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Amor A Destiempo

Amor A Destiempo

Status: En proceso
Genre:Reencarnación / Época / Posesivo
Popularitas:2.3k
Nilai: 5
nombre de autor: Ariane Blackrose

México, 1910.
Amalia De la Vega siempre creyó conocer el rumbo de su vida. Hija de una poderosa familia hacendada, creció entre privilegios, comodidades y un futuro que otros parecían haber decidido por ella.
Hasta que la Revolución llegó a su puerta.
Secuestrada para obligar a su padre a negociar, Amalia termina en manos de un grupo revolucionario liderado por un hombre al que todos llaman Sombra: frío, reservado y peligroso, con demasiados secretos detrás de sus ojos ámbar.
Ella debería odiarlo.
Él jamás debió acercarse demasiado.
Pero entre enfrentamientos, silencios y una atracción que ninguno estaba dispuesto a reconocer, algo comienza a cambiar.
Cuando Amalia finalmente recupera su libertad, descubre que otra prisión la espera: un matrimonio arreglado con Gustavo Conde, un hombre relacionado con un pasado que Sombra se niega a revelar.
Separados por dos mundos, mentiras y una guerra que amenaza con destruirlo todo, Amalia descubrirá que quizá nunca conoció realmente al hombre del

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Capítulo 22: Antes de Sombra

Meses atrás.

La primera vez que Sombra abrió los ojos después de abandonar definitivamente el campamento, no supo dónde estaba.

Sintió primero el movimiento.

Después el dolor.

La carreta avanzaba despacio sobre un camino irregular y cada piedra parecía encontrar exactamente el lugar donde tenía una costilla lastimada.

Abrió los ojos.

Una lona lo protegía del sol. A su lado había una cantimplora, mantas y una caja con vendas.

Intentó incorporarse.

—No.

La voz de Rafael llegó desde fuera.

Sombra ignoró la advertencia.

Apoyó una mano.

El costado protestó inmediatamente.

—Te dije que no.

—Necesito ver dónde estamos.

Rafael apareció junto a la carreta montando a caballo.

—Estamos en un camino.

—Eso ya lo veo.

—Entonces no necesitabas levantarte.

Sombra consiguió sentarse a medias.

Estaba pálido.

La herida del costado continuaba vendada y el hombro todavía no recuperaba toda su movilidad. La fiebre había aparecido y desaparecido durante varios días, obligándolos a detenerse más veces de las que él consideraba aceptables.

—¿Los otros grupos?

—Separados, como ordenaste.

—¿Alguna señal de persecución?

—No desde ayer.

Sombra intentó apartar la manta.

Rafael frenó su caballo.

—¿Qué haces?

—Voy a bajar.

—No.

—Necesito montar.

—Necesitas cerebro.

Sombra levantó los ojos.

—Rafael.

—Si vuelves a intentar bajarte solo, te amarro a la carreta.

—Inténtalo.

—Yo tengo cuerda.

Mariel apareció montada al otro lado.

Sombra giró lentamente hacia ella.

Mariel sonrió.

—Bastante.

Rafael señaló a Sombra.

—¿Ves? Ya está mejorando. Volvió a mirarnos como si quisiera matarnos.

—Nunca dejé de querer hacerlo.

—Excelente señal.

Sombra volvió a recostarse.

No porque ellos hubieran ganado.

Porque otra punzada de dolor acababa de atravesarle las costillas.

Rafael lo vio.

Esta vez no bromeó.

El viaje apenas comenzaba.

 

Llegar a Sonora tomó tiempo.

Mucho más del que Sombra habría permitido en otras circunstancias.

No podían utilizar los caminos principales constantemente. Se movían por rutas secundarias, se detenían en propiedades de personas de confianza y evitaban pueblos donde hubiera presencia militar.

Algunas noches dormían bajo techo.

Otras, bajo árboles.

Sombra pasó parte del trayecto con fiebre.

En sus momentos lúcidos daba órdenes.

En los otros, Rafael daba las órdenes por él y luego soportaba sus quejas cuando despertaba.

—Cambiaste la ruta.

—Sí.

—Te dije que siguiéramos hacia el oeste.

—También dijiste varias cosas mientras tenías fiebre.

—¿Qué cosas?

Rafael sonrió.

—Eso me lo llevaré a la tumba.

Sombra lo miró con desconfianza.

—¿Hablé?

Mariel, que preparaba café cerca del fuego, intervino:

—Muchísimo.

Sombra palideció más de lo que ya estaba.

—¿Qué dije?

Mariel miró a Rafael.

Rafael miró a Mariel.

—Nada importante —respondieron ambos.

Sombra los observó.

—Los odio.

—Eso también lo dijiste —respondió Rafael.

Mariel soltó una carcajada.

A pesar de todo, siguieron avanzando.

