Valeria Silva lo perdió todo a los 24: su libertad, su dignidad y 2 costillas rotas a manos de Ricardo del Valle.
Escapó con 2.7 millones robados y una promesa: nunca más.
8 años después es CEO, madre de 118 niños rescatados y el objetivo #1 de Errol Musk, el hombre que trafica con “Oro Rojo”: niños.
Cuando Errol quema sus casas y secuestra a Ana, su hija de 8 años, Valeria deja de ser CEO.
Vuelve a ser superviviente.
Junto a Gael Torres, (su primer Amor) que mató a su ex por ella, lanzan Operación Cuna: rescatar a 844 niños y enterrar a 750 monstruos.
"No dejes monstruos sobre la faz de la tierra"
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Capítulo 7 : La mano izquierda.
Wiiii-uuuuuu. Wiiii-uuuuuu.
Las sirenas cada vez más cerca, los focos azules ya pintan la niebla de la calle.
Gael niega con la cabeza. Débil. Rendido.
"Vete. Llévatelas. Yo me quedo. Diré que fui yo solo."
Ni de coña.
Me lanzo hacia él. Agarro las manos heladas de las dos niñas con mi izquierda, están temblando. Tienen 13 años y ya vieron el infierno.
Con la derecha, agarro a Gael por la camisa blanca empapada de sangre, la que era mía, ahora nuestra.
"Vamos. Sígueme", mi voz no admite réplica. No soy la Valeria de hace 8 años. No soy la criada de Ricardo. "Iremos a un lugar seguro."
Él me mira como si estuviera loca. Quizás lo estoy.
"Valeria, no. Si te pillan conmigo, con ellas... lo pierdes todo. Tu empresa. Tu vida."
"Ya lo perdí todo cuando te dejé", grito. Y es verdad. "Ahora solo me queda elegir cómo me arruino. Y elijo hacerlo contigo."
Tiro de él. Se tambalea, pero camina, porque por primera vez en años, alguien tira de él en vez de empujarlo.
"¿Adónde?", susurra, mientras las niñas se pegan a mis piernas.
"Al único sitio donde Ricardo no puede entrar sin invitación."
Salimos por la puerta lateral del almacén, el polígono está oscuro, mi todoterreno a 50 metros.
¡BANG!
Un disparo pasa zumbando al lado de mi cabeza, la bala suena en un contenedor.
"¡ALTO! ¡POLICÍA!"
Mierda.
Gael reacciona por instinto, se pone delante de nosotras tres. Siempre delante. Siempre recibiendo las balas.
"Corre", me dice sin mirarme. "No mires atrás."
"Lo que haga tu mano derecha, que no se entere la izquierda", me dijiste. Pues hoy mi mano izquierda te arrastra al coche, templario.
"No", le clavo las uñas en el brazo herido. Él sisea. "O nos vamos los cuatro, o aquí morimos."
Otra ráfaga. ¡BANG! ¡BANG!
Las niñas gritan. Yo grito.
Y Gael hace algo que no me espero.
Me besa.
Fuerte. Desesperado. Sabe a sangre, a sal y a ocho años de culpa.
Cuando se separa, sus ojos ya no son verdes. Son fuego.
"Al coche. Ya."
Corremos. Cojeando. Tropezando. Yo con una niña en cada mano, él cubriendo la retaguardia.
Llegamos, las meto detrás, Él entra de copiloto.
Arranco quemando rueda justo cuando tres patrullas entran al polígono, los remolques cubren la vista de mi auto.
45 minutos después. Ático de Valeria. Piso 30.
Cierro todas las persianas, desactivo el ascensor privado. Código rojo.
Las niñas están en mi cama, dormidas bajo sedantes que tenía de mi insomnio.
Se llaman Ana y Sofía. Como mi madre y mi abuela. El universo es un cabrón irónico.
Gael está en mi cocina, sin camisa, vuelvo a curarlo. Esta vez la herida es peor, la bala le rozó el costado en el puerto.
"Deberías haberme dejado", dice mientras le desinfecto. No me mira. Le da vergüenza que lo cuide. "Ahora la policía tiene tu matrícula. Tu cara. Eres cómplice."
Termino de vendarlo, me siento a horcajadas sobre él en la silla. Para que me mire. Para que no huya.
"Escúchame bien, Gael Torres", le agarro la cara con las dos manos. Mano derecha y mano izquierda. Las dos saben. "Anoche dijiste que no confiabas en mí. Que la izquierda no debe saber."
Le rozo la cicatriz de la ceja con el pulgar.
"Pues hoy mi mano izquierda te salvó. Y mi mano derecha va a hundir a Ricardo."
Él frunce el ceño. "¿De qué hablas?"
Saco mi móvil, pongo un video.
Es de hace 3 horas. La cámara de mi oficina. Antes de que Gael llegara.
Ricardo. Con el látigo. "Ponte de rodillas, Valeria. Como la criada que eres."
Se ve todo. Se escucha todo. Y se ve perfecto cómo Gael entra a salvarme, en defensa propia.
"Lo grabé todo", susurro. "Desde que entraste, seguridad activó el protocolo, pero yo desvié la señal, solo yo tengo la copia."
Gael palidece. "Valeria... eso... eso me limpia. Pero hunde a Ricardo para siempre."
"Exacto." Sonrío. Y no es una sonrisa buena. Es la sonrisa que aprendí después de 3 años con él. "Así que ahora tú y yo estamos en paz. Tú matas por las que no tienen voz. Y yo... yo destruyó imperios con un click."
Se queda sin aire, me mira como si me viera por primera vez. No a la niña que dejó. No a la CEO. A mí.
"¿Quién eres?", susurra.
Me inclino, apoyo mi frente en la suya, como él hizo en el almacén.
"Soy la mano izquierda que decidio saber, y no, no pienso soltarte."
Ding-dong.
El timbre del ático.
Nos congelamos.
Miro las cámaras, en la puerta de mi piso, con la policía detrás, está Ricardo.l, con el brazo en cabestrillo, la cara morada, y en la mano...
Una carpeta.
Gael se levanta de golpe, ignorando el dolor, se pone delante de mí otra vez.
"Abre", dice Ricardo a la cámara, con una sonrisa rota. "Tengo pruebas, Valeria. Pruebas de que tu vagabundo es el famoso 'Justiciero del Billete'. Y si no abres, esta noche esas dos niñas que robaste del puerto... aparecen muertas."
Las niñas, Ana y Sofía, dormidas en mi cuarto.
Gael y yo nos miramos.
La guerra acaba de empezar.