El profesor de lenguas Yoshiya Taksumagi ha recibido una segunda oportunidad de vivir. Pero este nuevo mundo le demostrará que una segunda vida no significa una vida perfecta.
Ahora, atrapado en el cuerpo de un niño llamado Joshua Moretti, deberá descubrir los secretos detrás de su llegada y enfrentarse a un destino que jamás pidió.
¿Cómo es que un profesor de una de las mayores facultades de Japón terminó siendo un simple niño en un mundo de magia?
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Capítulo 10: La espada que no tengo
—Puedes entrar y coger la que más te guste.
El rey Arturo me señaló una puerta de roble macizo con refuerzos de hierro. Un guardia la abrió con una llave enorme que colgaba de su cinturón. Caminé hacia el interior, y lo que vi me dejó sin palabras por un instante.
Aquella habitación era más grande que una casa rural entera. Más grande que mi apartamento de Tokio multiplicado por diez. Las paredes estaban forradas de espadas de todos los tamaños y formas imaginables: largas, cortas, curvas, rectas, de una mano, de dos, con empuñaduras enjoyadas y con hojas tan simples que parecían herramientas de granja. Me hizo recordar a un museo. A uno de esos museos de armas antiguas que visité una vez en una excursión escolar cuando aún era Yoshiya. Solo que esto no era una exposición. Esto era un arsenal de verdad.
Mesas con manteles blancos se extendían a lo largo de la sala, y sobre ellas reposaban aún más espadas, ordenadas por categorías que no alcanzaba a comprender. Algunas brillaban con luz propia, otras estaban envueltas en fundas de cuero desgastado. El olor a metal y aceite impregnaba el aire.
Caminé entre las mesas, buscando sin descanso durante varios minutos. La mayoría de las espadas eran demasiado grandes para mí. Las hojas me llegaban a la altura del pecho, y las empuñaduras eran tan anchas que mis dedos no alcanzaban a rodearlas. *¿Acaso todos los guerreros de este mundo son gigantes? *
Agarré dos cuchillos de una mesa lateral y me los metí en la cintura, uno a cada lado. Eran pequeños, ligeros, y las empuñaduras se ajustaban bien a mis manos. *Espero que al menos esto sirva. Si no encuentro una espada, al menos tendré algo con lo que defenderme. *
Seguí buscando.
Fue entonces cuando, al agacharme para revisar debajo de una de las mesas, noté algo. El mango de una espada asomaba entre el polvo, como si alguien la hubiera escondido allí a propósito o simplemente se hubiera olvidado de ella. Estiré el brazo y jalé del mango.
La espada salió con un sonido metálico, rechinando contra el suelo de piedra. Era plateada, con un brillo tenue que parecía venir de dentro del metal, y mucho más grande de lo que mis brazos podían manejar. La hoja medía casi tanto como yo. *Genial. Otra espada para gigantes. *
Pero entonces, algo sucedió.
La espada tembló en mis manos. Literalmente. Vibró como un diapasón y, ante mis ojos incrédulos, empezó a encogerse. La hoja se redujo, la empuñadura se ajustó, y en cuestión de dos segundos, la espada tenía el tamaño perfecto para un niño de diez años.
—¡Ahh!
Lancé la espada al suelo y di un brinco hacia atrás. Mis manos temblaban. Mi ritmo cardíaco se aceleró como si hubiera corrido una maratón. Gotas de sudor resbalaron por mis mejillas.
*Joder. ¿Qué carajos es esto? ¿Una espada que se encoge? ¿Desde cuándo existen espadas que se encogen? *
Me quedé inmóvil, mirando el arma en el suelo como si fuera a morderme. Pero no hizo nada más. Solo yacía allí, plateada y brillante, completamente inofensiva.
—¿Todo bien ahí dentro, sobrino? —la voz del rey Arturo resonó desde el pasillo.
—¡Sí, todo bien! —respondí, con un tono mucho más agudo del que me habría gustado.
Respiré hondo. *Calma. Eres un adulto. Un profesor. Has visto cosas más raras. Bueno, no. Esto es bastante raro. *
Me acerqué lentamente. Mis manos seguían temblando, pero esta vez el temblor era de anticipación, no de miedo. Agarré la espada con cuidado, como quien sostiene un animal salvaje. Esta vez, no pasó nada. No se encogió más. No vibró. Simplemente descansó en mi palma, perfectamente equilibrada.
Blandí la espada varias veces, trazando arcos en el aire. Ya no era pesada. Era como si le hubieran quitado diez kilogramos de encima. Se sentía... natural. Como una extensión de mi brazo.
*Es bonita. Llamativa. Pero aparte de eso, parece una espada común y corriente. Como cualquier otra espada. Excepto por lo de encogerse, claro. *
Busqué la vaina correspondiente y la encontré tirada en el suelo, justo donde había jalado la espada. Era de cuero negro, con refuerzos plateados. Metí la hoja en la vaina y me la colgué de la cintura, junto a los dos cuchillos.
Salí de la habitación con paso firme, aunque por dentro seguía procesando lo que acababa de pasar.
