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Cuando Regresa El Pasado

Cuando Regresa El Pasado

Status: Terminada
Genre:Mafia / Madre soltera / Completas
Popularitas:52
Nilai: 5
nombre de autor: Mary Mendes

Nina se enamoró de un hombre que nunca existió.
Él mintió sobre su nombre. Sobre su vida. Sobre quién era en realidad.
Y cuando desapareció, se llevó la verdad con él.
Embarazada, lo buscó incansablemente — pero el hombre que amó parecía no haber dejado huellas.
Cinco años después, su hijo enferma.
La única esperanza es encontrar al padre del niño.
Lo que Nina no imagina es que el hombre que la engañó es Marco Lombardi — brazo derecho de la mafia italiana, leal a la familia y demasiado peligroso para ser amado.
Cuando el pasado regresa, no pide permiso.
Cambia destinos.
Y puede costarle todo.

NovelToon tiene autorización de Mary Mendes para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 23

Isabela Lombardi

La fiesta de los niños deja el jardín irreconocible. Globos coloridos prendidos a los árboles, mesas con dulces, personajes disfrazados caminando entre risas que intentan, por algunas horas, vencer el dolor.

Yo camino despacio por el césped cuando siento un impacto leve.

Un niño choca conmigo.

Instintivamente, sujeto sus hombros para que no se caiga.

—Cuidado, querido…

Él levanta el rostro hacia mí.

Y todo se detiene.

Mi corazón falla un latido.

Aquel rostro.

Los mismos ojos verdes vivos. La misma forma de la nariz. La boca dibujada del mismo modo. Hasta la forma de fruncir levemente la frente cuando se da cuenta de que hizo algo mal.

Marco.

Mi hijo a los cinco años.

No es apenas semejanza.

Es el mismo rostro.

Yo me quedo mirando, incapaz de disimular el shock. Mis manos permanecen en sus hombros por demasiado tiempo.

—Disculpa — dice, educado.

—¿Cuál es tu nombre, querido?

—Mateo Rinaldi — Dice orgulloso

La voz me atraviesa, pero yo todavía estoy presa a los rasgos.

De repente, una mujer se acerca apurada.

—¿Está todo bien?

Yo demoro un segundo en responder, aún observando al niño.

—Está… sí. Él solo chocó conmigo.

El niño se suelta y sale corriendo de vuelta hacia los juguetes, ajeno al terremoto silencioso que dejó en mí.

Yo sigo mirando.

La madre acompaña al hijo con los ojos atentos, protectora.

Yo me viro hacia ella y extiendo la mano.

—Isabela Lombardi.

Ella aprieta mi mano con firmeza.

—Nina Rinaldi. Nosotros acabamos de llegar.

Rinaldi.

—¿Él es su hijo? — Yo pregunto.

—Sí. —

—¿Cuántos años tiene? —

—Cinco años. —

Repito el apellido mentalmente, pero mis ojos vuelven hacia el niño.

Él corre hasta uno de los personajes disfrazados y después se vira, gritando animado:

—¡Mamá! Toma una foto para mandarle a la madrina.

La misma postura.

La misma forma de alzar el brazo.

Mi pecho aprieta de una forma que yo no sé explicar.

Yo observo mientras Nina toma el celular.

Y, mientras ella encuadra la foto, yo sigo mirando al niño.

Porque cuanto más miro…

Más veo a Marco.

Yo sigo mirando.

Es como si yo hubiera vuelto en el tiempo. Como si estuviera en el jardín de nuestra antigua casa, viendo a Marco correr detrás de una pelota, con la misma expresión viva.

Pero ese niño está peladito. Flaco. Usando un gorro azul.

Y aún así…

Aún así es el rostro de mi hijo.

Mi mente comienza a juntar las piezas con una calma que solo los años me dieron.

Si ese niño es lo que yo estoy pensando…

Si Marco tiene un hijo y no lo sabe…

Mi pecho aprieta.

No.

Mi hijo no abandonaría a un hijo.

Pero también sé que el silencio entre dos adultos puede esconder verdades mal resueltas.

Yo necesito tener certeza.

Porque, si aquel niño es mi nieto…

Nada en este mundo va a mantenerme lejos de él.

Cinco años.

El niño tiene cinco años.

Marco se cerró para el mundo hace cinco años.

Y ahora estoy delante de un niño que es la copia fiel de mi hijo en la infancia…

Yo sigo mirando al niño, intentando encontrar una diferencia. Un detalle que quiebre la ilusión.

No encuentro.

Mis manos comienzan a sudar. El corazón late demasiado fuerte.

Yo no puedo estar enloqueciendo.

Disfrazo, me alejo algunos pasos y tomo el celular de la bolsa. Mis manos tiemblan mientras busco el contacto.

Romeo.

Él atiende en el segundo toque.

—¿Isa?

—Yo necesito que tú vengas al hospital. Ahora.

—¿Qué pasó?

—Es una emergencia.

No explico. No por teléfono. Mi voz ya denuncia lo suficiente.

