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HIELO NEGRO

HIELO NEGRO

Status: Terminada
Genre:Villana / Mujer poderosa / Traiciones y engaños / Completas
Popularitas:1.5k
Nilai: 5
nombre de autor: nezhaN

Yasmin Safi (19) no nació para ser invisible.

En Kabul no hay hielo, solo polvo. Pero ella creció obsesionada con ser campeona de patinaje sobre hielo. Cuando consigue una beca para irse a Toronto, Canadá, deja todo atrás.

Bonita, muy sensual, inteligente, astuta y peligrosa, Yasmin sabe que nadie le va a regalar nada. Si tiene que seducir, mentir o destruir para llegar al oro, lo hará.

En el Toronto Ice Club, entre princesas millonarias que la odian, dos hombres caerán por ella:
Daniel Leblanc (22), el príncipe bueno que puede darle un futuro.
Alexei Volkov (31), el coreógrafo ruso que le enseñará a usar su cuerpo y su maldad como arma en el hielo.

Ella no quiere ser querida. Quiere ser reina. Aunque tenga que patinar sobre hielo negro.

#patinaje #afgana #villana

NovelToon tiene autorización de nezhaN para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Prólogo

En Kabul no hay hielo. Hay polvo. Polvo que se mete en la boca, en el pelo, en los cuadernos. Yo crecí viendo hielo en un celular roto.

Tenía catorce y pagaba una hora de internet en un ciber que olía a cigarro. Ponía en YouTube "Yuna Kim patinaje" y me quedaba mirando. No entendía los saltos. Solo veía que esa mujer se deslizaba y todo el mundo la miraba. Yo quería eso. Que me miraran así una vez.

Mis papás son profesores. No teníamos dinero para patines, menos para una pista. Cuando les dije a los diecinueve que me quería ir a Canadá a patinar, mi mamá se rió. No por burla. Por miedo. Mi papá no dijo nada en dos días. Al tercer día me puso un sobre en la mesa. Tenía adentro trescientos dólares y una carta de una tía lejana en Toronto. "Si vas, vas a estudiar. Y si patinas, que sea para ganar. No para que te tengan lástima."

Llegué a Toronto en febrero. Menos treinta grados. Yo llevaba dos suéteres y una maleta con rueditas que se trababa en la nieve. Nadie me esperaba en el aeropuerto.

El primer día que entré al Toronto Ice Club pensé que me había equivocado de planeta. Todo blanco, limpio, caro. Niñas de mi edad con moños perfectos, mallas de veinte dólares y entrenadores que cobran por minuto. Yo llevaba patines usados que había comprado en Marketplace por cuarenta dólares. Me apretaban. Me sacaban ampollas.

La prueba duró cuatro minutos. Me caí dos veces. El entrenador, Robert Thompson, me miró como se mira a alguien que estorba y me dijo: "Tienes fuerza, pero llegas diez años tarde."

Salí de la pista con los pies sangrando. Afuera, en el pasillo, estaba Chloe Dubois. Rubia, alta, la campeona del club. Me miró de arriba abajo y me dijo "cute costume" riéndose con sus amigas. Yo no entendía bien el inglés, pero entendí la risa.

Esa noche no dormí. No por tristeza. Por rabia. Esa rabia que me sube por el estómago cuando alguien decide que yo no puedo. La conozco desde niña.

Al otro día volví a las cinco de la mañana. La pista estaba cerrada, pero el señor de la limpieza me dejó entrar por cinco dólares. Patiné sola. Me caí. Me levanté. Me volví a caer. A las siete entraron las otras. Me vieron ahí, con el pelo pegado a la frente y los calcetines rotos. Se quedaron calladas.

Así estuve un mes.

Entendí algo rápido. En el hielo no gana la que más sufre. Gana la que nadie olvida. Yo no tenía dinero para vestidos con brillo ni para un coreógrafo ruso. Pero sabía mirar. Sabía sonreír cuando tenía que sonreír y clavar la mirada cuando tenía que clavar la mirada. Aprendí eso de mi madre, que vendía libros en Kabul y hacía que la gente comprara aunque no tuviera plata.

Daniel Leblanc me vio una de esas mañanas. Es el hijo del dueño del club. Veintidós años, campeón nacional, guapo como de anuncio. Se me acercó y me dijo que tenía algo. Que patinaba con rabia. Me ofreció café. Yo le dije que sí, aunque odiaba el café.

Alexei Volkov me vio después. Treinta y un años, coreógrafo, ruso, con una cicatriz en la ceja. No me ofreció café. Me dijo: "Deja de querer caer bien. En la pista tienes que ser la mala. La gente no paga por ver a la buena."

Tenía razón.

Yo no vine a Canadá a hacer amigas. Vine porque en Kabul no hay hielo y yo necesitaba hielo para respirar. Si para quedarme tengo que coquetear, mentir, aguantar que me digan que soy la afgana exótica, lo hago. Lo hice.

Este libro no es sobre cómo una niña buena lo logra. Es sobre lo que pasa cuando una mujer decide que no va a volver a pedir permiso.

La noche antes de mi primera competencia nacional me miré en el espejo del vestuario. Tenía diecinueve años, un vestido negro prestado con unos cristales rojos que me picaban, y el hielo abajo esperando. Afuera estaban todas esas princesas que habían nacido con patines puestos.

Yo no había nacido con patines. Había nacido con polvo en los dientes. Y por eso no les iba a regalar nada.

Cuando la música empezó, no pensé en ganar. Pensé en esa niña de catorce años en el ciber de Kabul, con el celular roto.

Patiné para ella.

1
Perla Arbos
Hermosa historia!!!. Felicitaciones!!!
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