Catrina no nació cruel; la forjaron a golpes de desprecio y una traición devastadora de su tío, quien le arrebató las tierras de su padre y su inocencia. Hoy, es "La Generala", la mujer que gobierna el pueblo con puño de hierro y cuyo corazón parece de piedra volcánica.
La paz armada de su mundo se altera con la llegada de Máximo, un joven heredero acostumbrado a los lujos de la capital y a que el mundo gire a sus pies. Castigado por su abuelo para "hacerse hombre" en la hacienda vecina, Máximo llega con arrogancia, pero se estrella contra la realidad de un pueblo que no le teme a su apellido. El destino los obliga a convivir cuando una amenaza externa pone en riesgo las tierras de ambos. Mientras Máximo descubre que la vida es más que fiestas, Catrina se enfrenta a un dilema: ¿puede el amor de un "niño mimado" sanar las cicatrices de una traición familiar, o terminará él siendo una víctima más de su sed de venganza?
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capitulo 22
El aire en la arena del pueblo vibraba con el olor a polvo, cerveza caliente y el bramido de los animales. La feria anual de San Lorenzo no era solo una festividad; era el examen final para cualquiera que pretendiera llamar "suya" a esta tierra. Catrina estaba apoyada en la baranda de madera del palco, con los brazos cruzados y el sombrero calado, observando el ruedo con una mezcla de orgullo y ansiedad que se esforzaba por ocultar tras su habitual máscara de indiferencia.
Al centro, Máximo se ajustaba los guantes de cuero. No llevaba el traje italiano, ni la camisa de lino de la ciudad. Vestía jeans gastados, una camisa de cuadros manchada de aceite y unas botas que ya habían perdido su color original bajo capas de estiércol y trabajo. Cuando su nombre fue anunciado para la competencia de derribo, un murmullo de burlas y risas ahogadas recorrió las gradas.
—¡Cuidado no se te rompa una uña, Moretti! —gritó un peón desde el fondo, provocando una carcajada general.
Máximo no respondió con palabras. Solo miró a Catrina. Ella asintió apenas un centímetro, un gesto casi imperceptible, pero para él fue suficiente.
El Bautizo de Lodo
El toro salió del toril como un trueno negro, levantando una cortina de polvo que cegaba. Máximo espoleó a su caballo —un animal fuerte que Catrina le había ayudado a elegir— y se lanzó tras la bestia. El mundo se redujo al rítmico galope, al calor del animal bajo sus piernas y al objetivo: la cola del toro.
La primera pasada fue un desastre. Máximo alcanzó al toro, pero la fuerza del animal lo sacudió como a una muñeca de trapo. Perdió el equilibrio y cayó de costado sobre la tierra batida. El impacto le robó el aliento y el lodo, producto de un riego reciente para aplacar el polvo, se le pegó a la cara y a la ropa.
Las risas arreciaron. Lola, que observaba desde una esquina con una copa de vino en la mano, hizo un gesto de náusea. Pero Catrina se mantuvo inmóvil, con los ojos clavados en el hombre que gateaba en el barro.
Máximo se puso de pie. No se sacudió la ropa. No se quejó. Con un gesto rudo, se limpió el lodo de la boca con el dorso de la mano y volvió a montar. Sus movimientos eran lentos debido al dolor en las costillas, pero sus ojos tenían ese brillo salvaje que solo nace de la persistencia pura.
En el segundo intento, la técnica fue distinta. No usó solo la fuerza, sino la maña que había aprendido observando a Jacinto y a los otros peones. Se inclinó sobre el caballo, sintiendo el peligro rozándole las botas, y con un movimiento seco y preciso, enroscó la cola del toro en su mano y giró. El estruendo del animal cayendo sobre su costado silenció a la multitud.
Máximo bajó del caballo, cojeando ligeramente, con la mejilla sangrando por un rasguño del suelo, pero con la cabeza en alto. Los hombres de Catrina, los mismos que lo habían llamado "niño de seda", se miraron entre sí. Jacinto fue el primero en saltar la baranda para darle una palmada en la espalda que casi lo vuelve a tirar al suelo.
—Nada mal, morenito —dijo el capataz, con un respeto genuino que valía más que cualquier herencia—. Nada mal.
La Celebración del Reconocimiento
Al caer la noche, la feria se transformó en una fiesta de luces amarillas y música de acordeón. El alcohol fluía y la tensión de las últimas semanas parecía haberse disuelto en el ambiente festivo. Máximo estaba sentado en una mesa larga de madera, rodeado de trabajadores. Tenía un ojo inflamado y el hombro rígido, pero por primera vez, no se sentía como un observador. Estaba bebiendo del mismo vaso que ellos, riendo de los mismos chistes groseros y compartiendo el pan con las manos sucias.
Catrina llegó tarde a la celebración. Llevaba una blusa blanca que resaltaba su piel canela y una falda oscura que se movía con una gracia peligrosa. Cuando entró al área de baile, el silencio se hizo presente por un momento. Caminó directamente hacia la mesa de Máximo.
—Pareces un cuadro de guerra —dijo ella, deteniéndose frente a él. Sus dedos rozaron el rasguño en su mejilla con una suavidad que hizo que los hombres alrededor desviaran la mirada por respeto.
—Es el precio de la entrada —respondió él, poniéndose en pie con dificultad—. ¿Me concedes este baile, Jefa? ¿O vas a decirme que mi técnica de giro sigue siendo de principiante?
Catrina sonrió. No fue la sonrisa de la dueña de la hacienda, sino la de la mujer que se encontraba en la cabaña secreta. —Tu técnica es un desastre, Moretti. Pero tu persistencia... eso es algo que este pueblo sabe valorar.
Química a la Vista de Todos
Se movieron hacia la pista improvisada bajo los árboles. La música era un corrido lento, una melodía que hablaba de amores prohibidos y tierras lejanas. Máximo la tomó por la cintura y ella puso sus manos sobre los hombros de él.
No hablaban. No hacía falta. La química entre ellos era tan evidente que el aire parecía chisporrotear. El pueblo entero los observaba: la mujer de hierro y el forastero que se había negado a rendirse. Ya no eran dos enemigos negociando una tregua; eran dos mitades de un mismo engranaje que finalmente habían encajado.
Lola, desde la distancia, apretó su copa hasta que el cristal crujió. Elías, oculto en las sombras del balcón del casino local, observaba la escena con una furia fría. Ver a su sobrino ganarse el corazón de sus peones y el de su mayor enemiga era un golpe que no había previsto.
Máximo pegó su frente a la de Catrina mientras giraban lentamente.
—¿Lo sientes? —susurró él al oído de ella.
—¿El qué? —preguntó ella, cerrando los ojos y dejándose llevar.
—Que ya no soy un forastero. Que este suelo ya no me rechaza.
Catrina lo abrazó con un poco más de fuerza, ignorando las miradas y los chismes que mañana recorrerían cada callejón del pueblo. En ese baile, bajo las luces de la feria y el olor a tierra mojada, el "niño de cristal" había muerto definitivamente. En su lugar, había nacido un hombre que el llano respetaba, y una mujer que, por primera vez, no tenía miedo de mostrarle al mundo que su corazón tenía dueño.
La persistencia de Máximo había roto la última barrera. El forastero se había hecho local, y la guerra que vendría contra Elías ya no la pelearía Catrina sola. Ahora tenía a su lado a un hombre que sabía caer en el lodo, ponerse de pie y seguir bailando hasta el final.