Cinco años atrás, Agustina perdió al amor de su vida. Hoy, Louis ha regresado.
Lo que él no sabe es que tiene un hijo.
Y acaba de salvarlo.
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El lugar que siempre estuvo vacío
En la escuela, Leo no se encontraba muy bien.
Durante el recreo, estaba sentado con su comida cuando escuchó a Mauro hablar con otros niños.
—Mauro, tu papá es genial —dijo uno de ellos.
Mauro sonrió orgulloso.
—Sí, es el mejor de todos. Tiene una empresa muy grande. Mi mamá es modelo y mis abuelos son los más ricos del barrio.
En ese momento, Leo pasó cerca de ellos.
Mauro lo vio y sonrió con malicia.
—Oh, miren ¿que pasa?… niño sin papá.
Los demás comenzaron a reír.
Leo hizo un pequeño puchero y apretó su comida contra el pecho.
—¿Y qué llevas ahí, niño? —preguntó uno de ellos antes de empujarlo.
Leo cayó sentado y su comida terminó en el suelo.
—¡Oye, mi comida!
—¿Quién te hizo esto? ¿La gente del orfanato? —se burló otro.
—¡Me lo hizo mamá! —dijo uno mientras le quitaba lo que quedaba de su comida.
Los niños volvieron a reír.
Leo apretó los puños.
—¡Yo no soy ningún niño huérfano! ¡Tengo mamá y papá! ¡Ya lo verán!
Y salió corriendo.
De regreso en el aula, Leo se acercó a su maestra.
—Señorita… —dijo mientras jugaba nerviosamente con sus manos.
—¿Qué pasa, Leo? —preguntó ella.
—No me siento bien. No puedo respirar.
La maestra se preocupó inmediatamente.
Mientras tanto, en el hospital, Louis se encontraba en su consultorio.
De repente, la puerta se abrió.
—¡Papi! —exclamó una pequeña voz.
Louis levantó la mirada.
—¡Erica!
Se levantó rápidamente y fue hacia ella. La tomó en brazos.
—Amor.
En ese momento entró Carolina.
—Hola.
Louis se puso serio e incómodo.
—Carolina… —intentó sonreír.
Mientras estaba con su familia, Louis vio pasar a Agustina por el pasillo.
Pero ella no lo vio.
En el área de Pediatría, Cristian estaba junto a Leo.
—Tío… me siento mal. No puedo respirar —dijo el pequeño entre lágrimas.
—No pasa nada, Leo. Estoy aquí —respondió Cristian, preocupado.
En ese momento Andrés los vio.
—¿Qué pasa?
Cristian se acercó.
—Tiene fiebre y no puede respirar. Empezó ayer.
Andrés se preocupó.
—Quizá sea un resfriado. Mónica cuando lo cuidó lo tenía con muy poco abrigo. Pero vamos a revisarlo.
Se llevaron a Leo para examinarlo.
Después de revisarlo, Andrés cambió su expresión.
Se quedó serio.
En ese momento entró Agustina.
—¡Leo!
Corrió hacia él y lo abrazó.
—Mami… —susurró el niño.
Agustina lo apretó contra su pecho.
—¿Qué le pasa a mi hijo?
Andrés respiró profundamente.
—Es algo serio. Tiene las amígdalas muy inflamadas y también parece tener las adenoides afectadas. Necesita ser derivado a cirugía de manera urgente.
Agustina palideció.
—¿Operación?
Andrés asintió.
—Sí.
Ese mismo día, Leo quedó internado.
Agustina estaba completamente preocupada.
—No pasa nada, hermana. Seguro que todo va a salir bien —intentó tranquilizarla Cristian.
Pero Agustina apenas podía contener las lágrimas.
Andrés caminó seriamente hasta el consultorio de Louis.
Tocó la puerta.
Antes de que Louis pudiera responder, una pequeña niña abrió.
—¡Buuu! —exclamó Erica entre risas.
—Erica —dijo Louis al verla.
Andrés observó la escena.
—Veo que tienes visitas.
—Es solo mi hija —respondió Louis con una sonrisa.
Andrés lo miró fijamente y apretó los puños.
—¿Así que tienes una hija?
Louis frunció el ceño.
—Sí. No tuvimos tiempo de hablar de eso. Tiene tres años.
Andrés le entregó los documentos de Leo.
—Tienes una operación. Es urgente.
Louis miró los papeles.
