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EL MERCADER DE DOS ERAS

EL MERCADER DE DOS ERAS

Status: En proceso
Genre:Fantasía épica / Mundo de fantasía / Época
Popularitas:83
Nilai: 5
nombre de autor: Manuel Saucedo

Lin Chen estaba endeudado y sin futuro hasta que una misteriosa puerta le permitió viajar entre la era moderna y la antigua China.

Desde entonces, objetos comunes como sal, espejos, medicinas y herramientas se convierten en tesoros en el pasado, mientras que jade, oro y reliquias antiguas valen fortunas en el presente.

Lo que comienza como una forma de pagar sus deudas pronto se transforma en un imperio comercial capaz de desafiar nobles, familias poderosas y hasta la corte imperial.

Pero cada viaje modifica algo.

Y un día, Lin Chen descubre su propio nombre escrito en documentos históricos de hace siglos.

Dos épocas. Un comerciante. Una fortuna sin límites.

NovelToon tiene autorización de Manuel Saucedo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Alguien lo estaba siguiendo

Lin Chen descubrió que ganar dinero era considerablemente más fácil que explicar de dónde venía.

Los cincuenta y un taeles de plata obtenidos por la venta de los espejos permanecieron durante dos días escondidos dentro de una caja de herramientas en su apartamento.

No era porque tuviera miedo de que alguien entrara a robarlos.

Su verdadero problema era mucho más simple.

¿Cómo convertía plata procedente de otro mundo en dinero moderno sin llamar la atención?

Sentado frente a su computadora, Lin Chen había pasado horas investigando.

Pureza de plata.

Fundición.

Compra de metales preciosos.

Joyeros.

Mercados secundarios.

Casas de empeño.

Coleccionistas.

Impuestos.

Declaraciones.

Cada respuesta generaba tres preguntas nuevas.

Vender una pequeña cantidad no sería difícil.

Hacerlo de manera constante sí.

Además, los taeles tenían formas particulares.

Aunque no pertenecían a ninguna dinastía conocida en su mundo, entregar repetidamente piezas de plata con aspecto antiguo podía resultar sospechoso.

Lin Chen terminó separando cinco taeles.

Los demás regresarían temporalmente con él a Qinghe.

Los cinco seleccionados serían su primera prueba.

Encontró un pequeño taller de metales preciosos dirigido por un hombre llamado Gao Ming.

No era una gran empresa.

Eso le convenía.

—¿De dónde sacaste esto? —preguntó Gao Ming mientras examinaba una de las piezas.

Lin Chen ya había preparado una historia.

—Herencia familiar.

El hombre levantó una ceja.

—¿No sabes de qué periodo es?

—No.

—Tiene símbolos extraños.

—Mi abuelo coleccionaba cosas raras.

Gao Ming no pareció completamente convencido, pero tampoco especialmente interesado.

Pesó la plata.

Después realizó una prueba.

—Buena pureza.

Lin Chen permaneció callado.

—Puedo comprártela como metal. No como antigüedad.

—Eso quiero.

Gao Ming le dio un precio.

Lin Chen negoció.

No demasiado.

Finalmente vendió las cinco piezas.

Cuando el dinero apareció en su cuenta bancaria, observó la cifra durante varios segundos.

No era suficiente para convertirlo en rico.

Pero sí para respirar.

Pagó parte de sus deudas más urgentes.

Alquiler.

Una tarjeta.

Una factura atrasada.

Después miró nuevamente el saldo.

Por primera vez en meses no estaba al borde de quedarse sin dinero.

Aquello debería haberle producido tranquilidad.

En cambio, sintió algo distinto.

Hambre.

No hambre física.

Ambición.

Había gastado años intentando ganar unos cuantos miles de yuanes revendiendo productos.

Ahora una sola tarde en Qinghe había producido más que semanas enteras de trabajo.

Y aquello apenas comenzaba.

Pero también había aprendido otra cosa.

El dinero era inútil si no podía moverlo sin levantar sospechas.

Necesitaba empresas.

Facturas.

Ingresos explicables.

Estructuras legales.

Todo eso llegaría después.

Por ahora, debía mantener el volumen bajo.

Antes de regresar a Qinghe, Lin Chen preparó mercancías nuevas.

No llevó veinte espejos.

Ni cincuenta.

Solo seis.

También compró:

jabones artesanales de apariencia sencilla,

agujas de acero,

peines de madera modernos sin marcas,

pequeños frascos de perfume,

tijeras,

hilo resistente,

y varios cuchillos de cocina económicos.

Quitó todos los empaques.

Reemplazó recipientes.

Cubrió cualquier detalle moderno.

Luego guardó todo en cajas de madera.

Parecía mercancía de algún artesano particularmente habilidoso.

No quería introducir demasiadas cosas al mismo tiempo.

Pero necesitaba probar qué productos generaban demanda.

Había empezado a comprender que su mayor ventaja no era vender caro.

Era realizar investigación de mercado con productos que, para él, costaban casi nada.

Atravesó la puerta poco después del amanecer.

El bosque estaba cubierto de niebla.

Lin Chen dejó dos cajas ocultas cerca del arco.

Solo cargó una.

Era importante no aparecer en Qinghe transportando cantidades inexplicables.

Todavía no tenía caballo.

Ni carreta.

Ni empleados.

Un comerciante sin infraestructura no podía mover toneladas de mercancías sin preguntas.

