En este imperio de sombras, ella es la única que puede calmarlo… o el motivo por el que su mundo arderá.
¿El amor puede sobrevivir cuando tu vida es propiedad del enemigo?
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20°
...Isabella Conti...
^^^Reggio Calabria, Italia^^^
Esta maldita sensación no se iba. Me había acompañado como una sombra persistente durante todo el trayecto en el auto blindado, desde los muros seguros de la villa hasta las imponentes escalinatas de la catedral. Era un nudo frío, una opresión en el pecho que congelaba el aire en mis pulmones y que ni el calor del sol italiano lograba disipar.
Sentado a mi lado en el asiento de piel, mi padre noto el temblor casi imperceptible de mis manos, las cuales apretaban con demasiada fuerza el ramo de rosas blancas.
—Hija, ¿estás bien? —me pregunto con esa voz suave y protectora que siempre lograba traerme de vuelta a la realidad.
Me obligué a girarme hacia él y le sonreí, intentando que mis facciones no delataran el torbellino de pánico que rugía en mi interior.
—Sí, papá... Solo son los nervios, supongo. Jamás me he casado —le dije, soltando una pequeña risa nerviosa para intentar calmarlo a él también....
Mi padre sonrió con nostalgia, y una chispa de tierno recuerdo brillo en sus ojos maduros.
—Es completamente normal, hija. Tu mamá estaba igual o peor que tú el día que nos casamos... y más porque tú ya venias en camino en ese entonces —me confesó con una ternura que me encogio el corazón.
El aire pareció volverse más ligero por un instante. Mi madre me había contado esa misma historia una vez, cuando yo era apenas una niña, e irónicamente la estaba repitiendo ahora sin querer. Esa pequeña coincidencia me conectó de inmediato con ella. Había días en que la extrañaba con una fuerza descomunal, pero hoy, ver el brillo de los encajes y saber que estaba a punto de unir mi vida a la del hombre que amaba, hacia que deseara con toda el alma que ella estuviera aquí, físicamente, arreglándome el velo o sosteniendome la mano. Pero sabía que, de alguna manera, ella me acompañaba. No estaba sola... ella habitaba en los latidos de mi corazón y en la nueva vida que crecía en mi vientre plano de diez semanas.
Sin embargo, al bajarnos del auto y poner un pie en el vestibulo de la catedral, esos malditos nervios regresaron con una fuerza multiplicada. El presentimiento se transformo en una alarma sorda en mi cabeza. Al fondo del pasillo exterior, vi a Matías junto a Mía, esperándome con impaciencia. En cuanto nos vio acercarnos, Matías caminó hacia mi con una sonrisa enorme en el rostro, pero bastó con que se fijara bien en mi expresión para que su sonrisa se borrara por completo de sus labios.
Juro que estaba siendo demasiado paranoica, que mi mente informática estaba sobreanalizando cada maldito detalle del entorno, pero sabía que este miedo no era por la boda. Mi instinto de supervivencia, ese que me había mantenido viva al huir de Rusia, me estabaa gritando que algo andaba mal....
—Parece que vas caminando hacia un funeral, no hacia tu propia boda, Bells —me dijo Matías en un susurro preocupado, deteniendose justo frente a mí.
—Es que algo aquí adentro me grita que este mal presentimiento que tengo desde hace días no es normal, Matías —le respondí, tomandolo del brazo con una urgencia que lo tensó—. Por favor... júrame que todo esta en orden. Júrame que no pasará nada hoy.
Matías frunció el ceño, adoptando de inmediato su postura de estratega militar. Miró a los guardaespaldas apostados en las puertas y luego regresó sus ojos hacia mí, asintiendo con solemnidad....
—Se reviso cada rincón de la catedral y de los alrededores con extremo cuidado, Bells. Todo está bajo control —me aseguró, pero al ver el pánico genuino en mis ojos, suavizó el tono y saco su radio de comunicación—. Pero para tu total tranquilidad, ahora mismo mando a un equipo a revisar el perimetro de la iglesia y el salón de la recepción nuevamente. Nadie va a arruinar tu día. Ahora entra allá atrás, camina con la frente en alto y vuélvete mi jefa, señora Bianchi —añadió con un guiño divertido.
Una pequeña sonrisa logró abrirse paso en mi rostro. Matías siempre sabiia exactamente que decir para calmar mis demonios, incluso cuando sentía que el sudor frío me empapaba la piel debajo de las pesadas capas del vestido nupcial...
