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A Un Suspiro Del Deseo

A Un Suspiro Del Deseo

Status: En proceso
Genre:Amor prohibido / Romance
Popularitas:3k
Nilai: 5
nombre de autor: R.C.Mary.G.

Katia no dejó de amar a su esposo. Ese es precisamente el problema.
Después de veinte años de matrimonio, tres hijos y una vida construida junto a Gael, creyó que el deseo simplemente había desaparecido. Hasta que Rafael, su profesor de tango, la hizo sentirse mirada, deseada… y viva otra vez.
Lo que debía quedarse en una pista de baile cruzó demasiadas fronteras. Y cuando Katia comprende que está enamorada de Rafael, descubre también la verdad más incómoda de todas: amar a alguien nuevo no borra automáticamente el amor, la historia ni la familia que existían antes.
Entre Guadalajara, Bogotá y Buenos Aires, Katia tendrá que decidir no solo a quién ama, sino qué consecuencias está dispuesta a asumir por la mujer en la que se está convirtiendo.
Porque algunas decisiones empiezan mucho antes de decir “me voy” o “me quedo”.
Un romance adulto donde nadie sale ileso de volver a sentirse vivo.

NovelToon tiene autorización de R.C.Mary.G. para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Un espacio donde puedes soltarte

POV Rafael

El agua tibia del jacuzzi y el vapor difuso de las velas nos envolvieron en un refugio donde el resto del mundo sencillamente dejó de existir.

Después de dejarla sumergirse unos minutos para relajar el cansancio acumulado del viaje, la ayudé a salir, envolviéndola en una bata suave antes de guiarla hacia la zona de masajes dispuesta en la habitación. –Katia...

Katy –corregí en silencio para mí mismo.

De hoy en adelante así la nombraría; saber que cada vez que escuchara «Katy» pensaría en mí, me llenaba de un éxtasis sutil y posesivo–.

Se recostó boca abajo sobre la superficie acolchada, con los hombros aún ligeramente tensos y la respiración contenida por la novedad.

Me acerqué en silencio, tomé un poco de aceite aromático con notas de lavanda y almendras, y comencé el ritual.

Para mí, el control y la disciplina siempre habían sido sinónimo de firmeza y límites estrictos, pero con ella descubrí que la devoción también exigía una delicadeza absoluta.

Comencé por los pies, sosteniendo con cuidado cada uno de sus tobillos y deslizando mis manos desde la planta, presionando con suavidad cada punto de tensión, recorriendo con paciencia los arcos y cada uno de los dedos.

Sentí cómo un leve estremecimiento recorría su cuerpo ante el contacto. Fui ascendiendo con lentitud, como si estuviera trazando un mapa sagrado sobre su piel.

Mis manos recorrieron la pantorrilla, los muslos, y se detuvieron un instante en la curva de su cintura para liberar el peso invisible que había cargado durante años.

No había prisa ni exigencia sexual en ese momento; era puro cuidado, una ofrenda silenciosa de respeto mutuo.

Avancé por su espalda, dibujando círculos firmes y cálidos a lo largo de su columna, sintiendo cómo sus músculos, poco a poco, se iban derrumbando bajo la calidez de mis palmas, entregándose por completo a la confianza que habíamos construido.

Cuando llegué a sus hombros y al cuello, mis dedos se movieron con una lentitud infinita, deshaciendo los nudos que la rutina y las exigencias de su vida diaria le habían impuesto durante tanto tiempo.

Finalmente, pasé mis manos entre sus mechones cortos, recorriendo el cuero cabelludo hasta llegar suavemente a la coronilla de su cabeza.

Inclinandome hacia ella, acaricié con mis labios su nuca, sintiendo cómo su respiración se volvía profunda y acompasada.

En ese instante, mientras la sostenía con un amor profundo y sin etiquetas, supe que no estábamos cometiendo ningún error: estábamos sanando, despojandonos de la culpa y encontrando, por fin, el lugar al que siempre debimos pertenecer.