—No puedo operar ahora. Tengo otras cosas que hacer.
Andrés lo observó con incredulidad.
En ese momento salió Carolina.
—Amor, vamos. Mi papá necesita tu ayuda.
Después miró a Andrés.
—Ah, hola. Soy Carolina Wilson.
Andrés le tomó la mano brevemente.
—Mucho gusto.
Luego volvió a mirar a Louis.
—Louis, esto es en serio. Me dijeron que eres excelente en esto. Por favor.
Y se marchó.
Carolina miró a Louis.
—¿Qué le pasa a ese?
Louis no respondió.
Ella tomó su mano y se lo llevó junto con Erica.
Mientras tanto, Agustina estaba sentada en la sala de espera, llorando.
Mónica se acercó.
—Amiga, no pasa nada. Todo va a estar bien.
—Mi Leo… es tan pequeño para sufrir estas cosas —susurró Agustina.
Mónica la abrazó.
En ese momento apareció Andrés.
—Maldito idiota… ni siquiera sabe que es su hijo —murmuró al ver a Louis a lo lejos.
Después se acercó a Agustina y comenzó a tranquilizarla.
En la sala del director, una pequeña niña corrió hacia un hombre.
—¡Abuelito!
Él la levantó en brazos.
—Mi niña. Veo que llegaron bien.
—Sí, papá. Llegamos antes de que cayera la nieve. Odio la nieve, da frío —dijo Carolina entre risas.
Louis miró hacia la ventana.
La nieve comenzaba a caer.
Y, al verla, un recuerdo apareció en su mente.
Años atrás
La nieve caía lentamente.
—Louis —dijo Agustina con una sonrisa—. ¡Mira! Un muñeco de nieve.
Louis sonrió.
—Es muy lindo.
—¡Andrés, ten cuidado! —advirtió.
—¡Oye! ¡Me resbala!
Andrés perdió el equilibrio.
Louis se levantó.
—Debo hacer una operación.
El hombre lo miró sorprendido.
—¿Qué?
—Sí. Cuide a mi familia.
Y se marchó.
El hombre lo observó alejarse.
—¿Qué le pasa a él? Hija, qué hombre tan raro te viniste a casar.
Agustina sonrió.
—Papá, es un buen hombre.
Mientras tanto, Erica seguía jugando y Carolina apretaba su bolso.
Louis volvió al presente.
Cuando pasó por la sala de internación, volvió a ver al pequeño.
Otra vez él.
—¿Qué hace ese niño aquí? —preguntó, curioso.
Entró.
Leo lo reconoció inmediatamente y sonrió.
—Hola, señor —susurró—. Nos volvemos a ver.
Louis sonrió.
—Sí… eso creo. ¿Qué pasa?
Leo bajó la mirada.
—Me dijeron que tengo que operarme de la garganta. Tengo miedo… —susurró—. Pero no quiero asustar a mami.
Las palabras tocaron algo dentro de Louis.
Se acercó un poco más.
—¿Cuántos años tienes?
—Tengo cinco años.
—Cinco años… —sonrió Louis—. ¿Sabes? Yo también tuve mucho miedo cuando tenía tu edad.
Leo levantó la mirada.
—¿Por qué?
—Tengo un hermano mellizo. Cuando éramos pequeños, él estaba enfermo y tuve que donarle un poco de mí.
Leo abrió los ojos.
—¿Y no lloraste?
Louis soltó una pequeña risa.
—Un poco. Pero mi papá estaba allí y me cuidó mientras mi mamá cuidaba a mi hermano.
Leo bajó la mirada.
—Tienes suerte… Yo no tengo papá.
Louis dejó de sonreír.
—¿No tienes papá? ¿Murió?
Leo negó con la cabeza.
—No sé. Mi mamá dice que está lejos y que algún día volverá. Pero por las noches ella llora porque él no está.
El pequeño apretó las sábanas.
—Tengo miedo.
Louis lo observó en silencio.
Sin entender por qué, sintió una necesidad enorme de protegerlo.
—Ya sé qué haremos. Me quedaré aquí contigo hasta que te duermas.
Leo lo miró sorprendido.
—¿En serio?
Louis asintió.
—En serio.
Leo tomó su mano.
Louis se sentó junto a la cama.
Poco a poco, el niño se acomodó y cerró los ojos.
Y mientras Leo se quedaba dormido, Louis permaneció allí, sosteniendo su pequeña mano.
Al día siguiente…