—Veo que encontraste algo bueno —dijo el rey Arturo. Una sonrisa de satisfacción se dibujó en su rostro. Como si supiera algo que yo no sabía.
Asentí levemente, sin darle más importancia.
Mi padre, en cambio, me miró con ojos llenos de preocupación. Sus manos, grandes y callosas, se apretaban y se soltaban alternativamente. Conocía ese gesto. Lo hacía cuando quería decir algo pero no encontraba las palabras.
—Estaré bien, padre —le dije, esbozando una sonrisa que esperaba que fuera tranquilizadora.
Ed abrió los ojos un poco más. Luego, dejó escapar un suspiro de alivio y me devolvió la sonrisa. Una sonrisa cansada, pero genuina.
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Ya estábamos fuera del castillo. Los demás se subieron al carruaje: el conductor, un par de sirvientes, y una chica joven con uniforme de doncella que no había visto antes. Llevaba el cabello negro recogido en un moño y los ojos perpetuamente cerrados, como si estuviera meditando mientras caminaba.
Cuando me disponía a subir, una mano tocó mi hombro.
—Joshua, ve con cuidado. Y no olvides lo aprendido. Cuando llegue a casa, le diré a tus hermanos lo bien que lo has hecho.
Las manos de mi padre temblaban. No mucho. Solo un poco. Pero para un hombre como Ed Moretti, el Hombre de Hierro, incluso un leve temblor era un terremoto emocional.
*Podía sentir su preocupación. Aunque sea un duque, tiene que obedecer al rey. Lo mismo pasa con los alcaldes: tienen que aceptar el mandato del presidente. El rango no te libra de las órdenes de arriba. *
—Volveré pronto —dije, y esta vez la sonrisa me salió sola.
Monté el carruaje de un brinco. La doncella de los ojos cerrados se sentó frente a mí, con la espalda recta y las manos sobre el regazo. En cuanto el carruaje empezó a moverse, hizo una reverencia con la cabeza.
—Es un placer servirle, joven maestro Moretti. Mi nombre es Sinahí. Si necesita algo, no dude en pedírmelo. Haré lo que sea que esté a mi alcance.
*Sinahí. Bonito nombre. Suena a canción. *
—Estaré a tu cuidado —respondí, inclinando la cabeza con una sonrisa.
Y entonces, sin pensar, hice algo que no debía. Algo que mi cerebro de profesor universitario japonés consideraba un gesto de cortesía, pero que en este mundo medieval probablemente era una excentricidad. Cogí su mano y la besé suavemente sobre los nudillos.
Sinahí abrió los ojos de par en par. Eran de un color azul claro, casi gris, y me miraron con una mezcla de sorpresa e incredulidad.
*Mierda. ¿Por qué hice eso? Es un reflejo. En las cenas de la universidad siempre besaba la mano de las colegas. Era lo educado. Aquí debe de ser rarísimo. *
Pero Sinahí no se ofendió. Después de un instante de shock, su rostro se relajó en una sonrisa suave.
—Es usted muy caballero para tener solo diez años, joven maestro.
—Mi padre me enseñó que a las mujeres se les respeta —mentí con descaro. *Por supuesto que es mentira. Mi padre apenas me ha enseñado a sostener una espada. Lo de besar manos es cosa mía. O de Yoshiya. Como quieras llamarlo. *
Ella dejó escapar un suave suspiro y una sonrisa se plasmó en su rostro. A decir verdad, me daba un poco de miedo. No por su expresión, que era amable, sino porque mantenía los ojos cerrados casi todo el tiempo. Incluso cuando sonreía, lo hacía con los párpados caídos. Era como hablar con alguien que está a punto de dormirse.
La estudié con disimulo. Cabello negro recogido en un moño alto. Ojos azules que apenas se entreveían. Piel clara, casi pálida. Cejas finas y labios carnosos pero no demasiado anchos. Su uniforme de doncella estaba impecable, sin una arruga.
*Puedo decir con seguridad que es mi tipo. Lástima que yo tenga diez años y ella... ¿qué edad tendrá? ¿Dieciséis? ¿Dieciocho? *
Aparté la mirada hacia la ventana. El paisaje pasaba rápido: árboles, campos, alguna que otra casa de piedra. Los brincos del carruaje hacían que nuestros cuerpos temblaran, y más de una vez nuestras rodillas se rozaron por accidente.
—¿Tiene curiosidad por saber quién soy, joven maestro?
La voz de Sinahí me sacó de mis pensamientos. Había abierto los ojos por completo y me observaba con una expresión que no supe descifrar.
—Sí, si no es mucha molestia —respondí, un poco apenado. Cruzé las piernas y me acomodé en el asiento, dispuesto a escuchar.
Ella dejó escapar un suspiro más largo esta vez.
—Bueno, le contaré todo.
*¿Todo? *
—Sí, por favor —dije, asintiendo con entusiasmo fingido. *Lo mejor será esperar a que hable. De seguro piensa que soy solo un niño mimado. Mejor. Mientras menos sospeche, más información podré sacar. *
—Bueno, mi nombre es Sinahí Dudameft. Nací en el Reino Hart y crecí allí mismo. Soy solo una plebeya, así que no se preocupe en pedirme lo que sea. Estoy aquí para servirle.
