México, 1910.
Amalia De la Vega siempre creyó conocer el rumbo de su vida. Hija de una poderosa familia hacendada, creció entre privilegios, comodidades y un futuro que otros parecían haber decidido por ella.
Hasta que la Revolución llegó a su puerta.
Secuestrada para obligar a su padre a negociar, Amalia termina en manos de un grupo revolucionario liderado por un hombre al que todos llaman Sombra: frío, reservado y peligroso, con demasiados secretos detrás de sus ojos ámbar.
Ella debería odiarlo.
Él jamás debió acercarse demasiado.
Pero entre enfrentamientos, silencios y una atracción que ninguno estaba dispuesto a reconocer, algo comienza a cambiar.
Cuando Amalia finalmente recupera su libertad, descubre que otra prisión la espera: un matrimonio arreglado con Gustavo Conde, un hombre relacionado con un pasado que Sombra se niega a revelar.
Separados por dos mundos, mentiras y una guerra que amenaza con destruirlo todo, Amalia descubrirá que quizá nunca conoció realmente al hombre del
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Capítulo 3 — Sombra
El amanecer encontró a Amalia de la Vega de peor humor que la noche.
Y eso, dadas las circunstancias, era bastante decir.
Llevaban horas cabalgando. La cuerda ya no lastimaba sus muñecas porque Sombra había ordenado retirarla, pero el vestido sencillo de algodón seguía pareciéndole una ofensa personal, tenía el cabello revuelto y cada parte de su cuerpo protestaba por el tiempo que llevaba sobre el caballo.
Rafael Santos cabalgaba a su lado.
Desde que Sombra había ordenado que él se encargara de vigilarla, Amalia había descubierto algo verdaderamente extraordinario:
Rafael era capaz de hablar durante horas.
—¿Falta mucho?
—No.
Amalia esperó.
—¿Cuánto es «no»?
—Menos que antes.
Ella lo miró con odio.
Rafael sonrió bajo el bigote.
La cicatriz junto a su quijada se marcó cuando lo hizo.
—¿Disfruta molestándome?
—Muchísimo.
—Qué existencia tan triste debe tener.
—Hasta anoche me parecía bastante buena.
Amalia soltó un bufido.
Unos metros por delante cabalgaba Sombra.
No había intervenido en la conversación ni una sola vez.
Desde que habían reanudado el camino, el joven de negro se había mantenido al frente del grupo. De vez en cuando hablaba con alguno de sus hombres o se detenía para observar el terreno.
Nada más.
Amalia empezaba a encontrarlo irritante incluso cuando permanecía callado.
Sobre todo cuando permanecía callado.
—¿Siempre es así? —preguntó.
Rafael siguió su mirada.
—¿Sombra?
—¿Hay otro hombre vestido enteramente de negro comportándose como si las palabras costaran dinero?
Rafael rio.
—Habla cuando tiene algo que decir.
—Entonces debe tener muy pocas cosas que decir.
—No se confunda, señorita. Que un hombre calle no significa que no esté pensando.
Amalia observó la espalda de Sombra.
—¿Y qué piensa?
—Si quiere saberlo, pregúntele.
—Ya lo hice.
—¿Y?
—No me contestó.
—Entonces ahí tiene su respuesta.
—Usted también es insoportable.
—Me lo han dicho.
—¿Sombra?
—No.
Rafael sonrió.
—Una mujer bastante más peligrosa.
Amalia iba a preguntarle a qué se refería cuando Sombra levantó una mano.
Todo el grupo se detuvo.
Amalia se tensó.
Sombra permaneció unos segundos observando las elevaciones que rodeaban el sendero.
Después silbó.
Desde algún punto entre las rocas respondieron con otro silbido.
Rafael relajó los hombros.
—Llegamos.
Amalia miró alrededor.
—¿Aquí?
—No exactamente.
Tomaron un sendero estrecho entre dos elevaciones rocosas.
El paisaje se abrió poco después.
Amalia parpadeó.
Esperaba una cueva.
O un refugio miserable.
Quizá una docena de bandidos durmiendo sobre la tierra.
En cambio encontró un campamento mucho más grande de lo que había imaginado.
Había varias tiendas de lona, caballos amarrados, carretas, fogatas y hombres entrando y saliendo de improvisados refugios. Un poco más lejos distinguió algunas mujeres. Una atendía una olla sobre el fuego; otra estaba vendando el brazo de un muchacho.
Había armas por todas partes.
Pero también ropa tendida.
Cajas de alimentos.
