demasiada larga