Atenea Moretti siempre ha sido la joya más protegida de la familia Moretti. Su heterocromía la hace imposible de olvidar, y para su padre, uno de los hombres más poderosos de la mafia, ella es lo único que queda de la mujer que amó. Ocho años después de la muerte de su madre, una nueva familia entra en sus vidas. Una madrastra, dos hermanastros que cambiarán su mundo para siempre. Mientras Atenea intenta adaptarse a su nueva realidad, descubre que la muerte de su madre no fue un accidente. Entre secretos, traiciones y luchas de poder, deberá encontrar la verdad antes de que esta la destruya. Porque en la mafia, la sangre es poder. Y algunos secretos están dispuestos a matar para permanecer enterrados.
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No te perderé también
El despacho permaneció en silencio.
La carta seguía entre las manos de Atenea.
Y las palabras parecían quemar el papel.
“Helena no murió por accidente.”
Aquello era todo lo que necesitaba.
La confirmación.
La prueba de que no estaba imaginando cosas.
De que su madre no había muerto simplemente por una tragedia.
—Lo sabía.
La voz de Atenea se quebró.
Alessandro levantó la vista.
—Atenea…
—Lo sabía.
Las lágrimas comenzaron a acumularse.
—Lo sentía.
Cada vez que leía la libreta.
Cada vez que veía las fotografías.
Cada vez que encontraba una pista.
Sabía que algo estaba mal.
—Mi amor…
—¿Por qué nadie me lo dijo?
La pregunta salió entre lágrimas.
Dolorosa.
Desesperada.
—¿Por qué tuve que descubrirlo sola?
Alessandro cerró los ojos.
Porque no tenía una respuesta buena.
Solo respuestas egoístas.
Respuestas de un hombre roto.
—Porque tenía miedo.
Admitió.
—¿Miedo?
—De perderte.
Aquello hizo que Atenea se quedara inmóvil.
—Perdí a tu madre.
La voz de Alessandro se quebró.
Por primera vez.
—Perdí a mi mejor amigo.
Perdí años intentando entender qué había ocurrido.
Y cuando finalmente dejé de buscar…
Solo quería proteger lo que me quedaba.
Las lágrimas corrían libremente por el rostro de Atenea.
—Era mi mamá.
Susurró.
—Lo sé.
—Tengo derecho a saber la verdad.
—Lo sé.
—Necesito saber qué pasó.
El hombre permaneció inmóvil durante unos segundos.
Hasta que finalmente asintió.
Lentamente.
Dolorosamente.
—Sí.
Tienes derecho.
Aquellas palabras rompieron algo dentro de ella.
Porque llevaba semanas luchando.
Sola.
Intentando convencer a todos.
Y finalmente alguien la entendía.
Las lágrimas comenzaron a caer con más fuerza.
Y antes de darse cuenta estaba llorando.
De verdad.
Por la niña de doce años que perdió a su madre.
Por los años sin respuestas.
Por la impotencia.
Por todo.
Y entonces Alessandro la abrazó.
Atenea no recordaba la última vez que había llorado así en brazos de su padre.
Tal vez porque había pasado demasiado tiempo intentando ser fuerte.
—Lo siento.
Murmuró él.
Una y otra vez.
—Lo siento tanto.
Y por primera vez desde la muerte de Helena…
Alessandro también lloró.
No como un Don.
No como un líder.
No como un hombre poderoso.
Solo como un esposo que aún extrañaba a la mujer que amaba.
—La extraño.
Confesó.
Con la voz rota.
—Todos los días.
Atenea cerró los ojos.
Porque ella también.
Porque nunca había dejado de hacerlo.
Permanecieron abrazados durante varios minutos.
Sin palabras.
Sin orgullo.
Solo compartiendo el mismo dolor.
Finalmente Alessandro habló.
—Escúchame.
Atenea levantó la cabeza.
—Voy a encontrar la verdad.
Lo prometo.
Ella observó sus ojos.
Y supo que hablaba en serio.
—Haré que mis mejores hombres investiguen.
Los más leales.
Los más capaces.
Voy a remover cada piedra si es necesario.
Atenea asintió.
—Pero tú no.
El tono cambió.
Firme.
Inquebrantable.
—Papá…
—No.
Ella ya conocía esa voz.
La misma que usaba cuando tomaba decisiones imposibles.
—No voy a perderte también.
Aquellas palabras atravesaron directamente su corazón.
—Papá…
—No podría soportarlo.
Su voz volvió a romperse.
—No después de Helena.
No después de todo.
Atenea sintió un nudo en la garganta.
Porque aquella no era una orden nacida del control.
Era miedo.
Miedo auténtico.
—Prométemelo.
Pidió Alessandro.
—Por favor.
Y por primera vez en toda su vida…
Atenea vio a su padre suplicar.
La joven cerró los ojos.
Y lentamente asintió.
—Lo prometo.
Alessandro la abrazó una vez más.
Sin saber que, detrás de la puerta entreabierta del despacho, Adrián había escuchado parte de la conversación.
Y que mientras observaba a Atenea secarse las lágrimas…
Tomó una decisión silenciosa.
Si ella había prometido dejar de investigar…
Entonces él investigaría por ambos.
Porque la verdad estaba demasiado cerca para detenerse ahora.