Hizo una pausa, como si esperara que yo dijera algo. Pero no dije nada. Me limité a asentir, animándola a continuar.
—Agradezco tus buenas intenciones, Sinahí —dije finalmente, midiendo mis palabras—. Pero que seas una plebeya y una sirvienta no significa que debas hacer cualquier cosa. Eres una mujer y también una persona. No todos pensarán igual que yo, pero las damas merecen respeto. No importa si son blancas, morenas, gorditas, bajas o altas. Nada de eso les quita el hecho de que son mujeres. Y las mujeres merecen respeto. Aunque, claro, hay mujeres que no lo merecen. Como en todo.
Sinahí abrió los ojos más de lo que creía posible. Sus pupilas azules me miraron fijamente, y por un momento pensé que iba a replicar algo. Pero no dijo nada. Solo me observó.
Varios minutos de silencio incómodo se hicieron entre nosotros. El traqueteo del carruaje llenaba el vacío.
—Es usted todo un caballero —dijo por fin.
Suspiré y me encogí de hombros, intentando restarle importancia. Pero mi cara me traicionó. Sentí las mejillas calientes. *Maldito cuerpo de diez años. ¿Por qué me sonrojo? Soy un adulto. Los adultos no se sonrojan por cumplidos. *
Puse mi mano sobre el marco de la ventana, recostando el codo en ella y apoyando la mejilla en la palma. El paisaje seguía pasando. Verde, verde y más verde.
—¿Qué edad tiene usted, joven maestro?
La pregunta de Sinahí me tomó por sorpresa.
—Tengo diez años —respondí, sin apartar la mirada del paisaje.
—Yo tengo quince.
Me giré hacia ella tan rápido que casi me da un latigazo cervical. Sinahí me miraba con una sonrisa de satisfacción, como si acabara de ganar una partida de ajedrez.
*Señor oficial, era mentira cuando dije que era mi tipo de chica. Quince años. Es una niña. Bueno, técnicamente yo también soy un niño. Pero mentalmente tengo treinta y ocho. Esto es un desastre. *
—¡¿Qué?! —exclamé, con el ceño fruncido.
—¿Acaso le sorprendió mi edad, joven maestro? —preguntó, inclinando la cabeza con una falsa inocencia.
—Bueno, sí... Pensé que eras mayor.
—¡Pff, jajaja! ¿Y qué edad pensó que tenía?
No entendía qué le daba tanta gracia. Se reía a carcajadas, cubriéndose la boca con la mano. Incluso se limpió una lágrima del ojo.
—¿Veintidós... creo?
Sinahí rió aún más fuerte. Su risa llenó el carruaje, y por un momento, hasta el traqueteo de las ruedas pareció más llevadero.
*Siento que quiero golpearla. Pero eso sería agresión infantil. O agresión a una adolescente. O algo. No sé. Este mundo no tiene leyes claras sobre esto. *
Pero... era linda. Tenía una risa contagiosa, de esas que te obligan a sonreír aunque estés de mal humor.
*No. *
Me di dos cachetadas a mí mismo, una en cada mejilla. El sonido resonó en el carruaje.
—¿Eh? ¿Qué sucede, joven maestro? —Sinahí me miró con preocupación.
—No es nada —respondí, frotándome las mejillas.
*Por poco meto la pata. No quiero ser un criminal. Por alguna extraña razón, siento que el rey Arturo lo planeó todo desde el principio. Mandarme a una misión con una doncella bonita de quince años. Ese hombre es un demonio. *
Me recosté en el asiento, cerrando los ojos por un momento. El traqueteo del carruaje se volvió hipnótico.
Y entonces, una idea cruzó mi mente como un rayo.
*Ahora que lo pienso... no me había dado cuenta de que aquí hablan japonés. *
Abrí los ojos de golpe.
*Todo este tiempo. Desde que desperté en el aula de la profesora Evangile. Desde que hablé con Ed, con Isabella, con el rey Arturo. Todos hablan japonés. Un japonés perfecto, sin acentos extraños. Como si estuviera en Tokio. *
Miré a Sinahí, que me observaba con curiosidad.
*¿Es por la reencarnación? ¿O es que en este mundo simplemente se habla japonés? No. Eso no tiene sentido. Es un mundo de fantasía con reinos, magia y sirenas. ¿Por qué habrían de hablar japonés? *
—¿Se encuentra bien, joven maestro? —preguntó Sinahí, notando mi expresión.
—Sí, solo... estaba pensando.
*Esto es demasiado extraño. Pero, sinceramente, tengo cosas más importantes de las que preocuparme ahora mismo. Como sobrevivir a esta misión. Como cuidar de este huevo. Como no meter la pata con Sinahí. *
El carruaje siguió avanzando. El sol empezaba a descender en el horizonte, tiñendo el cielo de naranja y rosa. Me recosté en el asiento y dejé que el cansancio me venciera, aunque solo fuera por un rato.
*Ya habrá tiempo para resolver el misterio del idioma. Por ahora, lo importante es no morir. *
Y con ese pensamiento, cerré los ojos.