El último movimiento de mis manos sobre su cabeza se desvaneció con lentitud, dejando que el silencio de la habitación volviera a envolvernos, solo interrumpido por el suave repiquetear de la llovizna contra los cristales del ventanal.

Katia —mi Katy— permanecía recostada, con el rostro hundido suavemente entre las manos, respirando de manera pausada y profunda, completamente entregada a la paz que acabamos de construir.

Me incliné un poco, apoyando una mano en la curva de su espalda desnuda, sintiendo el calor de su piel bajo la luz tenue de las velas.

—¿Cómo te sientes, Katy?

—le pregunté en voz baja, con un tono ronco que apenas rompía la quietud del ambiente.

Ella giró levemente el rostro hacia un lado, abriendo los ojos con una expresión de absoluta vulnerabilidad y asombro.

Sus labios esbozaron una sonrisa pequeña, casi incrédula.

—Como si... como si me hubiera quitado un peso de encima que ni siquiera sabía que llevaba —respondió con un hilo de voz, la mirada brillante y fija en mí.

Me quedé observándola unos segundos, evaluando el brillo en sus pupilas, la manera en que su cuerpo, antes rígido por la culpa y el deber, ahora vibraba con una receptividad pura.

Sabía que habíamos cruzado una línea invisible, pero no había rastro de miedo en ella; solo una curiosidad hambrienta y una confianza inquebrantable.

—Has hecho un trabajo extraordinario al llegar hasta aquí —le dije, recorriendo con la yema del dedo pulgar el contorno de su hombro—.

Pero este es apenas el principio del refugio. Dime algo, Katy... ¿estás dispuesta a probar algo completamente nuevo esta noche?

Algo que te obligue a soltar el último rastro de control que te queda. Ella contuvo la respiración por una fracción de segundo.

Sus ojos oscuros se ensancharon, cargados de una mezcla electrizante de vértigo y deseo, antes de asentir despacio con la cabeza.

—Sí... —susurró—. Estoy lista. Me puse de pie con calma y me dirigí hacia la mesa de accesorios que había capturado su atención al llegar.

Tomé un trozo de tela de seda suave, de un negro profundo, y regresé a su lado.

—Lo primero es apagar la vista para encender el resto de tus sentidos —le indiqué con firmeza, ayudándola a incorporarse con cuidado hasta sentarse en la orilla de la camilla.

Le coloqué la venda de seda sobre los ojos, anudándola con delicadeza en la parte posterior de su cabeza, sumergiéndose de inmediato en una oscuridad absoluta.

Escuché su respiración acelerarse al instante, volviéndose más corta y profunda mientras sus manos buscaban instintivamente mis antebrazos para aferrarse a mí.

—Tranquila, estoy aquí —le susurré al oído, rozando con mis labios el lóbulo de su oreja y sintiendo cómo su cuerpo se estremecía por completo—. Ahora vas a dejar que mi voz sea tu única brújula.

La guié con suavidad, tomándola de la mano, hasta la zona central de la habitación, haciéndola arrodillarse sobre una suave alfombra de fibras naturales frente a la estructura de madera y acero.

Tomé un arnés de cuero fino e intrincado, adornado con sutiles argollas metálicas pulidas que brillaban tenuemente bajo la luz de las velas.

Comencé a ajustarlo alrededor de su torso con cuidado.

—Siente el cuero, Katia —le susurré al oído, guiando sus manos para que reconocieran la textura fría del metal y la flexibilidad del material antes de abrochar la última hebilla en su espalda—. Cada ajuste es un límite claro. Un espacio donde puedes soltarte porque yo sostengo el resto.

Ella exhaló un suspiro tembloroso, con el pecho agitando ligeramente las argollas del arnés. La venda de seda negra sobre sus ojos acentuaba cada uno de sus movimientos, volviéndola magnéticamente receptiva al roce del aire.

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