Novela +18
Dante, un poderoso Alfa y líder de la mafia, entrega su vida para salvar a su amado omega, Kael, durante una sangrienta guerra entre organizaciones criminales.
Sin embargo, la muerte no fue el final.
Al abrir los ojos, descubre que ha reencarnado en el cuerpo de Elizabeth, una joven Alfa universitaria que murió durante el despertar de su poder. Ahora, atrapado en el cuerpo de una mujer, Dante solo tiene un objetivo: recuperar al omega que juró proteger y amar.
Pero todo ha cambiado.
Kael ya no es el omega indefenso del pasado. Ahora es un frío y brillante CEO, marcado por un accidente que lo dejó paralítico. Y, para empeorar las cosas, rechaza rotundamente a Elizabeth, pues asegura que jamás podría enamorarse de una mujer.
Dante no piensa rendirse.
No importa si ahora posee un cuerpo diferente, si el mundo entero está en su contra o si Kael lo odia. Para él, Kael sigue siendo su omega... y jamás permitirá que otro Alfa lo reclame.
Porque, aunque haya renacido como...
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CAPÍTULO 18 — DESAYUNO FAMILIAR
Con evidente desgana terminó abriendo la boca.
Elizabeth sonriendo le dio el primer bocado.
Kael masticó refunfuñando.
El intercambio hizo que el asistente desviara discretamente la mirada.
Entonces ocurrió algo que llamó su atención.
Al inclinar ligeramente la cabeza para beber café, el cuello de Kael quedó parcialmente al descubierto.
Debajo del cuello de la bata...
Asomaba un pequeño chupetón violáceo.
El asistente abrió apenas los ojos.
—...
Volvió a mirar a Elizabeth.
Después otra vez a Kael.
¿Qué habrá pasado anoche entre estos dos...?
Su mente comenzó a trabajar sola.
Hasta ayer el jefe quería echarla de la mansión... además estaba claramente celoso porque el joven señorito no se separaba de ella.
Y ahora...
Observó cómo Elizabeth seguía alimentándolo con absoluta naturalidad.
...¿qué demonios ocurrió?
Mientras tanto, Dael dejó de comer.
Infló ligeramente las mejillas.
Miró cómo Elizabeth llevaba otro bocado hasta la boca de Kael.
Luego volvió a mirarla a ella.
Frunció el ceño con evidente descontento.
—Papá...
Kael volvió la mirada hacia él.
—¿Qué sucede?
El niño señaló a Elizabeth con un dedo.
—No me quites a la señorita.
Kael parpadeó, confundido.
—¿Cómo que no te la quite?
Dael hizo un gran puchero.
—Porque cuando sea grande... ella va a ser mi novia.
El silencio se apoderó de la mesa.
Kael se atragantó de inmediato con el bocado que acababa de llevarse a la boca.
—¡Cof...! ¡Cof...!
Comenzó a toser con fuerza mientras se llevaba una mano al pecho.
El asistente reaccionó enseguida, acercándole un vaso de agua.
Kael lo tomó rápidamente y bebió varios tragos, intentando recuperar el aliento.
Elizabeth observó la escena y dejó escapar una breve risa.
—Eso no será posible.
Dael ladeó la cabeza, confundido.
—¿Por qué? ¿Acaso no te gusto señorita?
Elizabeth respondió con absoluta naturalidad.
—No es eso, Dael me gusta mucho.
—Pero ahora Kael es mi pareja.
Hizo una pequeña pausa antes de añadir:
—Y, mientras los dos sigamos con vida, ese vínculo no podrá romperse.
—¡COF!
Kael volvió a atragantarse.
Esta vez con el agua.
Terminó tosiendo todavía con más fuerza mientras fulminaba a Elizabeth con la mirada.
El asistente se llevó una mano al rostro.
Señorita Elizabeth... un poco de tacto, por favor.
Ella, completamente ajena al caos que acababa de provocar, volvió a mirar a Dael.
Una sonrisa cálida apareció en su rostro.
—Eso significa...
Le acarició suavemente la cabeza.
—Que seré tu padre.
El asistente sintió que casi dejaba caer la jarra de café.
¡¿Así de golpe se lo dice?!
Miró rápidamente a Kael.
Éste tenía el rostro completamente tenso.
Kael sintió que el corazón se le encogía.
Miró inmediatamente a Dael, temiendo su reacción.
