Mis papás se fueron del país y me dejaron en casa de mis padrinos. Eso significaba vivir con Santiago Montero: su hijo mayor, seis años mayor que yo y el hombre al que todos consideraban casi un hermano.
Antes de llegar, me impuso tres reglas:
Nuestro compromiso infantil no cuenta.
No subas al tercer piso.
No me busques.
Yo pensaba obedecerlas. Santiago no.
Fue él quien comenzó a cuidarme, a ponerse celoso y a acorralarme contra la puerta de mi habitación.
—¿Por qué huyes? ¿Crees que voy a comerte?
Entonces descubrí cuatro limoneros plantados para mí y la verdad que ocultaba: llevaba catorce años esperándome.
El heredero que juró no quererme ahora estaba dispuesto a perderlo todo para hacerme suya.
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Capítulo 6
Capítulo 6: Hermano Santiago
El trayecto a la Ibero duró diecisiete minutos. Valentina los contó porque era mejor contar minutos que pensar en por qué Santiago manejaba despacio cada vez que el camino tenía un tope, como si supiera exactamente cuánto le molestaba a ella el rebote del asiento.
No hablaron. La radio estaba apagada. El silencio olía a menta y a cuero.
Cuando la Suburban se detuvo frente a la entrada principal del campus — un arco de concreto con el escudo de la Ibero tallado en piedra—, Valentina agarró la mochila y abrió la puerta.
—Espera.
Ella se detuvo con un pie afuera.
Santiago miraba al frente, las manos sobre el volante, como si estuviera formulando una ecuación complicada.
—Si alguien te pregunta quién te trajo, dices que tu hermano.
Valentina lo miró.
—No eres mi hermano.
—Legalmente, no. Socialmente, sí. Y si quieres que te traiga y te recoja todos los días sin tener que pasar la vergüenza de que te cancelen otro Uber frente a la caseta, vas a necesitar decirlo.
Valentina apretó la correa de la mochila.
—¿Y cómo se supone que te llame?
—Hermano Santiago. O hermano Santi, si prefieres. Mi mamá lo dice así.
—Tu mamá te dice así porque es tu mamá.
—Tú también puedes.
—No quiero.
Santiago la miró por primera vez. Sus ojos tenían esa quietud particular que Valentina estaba empezando a reconocer — no fría, no cálida, sino algo intermedio, como la superficie de un lago en el que no sabes qué profundidad tiene.
—Hermano Santiago —repitió él—. Es la condición.
—¿Condición para qué?
—Para que no te deje en la caseta mañana.
Valentina se bajó del auto, cerró la puerta con más fuerza de la necesaria, dio tres pasos, se detuvo, y se asomó por la ventanilla.
—Hermano Santiago —dijo, con la mandíbula apretada y una dulzura tan fingida que parecía veneno—. Gracias por el aventón.
Algo le cruzó la cara a él. No una sonrisa — Santiago no sonreía así como así—, sino algo parecido a cuando se cierra una puerta y queda vibrando el marco. Un temblor mínimo. Casi imperceptible.
—De nada, hermanita.
Ella se dio la vuelta y caminó hacia el campus sin mirar atrás. Sus tacones —bajos esta vez, lección aprendida— sonaron contra el pavimento con una firmeza que no sentía.
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La Universidad Iberoamericana era un mundo aparte. Edificios de concreto aparente y cristal rodeados de jardines amplios, árboles altos, bancas de madera donde los estudiantes se sentaban con laptops y vasos de café de cadena. Todo era limpio, ordenado, silencioso de una manera diferente al fraccionamiento — aquí el silencio era de concentración, no de dinero.
Valentina caminó por el sendero central hasta el edificio de dormitorios. Su cuarto estaba en el segundo piso: la 214.
Cuando abrió la puerta, tres pares de ojos la miraron.
La primera en hablar fue una chica alta, de cabello negro cortado por encima de los hombros, con una camiseta de la UNAM que le quedaba dos tallas grande.
—¿Valentina Reyes?
—Sí.
—Lucía Navarro. Comunicación. Esa es tu cama —señaló la litera de abajo junto a la ventana—. Sofía duerme arriba. Camila y yo estamos del otro lado.
La segunda era una chica de rasgos suaves, cabello lacio hasta la cintura, que le sonrió con una calidez inmediata.
—¡Hola! Soy Camila Herrera. Diseño. ¡Qué bonita tu blusa!