Sillas.
Mantas.
Una pequeña mesa donde dos hombres estudiaban un mapa.
Aquello no parecía un grupo que hubiese acampado durante una noche.
Parecía una pequeña comunidad escondida.
Las conversaciones comenzaron a disminuir cuando entraron.
Amalia comprendió por qué.
La miraban.
—No me gusta esto —murmuró.
Rafael desmontó.
—¿Qué cosa?
—Que todos me miren.
Él alzó una ceja.
—Pensé que a las señoritas de hacienda les gustaba que las miraran.
Amalia lo fulminó.
—Cuando yo quiero que lo hagan.
—Ah. Importante diferencia.
Sombra desmontó más adelante.
Un hombre se acercó inmediatamente para recibir su caballo.
—¿Algún problema?
—Ninguno —respondió Sombra.
Rafael tosió.
Sombra lo miró.
—Ninguno importante —corrigió.
Amalia abrió la boca.
—¡Intenté escapar una sola vez!
Varios hombres voltearon.
Rafael se echó a reír.
Sombra cerró los ojos durante un instante.
—Gracias por informárselo a todo el campamento.
Amalia sintió calor en las mejillas.
—No era mi intención.
—Eso lo mejora.
—¿Se está burlando de mí?
—No.
—Sí.
Sombra comenzó a alejarse.
—Rafael, encárgate de ella.
—¿Otra vez?
Sombra continuó caminando.
—¡Sombra!
Nada.
Rafael murmuró:
—Desgraciado.
—En eso coincidimos —dijo Amalia.
—No se acostumbre.
Una voz femenina llegó desde detrás de ellos.
—¿Rafael Santos?
Rafael quedó inmóvil.
Amalia vio cómo su expresión cambiaba por completo.
La sonrisa burlona desapareció.
—Carajo.
Amalia giró.
Una joven avanzaba hacia ellos.
No parecía una señorita de sociedad.
Tampoco intentaba parecerlo.
Tendría una edad cercana a la de Amalia. Su cabello color chocolate estaba recogido de una manera sencilla, aunque varios mechones habían escapado alrededor de su rostro. Tenía ojos cafés, piel clara y un vestido modesto de pueblo que le permitía moverse con facilidad.
Caminaba directamente hacia Rafael.
Y parecía furiosa.
—Mariel —saludó él.
—No.
—¿No qué?
—No me pongas esa cara.
—¿Cuál?
—Esa de imbécil encantador.
Amalia abrió ligeramente los ojos.
Ninguna mujer que conociera hablaba así delante de hombres.
Mucho menos a uno que parecía ser su marido.
Rafael sonrió.
—Me extrañaste.
—Estuviste fuera tres días.
—Eso no responde la pregunta.
Mariel llegó frente a él.
—Dijiste dos.
—Hubo complicaciones.
—Siempre hay complicaciones contigo.
—Pero regresé.
—Ya lo veo.
Rafael abrió los brazos.
Mariel lo miró.
—Ni se te ocurra.
Él la abrazó de todos modos.
—¡Rafael!
Mariel intentó apartarlo, aunque Amalia notó inmediatamente que no había verdadero enojo en el gesto.
—Suéltame.
—Primero dime que me extrañaste.
—Primero báñate.
Rafael soltó una carcajada.
—Eso significa que sí.
—Significa que hueles a caballo.
—También me extrañó mi caballo.
—Tu caballo tiene mejor educación.
Rafael la acercó todavía más contra él y le dio un beso rápido en la frente.
Mariel terminó sonriendo.
Amalia contemplaba la escena fascinada.
No había reverencias.
No había formalidad.
No había aquella distancia que estaba acostumbrada a ver entre matrimonios respetables.
En las reuniones de sus padres, las esposas se sentaban junto a sus maridos y hablaban cuando correspondía. Los hombres tomaban decisiones. Las mujeres podían expresar opiniones, desde luego, pero siempre existían ciertas formas.
Ciertas reglas.
Mariel parecía no conocer ninguna.
O había decidido ignorarlas todas.
La joven finalmente reparó en Amalia.
Sus ojos cafés la recorrieron de arriba abajo.
—¿Y ésta quién es?
Amalia se irguió.
—«Ésta» tiene nombre.
Rafael comenzó a reír.
Mariel lo miró.
—¿Qué?
—Nada.
—Rafael.
—Se llama Amalia.
Mariel volvió a observarla.
—¿Amalia qué?
Rafael vaciló.
—De la Vega.
Mariel dejó de sonreír.