Pero todo aquel temor desapareció en el instante siguiente.
Dael abrió muchísimo los ojos.
No había entendido del todo lo que significaba un vínculo.
Lo único que había escuchado con claridad era una frase.
"Seré tu padre."
Su rostro se iluminó como nunca antes.
—¿De verdad...? —preguntó con la voz temblorosa.
Saltó de la silla sin pensarlo dos veces.
Corrió directamente hacia Elizabeth.
Ella permaneció sentada y abrió los brazos.
Dael se lanzó sobre ella con toda la fuerza de un niño de nueve años.
Elizabeth lo recibió entre sus brazos y lo abrazó con inmenso cariño.
El pequeño apoyó la cabeza contra su pecho mientras reía lleno de felicidad.
—¡Sí!
Sus ojos comenzaron a humedecerse por la emoción.
—¡Por fin tengo un padre!
Su voz tembló ligeramente.
—En la escuela... mis compañeros ya no podrán decir que no tengo padre...
Aquellas palabras cayeron sobre el comedor como un pesado silencio.
La sonrisa de Elizabeth desapareció.
Sintió que algo le oprimía el corazón.
Abrazó a Dael con más fuerza.
¿Cuántas veces tuvo que escuchar eso...?
Al otro lado de la mesa, Kael bajó lentamente la mirada.
Un dolor profundo atravesó su pecho.
Durante todos aquellos años había intentado darle a Dael todo el amor posible.
Nunca permitió que le faltara nada.
Pero había una ausencia que él, por sí solo, jamás había podido llenar.
Y ahora, al escuchar la alegría sincera de su hijo...
Comprendió cuánto había sufrido en silencio.
El comedor volvió a quedar en calma.
Solo se escuchaba la respiración entrecortada de Dael mientras permanecía abrazado a Elizabeth.
Y, por primera vez en mucho tiempo, tanto Kael como Elizabeth compartieron el mismo sentimiento.
......................
La tarde transcurrió con una alegría poco habitual.
El sol comenzaba a descender lentamente sobre el horizonte, tiñendo el cielo de tonos anaranjados y dorados. La brisa marina acariciaba la costa, y el sonido constante de las olas envolvía el ambiente con una calma difícil de describir.
Era el último día que permanecerían allí.
Después del almuerzo, Dael pasó toda la tarde hablando de la playa, incapaz de ocultar su emoción.
—¡Quiero ir otra vez! —decía una y otra vez, tirando suavemente de la manga de Elizabeth—. Solo un ratito más.
Elizabeth sonrió.
—Está bien.
Volteó hacia Kael.
—¿Vienes con nosotros?
Kael permaneció unos segundos en silencio antes de asentir.
—...Iré.
El asistente empujó la silla de ruedas hasta la playa.
Al principio el recorrido fue sencillo gracias al paseo de madera que atravesaba parte de la costa.
Sin embargo, al llegar al final del camino...
Las ruedas quedaron atrapadas en la arena.
El asistente intentó avanzar un poco más.
Fue inútil.
Las ruedas simplemente se hundían.
Dael ya había salido corriendo unos metros más adelante, riendo mientras perseguía las olas.
—¡Papá! ¡Padre! ¡Vengan!
Kael observó a su hijo desde la distancia.
El niño corría libremente por la arena rosada, dejando pequeñas huellas detrás de él.
Quería alcanzarlo.
Quería correr con él.
Quería jugar como cualquier papá.
Pero no podía.
Sus manos se cerraron lentamente sobre los apoyabrazos de la silla.
Una amarga sonrisa apareció en sus labios.
—Ve tú... —murmuró sin apartar la vista de Dael—. Yo los esperaré aquí.
Elizabeth permaneció inmóvil.
Lo observó durante unos segundos.
Conocía demasiado bien aquella expresión.
Era la misma impotencia que había visto incontables veces en hombres que lo habían perdido todo.
Sin decir una palabra, se inclinó hacia él.
Kael apenas tuvo tiempo de reaccionar.
Los labios de Elizabeth rozaron suavemente los suyos en un beso breve, cálido y sorprendentemente delicado.
Cuando ella se apartó, sonrió.
—No te preocupes.
Kael permaneció inmóvil.
—¿Por qué me...?
Antes de que pudiera terminar la frase...
tampoco así, debe haber una forma de que le diga que es dante sin que no se vuelva loco