Durante tres años, Adrián Montenegro entregó su corazón a una esposa que jamás dejó de amar a otro hombre. Mientras Valeria sacrificaba todo por su primer amor, él soportaba cada desprecio en silencio.
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Sin darse cuenta...
Durante las siguientes semanas, algo comenzó a cambiar.
No ocurrió de golpe.
No hubo una declaración.
Ninguno de los dos dijo que estaba enamorándose.
Ni siquiera hablaron de lo que sentían.
Simplemente comenzaron a buscarse.
Al principio eran encuentros casuales.
Un café después del trabajo.
Una caminata por el centro.
Una cena sencilla.
Una conversación que comenzaba hablando de cualquier tontería y terminaba extendiéndose durante horas.
Después comenzaron los mensajes.
Primero eran breves.
¿Ya llegaste?
Sí. ¿Tú?
También.
Pero poco a poco aquellos mensajes comenzaron a cambiar.
¿Ya comiste?
Todavía no.
Entonces espera. Conozco un lugar.
Y así, sin darse cuenta, Adrián comenzó a modificar pequeñas cosas de su rutina.
Antes salía de la oficina y regresaba directamente a su apartamento.
Ahora, algunas tardes, miraba el teléfono esperando encontrar un mensaje de Amelia.
Y cuando aparecía su nombre en la pantalla, una sonrisa involuntaria aparecía en su rostro.
Gabriel fue el primero en notarlo.
—Estás sonriendo.
Adrián levantó la mirada de los documentos.
—¿Y?
Gabriel lo observó unos segundos.
—Nada.
—Entonces sigue trabajando.
—No dije nada.
—Pero estás pensando demasiado.
Gabriel sonrió.
—No necesito pensar demasiado.
Adrián dejó el bolígrafo sobre el escritorio.
—Gabriel...
—Está bien, está bien.
Gabriel levantó las manos.
—No voy a preguntar.
Hizo una pausa.
—Todavía.
Adrián negó con la cabeza.
—Eres insoportable.
—Y tú estás diferente.
Aquella frase hizo que Adrián dejara de sonreír.
—¿Diferente cómo?
Gabriel se encogió de hombros.
—Más tranquilo.
Adrián bajó la mirada.
Aquello era cierto.
Hacía mucho tiempo que no se sentía así.
No completamente feliz.
Todavía no.
Pero sí tranquilo.
Y para alguien que había pasado años intentando sostener un matrimonio que ya estaba roto, aquella tranquilidad significaba mucho.
---
Esa tarde Amelia lo esperaba en una pequeña cafetería.
Habían quedado para tomar algo antes de que ella regresara a casa.
Cuando Adrián entró, ella levantó la mano para llamar su atención.
—¡Aquí!
Adrián sonrió y caminó hacia ella.
—Perdón por llegar tarde.
—Llegaste tres minutos tarde.
—Lo sé.
—Eso no cuenta como tarde.
—Para mí sí.
Amelia soltó una pequeña risa.
—Eres demasiado serio.
—Y tú demasiado tranquila.
—Alguien tiene que compensarlo.
Adrián tomó asiento.
—¿Cómo estuvo tu día?
Amelia suspiró dramáticamente.
—Terrible.
—¿Qué pasó?
—Mi jefe.
—¿Otra vez?
—Otra vez.
Adrián sonrió.
Ella comenzó a contarle lo ocurrido.
Él la escuchó.
No interrumpió.
No intentó darle soluciones inmediatamente.
Simplemente estuvo allí.
Y Amelia comenzó a darse cuenta de algo.
Adrián escuchaba de verdad.
No fingía.
No miraba el teléfono.
No parecía estar esperando su turno para hablar.
La escuchaba.
Cuando terminó, él preguntó:
—¿Quieres que te dé un consejo o solamente quieres que diga que tu jefe es insoportable?
Amelia se quedó mirándolo.
Después comenzó a reír.
—La segunda opción.
—Tu jefe es insoportable.
—Gracias.
—De nada.
Los dos rieron.
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Más tarde salieron de la cafetería.
El cielo comenzaba a oscurecerse.
Amelia caminaba junto a él mientras hablaba sobre un libro que había leído recientemente.
Adrián la escuchaba.