Caminó durante casi una hora.

Cuando llegó al camino principal, sintió algo extraño.

No vio nada.

Pero había aprendido a prestar atención.

Un sonido detrás.

Pasos.

Después silencio.

Lin Chen continuó caminando.

No giró.

Pasaron algunos minutos.

Se detuvo frente a un puesto de frutas.

Compró una.

Mientras pagaba, observó el reflejo borroso de un recipiente de agua colocado sobre la mesa.

Un hombre.

Túnica gris.

Sombrero de tela.

Había parado unos veinte metros detrás.

No parecía estar comprando nada.

Lin Chen siguió caminando.

Doblando una calle.

Después otra.

El hombre continuó detrás.

Su expresión no cambió.

Pero su mente comenzó a trabajar.

Zhao.

Era la explicación más probable.

Podía intentar perderlo.

Pero eso confirmaría que escondía algo.

Necesitaba actuar como un comerciante normal.

Entró en la Posada del Ciruelo.

Su Wan'er estaba detrás del mostrador.

Le bastó una mirada para saber que algo ocurría.

—¿Qué pasó?

Lin Chen dejó la caja.

—Nada.

—Esa cara significa algo.

—¿Siempre observas tanto a los huéspedes?

—Solo a los que traen cajas capaces de pagar nuestras deudas.

Lin Chen casi sonrió.

—Hay un hombre afuera.

Su Wan'er miró discretamente hacia la calle.

—¿Cuál?

—Gris. Cerca del puesto de té.

Ella tardó apenas un segundo.

—Es de Zhao.

—¿Lo conoces?

—No personalmente. Pero ese tipo de gente trabaja para ellos.

Lin Chen asintió.

—Entonces ya empezaron.

—Te dije que no rechazaras al señor Zhao de esa forma.

—Y yo te dije que no voy a regalarle mercancía.

Su Wan'er cruzó los brazos.

—Ser pobre y orgulloso es una combinación peligrosa.

—Por eso planeo dejar de ser pobre.

Ella suspiró.

—¿Qué vas a hacer?

Lin Chen miró hacia el patio interior.

—Necesito una salida trasera.

Su Wan'er negó inmediatamente.

—Eso sería peor.

Él la miró.

—¿Por qué?

—Porque si desapareces, sabrán que escondes algo.

Lin Chen sonrió ligeramente.

—Exactamente.

Su Wan'er frunció el ceño.

—Entonces...

—Quiero que me sigan.

Ahora fue ella quien lo miró como si estuviera loco.

Durante las siguientes dos horas, Lin Chen se comportó como cualquier comerciante.

Visitó Han De.

Le vendió pequeñas cantidades de sal.

Le mostró agujas.

Tijeras.

Jabón.

Han De estaba sorprendido por cada producto, aunque intentó ocultarlo.

El jabón fue especialmente interesante.

—Huele demasiado bien.

—Ese es el propósito.

—¿Quién lo fabrica?

La respuesta habitual.

—Mi familia.

Han De bufó.

—Algún día descubriré dónde vive esa familia tuya.

Lin Chen sonrió.

—Quizá.

Han De compró una pequeña cantidad para probar.

Luego Lin Chen visitó dos tiendas.

Después una casa de té.

Después regresó a la posada.

Todo mientras el hombre de túnica gris lo seguía.

Al atardecer, Lin Chen hizo algo diferente.

Salió de la ciudad.

El espía también.

Caminó hacia el bosque.

El hombre mantuvo distancia.

Lin Chen continuó.

Esperó hasta entrar entre los árboles.

Entonces aceleró.

No hacia la puerta.

Hacia el norte.

Había explorado esa zona durante su primer viaje.

Después de quince minutos llegó a un arroyo.

Lo cruzó.

Subió por una pequeña pendiente.

Luego descendió por el otro lado.

Se ocultó detrás de unas rocas.

Esperó.

Cinco minutos.

Diez.

Finalmente escuchó pasos.

El hombre apareció.

Miraba alrededor.

Confundido.

Lin Chen no se movió.

El espía siguió adelante.

Desapareció.

Lin Chen esperó veinte minutos más.

Después regresó por una ruta distinta.

No fue inmediatamente al portal.

Primero dio un gran rodeo.

Solo cuando estuvo seguro de no ser seguido llegó al arco de piedra.

Atravesó.

Su apartamento apareció ante él.

Lin Chen cerró la puerta.

Se sentó.

Acababa de confirmar algo importante.

La familia Zhao no solo quería sus mercancías.

Quería su fuente.

Y si alguien descubría la puerta...

No.

Eso nunca podía ocurrir.

Hasta entonces había tratado el portal como una oportunidad económica.

A partir de aquel momento debía tratarlo también como lo que realmente era.

Su mayor secreto.

Su mayor activo.

Y quizá el objeto más peligroso de ambos mundos.

Lin Chen tomó su libreta.

Escribió:

Nunca regresar directamente al portal si existe posibilidad de vigilancia.

Luego:

Crear almacén falso.

Conseguir transporte.

Construir una ruta comercial creíble.

Después añadió:

Necesito una identidad más grande que un hombre con una mochila.

Se quedó observando aquella frase.

Era el siguiente paso.

No podía seguir siendo simplemente Lin Chen, comerciante misterioso.

Necesitaba una organización.

Aunque al principio esa organización solo existiera en la imaginación de los demás.

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