NovelToon NovelToon
La Mujer del Capo

La Mujer del Capo

Status: Terminada
Genre:Posesivo / Intrigante / Mafia / Amor a primera vista / Completas
Popularitas:7.6k
Nilai: 5
nombre de autor: Izuki

Renata Solís nunca imaginó que una cara del pasado volvería a destruirle la vida.

Profesora de idiomas en la Universidad Nacional de Miravalle, inteligente, independiente y con un futuro prometedor, Renata cree haber dejado atrás la noche más oscura de su existencia. Hasta que lo ve a *él* —Dante Montero, heredero del imperio más poderoso de la ciudad— y reconoce en su rostro al hombre que debería estar muerto.

Dante Montero no es quien dice ser. Detrás del traje a medida, la torre de cristal y el apellido que hace temblar a jueces y políticos, se esconde un secreto capaz de destruir a toda una dinastía. Y Renata es la única persona viva que puede demostrarlo.

Pero Dante tiene sus propias armas. Cuando la deuda de su padre cae en manos de los Montero, Renata se ve atrapada en un pacto imposible: acompañarlo, guardar silencio, fingir ser su mujer ante el mundo... o perderlo todo.

Lo que ninguno de los dos esperaba era esto: que la trampa se convirtiera en un juego, el juego en obsesión, y la obsesión en algo que ninguno sabe nombrar.

Ella busca la verdad. Él protege su mentira.
Ella planea huir. Él se asegura de que no pueda irse.
Ella jura que no va a caer. Él ya cayó hace mucho.

En un mundo de lealtades compradas, secretos de familia y balas que no perdonan, Renata tendrá que decidir: ¿revelar al monstruo que se esconde detrás de Dante Montero... o salvar al hombre que se esconde detrás del monstruo?

*Porque en esta historia, la jaula tiene dos prisioneros.*

NovelToon tiene autorización de Izuki para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 22

Capítulo 22

El supermercado

Renata odiaba la comida de Conchita.

No era mala —estaba bien sazonada, bien presentada, siempre caliente—, pero era comida Montero: mole espeso, cortes de carne gruesos, salsas de chiles secos que tardaban horas en prepararse. Cocina de hacienda, cocina de familia rica con cocinera de planta. Renata extrañaba otra cosa: los frijoles de olla de su mamá, el arroz blanco con un huevo estrellado encima, la sopa de fideos que olía a infancia y a cocina chica.

El miércoles por la tarde hizo una lista de compras en una hoja de cuaderno: jitomates, cebollas, ajo, cilantro, chiles serranos, frijoles negros secos, huevos, tortillas de maíz, un litro de leche, café molido, piloncillo. Lo básico. Lo que cualquier mujer de Miravalle compraría en el súper de la esquina sin que fuera noticia.

Bajó al vestíbulo de Torre Montero con la lista en el bolsillo y la bolsa reutilizable que Conchita le había dejado en la cocina. Iba a pedir un taxi en la recepción cuando las puertas del elevador se abrieron detrás de ella.

Dante.

No llevaba traje. Era la primera vez que Renata lo veía en ropa que no costara más que un departamento en la colonia Centro: una camiseta blanca de algodón, jeans oscuros, tenis. Sin reloj. Sin anillos. Sin nada que dijera "Montero" excepto la mandíbula y los ojos.

—¿A dónde vas? —preguntó.

—Al súper.

Dante miró la bolsa reutilizable. Miró la lista que asomaba del bolsillo de Renata. Y dijo algo que ella no esperaba:

—Voy contigo.

---

Joaquín condujo la camioneta con la expresión controlada de un hombre que está procesando una orden que no tiene precedente. Dante iba en el asiento del copiloto. Renata atrás. Nadie habló durante los doce minutos que tomó llegar al Súper del Valle, un supermercado grande en una plaza comercial al sur de Miravalle, lejos del centro, lejos de Torre Montero, lejos de cualquier lugar donde alguien pudiera reconocer al heredero del Grupo Montero comprando cebollas.

Cuando Dante bajó de la camioneta, la luz de la tarde le dio en la cara y entrecerró los ojos. Renata se dio cuenta de algo: Dante casi nunca estaba afuera de día. Su vida transcurría en interiores —oficinas, el Penthouse, el Club, la Hacienda— o en el asiento trasero de camionetas con vidrios polarizados. El sol era un territorio ajeno.

—¿Vienes o te quedas ahí? —dijo Renata, y empezó a caminar hacia la entrada sin esperarlo.

Dante la siguió. Joaquín se quedó en la camioneta con el motor encendido, mirándolos a través del parabrisas con la cara de un hombre al que le han pedido que estacione frente a un circo.

Adentro, el supermercado era exactamente lo que era: pasillos anchos con piso de loseta, música pop a bajo volumen, familias empujando carritos, señoras revisando la fecha de caducidad de los yogures. Un miércoles normal en Miravalle.