La tercera estaba sentada en la litera de arriba con un libro abierto sobre las piernas y ojeras que parecían permanentes. Levantó una mano sin dejar de leer.
—Sofía. Actuación. Bienvenida.
Valentina dejó la mochila sobre la cama y se sentó. La habitación era pequeña pero funcional: cuatro literas, cuatro escritorios pegados a la pared, un baño compartido, una ventana que daba al estacionamiento.
—¿De dónde vienes? —preguntó Lucía, recargada contra su escritorio con los brazos cruzados.
—Del Valle. Bueno, en teoría. Acabo de mudarme a Lomas con... con la familia de mi padrastro.
—¿Lomas? —Camila abrió los ojos—. ¿De Chapultepec?
—Sí.
—¿Y viniste al dormitorio pudiendo vivir en Lomas?
—Solo vengo de lunes a viernes. Los fines de semana regreso a la casa.
Lucía la estudió con una mirada que Valentina reconoció: la mirada de alguien que clasifica a la gente rápido y sin piedad, pero que no necesariamente es cruel al hacerlo. Valentina le sostuvo los ojos. Después de un momento, Lucía asintió.
—¿Tienes hambre? La cafetería cierra a las diez.
Era una invitación. Valentina la aceptó.
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El día pasó entre trámites de inscripción, recorridos por el campus y la sensación extraña de ser nueva en un lugar donde todos parecían conocerse desde la preparatoria. Lucía resultó ser la clase de persona que decía exactamente lo que pensaba con la precisión de un bisturí y la suavidad de un martillo. Camila era amable, atenta, siempre con una pregunta sobre algún detalle de la vida de Valentina — ¿tu padrastro tiene chofer?, ¿la casa tiene alberca?, ¿tu hermanastro estudia aquí? Sofía casi no habló. Se fue a las tres de la tarde "al trabajo" y no volvió hasta después de las diez, con olor a cocina y los ojos más cansados que en la mañana.
A las once de la noche, con la luz apagada y las tres compañeras dormidas, Valentina desbloqueó el celular.
Tenía un mensaje de WhatsApp. De un número nuevo.
**+52 55 xxxx xxxx**: Agrégate. Esta vez no te borro.
Era Santiago. Lo supo antes de ver el número, antes de pensar, antes de razonar — lo supo por el tono, por la falta de saludo, por la economía brutal de las palabras.
Debajo del mensaje había una solicitud de contacto.
Valentina miró la pantalla en la oscuridad. La luz azul le iluminaba la cara y probablemente también la sonrisa involuntaria que estaba tratando de contener, porque no había ninguna razón para sonreír ante un mensaje así. Ninguna.
No aceptó la solicitud. No esa noche. Pero tampoco la rechazó.
Se quedó dormida con el celular sobre la almohada y el cursor parpadeando sobre "Aceptar."
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A la mañana siguiente, al salir al estacionamiento, encontró una caja de cartón sobre su cama. No tenía remitente. Adentro, envuelto en papel de china color verde limón, había un brazalete de ámbar de Chiapas — piezas irregulares, pulidas, montadas en hilo de plata. Joyería artesanal. Junto a él, una tarjeta escrita a mano con letra apretada y precisa:
"Por la mentira del chofer. Estamos al 1%."
Valentina se quedó mirando el brazalete en su palma. Las piezas tenían un brillo cálido, como miel atrapada en la luz de la tarde. Era bonito. Era personal. Era el tipo de regalo que alguien elige pensando en la persona, no en el precio.
Se lo puso en la muñeca izquierda. Le quedaba perfecto.
Lucía pasó por su lado camino al baño.
—Bonito. ¿Novio?
—Mi hermano —dijo Valentina, y la palabra le salió con una naturalidad que la asustó.
—Qué hermano tan detallista.
—No tienes idea.
Camila, que estaba cepillándose el cabello frente al espejo, miró el brazalete. No dijo nada. Pero el cepillo se detuvo un segundo antes de seguir. Y algo en su expresión — una quietud demasiado cuidadosa, como quien ya sabe la respuesta antes de hacer la pregunta — le hizo pensar a Valentina que tal vez, la noche anterior, no todas en la habitación habían estado dormidas.
Valentina bajó los ojos a la tarjeta. "Estamos al 1%." El muy arrogante. Ni siquiera le daba un diez.
Agarró un bolígrafo del escritorio y escribió en el reverso de la tarjeta:
"Estamos al 10%. No te emociones."
La dejó dentro de la caja y la metió en su mochila. Se la devolvería en persona. Con intereses.