Hasta que ella se detuvo.
—Espera.
—¿Qué pasó?
Amelia señaló una pequeña librería al otro lado de la calle.
—Ese lugar.
—¿Qué tiene?
—Me gusta.
—¿Quieres entrar?
Ella lo miró.
—¿No tienes prisa?
Adrián negó.
—No.
—¿Seguro?
—Sí.
Amelia sonrió.
—Entonces vamos.
Entraron.
El lugar estaba casi vacío.
Había estanterías antiguas, lámparas cálidas y ese característico olor a papel.
Amelia comenzó a recorrer los libros.
Adrián caminaba detrás de ella.
—¿Qué estás buscando?
—No sé.
—Eso ayuda mucho.
—Estoy buscando algo que me sorprenda.
Adrián sonrió.
—Entonces estás buscando el libro equivocado.
Amelia giró.
—¿Por qué?
—Porque si sabes qué estás buscando, ya no puede sorprenderte.
Ella lo observó.
—Eso fue bastante profundo.
—No era mi intención.
—Peor.
Amelia tomó un libro de una estantería.
—¿Y tú?
—¿Yo qué?
—¿Qué libro te representa?
Adrián la miró con desconcierto.
—¿Cómo que qué libro me representa?
—Sí.
—No sé.
—Piénsalo.
Adrián recorrió las estanterías.
Finalmente tomó uno.
Amelia miró la portada.
—¿Ese?
—Sí.
—¿Por qué?
Adrián lo observó unos segundos.
—Porque trata de empezar de nuevo.
Amelia dejó de sonreír.
Lo miró.
—¿Eso es lo que estás haciendo?
Adrián permaneció en silencio.
—Creo que sí.
Ella asintió.
—Yo también.
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Cuando salieron de la librería ya era de noche.
Amelia llevaba el libro bajo el brazo.
Adrián caminaba a su lado.
—Gracias.
—¿Por qué?
—Por quedarte.
Adrián la miró.
—No tenía nada mejor que hacer.
Amelia sonrió.
—Mentiroso.
—¿Cómo sabes?
—Porque siempre tienes algo que hacer.
Adrián no respondió.
Ella tenía razón.
Siempre había trabajo.
Reuniones.
Decisiones.
Problemas.
Responsabilidades.
Pero últimamente comenzaba a comprender que no todo tenía que girar alrededor de Grupo MTG.
Había una vida fuera de aquella oficina.
Y Amelia estaba comenzando a formar parte de ella.
Sin exigirlo.
Sin pedirlo.
Simplemente estaba allí.
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Al llegar al automóvil, Amelia se detuvo.
—Adrián.
—¿Sí?
—Hay algo que nunca te he preguntado.
—¿Qué?
Ella dudó.
—¿A qué te dedicas exactamente?
Adrián se quedó quieto.
Había evitado aquella conversación desde el principio.
No porque quisiera mentirle.
Simplemente porque quería saber si Amelia podía conocerlo sin que su posición económica influyera en la manera en que lo veía.
—Trabajo en una empresa.
Amelia frunció el ceño.
—Eso ya lo sé.
—¿Entonces?
—¿Qué haces ahí?
Adrián sonrió ligeramente.
—Muchas cosas.
—Eso tampoco responde.
—Es complicado.
Amelia lo miró durante unos segundos.
Finalmente suspiró.
—Está bien.
—¿No vas a insistir?
—No.
—¿Por qué?
Ella abrió la puerta del automóvil.
—Porque cuando estés preparado, me lo contarás.
Adrián sintió algo en el pecho.
Aquella respuesta volvió a sorprenderlo.
Valeria siempre había querido saber qué podía obtener de él.
Amelia quería saber quién era.
Era diferente.
Completamente diferente.
—Amelia.
Ella se volvió.
—¿Sí?
Adrián la miró.
—Gracias.
—¿Por qué?
—Por no presionar.
Ella sonrió.
—Todos tenemos cosas que necesitamos contar cuando estamos preparados.
Subió al automóvil.
Antes de cerrar la puerta, lo miró nuevamente.
—Buenas noches, Adrián.
—Buenas noches.
El automóvil comenzó a alejarse.
Adrián permaneció allí.
Mirándolo desaparecer.