una mujer llamada Sara, trabaja todos los días para que el dios Zeus no destruya la tierra, Ares y Afrodita se enamoran de ella (LGBTQI+)
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Capítulo 10: La diosa de la discordia
Una suave neblina cubría los jardines del Olimpo.
Oculta entre las estatuas de mármol, Eris> sonreía mientras observaba a Ares y Afrodita alejarse por caminos distintos.
—Qué predecibles... —susurró—. Dos dioses inmortales interesados en la misma mortal.
Sus ojos brillaron con malicia.
—Si juego bien mis cartas, el Olimpo se destruirá desde dentro.
Con un movimiento de su mano, una pequeña manzana dorada apareció entre sus dedos.
No era la legendaria Manzana de la Discordia, sino una réplica creada con una pequeña parte de su poder.
—No necesito una gran guerra... solo una pequeña chispa.
Y desapareció entre una nube de humo negro.
En la Tierra, Sara comenzaba una nueva jornada.
El mercado ya estaba recuperándose gracias al esfuerzo de todos.
Mientras acomodaba unas cajas de verduras, don Ernesto, el dueño de la antigua panadería, se acercó a ella.
—Sara.
—¡Don Ernesto! ¿Cómo está?
El hombre sonrió.
—Conseguí un poco de harina.
Los ojos de Sara se iluminaron.
—¿De verdad?
—No es suficiente para abrir todos los días... pero sí para hacer algunos panes.
Sara no pudo ocultar su felicidad.
—¡Eso es una gran noticia!
—Y quería preguntarte si volverías a trabajar conmigo.
Sin pensarlo dos veces, respondió:
—Claro que sí.
El anciano soltó una carcajada.
—Sabía que aceptarías.
Desde el Olimpo, Afrodita observaba la escena a través del Espejo del Mundo.
Sonrió con ternura.
—Mira cómo se alegra por algo tan sencillo...
Ares apareció detrás de ella.
—Es porque volvió a tener trabajo.
—No.
Afrodita negó con la cabeza.
—Se alegra porque otra persona recuperó la esperanza.
Ares volvió a mirar el espejo.
Cuanto más observaba a Sara, más difícil le resultaba verla como una simple mortal.
Esa tarde, mientras Sara amasaba pan en la panadería, entró una anciana.
Llevaba la ropa mojada y apenas podía mantenerse en pie.
—Disculpen...
—¿Sí? —preguntó Sara.
—No tengo dinero...
La joven miró los pocos panes que habían logrado hornear.
Don Ernesto apenas tendría ganancias ese día.
Aun así, tomó uno de los panes más grandes y se lo entregó.
—Aquí tiene.
La anciana abrió los ojos con sorpresa.
—Pero... no puedo pagarlo.
Sara sonrió.
—Cuando pueda ayudar a otra persona, ese será el pago.
La mujer comenzó a llorar.
—Gracias, hija.
La anciana salió lentamente del lugar.
Sin que Sara lo supiera...
Aquella anciana era Eris disfrazada.
Al doblar una esquina, la expresión de la diosa cambió por completo.
—Interesante...
Miró el pan entre sus manos.
—Ni siquiera dudó en compartir lo poco que tenía.
Durante un instante sintió algo extraño.
¿Admiración?
Sacudió la cabeza.
—No.
La bondad solo hace más divertido romper un corazón.
Aquella noche, Ares descendió nuevamente al mundo de los mortales.
Había prometido no interferir.
Solo observar.
Se sentó en el techo de un edificio, desde donde podía ver la pequeña casa de Sara.
Las luces se encendieron.
A través de la ventana la vio reír junto a su madre y Daniel mientras compartían el pan que había sobrado.
No era un gran banquete.
Pero parecían felices.
—Así que esto es un hogar... —murmuró.
En el Olimpo, los dioses tenían todo cuanto podían desear.
Sin embargo, rara vez compartían una comida o una conversación sencilla.
Por primera vez, Ares sintió envidia de una familia mortal.
En otro lugar de la ciudad, Afrodita también observaba a Sara.
Sonrió al verla ayudar a Daniel con una tarea de matemáticas.
—Tiene paciencia...
Mientras la contemplaba, una voz surgió detrás de ella.
—¿Ya aceptaste que estás enamorada?
Afrodita se dio la vuelta sobresaltada.
Era Eris.
—¿Qué haces aquí?
Eris sonrió con picardía.
—Solo vine a conversar.
—No tengo nada que hablar contigo.
—¿Segura?
La diosa de la discordia caminó lentamente alrededor de Afrodita.
—Porque Ares también viene a verla.
Afrodita guardó silencio.
—Y tú lo sabes.
—Eso no significa nada.
Eris soltó una pequeña risa.
—Todavía no.
Se acercó hasta quedar frente a ella.
—Pero llegará el día en que ambos quieran el mismo corazón.
Después desapareció entre las sombras.
Afrodita permaneció inmóvil.
Nunca había pensado en Ares como un rival.
Pero las palabras de Eris sembraron una pequeña duda.
¿Y si era verdad?
Al mismo tiempo, en otra parte de la ciudad, Ares levantó la vista hacia la luna.
No sabía por qué había regresado.
Solo quería asegurarse de que Sara estuviera bien.
Sin embargo, una sensación extraña invadía su pecho.
Era un sentimiento nuevo.
Uno que ni las batallas ni las victorias le habían provocado jamás.
Mientras tanto, desde la ventana de su habitación, Sara observó el cielo estrellado.
Sin saber por qué, sonrió.
—Buenas noches, Ario... Buenas noches, Afro...
Sus palabras fueron llevadas por el viento.
Y, por un instante, tanto Ares como Afrodita sintieron una inexplicable calidez en el corazón, como si hubieran escuchado su voz.
El destino de los tres comenzaba a unirse de una forma que ni siquiera los dioses podían controlar.
Pero, entre las sombras, Eris ya preparaba su siguiente movimiento.
Y esa vez, no solo pondría a prueba el corazón de Sara.
También pondría a prueba la amistad entre Ares y Afrodita.
Fin del Capítulo 10.