La ceremonia, al menos al principio, estuvo impecable. Fue un despliegue de elegancia y tradición que habría sido perfecto de no haber sido por ese brutal cruce de miradas con Alexei Morózov a mitad del pasillo. Sus ojos grises y tormentosos se clavaron en los míos en una guerra interminable y silenciosa que amenazo con hacerme tropezar. Me obligué con todas mis fuerzas a ignorarlo, repitiendome mentalmente que él ya no era nadie en mi vida. Solo era un invitado más, un socio comercial de Leonardo, un hombre casado con una hermosa mujer y con una bebé en brazos, y yo... yo estaba a segundos de ser una mujer casada....
Con ese mantra repitiendose en mi cabeza, preste atención a las palabras del sacerdote. A medida que avanzaban los votos, una extraña y densa calma comenzo a filtrarse en el templo. Era una paz artificial, sumamente rara, que lejos de reconfortarme, me erizó los vellos de los brazos. No me gustaba esa calma, pero ya no había marcha atrás.
Leonardo dio su "sí, acepto" con una voz que derramaba devoción absoluta, y luego llego mi turno. Pronuncié mis votos sintiendo que todo salía tal y como lo había soñado aquella noche en que él se había arrodillado para pedirme que fuera su esposa. Yo nunca había creido en los cuentos de hadas, ni en los príncipes azules que salvaban a las damiselas en peligro; mi vida en Rusia me había enseñado que el mundo real era oscuro y cruel. Pero Leonardo me había demostrado que en la vida real también existían los príncipes. No como los de los libros, no perfectos, pero sí reales, de carne y hueso, capaces de amarte incondicionalmente y construir un escudo alrededor de tus heridas.
Quién diriia que al maldito destino le fascina jugar con mi felicidad. Parece que mi desgracia le divierte... verme sonreír, o simplemente el universo odia verme feliz por más de cinco minutos consecutivos....
Justo después del beso, mientras nos girabamos tomados de la mano listos para caminar por el pasillo central y salir de la iglesia como marido y mujer, el infierno se desató sobre nosotros.
¡BOOM!
Un estruendo descomunal y ensordecedor sacudió la catedral entera. El impacto de la explosión hizo volar los vitrales históricos en millones de pedazos de vidrio filoso que llovieron sobre los bancos. Instintivamente, miré hacia la primera fila en medio del caos. Vi a Sofía encorvarse de inmediato para cubrir con su propio cuerpo a la pequeña Bella Sofía, mientras Nikolai se lanzaba sobre ambas para protegerlas con su espalda. Elena también reacciono al segundo, adoptando una postura de alerta con una rapidez militar que me sorprendiio enormemente.
Yo me quedé eststica en medio del altar, mirando a todas partes mientras el humo denso y el polvo del concreto desprendido del techo empezaban a caer como una neblina gris sobre nosotros. Los gritos de terror de los invitados civiles se mezclaron con un sonido que conocía demasiado bien, el chasquido metálico de decenas de armas automáticas a las que se les quitaba el seguro en una melodía perfecta de muerte. Practicamente todos los capos de la Cosa Nostra y la Camorra estaban armando un perímetro, pero el pánico era generalizado.
—¡Bells, debo sacarte de aquí ahora mismo! —la voz llena de urgencia de Matías me golpeo los oidos.
Él me tomo del hombro con fuerza, jalandome hacia atrás. Esa frase... esa maldita frase era la que esperaba escuchar de la boca de Leonardo. Esperaba que sus manos grandes me tomaran de la cintura y me arrastraran lejos del peligro, como siempre lo hacía....
En medio de mi estado de shock absoluto, me giré hacia el lado derecho, donde se suponía que debía estar de pie mi ahora esposo...
Pero lo que vi me desgarro el alma en mil pedazos.
La parte baja de mi hermoso vestido de novia, ese encaje blanco inmaculado que Mía habia acomodado con tanto esmero horas atrás, estaba completamente salpicada de hilos de sangre fresca y espesa. Y en el piso de mármol, justo a mis pies, yacia Leonardo. Tenía los ojos entornados, el pulso visiblemente lento en su cuello, y un charco de sangre se expandia con una rapidez terrorífica debajo de su cuerpo, tiñendo el suelo del altar. Lo habían alcanzado.
El dolor y el horror me nublaron la vista por completo. Me dejé caer de rodillas sobre el mármol, sin importarles el vestido, la mafia, el humo ni los cristales que se enterraban en mi piel. El grito me nació desde lo más profundo de mis entrañas, una exclamación tan desgarradora que sentí como se me rompia la garganta y el alma al mismo tiempo, resonando con eco en las paredes de la catedral destruida.
—¡LEONARDOOOOO!
su madre enferma es su mayor dolor
😁😁😁que tal encuentro