—Ah.
Amalia no supo si aquel «ah» era bueno o malo.
—¿Qué significa eso?
—Que he oído su apellido.
—Todo Coahuila ha oído mi apellido.
Mariel arqueó una ceja.
—Y humilde también.
Rafael se llevó una mano al pecho.
—Mariel, te presento a la mujer que lleva horas haciéndome considerar abandonar la revolución.
—¡Usted empezó!
—¿Ves?
Mariel soltó una carcajada.
Amalia la miró sorprendida.
—Me agradas —declaró Mariel.
—¿Yo?
—Cualquiera que consiga desesperar a Rafael merece por lo menos una oportunidad.
Rafael pasó junto a Mariel.
Cuando ella caminó delante de él, le dio una palmada juguetona en el trasero.
Mariel se volvió de inmediato.
—¡Rafael Santos!
Amalia abrió los ojos de par en par.
Rafael tenía una expresión completamente inocente.
—¿Qué?
Mariel le dio un golpe en el brazo.
—Hazlo otra vez y vas a dormir con los caballos.
—Eso dijiste la última vez.
—Y dormiste con los caballos.
—Porque estabas ocupando toda la manta.
Mariel volvió a golpearlo.
Rafael rio, rodeó su cintura con un brazo y la pegó contra su costado con absoluta naturalidad.
Ella no bajó la mirada avergonzada.
No intentó fingir que no había sucedido.
Simplemente apoyó una mano sobre el pecho de Rafael y dijo:
—Trajiste café, ¿verdad?
—Te traje a mí.
—Entonces no trajiste nada útil.
Algunos hombres cercanos rieron.
Rafael se llevó una mano al corazón.
—Qué cruel eres conmigo, mujer.
—Y todavía sigues aquí.
—Porque soy un hombre paciente.
—Porque nadie más te aguanta.
Amalia estaba fascinada.
Rafael miró hacia ella.
—¿Qué mira?
Amalia apartó inmediatamente los ojos.
—Nada.
Mariel también la observó.
—Sí estaba mirando.
—No.
—Sí.
Amalia sintió que volvía a sonrojarse.
—Es que ustedes…
Se detuvo.
—¿Nosotros qué? —preguntó Mariel.
Amalia buscó una manera educada de expresarlo.
No la encontró.
—Son extraños.
Rafael soltó una carcajada.
Mariel sonrió.
—¿Por qué?
—Usted le habla como si…
Amalia volvió a detenerse.
—¿Como si qué?
—Como si fuera igual que usted.
Mariel ladeó la cabeza.
—Lo es.
La respuesta fue inmediata.
Amalia quedó callada.
Rafael también dejó de bromear por un instante.
Mariel continuó:
—Es mi hombre, no mi patrón.
Amalia parpadeó.
Aquella frase era tan sencilla que resultaba desconcertante.
—¿Y él permite que usted le hable así?
Mariel soltó una carcajada.
—¿Permite?
Rafael se apartó prudentemente.
—Señorita, no siga por ahí.
—¿Por qué?
—Porque ahora va a empezar.
—¿Empezar qué?
Mariel puso las manos en la cintura.
—Rafael no tiene que permitirme hablar.
—Ahí está —murmuró él.
Mariel le lanzó una mirada.
—Tú cállate.
—Sí, mi vida.
—No me digas «mi vida» cuando me estás fastidiando.
—Sí, corazón.
Mariel tomó un trapo que había sobre una caja y se lo lanzó.
Rafael lo atrapó riendo.
Amalia no pudo evitarlo.
Se rio.
Esta vez de verdad.
Mariel la señaló.
—¿Ve? Ella sí me entiende.
—Hace diez minutos quería matarme —protestó Rafael.
—Todavía quiero —aclaró Amalia.
—Perfecto. Ya son dos.
Mariel pasó un brazo por el de Amalia.
El gesto la sorprendió tanto que ni siquiera protestó.
—Ven. Debes tener hambre.
—No necesito…
Su estómago decidió traicionarla en ese preciso instante.
Rafael levantó las cejas.
Amalia lo señaló.
—Ni una palabra.
Él levantó ambas manos.
—No dije nada.
Mariel rio.
—Déjala tranquila.
—¡Pero si yo…!
—Rafael.
Él cerró la boca.
Amalia lo miró.
Después miró a Mariel.
—¿Cómo hizo eso?
Mariel sonrió.
—Años de práctica.
—¡Los estoy escuchando! —gritó Rafael detrás.
—¡Pues escucha mejor! —respondió ella.