Renata tomó un carrito. Dante caminó a su lado con las manos en los bolsillos, mirando los estantes como un turista en un museo que no entiende.

Empezaron por frutas y verduras. Renata agarró una bolsa y fue directo a los jitomates, eligiendo los más firmes, descartando los que tenían la piel agrietada. Después las cebollas —blancas, medianas— y un manojo de cilantro que olía a verde y a lluvia. Dante la observaba con la atención concentrada que le ponía a los contratos.

—¿Sabes escoger mangos? —preguntó Renata frente a la pirámide de mangos Ataúlfo.

—No.

—Ven. —Le puso un mango en la mano—. Huélelo primero. Si huele dulce, está maduro. Después apriétalo suave, sin clavar los dedos. Si cede un poco, está listo. Si está duro como piedra, le faltan días.

Dante olió el mango. Lo apretó. Lo miró como si fuera un objeto de otro planeta.

—Este —dijo.

Renata lo revisó. Estaba perfecto.

—Aprendes rápido.

—Es mi único talento.

Siguieron. Pasillo de abarrotes: frijoles negros secos, arroz, aceite. Renata los echó al carrito sin pensarlo; Dante empujaba el carrito con una mano, lo cual era innecesariamente elegante para un carrito de supermercado. En el pasillo de especias, se paró frente a la sección de chiles secos con la expresión de alguien frente a un tablero de ajedrez.

—¿Cuál necesitas? —preguntó Renata.

—No sé. ¿Cuál es el mejor?

—Depende de para qué. ¿Qué quieres comer?

Dante la miró. La pregunta parecía haberlo tomado por sorpresa, como si nadie le hubiera preguntado eso en mucho tiempo. O como si no supiera qué contestar porque la respuesta implicaba querer algo, y querer cosas era un lujo que se había prohibido.

—Lo que tú cocines está bien —dijo.

Renata tomó un paquete de chiles guajillos y otro de chiles anchos y los puso en el carrito sin comentar. Pero algo en esa frase —"lo que tú cocines"— se le quedó pegado en un lugar del pecho que no le convenía.

---

Llegaron al pasillo de congelados. Renata abrió la puerta del refrigerador y sacó un bote de helado de dulce de leche. Marca de supermercado, nada elegante, el tipo de helado que se come directamente del bote con una cuchara mientras se ve la televisión.

—¿Te gusta el dulce de leche? —preguntó.

—Nunca he comido helado de dulce de leche.

Renata se detuvo. Lo miró como si le hubiera dicho que nunca había visto el mar.

—¿Cómo es posible? Es el mejor sabor que existe.

—No lo sé. Simplemente nunca lo comí.

Renata miró el bote. Miró a Dante. Y antes de pensarlo —antes de que la parte racional de su cerebro pudiera intervenir con un "esto es inapropiado, este hombre es tu captor, tu investigación, tu problema"— abrió el bote, sacó la cucharita de plástico que venía pegada en la tapa, y levantó una cucharada de helado color caramelo.

—Prueba.

Dante la miró. No a la cuchara. A ella. A la mujer que estaba de pie en el pasillo de congelados de un supermercado de Miravalle, con una cuchara de helado levantada, mirándolo con la misma autoridad con que le enseñó a oler un mango.

Bajó la cabeza y comió el helado de la cuchara.

Y sonrió.

No fue la sonrisa del negociador ni la media sonrisa irónica que usaba en los eventos. Fue una sonrisa que le cambió la cara entera: los ojos se le arrugaron en las esquinas, los labios se abrieron mostrando los dientes, y por un segundo —un segundo que Renata iba a recordar mucho tiempo después— pareció alguien que no tenía apellido, ni imperio, ni secretos.

Renata también sonrió. Y después se dio cuenta de que estaba sonriendo y dejó de hacerlo, con la velocidad torpe de alguien que se descubre haciendo algo que no debería.

—Nos lo llevamos —dijo, metiendo el bote en el carrito—. Y cierra la boca antes de que te entre frío.

Dante no cerró la boca. Siguió sonriendo tres pasillos más. Renata contó.

---

Pagaron en la caja siete. La cajera —una chica joven con cola de caballo y audífonos colgando del cuello— pasó los productos sin mirarlos, les cobró setecientos cuarenta y dos pesos, y les deseó buenas tardes sin levantar la vista. No reconoció a Dante. Para ella, eran una pareja más haciendo el súper un miércoles.

"Una pareja más." Renata empujó ese pensamiento hacia el fondo de su cabeza con la misma fuerza con que empujó el carrito hacia la salida.

En la camioneta de regreso, Dante iba callado. Pero era un silencio diferente al de las otras veces: no era distancia ni cálculo ni el vacío controlado del hombre de negocios. Era el silencio de alguien que acaba de hacer algo fuera de su rutina y todavía no sabe dónde ponerlo.

Joaquín conducía. En el espejo retrovisor, sus ojos iban de Dante a Renata y de Renata a Dante con la expresión discreta de quien presencia algo que no va a comentar pero tampoco va a olvidar.