Y una tarde, después de semanas de polvo, dolor y caminos interminables, el paisaje comenzó a resultar familiar para Sombra.

Se incorporó lentamente en la carreta.

Esta vez Rafael no intentó detenerlo.

Sombra miró hacia el horizonte.

Allí estaba.

Casa.

 

La hacienda apareció gradualmente detrás de las extensiones de tierra.

No era un palacio.

Era algo mucho más antiguo y arraigado.

Una gran propiedad sonorense de muros gruesos, corredores amplios y patios interiores. Había caballerizas, corrales, almacenes y terrenos que se extendían más allá de lo que Rafael podía calcular desde el camino.

Árboles grandes daban sombra cerca de la casa principal.

Caballos se movían en uno de los cercados.

Trabajadores entraban y salían de los edificios.

Rafael silbó.

—Bonita casa.

Sombra no respondió.

—¿De quién es?

Silencio.

Rafael lo miró.

Después miró la hacienda.

Después volvió a mirarlo.

—No.

Sombra cerró los ojos.

—¿Qué?

—No me digas.

—Entonces no preguntes.

—¿Es tuya?

Sombra no respondió.

Mariel comenzó a sonreír.

—Rafael...

—¿Qué?

—Mira a la gente.

Los primeros trabajadores habían reconocido la carreta.

Después reconocieron al hombre dentro.

Uno dejó lo que llevaba entre las manos.

—¡Abran!

El portón principal comenzó a moverse.

Dos hombres se acercaron rápidamente.

—¡Señor Medina!

Rafael se quedó inmóvil.

Sombra cerró los ojos.

Otro hombre llegó.

—Patrón, ¿qué le ocurrió?

—Nada.

Rafael lo miró.

—Sí. Nada. Por eso casi se murió tres veces en el camino.

Sombra le lanzó una mirada.

—Dos.

—Qué alivio.

Mariel bajó del caballo intentando no reírse.

Los trabajadores rodearon la carreta.

No había miedo en ellos.

Había preocupación.

Uno preguntó por su herida. Otro quiso llamar al médico. Un tercero comenzó a dar órdenes para preparar una habitación.

Sombra los conocía.

—Mateo, deja de correr. No estoy muriéndome.

—Eso no parece, patrón.

—¿Cómo está tu padre?

El hombre se detuvo, sorprendido.

—Mejor, señor. Ya camina.

Sombra asintió.

—Bien.

Rafael observaba todo.

Aquello no era la recepción de un desconocido.

Ni siquiera la de un patrón distante.

Sombra conocía nombres.

Familias.

Problemas.

Preguntó por un caballo enfermo que había dejado meses atrás.

Por una acequia.

Por una cosecha.

Rafael cruzó los brazos.

—Cada día descubro algo nuevo de ti.

—Deja de investigar.

—No estoy investigando. Tu casa tiene el tamaño suficiente para contarme sola.

Sombra estaba a punto de responder cuando una voz atravesó el patio.

—¡Joel Medina!

Silencio.

Absoluto.

Rafael giró lentamente la cabeza.

Mariel también.

Sombra cerró los ojos.

Una mujer pequeña avanzaba por el corredor.

Debía rondar los setenta años. Llevaba el cabello gris recogido y caminaba con la autoridad de quien no necesitaba levantar la voz para hacerse obedecer.

Detrás de ella venía un hombre mayor, alto todavía a pesar de los años, con bigote gris y expresión mucho más prudente.

—Doña Jacinta —murmuró Sombra.

—¡Mi niño Joel!

Rafael abrió la boca.

Mariel se llevó una mano a los labios.

Doña Jacinta Valdés llegó hasta la carreta.

—¡Mírate!

—Estoy bien.

—Estás hecho pedazos.

—No exagere.

La mujer le tomó el rostro entre las manos.

Sombra intentó apartarse.

—Doña Jacinta.

—Callado.

Rafael dejó escapar un sonido extraño.

Sombra lo fulminó con la mirada.

Doña Jacinta le levantó el rostro para examinar un golpe.

—¿Qué te hicieron?

—Nada.

—¿Nada?

—Fue una caída.

Rafael tosió.

—De un barranco.

Sombra giró hacia él.

—Rafael.

—¿Qué? Es información médica.

Doña Jacinta palideció.

—¡Joel Medina!

Sombra apretó los dientes.

—No me diga así.

—¿Cómo quieres que te diga? Ese es tu nombre.

—Hay gente presente.

Doña Jacinta miró a Rafael.

Luego a Mariel.

—¿Y ellos no saben cómo te llamas?

Silencio.

Rafael comenzó a sonreír.

Sombra lo vio.

La sonrisa desapareció.

Durante aproximadamente dos segundos.

—¿Joel?

—Rafael.

—¿Joel Medina?

—Rafael.

—Tantos años llamándote Sombra y resulta que eres Joel.