Amalia volvió a reír.
Entonces recordó dónde estaba.
La sonrisa desapareció.
Aquellas personas podían parecer normales.
Podían bromear.
Podían cocinar.
Podían quererse.
Pero ella seguía siendo una prisionera.
Mariel debió notar el cambio en su expresión.
—No voy a preguntarte nada —dijo más bajo.
Amalia la miró.
—¿Nada?
—Nada que no quieras contarme.
—¿Sabe por qué estoy aquí?
Mariel guardó silencio.
Eso fue suficiente.
—Sí.
—Entonces sabe que me secuestraron.
—Sí.
Amalia retiró suavemente su brazo.
—Y aun así está aquí.
Mariel sostuvo su mirada.
—Las cosas rara vez son tan sencillas como parecen desde una hacienda, Amalia.
Aquello la hirió.
—No sabe nada de mí.
—Tienes razón.
Mariel no se defendió.
—Y tú tampoco sabes nada de nosotros.
Amalia miró alrededor.
El campamento parecía distinto ahora.
Había niños ayudando a cargar agua. Una mujer removía una olla. Un anciano reparaba una silla de montar. Dos hombres discutían junto a una carreta.
Aquello no justificaba nada.
Pero tampoco encajaba con la imagen que ella se había formado.
—Ven —dijo Mariel—. Come primero. Puedes odiarnos después.
Amalia la miró.
—¿Todos aquí son así?
—¿Así cómo?
—Descarados.
Mariel sonrió.
—No.
Señaló a Rafael.
—Ése es especialmente insoportable.
—¡Otra vez los estoy escuchando!
Mariel gritó:
—¡Pues ve a bañarte!
Rafael abrió los brazos.
—¡Acabo de regresar!
—¡Y apestas desde que llegaste!
Varias carcajadas recorrieron el campamento.
Amalia volvió a sonreír.
A unos metros de distancia, Sombra estaba junto a una mesa cubierta de mapas.
Había observado parte de la escena.
Cuando sus ojos ámbar encontraron los de Amalia, su expresión permaneció indescifrable.
Amalia dejó de sonreír.
Sombra inclinó apenas la cabeza.
Después volvió al mapa.
Ella frunció el ceño.
—¿Qué le pasa?
Mariel siguió su mirada.
—¿A Sombra?
—Sí.
—Muchas cosas.
Amalia esperó.
Mariel comenzó a caminar.
—¿Eso es todo?
—Sí.
—¿Nadie aquí responde una pregunta como es debido?
—Si preguntas por Sombra, acostúmbrate.
Amalia la siguió.
—¿Usted sabe su verdadero nombre?
Mariel miró hacia ella.
Una sonrisa traviesa apareció en sus labios.
—Tal vez.
Amalia se detuvo.
—Dígamelo.
—No.
—¿Por qué?
—Porque quiero seguir viviendo.
Amalia miró hacia Sombra.
—¿La mataría por decirlo?
Mariel soltó una carcajada.
—No.
—Entonces…
—Pero Rafael me volvería loca preguntándome por qué demonios lo hice.
Desde la distancia se escuchó:
—¡También escuché eso!
Mariel levantó la voz.
—¡Báñate, Rafael!
Amalia soltó otra carcajada.
Y mientras Mariel la conducía hacia una de las fogatas, Amalia comprendió algo que la incomodó profundamente.
Había llegado al campamento esperando encontrar únicamente hombres crueles, salvajes y violentos.
En cambio había encontrado a Rafael Santos riéndose como un muchacho cuando su mujer lo regañaba.
Había encontrado a Mariel Mares, una mujer de pueblo que miraba a su pareja a los ojos, discutía con él delante de todos, se reía de él y, aun así, parecía quererlo con una naturalidad que Amalia nunca había visto en los matrimonios de su propio mundo.
Y había encontrado a Sombra.
Él era diferente.
Seguía siendo un misterio.
Un hombre joven vestido de negro que había ordenado su secuestro y que, sin embargo, había mandado quitarle las cuerdas en cuanto vio sus muñecas.
Amalia no confiaba en ninguno.
No podía hacerlo.
Pero mientras se sentaba junto al fuego y Mariel le colocaba un plato caliente entre las manos, una idea incómoda comenzó a abrirse paso en su cabeza.
Tal vez el mundo fuera de los muros de su hacienda era mucho más complicado de lo que le habían enseñado.
Y, por primera vez en su vida, Amalia de la Vega sintió verdadera curiosidad por conocerlo.