---

En la cocina de su departamento, Renata puso los jitomates en la repisa, los frijoles en la alacena, la leche en el refrigerador. Guardó el helado de dulce de leche en el congelador. Acomodó los chiles en un frasco de vidrio. Cada objeto en su lugar, cada gesto mecánico, cada movimiento una forma de poner distancia entre ella y lo que había pasado en el pasillo de congelados.

Se detuvo frente al refrigerador. La puerta de acero inoxidable le devolvió un reflejo borroso: una mujer con una bolsa de cebollas en la mano y una expresión en la cara que no debería estar ahí. Era una expresión que conocía por haberla visto en otras mujeres —en las películas, en sus alumnas cuando hablaban de alguien, en Paulina cuando mencionaba al fotógrafo que le gustaba—. Era la cara de alguien que empieza a sentir algo por alguien.

Renata dejó las cebollas en la repisa. Se recargó en la barra y cerró los ojos.

No podía permitirse esto. Este hombre era su caso, su investigación, probablemente un criminal con una identidad robada. Este hombre controlaba la deuda de su padre, su vivienda, su acceso al mundo exterior. No importaba que sonriera con los ojos al comer helado. No importaba que hiciera café de olla a las dos de la mañana. No importaba que dijera "lo que tú cocines" con una voz que sonaba a hambre de algo que no era comida.

Abrió los ojos. Sacó el teléfono del bolsillo.

Un mensaje de Lucía. Enviado hacía cuarenta minutos, a través de la aplicación de notas compartidas que usaban como canal seguro. Dos palabras:

"Encontré algo. Urgente."

La cocina se enfrió. El supermercado, el mango, el helado, la sonrisa —todo eso se hundió bajo el agua helada de la realidad—. Tenía una investigación. Tenía una aliada que acababa de encontrar algo urgente. Tenía un trabajo que hacer.

Contestó: "Mañana. Mismo lugar."

Guardó el teléfono. Miró el bote de helado en el congelador a través del cristal de la puerta.

Dulce de leche. El mejor sabor del mundo, había dicho. Y Dante nunca lo había probado. Un hombre que lo tenía todo y no había probado el helado más común del continente. ¿Qué clase de infancia produce eso? No la infancia de un Montero. La infancia de un Nico Bravo, un niño de Tierranegra donde el helado era un lujo y el dulce de leche un sueño.

Cerró la puerta del congelador y fue a sentarse a la sala, donde la investigación la esperaba con la paciencia fría de las cosas que no perdonan.

1
Luz Mary Gomez Sierra
mucha adrenalina toda la novela gracias autora espero haya epílogo
Luz Mary Gomez Sierra
yo estoy nerviosa con un nudo en el estómago ya mismo le diría la verdad
Luz Mary Gomez Sierra
en la oficina de la u no vio en el techo la USB que escondió ahí?
Luz Mary Gomez Sierra
no me diga que Nico ya la encontró y mínimo Andrés ya tiene otro amor
Luz Mary Gomez Sierra
bueno Renata estás jugando a dos bandas al tiempo no has roto la relación con Andrés creo que eso traerá problemas no crees?
Luz Mary Gomez Sierra
párese que soy yo tengo miedo de llegar por favor mi corazón se va a salir de mi pecho
Luz Mary Gomez Sierra
ya está más enamorada de el acéptalo Renata entonces que pasa con el amor de Andrés
Graciela Saiz
hasta acá llegué me canso ..
Graciela Saiz
aburrida 🙄
Graciela Saiz
muy aburrida 🙄
Graciela Saiz
Andrés no se merece la mentira, 😡vos no lo mereces
Luz Mary Gomez Sierra
está niña se está metiendo en la boca del lobo ojalá no le suceda lo que a Tomás es muy arriesgada o valiente psrese que soy yo quien este sufriendo por Andrés
Luz Mary Gomez Sierra
muy arriesgada la profe debió confiar en Andrés el ha sido bueno con ella
Georgina Tejeda
Si le dice a Nico q está esperando un hijo pueda q el se entregue ya q el no tiene la culpa fue el viejo q ahora quiere casarlo con su amiga tiene q ser ahora no después
Nereida Hernández montes
pero no te imaginas que te mandé a vigilar y tenga cámaras en su despacho 😈👿😭 estás jugando con fuego y te puedes quemar 😭
Rosario Pelaez
un poco confusa había diálogos que no concordaban pero pues entretenida
Nereida Hernández montes
Por Dios vete lo más rápido posible
Nereida Hernández montes
Hay debe haber cámaras ocultas trata de no hablar cosas delicados solo escribir y borrar
Nereida Hernández montes
Cuídate mucho
Nereida Hernández montes
Pero yo me preguntó por qué no te disfrazas y escondes los papeles y borra esos mensajes 😈👿😭 estás trabajando para asesinos y con contacto ponte pilas
NovelToon
Step Into A Different WORLD!
Download MangaToon APP on App Store and Google Play