—Una palabra más.

Mariel inclinó la cabeza.

—A mí me gusta Joel.

Sombra giró hacia ella.

—Tú tampoco.

—Es bonito.

—Mariel.

Doña Jacinta resopló.

—Siempre fue malhumorado. Desde chiquito.

Sombra cerró los ojos.

—Por favor.

—Y no me pongas esa cara. Esa mirada quizá asuste a tus hombres. A mí no.

Rafael tuvo que girarse.

Sus hombros comenzaron a temblar.

—Te escucho —dijo Sombra.

—No estoy diciendo nada.

Don Jacinto Valdés, marido de doña Jacinta y administrador de la propiedad desde hacía décadas, se acercó finalmente.

Miró a Sombra con afecto, pero sin el descaro de su esposa.

—Bienvenido a casa, muchacho.

Sombra abrió los ojos.

Por primera vez desde que divisara la hacienda, su expresión perdió algo de dureza.

—Gracias, don Jacinto.

Rafael lo observó.

Casa.

Ahora comprendía.

 

Los siguientes días fueron una revelación constante.

Para Rafael.

Para Mariel.

Y una humillación prolongada para Joel.

Doña Jacinta gobernaba su recuperación con una autoridad que ningún comandante revolucionario había conseguido ejercer sobre él.

Una mañana entró en su habitación y encontró documentos extendidos sobre la cama.

Joel estaba leyendo informes.

Doña Jacinta se detuvo.

—¿Qué haces?

—Trabajando.

Ella recogió los papeles.

—Están estorbando.

—Doña Jacinta.

—A dormir.

—Esta es mi hacienda.

—Y esa es mi sopa.

Colocó un plato sobre la mesa.

—Te la comes.

Rafael, sentado junto a la ventana, observaba fascinado.

Joel lo miró.

—Fuera.

—No he hecho nada.

—Estás disfrutando esto.

—Muchísimo.

Doña Jacinta señaló la puerta.

—Déjalo descansar, Rafael.

—Sí, señora.

Rafael salió inmediatamente.

Joel quedó indignado.

—A él sí le hace caso.

—Porque Rafael tiene educación.

Joel la miró.

—Voy a fingir que no escuché eso.

 

Con los días recuperó fuerzas.

Primero caminó por la habitación.

Después por el corredor.

Luego llegó al patio.

Seguía teniendo dolor en las costillas y el hombro tardó en recuperar movilidad, pero dejó de parecer un hombre al borde de la muerte.

Y Rafael comenzó a comprender que Joel Medina no era simplemente un revolucionario con una hacienda.

Había libros de cuentas.

Contratos.

Correspondencia.

Tierras.

Ganado.

Negocios.

Personas que esperaban decisiones suyas.

Joel conocía aquel mundo demasiado bien.

—¿Desde cuándo sabes leer balances? —preguntó Rafael una tarde.

Joel ni siquiera levantó la cabeza.

—Desde antes de conocerte.

—Eso explica muchas cosas.

—¿Qué cosas?

—Nada.

Joel levantó los ojos.

Rafael sonrió.

—Solo pensaba que eres demasiado fastidioso para haber nacido pobre.

Joel volvió a sus papeles.

—Vete.

—Cada día descubro algo nuevo.

—Y cada día hablas más.

—¿Tu familia siempre tuvo estas tierras?

Silencio.

Rafael comprendió el límite.

Joel cerró el documento.

—Hay cosas que no voy a explicar todavía.

—Está bien.

Rafael se levantó.

Antes de salir añadió:

—Joel.

Un objeto pasó junto a su cabeza.

Rafael cerró la puerta riéndose.

 

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Carolina A²V
sino lo haces a tiempo te la robas 🤭🤭🤭
Carolina A²V
casi te gana el subconsciente 😊🤭
Carolina A²V
no rubia 🤭
Carolina A²V
otra vez podría ☝🏼
Carolina A²V
se ha dicho suponen
Carolina A²V
Lo sabemos 🫤
Carolina A²V
que fastidio con ese hombre 🫤😒
Carolina A²V
exacto 🤭🤭🤭
Carolina A²V
déjalo así por ahora 🤔
Carolina A²V
no alcanza la vida 🤔
Carolina A²V
se ven lindos
Carolina A²V
no te lo dirá pero sabes que si lo es 🤔😊🤭
Carolina A²V
mentiroso 😊
Carolina A²V
La estabas espiando 😊🤭
Carolina A²V
ayyy Joel por favor a quien quieres engañar 🤔🤨
Carolina A²V
pero ese idiota te gusta 😊🤭🤭
Carolina A²V
te tardaste 😁😂🤣
Carolina A²V
que paso Sombra se te pegaron los zapatos 😂🤣🤣
Carolina A²V
estás celoso 😊😁
Carolina A²V
apareció Sombra 😊😁
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