—Estoy yendo.

Apago y vuelvo la mirada hacia el jardín. El niño sigue riendo, corriendo de un lado para el otro. Nina conversa con otra madre, distraída.

Pero yo no consigo desviar los ojos de él.

Veinte minutos después, veo a Romeo atravesando el portón con el semblante preocupado. Él me busca hasta encontrarme cerca de los árboles.

—Isabela, ¿qué hubo?

Sujeto el brazo de él.

—Ven conmigo.

Lo llevo hacia el rincón más alejado del jardín, lejos del ruido y de los niños.

Respiro hondo, pero las palabras salen atropelladas.

—Hay un niño allí… Romeo, tú necesitas ver.

Él frunce la frente.

—¿Un niño?

—Él es igual a Marco.

Romeo queda en silencio por un segundo.

—¿Igual cómo?

—Igual. No parecido. Igual. El rostro, los ojos, la boca… es Marco cuando era niño.

Él pasa la mano por el rostro, intentando mantener la calma.

—Isa, eso es imposible.

—¡Yo sé que es imposible! — mi voz falla. —Pero tú necesitas mirar. Porque yo no voy a enloquecer sola.

Sujeto la mano de él con fuerza.

—Si es solo cosa de mi cabeza, tú vas a decirme. Pero si tú miras y ves lo que yo vi…

No consigo terminar la frase.

Del otro lado del jardín, el niño ríe fuerte.

Y el sonido atraviesa la distancia como un eco del pasado.

Romeo respira hondo, aún pensando que es exageración mía.

—Isa…

—Solo mira — yo interrumpo, apuntando discretamente.

El niño está parado cerca de la mesa de dulces, escogiendo un brigadeiro. Él inclina la cabeza hacia el lado, concentrado.

Romeo sigue la dirección de mi mirada.

Y entonces él ve.

Yo siento la mano de él endurecerse dentro de la mía.

El silencio entre nosotros cambia de peso.

El rostro de él pierde el color.

—No… — él murmura, casi inaudible.

El niño ríe de algo que otro niño dice. Vira el rostro de perfil.

Es aún peor.

El mismo perfil de Marco cuando era pequeño. El mismo mentón levemente marcado. La misma forma de entrecerrar los ojos cuando sonríe.

Romeo da un paso al frente sin percibir.

—Isa…

La voz de él ahora no tiene firmeza.

—Tú estás viendo, ¿no es así? — yo susurro.

Él traga saliva.

—Estoy.

No es imaginación. No es exageración de madre.

Nosotros dos estamos viendo la misma cosa.

El niño corre de vuelta hasta la mujer —Nina— y sujeta la barra de la blusa de ella.

—¡Mamá, mira!

La palabra resuena dentro de mí.

Romeo cierra los ojos por un segundo, como si estuviera intentando reorganizar el mundo.

Cuando él abre nuevamente, sigue mirando al chico.

—Eso no es coincidencia — él dice, finalmente.

Y por primera vez, lo imposible comienza a ganar forma entre nosotros.

La emoción me atropella de una vez.

El aire falta.

Yo comienzo a reír.

Y en el mismo instante comienzo a llorar.

Es descontrolado. Es absurdo. Es como si años de algo que yo ni sabía que esperaba estuvieran explotando dentro de mí.

—Isa… — Romeo sujeta mis hombros.

Yo cubro la boca con la mano, pero las lágrimas escurren sin permiso.

—Es él… Romeo… mira para él… — mi voz sale quebrada.

—Es el hijo de Marco.

Él me jala hacia más cerca, intentando mantenerme firme.

—Isabela, tú no puedes precipitarte.

Yo balanceo la cabeza, pero sigo mirando hacia el jardín, hacia aquel niño que ahora posa para una foto, sonriendo exactamente como mi hijo sonreía.

—Primero nosotros necesitamos tener certeza — Romeo continúa, la voz baja, racional.

—No podemos llegar a conclusiones así. Necesitamos conversar. Entender.

Yo cierro los ojos por un segundo, intentando respirar.

—Y necesitamos hablar con Marco — él completa.

El nombre de mi hijo me atinge diferente ahora.

Yo asiento lentamente.

—Yo sé… yo sé.

Pero llevo la mano al pecho.

—Solo que mi corazón ya sabe, Romeo.

Mi voz sale casi en susurro.

—Él es nuestro nieto.

Romeo me observa en silencio. No me contradice esta vez.

Él apenas sujeta mi mano con más fuerza.

—Vamos a salir de aquí antes de que tú hagas alguna cosa por impulso.

Yo doy una última mirada hacia el jardín.

El niño ríe otra vez.

Y yo siento algo que nunca sentí antes.

Un reconocimiento.

Romeo me guía con cuidado hasta la salida, alejándome del sonido de los niños, de los colores, de la risa que ahora resuena dentro de mí de otra forma.

Mientras atravesamos el portón del hospital, una única certeza palpita en mi pecho:

Aquello no fue coincidencia.

Es destino golpeando en nuestra puerta.

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